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Libros de escritores tucumanos: ¿Para qué sirven?

Por Juan Ángel Cabaleiro

Es la pregunta que vengo haciendo en una especie de encuesta, desde hace un tiempo, en secreto, o con el máximo disimulo, y cuyos resultados pretendo volcar en este artículo. Y huir.

Respuestas objetivas

A la pregunta engañosa de: ¿Y vos por qué escribiste el libro, che, contame? La respuesta suele ser candorosa y sin filtros: Porque siempre quise publicar un libro, es un sueño que tengo desde… (chico/chica, joven/ estudiante/siempre/toda la vida/el día que me dejó mi tercer marido, etc.). Desde algún momento clave de la vida, vagamente remoto, el escritor tucumano decidió escribir un libro. Era su sueño. Y lo hizo.

Respuesta a la misma pregunta, pero con leve variante: ¿Sabés? Yo siempre quise ser escritor, desde… (ídem).

 “Siempre quise publicar un libro” y “Siempre quise ser escritor” se llevan el 94% de las respuestas. Otras: “Mi padre me lo encargó en su lecho de muerte”. “Quiero ser millonario”. “No sé, todos lo hacen”. “¡No sabés cómo me insistieron mis amigas para que lo publique…!”

Análisis de un caso piloto: joven escritor tucumano

Y algún día el sueño se cumple: no era tampoco tan caro ni tan complicado autoeditar un libro. Cien ejemplares. Y ahí está, el joven escritor tucumano no lo puede creer: embalados todavía en cajas apiladas sobre la mesa. La búsqueda desesperada de un cuchillo o una tijera, el cartón que es rasgado con la misma efusión incontrolable de un refugiado que recibe las viandas de la ONU. Pero esta vianda es más importante, más sustanciosa y nutricia, porque alimenta el alma; sobre todo, el alma del autor.

Al instante hay varios ejemplares desparramados sobre la mesa y son concienzudamente contados, revisados, palpados, hojeados y vistos, movidos de aquí para allá, uno, otro… como si no fueran todos iguales. Como si pudiese colarse una misteriosa variante en alguno, en uno solo, al modo del Tlön borgesiano (o borgiano, como prefieran). Y luego toca la grata tarea de buscarles la ubicación provisoria en alguna estantería de la casa, en pequeños bloques de a diez, o de a cinco, junto a los Grandes Autores comprados en Los Primos o a algún merchante andariego de libros usados. Ya están ahí, formando la pequeña prole de celulosa y epítetos, casi iguales los lomos (casi, porque alguno que otro ha salido un poco desfasado), pero formando parte de la Historia de la Literatura, por orden alfabético, entre los clásicos, hombro con hombro, sí señor.

El resto sigue en la caja, pero pronto volarán hacia manos ignotas, muchas de las cuales quedarán llagadas, porque una literatura tan atrevida, inconformista y desestructurante, quema. ¡Que se quemen, que ardan, alguno despertará y sabrá apreciar el talento y la novedad! Alguna de esas manos será la de un Gran Editor, o Gran Crítico que nos allanará el camino largo y plagado de pelmazos y nos pondrá en forma directa, de la noche a la mañana, cara a cara con el éxito. Pero no un éxito meramente comercial (que también, también) sino un éxito contestatario y obsceno, destructor de toda la tradición literaria anquilosada y caduca (pero eso suena mucho a las vanguardias de hace cien años). Van a llamar. Por algo se ponen las direcciones de mail bien clarito en los créditos, al principio del libro: para que llame o escriba el Jefazo de la Gran Editorial Planeta, por ejemplo, y nos diga: “Oye, chaval, he leído tu libro, me lo ha enviado una profesora de vuestra facultad de Letras que aquí respetamos mucho: ven, mira, asómate a la ventana: ¿ves aquella cima literaria, allá en lo alto de todo? Pues está reservada para ti y para tu obra; es verdaderamente desectructurante, coño, rompe la sintaxis que da gusto; y todas esas malas palabras, tío, hay que tener cojones para escribir una poesía como esa, nadie antes lo había hecho. Vente a Barcelona, que con un libro como ese aquí no paras de follarte chavalas”. Así, con acento gallego (o catalán, mejor dicho). No me digan que no es emocionante.

Pero mientras tanto, paciencia.

―¡Dale, nene, dejá eso que se te enfrían las milanesas! ―dice la madre.

―Tiene la habitación hecha un quilombo con esas cajas. Mirá en la boludez que se fue a gastar la guita, este ―replica el padre.

―¿Vos que sabés, viejo? Si los libros están lindísimos. En una de esas nos sale como Palito Ortega y se hace famoso.

