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“Ni el éxito con el público ni el aplauso de la crítica aseguran la calidad literaria”

Entrevista a Ana María Shua

Por Mónica Cazón |

Ana María Shua no solo nos sorprende por su prolífica obra, talento y rigurosidad a la hora de escribir, sino también por el ser extraordinario que existe detrás de toda la fachada. En esta entrevista, ahondamos en los detalles y peripecias de toda una vida en la literatura.    

—Es Honoraria en Salamanca, Jurado de Honor del Premio Clarín Novela, se reeditan sus libros, trabaja incansablemente. Es reconocida, admirada, querida. ¿Se encuentra plena o satisfecha con su carrera?   

Mis novelas han sido traducidas a varios idiomas, mis cuentos integran antologías en todo el mundo, soy una exitosa autora infantil. Y creo que me destaco especialmente en el microrrelato. Pero la relación entre la consagración y la plenitud es azarosa y arbitraria. Ni el éxito con el público ni el aplauso de la crítica aseguran la calidad literaria y viceversa.  “Plenitud” es una marca de pañales descartables.  Creo,  para ser más sincera de lo que me conviene, que mi plenitud como escritora ya fue, sucedió hace unos años. A los setenta y dos, ya empecé a perder vocabulario y memoria. Ningún autor que yo conozca escribió sus mejores obras después de los setenta.

—Para un escritor es importante editar y difundir su obra; La sueñera, Casa de Geishas, Botánica del caos, Temporada de fantasmas, etc. fueron traducidas, sus novelas son películas, es un referente indiscutible de la LIJ y de la microficción, entre otros géneros ¿cómo fue el comienzo de su carrera con respecto a la edición de los libros? ¿Qué papel jugaron los editores, y las editoriales independientes?   

En total tengo traducciones a dieciséis idiomas, pero eso no quiere decir que cada libro haya logrado esa cantidad de traducciones.  Empecé a publicar por concurso, y, en base a mi propia experiencia, presentarse a concursos es algo que siempre recomiendo a los nuevos autores.  Con los poemas de El sol y yo, gané a los quince años mi primer premio literario: un pequeño préstamo del Fondo de las Artes para publicar el libro. Me llevó muchos años aprender a narrar: ya tenía veintiocho cuando gané el premio de Editorial Losada con mi primera novela, Soy Paciente.  En 1984  publiqué Los amores de Laurita, en la Editorial Sudamericana.  Después se lo acusó de ser un libro muy comercial: ¡no se pueden imaginar la cantidad de editoriales que me lo rechazaron!  Ese fue mi primer libro de mucha venta.  Los otros géneros aparecieron por pedidos específicos. Sudamericana decidió iniciar un departamento de literatura infantil y me pidieron cuentos para chicos. Me encantó la idea y descubrí una nueva posibilidad.  Como ven, no tengo mucha experiencia en editoriales independientes…Corregidor publicó en 1981 mi primer libro de cuentos, Los días de pesca, pero tuve que pagarme la edición. La experiencia no fue buena. En esa época Corregidor tenía mucho prestigio por haber sido una de las editoriales del boom y todavía no vendía el sello abiertamente. Después de un par de años de haber firmado el contrato, viendo que el libro no se publicaba y aconsejada por otros autores, decidí ofrecerles plata, que por supuesto aceptaron. Hoy uno de mis libros, Gorda está publicado por la editorial Bajo la luna.

Por otra parte, en los años 80 hubo aquí un escritor, traductor y editor, Marcial Souto, que se dedicó durante varios años, con increíble fervor, a la difusión de la ciencia ficción en Argentina.  A él le debo, como editor, la publicación de La sueñera, que después de haber sido rechazado por varias editoriales (algunas lo consideraron poesía), encontró su lugar en una colección de ciencia ficción que tuvo una vida muy breve, Minotauro Argentina, de Sudamericana y Paco Porrua.

