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ISSN 2684-0626

 

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“Miniambientes. Una colección con vista al mar”-Primera parte-

Por Marcelo Martino |

Podríamos decir que coleccionar es fundamentalmente un gesto infantil, en el mejor sentido de la palabra. Es una conducta propia de la infancia, que puede persistir en la edad adulta, separar las cosas que nos gustan y guardarlas, atesorarlas, como objetos únicos y valiosos, pero no guardarlas desordenadamente sino en un conjunto que tiene una coherencia, algo en común que explica su convivencia armónica. Pero cuando digo “tiene” no quiero decir que la coherencia sea necesariamente inmanente a ese conjunto, sino que la tiene porque se la da, se la inventa el o la coleccionista, de modo que una piedra, un botón y un papel de chocolate pueden convivir pacíficamente en una colección por el simple y hermoso hecho de ser o haber sido objetos imprescindibles para jugar.

La práctica del coleccionar, por otra parte, tiene su costado negativo, patológico. Por algo es la actividad favorita de lxs acumuladorxs compulsivxs, que llenan su casa -y la ajena si unx se descuida- con las cosas que coleccionan. Y esas cosas pueden ser bellas como caracolas de mar, pero también desagradables y asquerosas, como recortes de uña, hábito este último que, si uno googlea, descubrirá que es más habitual de lo que se piensa. Sin llegar a ese extremo, confieso que en un momento lejano de mi infancia se me había dado, en una exacerbación del culto por lo dulce, por guardar envoltorios de golosinas, de todas y cada una de las que probaba, conservando sólo un papelito representativo por cada tipo de caramelo, chocolate o chupetín. Y los guardaba en una bolsa, que con el tiempo fue engordando, mientras que los papelitos se iban uniendo entre sí, hasta llegar a convertirse en un solo bloque colorido y pegajoso, que impedía distinguir una golosina de otra. Este método poco práctico y heterodoxo de coleccionar dificultaba la observancia de la regla de guardar sólo un envoltorio por golosina, ya que andá a acordarte si ya guardaste un palito de la selva de elefante (porque guardaba uno por animalito) o si ese que te acababas de comer era el que debía ingresar a la colección. Colección que, por razones de higiene, estaba condenada a desaparecer y a sucumbir en las manos de mi madre, que, cual pájaros en el aire, eran más propensas a tirar que a coleccionar.

Hay colecciones, naturalmente, mucho menos nocivas, como es el caso de los libros. Y aquí habría que distinguir dos tipos: las colecciones personales que cada lector y lectora va construyendo según sus gustos y preferencias (por ejemplo, una colección de libros de ciencia-ficción, donde conviven especímenes de distintas editoriales) y aquellas diseñadas como parte del proyecto de una editorial. Estos dos tipos no pueden separarse categóricamente, ya que se cruzan todo el tiempo (una colección personal de ciencia-ficción puede estar constituida, por ejemplo, por libros de la biblioteca de Ultramar, por otros de la colección de Hyspamerica y por algunos sueltos). En esta ocasión, me interesa concentrarme en la segunda clase de colecciones, las que integran el catálogo de una editorial y responden a un plan y a una estrategia comercial y de ventas, pero también ideológica. Aquí cabe preguntarse si las colecciones editoriales configuran y construyen lectorxs, o bien si son estxs quienes determinan y crean colecciones. ¿Coleccionamos porque el mar nos deja caracolas en la playa o el mar, porque intuye, inventa o adivina nuestra manía, nos deja caracolas para que las coleccionemos? La responsabilidad, creo yo, es compartida. Es el mar pero también somos nosotrxs.

Y el mar, en el caso que motiva este escrito, es la colección Miniambientes de la editorial Monoambiente, integrada por una serie variada de fanzines. Lo de “mini” ya anuncia algo pequeño, que viene en frasco chico, en un formato de 14 x 8 cm, para ser más precisos. Majo Bovi, una de las responsables de la editorial, define a estos pequeñitos como “objetos de diseño pensados desde su maquetación y su tamaño”, con tapas concebidas “para poder abrir el fanzine completo y que tapa y contratapa formen una sola imagen que se pueda pegar en una heladera y hasta en un tender literario”. Surgieron, sigue contando Majo, debido a la gran cantidad de cuentos y relatos que llegaban a la editorial y que no se podían publicar en formato libro. Este proyecto les permitió “recurrir a imprentas de la provincia, vender literatura con pequeños costos y seguir agrandando el catálogo”.

