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La escena original

Sobre Amauta, de Dardo Solórzano

Por Pablo Toblli |

Uno de los mayores desafíos de un poeta que comienza a transitar la madurez luego de algunos libros publicados es que la poesía siga siendo una interpelación vitalista, algo más que un oficio, algo más que una deriva estética. En general -y ocurre más que en otras artes- abundan los casos de poetas desertores, que han escrito pocos libros en su juventud y luego se perdieron en el ostracismo o se pasaron a la prosa. Por el contrario, hay poetas extasiados de la juventud que persisten en tal candor, que han abrevado -y todavía lo hace- en el hecho poético como una consagración existencial intensa en los primeros años con la palabra hallada.

Con el correr de los años y los libros, en general, los poetas tucumanos tienden a hacerse más narradores, más “realistas” en su decir, atendiendo a coyunturas urbanas con poemas que se despojan de mecanismos ligados a la lírica más pura, como las metáforas, la condensación o el hermetismo, de aquel programa poético iniciático que se interesó por las formas de la alquimia, del simbolismo, con tintes románticos, a grandes rasgos.

En Tucumán, dentro de la poesía joven, este perfil de poeta que elípticamente llamaremos lirico, lo integran autores que hoy tienen entre 30 y 50 años. Dardo Solórzano junto a Javier Foguet y Gabriel Gómez Saavedra integran un tridente que todavía asecha a la poesía como constructora de materialidades en las cuales habitar.  Así, es usual encontrar en estos poetas un enfoque conceptual que, en general, redefine coordenadas de tiempo y espacio, como también intuye Gómez Saavedra con eso de “el tiempo detrás del tiempo que funda cada uno de los pueblos”, en las palabras de solapa del Amauta.

La experiencia de lectura de la obra de Solórzano es inversiva, y nos invita a existir en un mundo cautivador por las discontinuidades en nuestros estímulos usuales al leer esos poemas, porque “para aprender se camina profundo (en una hendidura del espacio)”. Así, aparecen poetizaciones de la naturaleza ligadas al constructo del instante: “Ella ha estado en este instante por siempre. / Ya la veo palpar en la noche / un punto ciego en el aire / (allí ocurre lo desconocido). / En este sitio de transición / uno recuerda en la oscuridad / y al despertarse ya es otro”. El poeta está atento a las visiones que marcan la tónica de una existencia más verdadera, que no podría encontrarse sino en un itinerario que construye otra percepción del tiempo: “Transcurría por fuera del día esa hora, / en ella vi al Duende dudando de que yo existiera / dentro de la adultez / que esa siesta no cabe en este patio”. 

Amauta es un proyecto que recupera temas universales a partir de poemas frescos que persiguen una belleza trascendente, como piensa Rancière de autores que buscan la eternidad en lo contingente, atentos al trenzado de lo material-fugaz, “con la emoción alerta, auscultando las dimensiones ocultas que laten en lo que está mirando”, como señala Leopoldo Castilla en el prólogo del libro. Así un tópico muy presente en este grupo de poetas es el viaje. Amauta es un libro sobre Latinoamérica, pero el autor no está interesado en los lugares comunes de su imaginario, sino que es un observador participante que intenta sentir y pensar la región dándole un giro desde aristas, por momentos, oscuras y sensuales: “La noche está hecha de un aire negro / cuyo fondo es una vieja tela con la edad de la ira, / con los siglos que demora América en verse erguida / intentando hacer pie en el agua / de su indígena sudor / o sus lágrimas de sangre”.

Los distintos escenarios por los que atraviesa el autor son siempre instantes para horadar el hecho poético, en esa inocencia seria, a veces solemne, de materia y compromiso con la poesía: “Ves bajo el agua: / no en lo superficial, siempre en lo profundo, / ella sobrevive al mundo que duplicas, / te es leyenda… / te ves en la poesía… / te crees?”. Otras veces el itinerario asume giros metafísicos y místicos: “Cada elemento que conoció / vuelve al vientre de la Pacha / mas no su poesía / esa alteración del plano de la vida cierta y abstracta / quedará girando en el torno / de cada vuelta planetaria / (arcilla del dios alfarero) / sustrato esencial, / sin materia…”.

Es usual en esta poética la poesía visual, engendrativa de originarios, porque están preocupados por acceder a nuevas dimensiones, pero además de los credos rimbaudianos o surrealistas, Dardo revisita los símbolos milenarios: “La luna ha caído en el rio / espejada en las escamas del Ñurundi’a / (el primer pez del mundo). / El zarpazo letal (no olvides) / detrás del vestido, / que el jaguar se ha comido la luna.

El esfuerzo por tallar las impermanencias hace que el poeta se sienta atravesado por una verticalidad que lo despega de los superfluo, así la poesía abandona por momentos las sutilezas para empuñar una voz más ética y crítica: “Qué enterrarías con tu ser / que valga la pena para la apacheta. / Qué acumuló tu todo en este tiempo / de apatía posmoderna y fugaz superficialidad”. Y otras, tal verticalidad imbuye un desconcierto: “La eternidad es un manto blanco, / si te cubre un instante / tu ropa queda corroída, / (te deja al desnudo la inmensidad del mundo)”.

El periplo por Latinoamérica raya la poesía como pictogramas a lo largo de todo el libro, en donde cada ciudad es un ideario, pero también tótem, a veces una leve disipación de los grandes cánones, pero sin dudas, una verdad ineludible que nos atraviesa y seduce.

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