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ISSN 2684-0626

 

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“La poesía trabaja más bien en lo inseguro, aunque termine enunciando una certeza”

Entrevista a Santiago Sylvester

Por Gabriel Gómez Saavedra |

La pericia de Santiago Sylvester para rodear y desentrañar la poesía, propia y ajena, es un bien que no debemos dejar de visitar. Su obra está hecha de “mirar intensamente todo”, pero también de la sabia distancia que aporta “retirar la mirada: cara y contracara / de una misma intensidad”[1].

Haciendo un racconto de tu camino lector, ¿las obras de qué autores te revelaron la idea de qué es o debería ser la poesía?

Es difícil saberlo, sobre todo porque a la poesía no le cae muy bien el verbo ser: es demasiado contundente. Si alguien la define diciendo “la poesía es…”, seguro que habrá quien diga que es lo contrario; y los dos tendrán razón. La poesía trabaja más bien en lo inseguro, aunque termine enunciando una certeza. De todas maneras, puedo nombrar a Quevedo, al que siempre estoy releyendo y del que siempre aprendo. Enseña de la mejor manera, que no es con definiciones o decálogos, sino con el ejemplo.

Hay un verso tuyo que me parece significativo: “no soy el tiempo, pero soy el que mira”, ya que en buena parte de tu poesía noto un trazado donde el yo lírico sale de sí y va hacia lo exterior, para volver intervenido. ¿Cuándo esta intervención justifica el nacimiento de un poema?

Me gusta esa palabra, intervención, porque se trata de eso. No es una mirada neutra a la que me refiero, por eso vuelve de su incursión con alguna carga. Tal vez por temperamento soy un poco espión, me gusta el espectáculo del mundo, y esa es la materia que más me interesa. De ahí saco observaciones, sentimientos, percepciones, y finalmente alguna conclusión, aunque sea siempre provisoria. La mirada es un punto de partida y una herramienta importante.

En el poema “La cocina” escribís “La sabiduría consiste aquí / en adecuar las proporciones”. Entonces, se me ocurre preguntarte ¿cómo definís la forma para tus poemas?

La forma es fundamental, y la búsqueda de la forma es tarea del poeta. A través de la forma se resuelve si un poema fracasa o se sostiene, y creo que el rejuvenecimiento de la forma ha sido la gran tarea en la historia del arte. Hasta las formas más aceptadas, y más tradicionales, por ejemplo el endecasílabo, tuvieron que ganarse su lugar y pelear para eso, porque fueron discutidas en el momento de llegar. Y el poeta, el artista en general, tiene que estar atento y renovar la forma cuando haga falta, cuando dé señales de agotamiento; y debe hacerlo aun corriendo el riesgo de equivocarse, un riesgo que hace apasionante esta tarea. Lo contrario sería instalarse en “lo poético”, que no es sino la suma de los lugares comunes, de lo remanido.

¿Qué respuestas y qué misterios encontraste al estudiar al Norte como región literaria?

Por de pronto, que siempre ha habido buena poesía en el Norte; y que durante un tiempo tenía características particulares, provenientes sobre todo de la llamada “literatura de la tierra”. El mito de lo rural estaba en la vida diaria de la zona; y hoy ha desaparecido, o disminuido, lo que significó un cambio de temas y lógicamente de formas. Los poetas escriben hoy sobre el amplio espectro de asuntos y formatos, debido a la “paulatina internacionalización del sentimiento poético” como dice Steiner. Y en este sentido creo que la poesía actual de Norte ha ampliado el horizonte y ha ampliado sus herramientas.

¿Pensás que se superó el halo despectivo con que se marcó a lo regional desde el canon literario metropolitano?

Un prejuicio es la cosa más difícil de disolver; y el que está instalado entre Buenos Aires y las provincias es viejo y, a estas alturas, está construido por ambas partes. Buenos Aires ejerce una prepotencia evidente, que a veces es el “desdeña cuanto ignora” del poema de Machado, y que a veces es hasta involuntaria, por el tamaño de esa ciudad, por su actividad literaria, y por su permanente interés en otros centros de irradiación cultural. Y también en las provincias se detecta a veces un desdén por la poesía de Buenos Aires, con descalificaciones generales, que suele tener el mismo origen que señala el poema de Machado; y a esto se agrega una indiscriminada valoración de la poesía local, que satura con falsa abundancia muchas antologías de las provincias y los cánones locales. De todas maneras, creo que ese desdén recíproco ha remitido bastante con el conocimiento que posibilitan las comunicaciones actuales.