Majo aclara que el nombre de la colección replica el espíritu y la lógica de la editorial: “un pequeño espacio donde hay mucho que lo habita”. Es decir, lo pequeño que permite albergar mucho, a muchxs, sin que haya hacinamiento, por obra y gracia de la naturaleza etérea de las palabras. Y ese mucho que habita los Miniambientes es de una hermosa heterogeneidad, articulada en diferentes propuestas. Por un lado, están los book trailers, que anticipan libros próximos a aparecer y que contienen un fragmento seleccionado de los mismos, a modo de botón de muestra. En segundo lugar, están aquellos libritos que recogen los textos seleccionados en una convocatoria abierta realizada en 2019. La familia de Miniambientes se completa, por último, con las llamadas “Operaciones Masacres”, trece fanzines originados en un taller literario realizado en el marco de las prácticas docentes de Majo y José González en la Escuela Normal con chicxs de 6to año, en torno al libro de Rodolfo Walsh. Debido a las particularidades de esta tercera pata de la colección, nos ocuparemos de ella con más detalle en una próxima nota.

El primer tipo de la colección -o subcolección, si se nos permite llamarlo así-, los book trailers, son como esos bocaditos chiquititos, de queso o jamón serrano con palillo o mini tostadita untada con paté que te hacen probar en las ferias para persuadirte a que te llevés el frasco o el queso entero. Y los que te hace probar Monoambiente son A primer olfato, de Álvaro Astudillo (ilustrado por Martín López), que precede a su libro Qui-quiri-michi; Amar a las Ofelias, de Tito Lizárraga (con ilustraciones de Cecilia Espinoza), antesala de El pupo de Elena, y La casa abandonada, de Mica Morón (con tapas dibujadas por GriLeo), parte de la novela Los trillizos, de próxima aparición. Según nos anuncia Majo, pronto se sumarán los book trailers de Salustiano Zavalía (Tucumán) y Lautaro López Geronazzo (Jujuy).

Estos book trailers tienen distinto grado de dependencia con respecto a la obra a la que pertenecen. En el extremo de la autonomía se ubica el mini de Álvaro, un relato autoconclusivo, protagonizado por gatos conspiradores que analizan obsesivamente las cadenas de Whatsapp de los humanos en un intento por comprenderlos. Se trata de un pedacito extraído con cuidado de ese universo personal, heteróclito y multiforme, como le gustaba a Saussure calificar al lenguaje, que se expande en las páginas de Qui-quiri-michi, un pedacito de ese “poco de todo” y “mucho de nada”, como promete el subtítulo.

El libro de Tito, por su parte, recoge uno de los tantos relatos que se entretejen para contar la novela de la vida de Elena, esa niña-mujer pariente de Mafalda, desde que era muy pequeña. Elena aprende, se enamora, sufre, se decepciona, cuestiona, se enoja, es decir, crece. Amar a las ofelias, a tono con el resto del libro, es un alegato contra la discriminación, la homofobia y el machismo, y una muestra de cómo conjurar estos males desde el amor, y puede leerse con independencia, a pesar de su estrecha articulación con el resto de los relatos-capítulos que conforman El pupo de Elena.

El book trailer de Mica, por último, es un fragmento de su novela de próxima aparición, que presenta a tres trillizxs adolescentes acostumbradxs a charlar con los fantasmas, quienes quedan atrapadxs en una casa abandonada de Tucumán (del Parque Guillermina, más concretamente, según adelanta Majo en las redes), y no sabemos si van a salir o no, porque ahí se termina el librito-capítulo, y habrá que esperar nomás, para ver cómo sigue esta novela, que Mica escribió entre los 10 y los 15 años de edad.