Por otro lado, empecé con el cuento infantil en 1988, por un pedido expreso de Canela, la directora de la recién inaugurada (en ese momento) sección infantil y juvenil de la Editorial Sudamericana. Muchos de los libros que tienen que ver con el judaísmo nacieron a pedido de editoriales.  Sabiduría popular judía fue un encargo de  editorial Ameghino. Risas y emociones de la cocina judía y Cuentos judíos con fantasmas y demonios fueron encargos de la editorial Shalom.

Hoy, en general, hay más posibilidades de publicar que cuando yo empecé (aunque no este año, por cierto). Las editoriales grandes publican más que antes, pero además hay un florecimiento extraordinario de editoriales independientes que no me canso de aplaudir. En la Argentina tenemos un increíble semillero de autores jóvenes y el movimiento de pequeñas editoriales acompaña ese surgimiento de nuevos escritores.

¿Existe el federalismo en la escritura en cuanto a la difusión de autores y obras?   

Siempre, para cualquier cosa que uno quiera hacer en este país, todo es más fácil en Buenos Aires. En particular en cuanto a publicación y difusión: las editoriales y los medios están aquí.  Han sido pocos los autores del interior que lograron superar esa barrera sin mudarse a la capital. Pero internet cambió mucho las posibilidades de publicación y difusión. Hoy, aunque estemos físicamente en un pueblo pequeño y remoto, vivimos en el mundo y no hay que olvidarlo.  Me gusta mucho la gestión cultural que hace Mempo Giardinelli en el Chaco, con su famoso Foro, porque demuestra que no es necesario pasar por Buenos Aires para sostener una actividad de excelencia internacional.

—El ensayo Cómo escribir un microrrelato es un libro de consulta (entre otros) para escritores, alumnos, lectores, docentes. Un texto imprescindible, ¿fue ese el propósito?

Fue tal vez mucho más modesto. Alba Editorial, en España, me propuso escribir un manual sobre el microrrelato para su colección “Cómo escribir”. Hacía muchos años que yo estaba buscando financiación para dedicarme a escribir un libro que fuera un ensayo sobre el tema, pensando que me iba a costar mucho encontrarle editorial. Tenía incluso ya preparado un resumen y un índice. El anticipo de Alba cumplió esa función. Como sucede normalmente con las editoriales españolas, me pidieron los derechos para todo el mundo de habla hispana y solo lo distribuyeron en España. Cinco años después recuperé los derechos para América Latina y me lo publicó Siglo XXI en Argentina y en México. Estoy contentísima con esa edición, muy cuidada y muy linda.

—¿Qué ocurre en Argentina con la lectura, y la educación formal en general, en todos los niveles? Su mirada.

No lo sé.  No soy docente y es un tema que no manejo.  Pero entiendo que la posibilidad de acceso a la lectura y a la literatura, como el acceso a la educación en términos generales, sigue siendo un espacio de lucha y reivindicación social en toda América Latina. Lo que debería ser un derecho normal de todo niño latinoamericano, sigue siendo un privilegio para algunos y una reivindicación para otros.  Buenos Aires lo tiene casi todo. Dentro de los límites de la Capital Federal, la población no excede los 3 millones de personas. Sus habitantes tienen un promedio educativo alto, intereses y aspiraciones culturales y artísticas, buen poder adquisitivo. Pero vivimos en un país de cuarenta y ocho millones. Apenas se pone un pie fuera de la línea virtual que separa la Capital Federal del conurbano, todo cambia, todo falta. Entramos a un país «en vías de desarrollo», como lo llama el vocabulario políticamente correcto. Un país pobre, con mucha inseguridad, bajos niveles de lectura y todos los problemas imaginables.  ¿Qué necesitamos? Polos de desarrollo fuera de la capital, más inversión en educación,  protección a la industria editorial, sobre todo fuera de Bs. As., promoción de la lectura en todos los ámbitos. La formación de lectores no es fácil ni hay soluciones rápidas. Se trata de mantener una lucha clara y sostenida contra la pobreza y un aumento importante en el presupuesto de educación.  Otra prioridad es la protección estatal de la industria editorial, tal como se dio en España, con créditos, desgravaciones y premios a la exportación.  En este momento no parece que vayamos por ese camino…

 —Las redes sociales, internet, el mundo de la tecnología en definitiva, ¿suma o desgasta el pensamiento crítico de niños y adolescentes? ¿Qué vamos a hacer con la inteligencia artificial? 