Pasaron catorce años de la publicación de “Antología de Poesía Joven del Noroeste Argentino” de la que fuiste coordinador. ¿Creés que están dadas las condiciones para que los poetas de las nuevas generaciones se identifiquen con la región?

No sólo están dadas las condiciones, sino que es inevitable. Lo que ha sucedido es que la región ha cambiado mucho. Recién hablaba del mito de la tierra, que era visible en la época de La Carpa, pero hoy ya no existe, o es otra cosa. Hace medio siglo las ciudades del Norte (Salta, por ejemplo, donde me he criado) estaban penetradas por el campo: había caballos y vendedores de humitas, de choclos y zapallos en la misma plaza central; y hoy ocurre lo contrario: el campo está penetrado por la ciudad, la gente del campo ya no va a caballo sino en moto o bicicleta, todos llevan un teléfono celular en el bolsillo y hasta la casita más aislada y precaria tiene una antena de televisión. Esto es una evidencia que, supongo, está siendo tenida en cuenta por los artistas de la región.

Sólo publicaste una obra en narrativa, el libro de cuentos “La prima carnal”. Esto me trae dos preguntas: ¿Seguís escribiendo narrativa? y ¿notaste que hay cierta dinámica narrativa en tus ensayos, como si acompañaras al lector por el recorrido del objeto de estudio; corriéndote del lugar de mero expositor?

He dejado de escribir narrativa, aunque tengo algunos cuentos como para armar un libro. Alguna vez lo haré. Lo que sí creo es que casi todo lo que escribo, poesía incluida, tiene un núcleo narrativo, como si necesitara que circule por ahí la vida. Y también me sucede en los ensayos, donde mi prosa es más bien cotidiana y abierta, tratando de que sea clara la exposición; que sea analítica, pero no con las palabras difíciles y a veces incomprensibles, al uso en las casas de estudios.

En el marco de la poesía salteña, se te ubica dentro de la Generación del 60. ¿Cuáles pensás que son las señales vitales que tira al presente la obra de los poetas que la integraron?

Estás pidiéndome casi una autocrítica, que es lo más difícil de la crítica. Supongo que a esa generación (que en realidad abarca más de una generación) nos tocó apartarnos precisamente de la literatura de la tierra, puesto que la propia realidad de Salta lo había hecho, como acabo de explicarlo. Dejamos de tener a Neruda como referencia ineludible, leímos a otros autores; y sin darnos cuenta dejamos de escribir para el folklore, lo que era casi una ley aunque con excepciones. Los mayores de esa generación ya han muerto: Jacobo Regen, Holver Martínez Borelli, Walter Adet, Kuky Leonardi, etc. y creo que están bien recordados. Los menores (aunque ya suene a chiste decirlo así), entre los que estamos el Teuco Castilla y yo, seguimos escribiendo y hacemos lo que podemos.

Este año se publicó tu antología personal. ¿Además del tiempo, qué otros elementos te dieron la perspectiva necesaria para realizar la selección?

Efectivamente, el paso del tiempo es un criterio. Además de esto, que puede ser un criterio melancólico, justifico la selección con lo que creo más personal, a partir de ciertas reiteraciones o manías, que terminan conformando eso que se conoce como estilo. Hace algunos años Javier Adúriz usó, para hablar de mi poesía, la expresión “silogismo conversado”. Es un rótulo en el que me reconozco: menciona el sistema de la lógica y, a la vez, un fraseo directo, más bien rápido, a veces con un punto irónico, para plantear problemas o sacar conclusiones.

Como miembro de la Academia Argentina de Letras, ¿cuáles considerás que son los desafíos para la institución en estos tiempos?

Más o menos los de siempre: no creerse legisladora de la lengua, puesto que la lengua es lo que habla la gente, y a la vez estudiarla, respetarla, evaluar sus cambios, y también, por qué no, opinar sobre los usos como opina todo el mundo. La Academia tiene lingüistas muy capaces que estudian el idioma, elaboran diccionarios, investigan etimologías, aportan palabras del habla local a los estudios generales de la lengua, y a su vez los escritores aportan sus experiencias de creatividad, que es como entrar por otra puerta a la misma casa.

