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Montaña en el mar, de Javier Foguet

Por Gabriel Gómez Saavedra |

“A mi paso, / el aire se separa / y siempre vuelve a unirse / llenando los espacios / donde estuvo mi cuerpo. // Todos tienen razones / para moverse, / yo me muevo para / que las cosas mantengan su entereza”[1], escribe Mark Strand en “Que las cosas mantengan su entereza”, uno de sus poemas más difundidos. Los versos del canadiense pueden interpretarse como representación de la idea de que la forma más sana y precisa de abordar el exterior, desde la poesía, es acompañando su fluir, sin pretensión de modificarlo, reemplazarlo o sublimarlo bajo la forma del poema.

Javier Foguet logró, como poeta, desarrollar un estilo donde ritmo y armonía se adaptan a la forma de lo que nombra su poesía, como si la producción no imprimiera valor agregado a la materia prima, sino al revés. Esa materia prima, para Foguet es, por excelencia, la naturaleza y, el estilo mencionado, la marca persistente que, desde La tumba de los viajes (Ediciones del Copista, 2006), su primer libro, fue perfeccionado hasta generar un yo poético que siempre parece tener mucho menos volumen que todo lo que atestigua. En Montaña en el mar (2023), su último libro publicado por La Papa Editorial, el uso de ese estilo enfrenta nuevos desafíos ante una colección de poemas que, hablen o no de la naturaleza, están sujetos orgánicamente a ella. Por ejemplo, en “VII”, la vulnerabilidad de aquella impregna lo contenido en el poema:

Luz que has comenzado a romper

no eres bastante

para descubrir el interior de los árboles

y por eso te apreciamos, porque como

nosotros

eres débil

y más fuerte que tú misma.

Foguet permite que la naturaleza se materialice en una subjetividad que se apropia del yo lírico, aun cuando éste sea quien la sostiene y nombra: “—todo está del otro lado… / Me repliego / hacia afuera, hacia el paisaje / y continúo mi viaje” o “(Ya sé el camino y lo olvido / todas las veces que he ido: / me vacío cuando miro.)” (“Los hechos son los sueños del trabajo”). Esta “posesión” se amplía para poder reflejar a las personas que residen en los poemas: “Un cable tendido sobre el bosque / para conversar con tu poesía (…) // Tus palabras son brillantes / como el viso feldespato / en un campo de hielo” (“A un viejo poeta”).

Montaña en el mar cierra con el poema que le da título, y donde encontramos la siguiente sentencia: “He entendido que quiero / sólo la poesía / donde no sé llegar”. Lo interesante del trato de Foguet con la naturaleza —o acompañamiento, como bien define Inés Aráoz en el texto de contratapa—, es que éste pareciera venir a suplir esa insaciabilidad que asalta a los poetas cuando van en busca de la poesía, y que en este libro se traduce en una picada que se abre al finalizar la lectura de un poema, para llegar, con un suave misterio en las manos, hasta el poema siguiente.


[1] Versión de Ezequiel Zaindewerg.

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