Internet es mágica y maravillosa. Al principio dije: “en el cuarto donde escribo, mejor que no haya internet para no distraerme”. Y enseguida me di cuenta de cuánto la necesitaba.  Es una fuente de información extraordinaria. Amo internet y todas las mañanas me levanto y digo: “gracias Señor, que me hiciste nacer en la era de internet”.  Recuerdo perfectamente lo que era ir a las bibliotecas a buscar información, era una pesadilla.  No veo ningún problema de supervivencia en relación con el fluir de información. La literatura sobrevivió a los diarios, a la radio, a la televisión y por el momento la llegada de Internet no está provocando esos grandes cambios temibles con los que todos fantaséabamos (en cambio está provocando otros, que ni siquiera imaginábamos…). La inteligencia artificial está presente desde hace ya varios años. El Chat GPT es lo que hizo que muchos tomaran conciencia de su existencia. El progreso tecnológico es tan inevitable como el sol, las nubes o las biromes. No tiene sentido oponerse, hay que aprender a usarlo y sacarle provecho.  

—Hablemos de la elocuencia del silencio en la poesía, el haikus, el cuento, en la lij, la novela. ¿Es necesario en cada uno de ellos, o no?   

Sí, por supuesto, todo lo que no se dice (pero está allí de algún modo) es parte de la literatura. Se habla mucho de la importancia del silencio en el microrrelato, pero es igualmente necesario y valioso en una novela de mil páginas. El silencio está siempre allí,  como el famoso, inmenso iceberg de Hemingway del que solo vemos la parte que emerge de las aguas. 

—Cuéntenos sobre su novela Gorda, reeditada. Un título que duele en esta sociedad que nos pretende perfectos, y ser perfectos es también ser flacos.

Como decía antes, Gorda es una reedición de El peso de la tentación, que fue publicada por Planeta en 2007. Diría que la novela conjuga un par de vertientes. Por un lado, siempre me interesó escribir sobre el cuerpo, la enfermedad, la relación médico-paciente. Y la idea de un grupo de personas que no se conocen entre sí, atrapadas en un ámbito cerrado me parece el colmo de lo novelesco. Por otro lado, aunque nunca fui obesa y nunca estuve internada en un centro de adelgazamiento, siempre tuve que luchar contra mi propia voracidad. Conocí personalmente a todos los adelgazólogos, hice todas las dietas, me tomé todas las pastillas. La historia clínica de la protagonista es muy parecida a la mía.  Creo que el tratamiento del tema obesidad tiene que ver allí con cuestiones de libertad, adicción, sometimiento a una autoridad injusta. Gorda no es una denuncia a la sociedad que nos quiere flacos. Es, en todo caso, una denuncia contra la sociedad que nos quiere consumidores; una epidemia de obesidad se expande hoy por el mundo entero, al punto de que ha aparecido incluso ese nuevo fenómeno de la obesidad en la pobreza. Los personajes no tienen la obsesión del cuerpo perfecto, sino la obsesión de comer y comer ferozmente sin control ni contención.  Son obesos mórbidos.  La respuesta de Las espigas, el establecimiento donde se desarrolla la novela, con su monstruosa represión, no es por cierto ninguna solución al problema, pero tampoco hay una idealización de la gordura. 

—¿Y el libro Guerra de microrrelatos? Confieso que me sorprendió el tema para creo, casi ciento cincuenta piezas exquisitas que nos sumergen en reflexiones intensas.