Son frases odiosas, casi el paroxismo de la incomprensión. Pero el joven escritor tucumano no se arredra ni amilana, porque ha leído en varios artículos esa sabia recomendación literaria que conduce al éxito a las generaciones jóvenes: “Hay que matar al padre”, dicen. Y él lo entiende en un sentido peligrosamente literal, y esperará la ocasión propicia.

Por la noche, el encuestador camuflado, que lo encuentra alicaído en el bar, apuntala, insufla ánimos en el joven, y está dispuesto a mentirle con bellaquería:

―No, la verdad que quedaron muy lindos los libros. Es una edición preciosa la de Ediciones de la Parca ―dice mientras abre uno por la mitad, que cruje como una cucaracha aplastada.

Son poemas sin métrica ni rima, ni ritmo, ni belleza (que es mala palabra y cosa de viejos). Sin poesía, diría el encuestador encubierto y vetusto, que no está capacitado para entenderla ni para disfrutarla o sufrirla (pero tampoco los demás lectores). El libro se completa con otros textos inclasificables: ideas sueltas, locuras, pequeños relatos e insultos a Macri.

―Está bueno, che.

El investigador ignoto hojea y encuentra versos de una sola palabra, poemas de una sola palabra, incluso, que desperdician toda una página. En esas grandes zonas en blanco se notan los estragos de la humedad o del fernet con Coca mal sostenido. Estaba a punto de hacérselo notar al poeta cuando…:

―Son las ilustraciones; las hizo mi novia. Bueno, mi ex, porque esa historia ya fue. Justo se pudrió todo cuando el libro estaba en imprenta ―aclara el joven escritor tucumano, poco o nada previsor en las cuestiones elementales del oficio.

Entonces, el encuestador camuflado nota la guardia baja del poeta y lanza el veneno:

―¿Y qué sentiste en ese momento, cuando tuviste el libro por primera vez en las manos?

El joven escritor tucumano blanquea los ojos e intenta en vano disimular el éxtasis casi eyaculatorio que le proporciona el recuerdo.

―Imaginate… es ver un sueño cumplido. La verdad que es un orgullo, una satisfacción, no sé…

El encuestador incógnito deja el libro sobre la mesa renga del bar y observa que las tapas se resisten al pliegue, como sostenidas por las Musas ante un lector implícito. Incluso la solapa se despereza de su corto letargo editorial y se extiende.

―¿Y qué más? ―inquiere el encuestador camuflado y maligno. Y con esto, obliga al joven escritor tucumano a pensar, y tal vez a escarbar en los más hondos y verdaderos motivos de su edición.

La respuesta se demora unos segundos, pero llega:

―Mirá, para mí es un objetivo personal, una forma de plasmar lo que vos hacés. Darte a conocer, también, porque con el libro te leen y te van conociendo…

Sobre la mesa, el ejemplar ya se ha desplegado por completo, exhibiendo en abanico la blanquísima contorsión de sus hojas, como una paloma moribunda, atragantada de anacolutos.

Y luego, la pregunta más infame y prostibularia de todas, solo reservada a unos pocos, a ciertas horas de la noche y con la luna tucumana ejerciendo su perverso efecto egotónico:

―Vos creés que, con el libro publicado, tu nombre va a perdurar

El joven escritor tucumano deja el vaso de fernet con Coca sobre la mesa renga del bar, que amenaza un estropicio, larga hacia el éter las últimas volutas de lo que está fumando y, tras el susurro cómplice de las Musas, emite:

―No creo que al Sistema le interese que lo mío se difunda, la verdad.

Y tiene toda la razón.

Primeras conclusiones del estudio

El libro de escritor tucumano cumple una función social importantísima: es de gran utilidad para su autor, quien halla remuneradas con él sus expectativas espirituales, vitales y psicopatológicas. El lector, como sujeto, rara vez es mencionado o tenido en cuenta. Este fenómeno, aunque generalizado, cuenta con notables excepciones (mis amigos y todos los que me conocen). Pero no deja de ser alarmante que casi nadie más piense, al lanzar un producto al mercado (perdón por la palabra) en quiénes serán los consumidores de ese producto (perdón por las dos palabras). Porque, en última instancia, un libro se publica para que llegue a un lector que lo pretende, y que espera sacar de él algún provecho: placer, disfrute, entretenimiento, desafío intelectual, goce lingüístico; o, al menos, calzar alguna mesa renga.

*Imagen (S/T) de Francisco González

Francisco González (1974) es tucumano; músico (contrabajista, arreglador, compositor) y escritor (poemas,microrrelatos). También le gusta sacar fotos.

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