“La Papa” es una revista que se edita desde Tucumán, lo que me lleva a preguntarte ¿a qué y a quiénes te remite literariamente esta provincia?

Tucumán ha sido y es un centro cultural muy activo, además de ser una provincia productora de literatura, y específicamente de poesía. Como es imposible abarcar todo, sólo mencionaré un caso llamativo: me refiero a Hugo Foguet, que además de ser un reconocido narrador, es un poeta excelente y bastante secreto. Fue contemporáneo del grupo La Carpa, nacido el mismo año que el salteño Raúl Aráoz Anzoátegui, pero por la vida que llevó (era marino) y por otros conocimientos adquiridos, en su poesía no hay mucho contacto con lo regional, y mucho menos con la literatura de la tierra que predominaba por entonces. Sus obsesiones y referencias son de otros lugares y a veces de otras culturas, y sin embargo no deja de ser un poeta tucumano, tal vez cumpliendo aquello que decía Yeats, que un poeta es más de su tiempo que de su lugar. Hace algunos años, cuando yo dirigía la colección de poesía de Ediciones del Dock, en Buenos Aires, hice publicar su poesía completa, y fue un acierto.

5 poemas de Santiago Sylvester

La antepasada

a Raúl Aráoz Anzoátegui

Quiero que me dejen sola

dijo la mujer —mi antepasada—

sintiendo la inminencia de su muerte.

Demasiado joven (ya nadie sabe

cuándo, exactamente, sucedieron los hechos)

se casó en esta tierra con su primo

quien estuvo enamorado, sobre todo, de sus ojos azules.

(Aunque no es seguro

porque el retrato no es fiel a ese detalle,

otras memorias coinciden en lo mismo.)

Después tuvo muchos hijos;

algunos poblaron esta tierra

y otros se fueron

sin dejar ni el recuerdo de sus nombres.

Cuentan que siempre vivió para la vida,

por la intensidad con que lo hizo;

pero sólo quedan anécdotas

que más sería un ultraje recordarlas

ahora que ni el viento busca sus huesos.

Cuando supo que la muerte rondaba la casa

prefirió recibirla en el dormitorio

entre sus cosas más íntimas: retratos,

dos o tres libros, una vieja carta:

algo así como rodeada de sí misma

porque sabía que la muerte

no la buscaba solamente a ella

sino también a todos sus recuerdos.

Quiso estar sola

y esperó dócilmente que la muerte llegara;

pero en el último instante,

sintiendo una espantosa necesidad de la vida,

gritó desesperada

¡Señor, destruye al mundo conmigo!

Y el mundo fue destruido para siempre.

(de Palabra intencional)

 26

Un perro ladra detrás de la pared,

otro en la calle,

hace temblar la puerta, sacudida

con tanta excitación,

y otro saquea la intimidad

cuando no encuentra forma de manifestarse.

Él responde

y todos ladran a la vez.

El hombre de blanco escucha esos ladridos

necesitados de configuraciones,

de referencias palpables como piernas

o manos,

y no encuentra asistencia

cuando de todas partes lo buscan

y ladra la pared, el vecino,

y el instrumental lo rodea con su coro,

y el hijo le ladra, y la mujer

estalla entre sus brazos

como un ladrido en legítima defensa.

Entonces corre, quiere huir,

esconde la cabeza;

pero la cabeza también le ladra,

el mundo se llena de ladridos,

y nadie llega cuando él empieza a ladrar.

Madrid 1982-83

(de Perro de laboratorio)

El tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.

Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;

peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,

a la mirada del hombre,

a las palabras que se dicen, al sentido:

            peaje aun sin saberlo,

            como existen caminos aunque no vamos a ninguna parte.

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la

            intención de eternidad que aturde a todo lo

            transitorio: solos y a la vez acompañados,

            en estado de mudanza;

condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

El tiempo cobrando peaje es infalible;

y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:

            no soy el tiempo, pero soy el que mira.

(de Café Bretaña)

(Könisberg)

Llegaba hasta el borde de la ciudad, donde cedían las últimas casas: nunca

pudo Kant cruzar esa frontera: nada de excesos en torno al asunto de los límites;

así dijo las raíces del exilio son interiores: las raíces

también retrocedían, se replegaban temerosas

de cruzar esa zona del corazón

con los cuidados de la angustia.

