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Memorias de un onironauta

Por Marina Cavalletti |

En Casa con Fantasmas, de Juan Santiago Avendaño, el santiagueño conjuga la vigilia y la somnolencia, con contradicciones, rupturas y añoranzas, y delinea imágenes de infancia en un hogar sonoro donde repican las palabras.

Para ciertas áreas de la psicología, existe un estado en el que se es plenamente consciente de uno mismo y del entorno, pero que se desarrolla mientras se está soñando. A quien lo alcanza, se le conoce como onironauta.

Casa con fantasmas, de Juan Santiago Avendaño es, entonces, el poemario de un onironauta, de alguien que deambula dormido, pero en algún punto está completamente despierto. Eso se advierte en el epígrafe de Héctor Viel Temperley que funciona como puerta de entrada: “Y cuando sueño que te vas, / no grito / pero salgo a buscarte / y llego tarde / y me enferma tu tiempo. En el sueño es verano, / La mañana es de invierno”.

En este volumen, publicado recientemente por Halley Ediciones, un hombre trascurre sus días entre la vigilia y la somnolencia, con contradicciones, rupturas, añoranzas. Así, la primera postal del itinerario se instala en la niñez, pero sin el estereotipo de la etapa idílica y feliz, sino como quien habita lo incierto, como quien se desconoce: “Yo de niño no era niño / y no sabía qué ser / si ser cielo / ser médico / ser dios”, subraya y en la duda sobre su propia identidad se reconoce en la cuerda floja que implica haber nacido fuera de tiempo, apresurado a su época. Y, más adelante también, sabremos que la dimensión temporal persistirá en estado de pregunta entre las páginas.

Ese no saber ser, esa vacilación ontológica refuerza su potencia con el mundo escolar, porque aparecen rimas o juegos de palabras en un futuro tardío de padres muertos e hijos neutros, se potencia porque se enumeran destrezas -conjugar o declinar, memorizar en todo caso-  que no borran la incertidumbre, sino que la amplifican.

Esa sensación de estar haciendo equilibrio en una realidad que nos toca, pero que no elegimos se evidencia también en la disparidad de los versos que van de breves a longevos, como en un zigzag.

“Yo no sabía ser dios, / pero escribía algo para destruirlo a mi antojo / y todo era tarde”, remarca Avendaño y se espeja en Vicente Huidobro que en 1916 afirmó: «El poeta es un pequeño Dios». Y  el santiagueño aclara en su obra “nada es más vano que un dios destructivo” y aún más, añade “yo no sabía ser niño y mucho menos dios, por eso escribía y tiraba los papeles lejos para ser devorados por otro monstruo”.

Y aquí, una cercanía con Juan Gelman que en “Sefini” decreta: “basta por esta noche cierro / la puerta me pongo / el saco guardo / los papelitos donde /no hago sino hablar de ti /mentir sobre tu paradero / cuerpo que me has de temblar”.

Pero desde esos papelitos, papeles, Avendaño no cierra, sino que abre su poemario, breve e intenso. El trayecto sigue con “El presente es un espacio para ver arder ideas”. Allí emerge “la arquitectura inconclusa de los sueños” donde las personas se suceden como fotogramas y el poeta, tal vez con los ojos de video tape a los que les cantó alguna vez  Charly García,  se instala “para desconocer lo aprendido” en las dicotomías: luz versus oscuridad, certeza y azar o viceversa.

En “Equilibrio” se retorna a la sensación de lo tardío y se escribe para los días que vendrán, para presentir el horror, pero sobre todo “para descubrir que la ausencia es un modo de estar vivo” y en esa afirmación se impulsa, “como quien vuelve de un sueño” para comenzar liviano, como un cielo nuevo, como un río novedoso e internarse en el “laberinto de uno mismo” que se menciona en “Fundación”.

Luego, en “El hambre del solo”, los adjetivos abundan, casi como atracones de palabras que están ahí para saciar la notoria necesidad de alimento en un escenario donde la carencia individual es un puente hacia lo colectivo, tal vez como una alarma hacia la acción, ante la injusticia que encarnan “las divinidades modernas”.