La segunda subcolección de Miniambientes está conformada por cuatro libritos que contienen los relatos seleccionados en la convocatoria de la editorial correspondiente al año 2019. Entre ellos podemos trazar algunas líneas y establecer agrupaciones en función de sus respectivas propuestas literarias. El libro de Facundo Iñiguez, Sala E (ilustrado por Maximiliano Torres), y el de Ángel Ramón, Contame historias de amor (con dibujos de Tutiko Neko), apuestan por el realismo. La sala E que da nombre al relato de Facundo es una sala de un hospital psiquiátrico donde solía aplicarse terapia de electroshock. Este lugar, por eso mismo, despierta el miedo y la curiosidad de algunxs pacientes, constituyéndose en el refugio elegido por un escuadrón de locxs lindxs, el “escuadrón E” justamente, que confían en y practican el poder subversivo y liberador de la poesía y del rito sanador de la escritura colectiva. Los cinco cuentos que conforman el mini de Ángel -“La justicia de los nadie”, “Tarde de domingo”, “Marcia”, “Nébel está loca” y “Ojalá te encuentre en otra vida (o en algún recital”)-, por su parte, son de un realismo más duro, sin que esto signifique ausencia absoluta de ternura. La injusticia social que determina el rumbo de una vida, el desencanto, las relaciones rotas pero también la justa valoración de lo que nos dejan cuando nos dejan. En realidad, el título remite no sólo (o no tanto) a la temática unificadora de los relatos, sino también a un pedido, a la expresión de un deseo.

En el extremo (aparentemente) opuesto del espectro están los otros dos fanzines, El Familiar de mi abuelo, de Gabriel Figueroa (con ilustraciones de Frido Nuñez), y Vecina oscuridad, de Matías D’Angelo (dibujado por H. Kramer), que se instalan cómoda y desenfadadamente en el género fantástico. La bestia del título se pasea por el relato de Gabriel, quien, a través de una historia contada por un abuelo a su nieto, evoca y convoca al ingenio Santa Ana, al gobierno de Onganía, al disciplinamiento y la desaparición encubierta de los obreros rebeldes, al cierre de los ingenios. El Familiar del abuelo del narrador, en realidad, es un monstruo con el que éste nunca llega a enfrentarse, un monstruo que después se ausenta misteriosamente, como también lo hacen los peones díscolos. Por su parte, los dos relatos del librito de D’Angelo, “Compinches” y “El precio de jugar con las bestias”, se vinculan con una vertiente más gótica y lovecraftiana del terror, recurriendo a algunos tópicos del género, como las invocaciones a los espectros y los pactos con bestias para conseguir favores personales. No obstante, no hay que dejarse engañar: la vecindad a la que alude el título remite a una realidad muy real y próxima, como es la homofobia y la violencia machista del pueblo chico (pero que también se consigue en los grandes), amparada en los códigos de la barra, de la “manada”. Las bestias, está claro, no son las que vienen del más allá.  Las propuestas y denuncias de Figueroa y D’Angelo, por lo tanto, no están tan distantes (y eso explicaría el “aparentemente” que matiza mi afirmación anterior), del realismo decidido de los relatos de Facundo y Ángel. 

¿Qué vino primero, volvemos a preguntarnos: el mar o lxs coleccionistas de caracolas? Y la verdad que, después de leer y releer estos miniambientes, de probar estos bocaditos para engañar el hambre y la ansiedad de la espera, poco importa la pregunta, mientras el mar nos siga dejando caracolas en la playa.

Los libros de la Colección Miniambientes, están disponibles para su compra en la Tiendita

https://lapapa.online/categoria-producto/monoambiente-editorial/coleccion-miniambientes-zine/

Una respuesta a ““Miniambientes. Una colección con vista al mar”-Primera parte-”

  1. María José Bovi dice:

    Gracias, Marcelo, por esta increíble (no podría nombrar reseña) historia de colección. Contenta de habitar en ese espacio elegido y cuidado de tus objetos con las historias de las que fui parte. Como siempre, gracias por apostar al cuidado tambièn, porque creo que es parte de tu colección, de las editoriales independientes y autogestivas en la adquisición de los ejemplares y en la palabra puesta en cada uno de ellos que atentamente leemos en las redes. Yo creo que el mar trae las caracolas, prefiero pensar eso desde el asiento de editora independiente, y que muchas veces salgo corriendo en la arena a buscar la que más me gusta, pero también soy de probar el queso, vegano en mi caso, y querer comprarme el local.
    Sin dudas una lectura prolija y atenta, una bitácora del mar y sus joyitas y un viaje a los espacios pequeños que tanto tienen.
    Un abrazo con amor y mucho! Ya no de codos, no por acá.

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