Könisberg

fue su invernadero: su ideal

no era comer en restoranes y vivir en hoteles, sino la precisión:

un cerebro volando en línea recta como un desafío

y un privilegio: el de construir

el paisaje, su escenario fiel

y mimarlo por ochenta años: un triunfo de la elaboración

para quien sabe que darse cuenta es aislar, que yo

es repensar una idea: amueblar el mundo, y

en cuanto a la vida

vivirla como

una cuestión intensa que no llega a suceder.

(de Calles)

(el enterramiento)

Arriba, en la misma cresta,

hay piedras mortuorias: muertes

que ya no son nuestras: en círculos: junto al ventisquero que, si se lo sube, concluye en Chile.

Muertos tal vez ilustres: pero ésta

es tarea de antropólogos que no llegarán, espero, con sus medias y sus pesas para que

[nadie duerma en paz.

Eneas

llegó al templo de Cartago y supo que él era el argumento de ese friso: él

combatiendo y

escapando de Troya con la promesa que lo esperaba en la otra punta: el que dijo aquí

también hay lágrimas para la desventura.

Bajo estas piedras no está Eneas, aun

contando con lo inactual de todo,

pero puestas en friso narran la memoria de cuantos fueron por aquí, luchando

como él sus guerras, fundando ciudades con sus lágrimas porque cualquiera

ríe o se lamenta con la intervención de un dios.

(de El reloj biológico)

Santiago Sylvester (Salta, Argentina, 1942)

Es poeta, narrador, ensayista y abogado. Entre 1978 y 1996 residió en Madrid. Publicó en poesía En Estos días (1963), El aire y su camino (1966), Esa frágil corona (1971), Palabra intencional (1974), La realidad provisoria (1977), Libro de viaje (1982), Perro de laboratorio (1986), Entreacto (1990), Escenarios (1993), Café Bretaña (1994), Antología poética (1996), Número Impar (1998), El punto más lejano (1999), Calles (2004), El reloj biológico (2007), Perro de laboratorio, 2ª edición (2008), La palabra y (2010), El punto más lejano, 2ª edición (2011), Perro de Laboratorio seguido de Libro de Viaje (2013), Los casos particulares (2014), Café Bretagne, (versión bilingüe) (2014), El que vuelve a ver (2016), Cristo pisando uvas en la Iglesia de La Viña en Salta, (plaqueta) (2016), La conversación, (antología) (2017), Llaman a la puerta (2019), Ciudad (2020) y Antología personal (1974-2022) (2022). En cuento publicó La prima carnal (1987); y los ensayos Oficio de lector (2003), La identidad como problema. Sobre la cultura del Norte (2012) y Sobre la forma poética (2019).

Compiló las antologías El gozante, Antología de Manuel J. Castilla (2000), Poesía del Noroeste ArgentinoSiglo XX (2003), Poesía Joven del Noroeste Argentino (2008)
Anuarios del tiempo, selección, Antología de Néstor Groppa (2012)
25 Poetas de las Provincias (2015), Juan Carlos Dávalos, Una obra en su lugar (2018)
Los que se fueron (25 poetas en el extranjero) (2019).

Obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1966 y 1977), el Premio Dirección de Cultura de Salta (1970), el Premio Sixto Pondal Ríos (1977), Premio Ignacio Aldecoa (1985), Premio Jaime Gil de Viedma (1993), 3er. Premio Nacional de Poesía (1997), Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges (1999), Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires (2008) y el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2015).

Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras (2015).

Fotografía: gentileza del entrevistado.


[1] Los fragmentos citados pertenecen al poema  “(Deán Funes)”, de S. Sylvester, incluido en el libro Calles.

4 respuestas a ““La poesía trabaja más bien en lo inseguro, aunque termine enunciando una certeza””

  1. MARIO MELNIK dice:

    ¡Qué bien orientadas esas preguntas Gabriel! El Poeta se ha expresado a sus anchas. Enorme su aporte. ¡Felicitaciones por la nota!

    • Gabriel dice:

      Muchas gracias por tu lectura, Mario. Un grande, Santiago.

  2. Carante Nallar, María Eugenia dice:

    ¡Excelente reportaje! Preguntas medulares e igual respuestas. Clarísimo y maestro, como siempre, Santiago Sylvester.
    Excelente selección de poemas, también.

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