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ISSN 2684-0626

 

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Por Pablo Toblli |

Gilles Lipovetsky en su visionario ensayo La era del vacío ya advertía que la sociedad posmoderna se encontraba obsesionada por la información y la expresión, a diferencia de lo que fue la sociedad moderna cuyos emblemas fueron la producción y la revolución. Sin dudas, en estas hipótesis se anticipa el creciente individualismo que el sujeto posmoderno cultiva por estos días. El filósofo francés identifica este giro narcisista con la deserción de las masas; en este orden de cosas, las grandes gestas, cofradías y sentidos de pertenencia más globales o ligados a patriotismos -cimentados en identificación con las grandes revoluciones de comienzos del siglo XX, con los cantantes de rock o con las instituciones milenarias como la familia y la maternidad, los más tradicionalistas- ya no son un modelo de seducción para las nuevas juventudes.

Pero cuidado con la nostalgia y los ecos de los ideales sesentosos, de la cultura hippie o de los ídolos del rock, que este cambio no trae tan sólo el costado vacío e indiferente que Lipovetsky señalaba, sino que existe una especie de emancipación personal en donde cada sujeto puede luchar por su identidad sin abrazarse a los ídolos absolutos como únicos modelos de conquista y heroísmo personal, que tanto signaron a las generaciones pasadas. En este sentido, a diferencia de nuestros abuelos, creemos que cada uno por el sólo hecho de vivir merece el derecho a la expresión, al placer, al hedonismo y a la visibilización. Así, cada gesto, cada marca adquiere un valor paradigmático, identitario y cultural por más anónimo y pequeño que pueda parecer a priori.

Sobre este contexto, pudieron nacer muchos espacios regionales como La Papa, que en otros tiempos no fueron posibles. Basta reconstruir décadas anteriores y observar cómo el poder imponía más fácilmente el canon literario, los escritores que había que leer y ponderar, producto de fuerzas cuya explicación excederían esta editorial y cuyo debate de la muerte del canon y la fama quedará para otros textos o cuando nos reunamos a conversar durante el verano.

Esta proliferación de propuestas que tuvieron lugar con la irrupción de internet, por supuesto que hace correr el riesgo de que muchas voces se pierdan en el vacío, porque la vidriera de expresión es tan vasta que uno puede perderse en el espacio digital y quedar varado por millones de años luz sin siquiera poder ordenar y dar relevancia o sentido a la gran masa de estímulos. Sin embargo, a pesar de los pros y contras de la posmodernidad, es estimulante que sostengamos un espacio como el de nuestra revista y que hayamos conformado un grupo de trabajadores, suscriptores y lectores en este acantilado cultural del NOA. ¡Muchas gracias y a celebrar! ¡Hasta el próximo año!

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