Pensé que sería un tema interesante y me puse a leer, investigar y estudiar. La historia del género humano es muy corta en relación con la historia del universo y hasta ahora sí, la guerra fue esencial y característica del género humano. Parece que fuera una parte indisoluble de la humanidad. Estamos en un mundo en guerra constante. Siempre hay guerra en alguna parte del mundo. Me pareció una inclinación que, en parte, define a la humanidad. Por otra parte, hay razones literarias: yo estoy siempre buscando un tema que me permita construir todo un libro de microrrelatos. Lo intenté con La sueñera pero no me alcanzó con el tema del sueño, la vigilia y el insomnio. Con Botánica del caos hubiera querido hacer un libro que fuera todo de ejemplares raros, una especie de Jardín Botánico de la fantasía, y tampoco fue suficiente. Finalmente lo encontré en Fenómenos de circo. Y con La guerra descubrí un tema tan variado, tan vasto, con tantos elementos diferentes, desde los antecedentes de la guerra hasta las consecuencias, las víctimas, los agresores, los guerreros, las armas, las películas. .. Sin duda me permitiría construir un libro entero, y así fue.

—Y ya que hablamos de guerras, entiendo que emitir una opinión en redes sociales, tiene sus riesgos, y creo que la gente no siempre interpreta lo que uno quiere decir. Hablo de la última manifestación con respecto a la cultura  y específicamente con el FNA…

Sin duda, pero son riesgos muy fáciles de calcular y no me preocupan. Yo me manifesté no solo en defensa del Fondo de las Artes, sino en defensa del Instituto de Teatro, el INCAA, la CONABIP, Argentores y, en fin, todas las instituciones amenazadas por la Ley Omnibus. Mucha gente me atacó por ponerme en contra del gobierno. Yo no me puse en contra de nadie, solo en defensa de la cultura argentina. En todos los países del mundo, pobres y ricos, la cultura necesita apoyo del Estado. Y creo que en Argentina devuelve con creces lo que se invierte (porque no es un gasto sino una inversión).  

—Usted dijo en una entrevista para Infobae, “la enfermedad es una de las pocas aventuras que puede tener cualquier persona” refiriéndose a su libro de cuentos Sirena de río. ¿Se escribe desde el dolor cuando pasa, o cuando está latente?

En realidad Sirena de río es una colección de cuentos muy variados y todo el tiempo tengo que estar justificándolo porque no es el tipo de libro de cuentos que se estila. Hoy el ideal es que todos los cuentos de un libro que tengan alguna relación entre sí, de tema, de tono o de género. Creo que la variedad tiene ver con mi idea de la literatura, con mi costumbre de cambiar de género, con lo que yo busco como lectora, que es la sorpresa, lo inesperado. Y lo que quisiera con este libro es que al lector le pase eso. Que cuando termine un cuento no sepa con qué se va encontrar en el siguiente; que lo tome de sorpresa. Los cuentos son muy diferentes entre sí. Algunos tienen muchos elementos autobiográficos, por ejemplo “Un canto a la vida”’, que es la historia de un cáncer, que sucedió hace más de veinte años. En ese momento, mientras estaba atravesando esa enfermedad, escribí un texto bastante particular, muy irónico, contando un poco los remedios mágicos que me iba aconsejando la gente. Y eso aparece en el cuento.  La biografía personal es la historia que todos los escritores tenemos a mano, un material que siempre está presente, con el que trabajamos y al que hay que cuidar también. Hay otro relato, “Después de la muerte”, que es la historia del velorio de mi papá, algo que escribí poco tiempo después de su muerte (fue en 1975), es decir, hace muchísimos años. Todavía no había publicado mi primer libro cuando escribí ese texto y otro  que probablemente es mi mejor cuento, y también tiene que ver con la muerte de mi papá: “Los días de pesca”. En resumen, y volviendo a tu pregunta: como todo en literatura, vaya uno a saber. A veces es necesario dejar que pase la tormenta y a veces se escribe mejor en medio del huracán.

—¿Si un adolescente que quiere ser escritor le pregunta, ¿estudio letras o escritura creativa?  ¿Cómo relaciona creatividad-academia?

