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ISSN 2684-0626

 

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La casa es nuestra

Por Pablo Toblli |

En Historias mínimas de un día cualquiera, de Claudia Fernández Vidal advertimos un proyecto de escritura que no propone dejarse engañar por las ilusiones falaces de la vida y el lenguaje, por el contrario, la autora propone un engranaje conciso que funcione como la posibilidad de la conquista en un aquí y ahora de la vida que proponemos mirar y abocar. Es por eso que la obra nos presenta pequeñas historias que son fragmentos de una cotidianidad que hace reunir lo postergado, el pasado y el presente en signos que encuentran el cauce en la materialidad de las horas, con personajes que va encontrando en sus viajes o familiares y relaciones a las que vuelve para salvarlas. Claudia intenta liberar el deseo cohibido en el hogar de la escritura que propone acercarnos, no sólo de ella, sino de todas las mujeres absorbidas por las prefiguras patriarcales, como las mujeres de su árbol genealógico que quedaron relegadas al espacio de esa casa otra.

Entonces, encontramos personajes que dejan fluir su deseo en los barcos de los días, navegando un tiempo en el cual advertir y sopesar las aristas puras del deseo. Es por esto que la autora tiene particular predilección por los personajes que ya no hablan, por los solitarios olvidados del mundo que los callaron para siempre; todavía Claudia intenta decirles que el deseo tiene un acantilado y hasta en lo nimio podemos encontrar las profundidades vedadas, como a Casimira, la de todos, “que dicen que se fue quedando sola, hasta que se volvió abstracta, etérea, irreal: Qué ironía ella tan muerta… y en nosotros despertaba tanta vida […]. Absoluta dueña de estas líneas que escribo, y que ya no son mías, son de todos, como sus muertos.”

Estas pequeñas prosas se revelan junto a una voz trabajada en lo mínimo y no en lo ampuloso de las cavilaciones estériles, porque se construye en las cosas de todos los días o en los viajes, componiendo una poética del suceso que no empaña el deseo ni se distrae en puentes ilusorios que ya develó: “A mí la puna me hizo mal. Me abrió la cabeza y la piel, me dejó todos los sentidos expuestos y numerados sobre la mesa, me secó la boca, me dio la sed de querer conocer todo de nuevo, me amontonó todos los recuerdos en un costadito del alma para después dejar que un viento impiadoso se lo lleve lejos […] porque aquí en la puna las cosas son simples y se resuelven fáciles, por eso hay que volver para seguir aprendiendo.”  

El yo de estos relatos es una construcción fuerte que se resuelve en un sujeto colectivo que intenta abarcar a otros y darles voz: “Aurelia nunca eligió. Como tampoco eligen los desahuciados, los condenados a muerte, los que no esperan nada. […] En su casa blanca y enorme, las pisadas producían eco, despertando los fantasmas, algún grillo mal dormido, y las voces de todos sus antepasados. Cosía vestidos de novia […] A veces, cada puntada era una lágrima, añorando el suyo, y al novio que nunca volvió de la guerra, pero no la de los hombres, la guerra de la duda. […] De tanto querer otra vida, se mimetizó con la mía, con la tuya, con la de todos.”

Aunque algunos relatos presenten una carga de nostalgia y tristezas, dichos sentimientos son reconfigurados en esta búsqueda por el ser que refresca la memoria, porque la belleza y la poesía también pueden mostrarnos lo real o un modo de existencia, es por eso que aparecen personajes como Rosendo u Octavio que son dos seres solitarios que tienen tiempo de ensayar diversas poéticas que confluyen en otro modo de entender el mundo, y no quedar atrapados en la trampa del pasado, porque “somos nuestras historias y la forma en cómo vivimos los días que le siguen después.”

La política perceptiva va creando símbolos y la prosa funciona en ocasiones como fotografías, pero, por otro lado, estas imágenes no están muertas, no están crudamente arrojadas a los ojos del lector porque, conforme a lo que planteaba Dorfles sobre la estética del mito, ciertos artistas unen en su invención lo racional con lo irracional, lo conceptual con lo imaginario. Entonces, algunos relatos son retazos que se esfuerzan por capturar lo más fielmente la percepción en un tiempo que se esfuma y que la autora pretende describir con minuciosidad, pero sin dejar de lado la necesidad de transmitir su trance poético imaginario, acercándonos lo excelso de un paisaje e invitándonos a vivir en la casa de su escritura: “El camino deja de ser línea trazada porque lo inmenso se lo ha comido, casi como el cuento del monstruo y el bueno. El cielo parece manchita azulísima entre lo verde y la roca, y la paleta se va ampliando toda con marrones y grises, con blanquitos de ovejas inclinadas en la montaña, con la hilera finita del agua que viene bajando […] La piel agradece el contraste del escalofrío, que le provoca el viento frio y el sol quemante. El alma descansa en estos lados y las palabras se vuelven adentro. Acaso como si no hiciera falta pronunciarlas. Florcita amarilla doblada por el paso de los remolinos, carita cuarteada de coyitas andantes, pollera flameando, las trenzas negras, los ojos negros. Las ganas, mis ganas en arco iris.”



Claudia Gabriela Fernández nació en Tucumán a fines de 1971. Es Diseñadora de Interiores de la UNT de la Facultad de Artes. Es Chef. Escribe desde hace unos 8 años. Todo esa mezcla crea un combo que le permite expresarse en la escritura, aunque le cuesta definirse al 100 x 100 como escritora. Ama aprender y observar la realidad en la que vive, de ahí surgen muchas de sus historias. Ella misma fue su primer conejito de indias, permitiéndose contar  experiencias y emociones, silencios y dudas. En el año 2013 forma parte de la revista Aturucuto junto a sus compañeros de taller. En el año 2015 publicó su primer relato en un libro colectivo de Editorial Dunken por medio de un concurso de nivel nacional, y en algunas antologías y revistas de su provincia. En el año 2016 publica su primer Audiolibro infantil Pocho y La Ubaldina, un pícaro duende soñador de la mano de Juana Manuela, de Editorial Salteña, que además va acompañado por una perfomance con títeres de mesa. Se presenta en escuelas y jardines de infantes con su proyecto. En el año 2018 resulta Mención Especial en el concurso de cuentos Eduardo Perrone del colectivo cultural Escuchara. En diciembre de 2019 presenta su segundo libro Historias Mínimas de un día cualquiera de Editorial Autores de Argentina de Bs As, en la casa Succar. Estudia dramaturgia con Mario Costello. Construye una obra de teatro como proyecto para el 2021. Forma parte del libro Deja que todo el mundo te cuente lo qué pasó de Editorial Lo que no existe, de Madrid, dejando su relato de este tiempo de pandemia. Tiene una página en Facebook donde difunde historias de Viajes y lugares de Argentina. Está aprendiendo a tocar el violín. Declara que el arte nos libera, nos hace bien. Le permite respirar un aire más limpio.

Una respuesta a “La casa es nuestra”

  1. Graciela Martínez dice:

    Espero, ansiosamente, sus refrescantes publicaciones en Facebook. Me encanta su estilo!!!

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