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ISSN 2684-0626

 

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Maneki neko*

Por Gabriel Amos Bellos |

Una recorrida en trama y urdimbre por la zona comercial céntrica de San Miguel de Tucumán comprendida, para esta ocasión, entre las calles San Lorenzo, La Rioja-Catamarca, Corrientes, Monteagudo-Entre Ríos, mostrará que (sin distinción de rubros aunque mayoritariamente en tiendas y casas de comida) aproximadamente en siete de cada diez vidrieras o interiores de comercios, puede encontrarse al “gato-que-llama”. Lo considero, por tanto, un objeto cultural popular, al menos entre pequeños y medianos comerciantes.

La primera vez que vi un maneki neko en mi ciudad, corría el año 2004; el país apenas se estabilizaba y no empezaba todavía a recuperarse de la larga decadencia neoliberal que desembocó en la crisis econopolítica y los estallidos sociales de diciembre de 2001. Tucumán ya se había habituado –desde los años ’90- a las tiendas de coreanos para cuando aparecieron los primeros supermercados de chinos. La enigmática pieza, con la apariencia de un juguete mecanoeléctrico de estética indudablemente oriental, miraba a la entrada del comercio apoyada sobre un travesaño de iluminación que cruzaba por encima de la línea de cajas del supermercado chino “La Muralla”, en San Lorenzo al 900. Intrigado, le  pregunté al dueño o administrador qué significaba eso; se quedó mirándome unos segundos con una expresión indescifrable, y después de decidir que ni la pregunta ni el inquisidor eran de su interés, siguió atendiendo sus tareas sin haberme dicho una palabra, ni siquiera en chino.

En los años que siguieron, impulsado probablemente por la crisis económica y de alguna manera reflejo de ella (y de la insólita capacidad, demostrada primero por las familias coreanas y enseguida por las chinas, de prosperar en la crisis) maneki neko se difundió desde los “súper” y casas de comida chinos a prácticamente todos los rubros comerciales de la ciudad, sin distinción de origen, credo, género o “nivel aspiracional” del/la comerciante o el comercio. En menos de un lustro llegó a ser, además, un producto muy fácil de encontrar en bazares y regalerías, en diversos tamaños, colores y diseños, con una u otra pata movida a pilas o por magnetos, o inmóvil.

Un dato curioso es que el “gato chino” es en verdad japonés, como su aspecto y su nombre: “gato invitador”. Su función supuesta es la de atraer; en principio, clientes; en intención, ganancias. En ese sentido su presencia en comercios (o casas) responde a una expectativa similar a la de muchos otros populares objetos de adorno que pueden categorizarse como “atractores de la buena fortuna”; conocemos varios, todos provenientes de culturas que podríamos considerar “exóticas”: el elefante (hindú), el saco –a veces vasija- de la Abundancia (druida-galo), la herradura (aparentemente anglo), la “figa” (africana), la pata de conejo (celta), el Ekeko (Altiplano andino), las bellotas (anglosajonas), y otros.

Desde luego, el neko tiene su leyenda; varias, en realidad, y existen varias versiones de cada una; la versión más ampliamente aceptada en Japón, relata la mágica y oportuna acción de la gata Tama, al salvar la vida del señor feudal Naotaka II (井伊直孝). Tama era la gata del sacerdote de un pequeño y muy empobrecido templo cercano a Edo (actual Tokio) que en el siglo XVII había conocido días  mejores  y  estaba  por  entonces semiderruido.  El  Señor  Naotaka,  sorprendido durante una cacería por una inesperada tormenta, se había refugiado del aguacero bajo un gran árbol situado frente al templo; mientras esperaba, divisó a una gata que, protegida bajo el portal del templo, le hacía señas con una pata, como si le llamara. Intrigado, se acercó al templo para ver mejor al animal, en el mismo momento en que un tremendo rayo partía e incendiaba el árbol en que había estado cobijado, matando e hiriendo a varios miembros de su comitiva. Sorprendido y espantado por lo que seguramente habría sido su muerte, Naotaka puso de allí en más al templo, al sacerdote y a la gata bajo su protección y manutención, dotándoles abundantemente en señal de gratitud. Tama murió de vieja unos años más tarde, recibiendo solemne sepultura en el muy tradicional y célebre cementerio para gatos del templo Goutoku-ji; la escultura que Naotaka hizo erigir en su honor sería la fuente inspiradora del actual maneki neko.

