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Ojo de Ballena, o cómo romper el mundo

Por Marina Cavalletti |

El libro más reciente, Ojo de Ballena (La Papa Editorial, 2022), del poeta y editor tucumano, Gabi Olivé, revisa el corazón de la materia poética, a través de una corporalidad quebrada donde, sin embargo, no se puede dejar de escribir.

“La poesía, / pero qué es la poesía. / Más de una insegura respuesta / se ha dado a esta pregunta. / y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro / como a un oportuno pasamanos”, confesó alguna vez la polaca ganadora del Nobel Wislawa Szymborska.

La cuestión sobre el sentido de la materia poética no es original, sin embargo los ensayos, las posibles soluciones a esa duda sí lo son.

En este sentido, el poemario más reciente de Gabi Olivé despliega un universo sintético, complejo y potente alrededor de esa pregunta, lo hace con un cruce inicial entre la lógica de un mercado que amputa y la respiración propia del arte:

una

implacable

cultura

de la productividad

me sonríe con frescura

me abraza

me regala un nuevo ojo

y se aleja arrastrando mi poesía

Allí, en esa bienvenida, con una anarquía gramatical –sin mayúsculas ni puntuación- y  un corte versal que rompe la sintaxis, se refuerza la mutilación. Allí, la poesía se arrastra entre adjetivos propios de una publicidad de gaseosa. La frescura y la novedad proponen la ironía como punto de partida.

La materia poética y su ontología  son algunas de las constantes de Ojo de Ballena: “quieren manchar la poesía / pero la textura absorbe la sangre y dice (…) y por un momento / nadie mata y nadie muere / por eso me gusta la poesía”.  Olivé construye sus estrofas entre mosquitos, arañas, recreos y elipsis. Su forma sonora muestra,  pero también oculta lo suficiente como para que quienes leemos nos alineemos con su mirada, seamos su mirada: “un aplauso rompe mi cadena genética / algo en mi rostro ya no funciona / se me nota la poesía”, dice.

Es su obra, los versos se resignifican, son manifiesto, marca de clase, son evidencia, pregunta y ADN, donde los filtros se acumulan con miedo, se llora entre pañuelos y tapers,  donde persiste la mirada dulce y radiográfica entre las cámaras frontales de los celulares que desdibujan aquello que se ve:

yo una

blanca pero pobre

desviada pero con gps

sobreviviente pero poeta

poeta pero tremenda

escribo este poema sin peros

El poeta nacido en Tucumán revuelve el caldo de la poesía, cuestiona su estado, y también lo asume en un contexto bisagra entre este siglo y el anterior:

todo es tan vintage

y mi poesía tan barroca

(escribo desde un teléfono prestado)

Ojo de ballena tiene varias contantes. Quizás, la más fuerte sea  esa especie de montaje de palabras que grita: estamos rodeadxs de poesía. Cuando se corta la luz, hay versos, silencios sin romper, canciones “en las fronteras de los soldados del lenguaje”.

En este libro, el espacio se instaura como distancia, y sobresale la tensión entre el adentro y el afuera, el ruido y lo quieto, entre islas y geografías de nostalgia y afectos extraviados: “aquí / en la pandemia de / dónde están quienes decían amarme?”, “cada vez que perdí un amor / perdí un puente con el mundo”, “me saluda la niña alegre que fui / y pierdo el equilibrio”.

Gabi Olivé propone una poética del cuerpo desolado, que llora y cose en silencio, que resiste y se recrea, que se agota y extiende el puño con una bandera blanca donde el poema es tregua y bomba al mismo tiempo: “me gustaría pararme y decir / no soy poeta / pero me brillan las cicatrices”.

También en su obra “la plenitud nos abraza”, una niña encuentra “un ojo de poeta” cerca del “árbol alto de la poesía” o gentes de clase alta pasan del interés a la apatía cuando el autor le pone precio a su trabajo. Entre sus páginas, el candy crush es una metáfora de la catástrofe climática: “la injusticia / alcanzó niveles insoportables / y quiero cambiar al mundo”, asegura.

De vuelta: Gabi Olivé propone una estética del cuerpo, uno que  aprende a comer con los ojos, que aloja la “bulimia del lenguaje” porque vomita palabras de rodillas. Es un cuerpo que soporta el dolor de a toneladas , que se cuestiona: “cuántas palabras / debería consumir (…) / cuántas imágenes / pueden contener dos ojos?”. Desde ese trampolín que arde,  kamikaze, el tucumano ocupa “un espacio aceptable en el espejo de la poesía”, pero en una poesía  de papeles dispersos por el aire, que es cruel, que no es garantía de nada, que lo explota:

me alquila el cuerpo

la poesía

vende mi dolor

y me paga con unos aplausos

qué se puede comprar con aplausos?

Y allí, el también editor, insiste con la poesía como trabajo, retoma aquello que enunció Guillermo Saccomano en la Feria del Libro en 2022: no puede pagarse la cuenta del supermercado con prestigio, con aplausos  -dice Olivé- y deviene el silencio “frente a la ira de los pájaros”.

Entonces en Ojo de ballena se conjugan lo cotidiano y material, lo palpable, con lo filosófico y la profundidad de las penas, de la felicidad perdida en la infancia o en las rupturas amorosas. Desde ese visor, redondo y pequeño que forma parte de una masa mamífera enorme, la poesía es inevitable entre las naranjas y las paltas tucumanas y se avizora una esperanza:  unx poeta que huye y sirve para otra guerra, que ya no sufre, que no es algo porque es alguien.

De este modo, casi como un axioma, como un mantra para signar su propio camino, Olivé respira, busca reparo  y anota:

encuentro

un túnel de burbujitas

por el que desciendo

para decir

ya no me importa nada

solo la poesía

no hay herida

solo una costra de corales

Entre esos corales sigue nadando la ballena, su ojo, su visión de mundo, tan necesaria para romper los esquemas que todavía existen en el arte. Gabi Olivé se rompe, se reconstruye y nos invita a dudar, como motor de todo, para patear el tablero de una buena vez.

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