“Déjate llevar mientras el color ilumina tu rostro”, adelanta David Bowie en el acápite de “Naufragio”. Allí Avendaño combina la primera y la tercera persona, allí como en una distopía, no hay nadie en la otra orilla, hay voces que gritan y lloran mientras algunos bailan solos en la multitud y el poeta sentencia que el mundo morirá si nadie lo pronuncia. Entonces, el norteño añade “vaticino la penumbra detrás del sueño”. Siempre el sueño, como constante, como un ostinato musical de notas que se repiten para marcar algo que no debe olvidarse: vivimos en el vacío, pero como alguna vez escribió Juarroz, en el centro del vacío hay otra fiesta. Y en la celebración se enciende una bengala para señalar el camino de retorno en medio del caos, porque “el viaje es uno mismo”.

Seguidamente el libro replantea lo onírico con “Sueño 1” donde Avendaño confiesa: “me desbordo desde adentro” y es desde esa exuberancia sin dique de contención, es desde los escombros que renacen los poemas, en una realidad que parece insuperable, con una trama textual fragmentaria y la necesidad de volver a dormir para recibir la visita de los pájaros.

Desde el duermevela que retorna en “Sueño 2”, con la nostalgia de una casa que ya no existe, desde el sitio perdido para dos donde el mundo fue un lugar apacible, también irrumpe la dimensión de la naturaleza en piezas como “Viento norte”, “La montaña”, “Tarde con un perro” o “Tiempo de lluvia”. Y desde esos trampolines, la observación del entorno trae reflexiones sobre las migraciones del amor, sobre el viento interior, el impacto de la belleza en la percepción de los animales o las orillas de los cuerpos amantes para una canción de unión necesaria.

En “Volcar” se muestra el deseo de que “el mundo gire en paz hasta entenderlo” y en “Futuro” se define a esa categoría venidera como toda suposición que remite al caos, como un “paisaje detrás de un vidrio empañado”.

Más aún en “escenario” 1 y 2, Avendaño se interna en la trastienda de su proceso creativo donde retracta: “Escribo poemas como relatos / personas como personajes / héroes griegos / menos poéticos que económicos / contarlo todo es igual a no decir nada”, así espera que el poema revele su lenguaje, se despierta con la yema del dedo negra, y cicatriza a cielo abierto con el pecho lleno de flores e insectos para que, tras la germinación, el fruto sirva de abono.

Finalmente, en “Casa con fantasmas”, que cierra y nombra al libro, se hace clara otra de las contantes en el microcosmos del autor: el imperativo de nombrar: “busco decir tu nombre”, escribe, en una empresa que refuerza con cada estrofa. Y en ese universo dialogal y amplio, rotundo e interno donde se resiste al olvido, donde se disfruta del naufragio a pesar de los abismos, donde un perro descifra el lenguaje de los muertos, tal vez como el mismísimo Pedro Páramo,  allí en un universo donde las temporalidades se bifurcan, donde la noche y el día se confunden, Avendaño declama: “Mi casa siempre será un lugar sonoro”. Y es que Casa con fantasmas, podría musicalizarse con Spinetta o Led Zeppelin, con Charlie Parker o Radiohead, como banda sonora complementaria, como lenguaje mellizo del libro de un onironauta que vale la pena recorrer.


José Santiago Avendaño nació en Santiago del Estero en mayo de 1985. Escribe poesía desde el año 2005, publicó en distintos formatos, diarios, revistas, blogs, antologías poéticas y participó cómo poeta invitado en el disco Mil Artilugios de Sapunar. Coordinó el ciclo Palabra Abierta, dónde se reunió la obra de diversos escritores santiagueños durante el año 2009. Escribió Caja Negra (2011 inédito), Mientras veo la luna en un vaso de vino (Editorial Chernobyl, 2021) y Casa Con Fantasmas (Halley Ediciones, 2023). Integra el grupo «Poesía Circular».

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