Si un adolescente me dice que quiere ser escritor, lo primero que le aconsejo es que se busque un trabajo. Porque de la literatura no va a poder vivir por muuuucho tiempo, suponiendo que le vaya muy bien.  Creo que ir a un taller (universitario o no) siempre es bueno y útil, a condición de que esté dado por un escritor.  Hay escritores que quizás no son tan geniales o tan exitosos en lo que escriben pero en cambio son muy buenos talleristas. Yo hice la carrera de Letras y por cierto no me hizo ningún daño, aunque a veces pienso que lo que leí y aprendí en la facultad lo habría leído y aprendido de todos modos. Y, en cambio, tener conocimientos en cualquier otra área me serviría mucho para escribir. En fin, todo vale, es distinto para cada uno.

La relación entre creatividad y academia… no sé, me da lo mismo. Lo fundamental para un autor es que no lo ignoren. La crítica académica es muy importante para sostener el prestigio y puede cumplir una función esencial a la hora de conseguir traducciones. Al mismo tiempo, que un autor haya sido muy traducido, sobre todo si no se trata de un best-seller, pesa también en la consideración de la crítica. Es un circuito que se retroalimenta. A veces uno no se entera hasta varios años después de la existencia de la crítica académica, que se publica en medios especializados. En cada país hay diarios, revistas (cada vez más, solo virtuales), influencers de las redes, cuyas opiniones son importantes para la historia de un libro y de un autor.  Pero como decía, la crítica solo me interesa en cuanto puede servir para que el libro se lea más, nunca para modificar mi escritura.

En los últimos años, el rol de la academia creció desmesuradamente y hubo escritores que escribían para ser analizados, ajustándose a ciertas preceptivas críticas que un tiempo después pasaban de moda y los abandonaban al costado del camino. Las vanguardias, que en su momento fueron escandalosas y revolucionarias, hoy se volvieron académicas.  Y ahora, un poco a favor: los escritores y los críticos nos miramos con recelo pero nos necesitamos mutuamente. Si no fuera por la crítica, los autores estaríamos sometidos implacablemente a las leyes del mercado, que son mucho más duras, más injustas y más crueles que las de la academia. ¡Viva la crítica!  

—¿Cuál es su color y comida preferida? ¿Situaciones o circunstancias que le devuelve la sonrisa?    

Me gustan todos los colores, especialmente los colores fuertes y llamativos, alegres, infantiles. Mis comidas preferidas: paté de foi gras y tortilla de papas. Con mucha cebolla frita.  Nada me devuelve la sonrisa como mis nietas: felicidad pura.


Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. A los dieciséis años publicó sus primeros poemas reunidos en El sol y yo. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Otras novelas son Los amores de Laurita (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Ciudad de Buenos Aires en novela).

Su última novela es Hija. Seis de sus libros abordan el microrrelato, un género en el que ha obtenido el máximo reconocimiento internacional: La sueñeraCasa de GeishasBotánica del CaosTemporada de Fantasmas (reunidos en el volumen Cazadores de Letras) y Fenómenos de circoTodos los universos posibles reúne su obra hasta ese momento. En 2019 se publicó La guerra en Madrid y en Buenos Aires. También ha escrito varios libros de cuentos. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Ciudad de Buenos Aires. Que tengas una vida interesante reúne sus cuentos completos hasta 2011. Contra el tiempo fue publicado en Madrid con prólogo, selección y entrevista de Samanta Schweblin. En 2022 se publicó Sirena de río, su último libro en el género.

Sus libros para chicos, que obtuvieron premios nacionales e internacionales, se leen en toda América Latina y en España.  En 2014 recibió el premio Konex de Platino y el Premio Nacional de Literatura. En 2016 recibió en México el Premio Internacional Arreola de Minificción. Parte de su obra ha sido traducida a dieciséis idiomas.

Una respuesta a ““Ni el éxito con el público ni el aplauso de la crítica aseguran la calidad literaria””

  1. Ana María Mopty dice:

    Excelente entrevista a Ana María Shua de quie admiramos la dedicación y prolijidad de su escritura. Seguiremos leyendo y apreciando su talento y espontaneidad en las entrevistas.

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