Algo que me gustaría mencionar acerca de los “usuarios” de maneki neko, es un sentimiento que cabe calificar de pudor, sino francamente de vergüenza por lo que ellos mismos consideran tal vez una debilidad irracional, una superstición, o ambas cosas. Pese a tener el artefacto a la vista de todos (es claro que no cumpliría su función de estar oculto) no muchos de los comerciantes a los que consulté sobre los motivos de la presencia del MN en sus locales me respondieron en forma directa y franca; la respuesta más frecuente (dada siempre por occidentales) es que les fue obsequiado por alguien a quien (por causas diversas, generalmente “pariente político”) no pueden ofender escondiendo el neko, de modo que lo mantienen visible. Varios se encogieron de hombros, sin más. Otros dijeron “está de moda” o “todo el mundo lo tiene” y frases hechas de sentido similar. Una tendera coreana de calle San Martín, a quien conozco hace tiempo, respondió lacónicamente: “trae plata” y agregó en volumen más bajo, “dicen”, desviando la mirada.

Quiero apuntar otro detalle curioso, que a mi juicio permite delinear un rasgo del “perfil de usuario” local del MN, ofreciendo al mismo tiempo la posibilidad de conjeturar al menos uno de los motivos por los que, de entre los talismanes orientales (japoneses), el neko y no otro (uno, en particular, que presentaré enseguida) es el que resulta más “apto” para difundirse por buena parte del mundo occidentalizado: Maneki neko, con su estética característicamente manga, resulta un objeto simpático, infantil, neutro y hasta anodino. Por comparación, el Tanuki, aún en sus representaciones más amables, contiene un rasgo que lo hace menos capaz de penetrar en las culturas occidentales.

Tanuki es el nombre de una subespecie de los cánidos, un animalito bastante parecido a un mapache pequeño, propio de la Manchuria y del archipiélago nipón. La mitología japonesa le atribuye cualidades mágicas afines a las del “zorro” de la cultura china; entre otras, la capacidad de transformarse y adoptar la apariencia de cualquier otro animal. No es esto lo que me interesa recalcar ahora, en cualquier caso. En el presente, en Japón, en casi todo restaurante, puesto o casa de comidas, puede encontrarse (y con mucha mayor frecuencia que el maneki neko) una estatuilla representando a un tanuki de pié, “gordito panzón”, sosteniendo en su mano izquierda alzada una tradicional vasija cerámica de sake, y en la derecha un librito de contabilidad.

El caso es que, como puede verse en la imagen y deducirse de la cualidad protéica antes mencionada, las representaciones de tanuki le dotan de rasgos hermafroditas. Las culturas orientales, en general, tienen bastante menos prejuicios sexuales que las occidentales, y en ellas la sexualidad está obviamente relacionada a la abundancia, fructificación, multiplicación, prosperidad y provecho, especialmente en el shintoísmo, como es frecuente en otras tradiciones agrícolas, incluyendo a  las americanas nativas (puede conjeturarse razonablemente que así haya sido en las aniquiladas y olvidadas formas originales del culto prehispánico a la Pacha Mama, anteriores a sus presentes restauraciones idealizantes, irremisiblemente contaminadas de cristianismo y pacatería).

Muchas divertidas historias acerca del astuto tanuki hacen mención del enorme tamaño de sus testículos, a los que suele llamarse kin-tama (huevos de oro): son símbolo de suerte y beneficio, y para exaltarlos, con típico humor japonés, en algunos cuentos se hace mención de tambores y hasta paracaídas confeccionados con la piel del escroto de un tanuki.

Difícilmente la estatuilla en cuestión pudiese lograr tan buena recepción como el ingenuo maneki neko entre los comerciantes occidentales, nativos de una cultura notablemente más pudenda, aún en estos tiempos de supuesta exaltación posmoderna de las sexualidades.-


* Información general sobre Japón y su cultura –tanto tradicional como presente- puede encontrarse, sintética pero de calidad, en http://www.kirainet.com.

Para la confección de este ensayo he consultado varias otras fuentes en la WWW, especialmente https://conoce-japon.com, además de:

· Bourdieu, Pierre; El sentido social del gusto. Elementos para una sociología de la cultura. (Trad. Alicia Gutiérrez) Siglo Veintiuno Editores; Buenos Aires, 2010;

· Grimson, Alejandro; Los límites de la cultura. Siglo Veintiuno Editores; Buenos Aires, 2011; (en especial su Cap.5)

· Muñóz López, Blanca; La Escuela de Birmingham: La sintaxis de la cotidianidad como producción social de la conciencia. Disponible en: http://icjournal-ojs.org/index.php/IC- Journal/article/view/188 ;

· Tanamara, Mitzuko y Jolan Chang; La sexualidad en el Shinto, el Zen y el Taoísmo: Tres historias. Matsubaru Iroshi editores; Osaka, 2007.-

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