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Soñar, soñar

Acerca de Último tango en Waterloo (Vleer, 2023), de Eduardo Posse Cuezzo

Por Pablo Campos |

Puesto que en el epígrafe de esta reseña he reiterado el verbo soñar, será conveniente recurrir o acotar su natural imprecisión, laxitud, candor, universalidad. ¿Por qué relaciono a un escritor como Eduardo Posse Cuezzo con el acto de soñar? La respuesta es redonda: porque nuestro autor es un soñador, un soñador maquinal, voluntario, en intenso estado de vigilia literaria.     

El tercer libro de Posse Cuezzo se compone de 70 ficciones cortas. En cada una de ellas hay un sigiloso trabajo sobre la unidad frase (1). La trampa está en que lo inusitado va ocurriendo en simultáneo a la progresión de la lectura: hay minucia al interior de cada frase, pero además el encordado funciona -armonioso- entre las frases. Detecto, como truco, cierto paradójico trabajo sobre la forma de la escritura: apartar lo que sobra y lograr, sin embargo, que la información abunde. Tal concisión genera algún grado de alerta espontánea en el lector o la lectora, como si un zumbido o redoble sordo preanunciara algo no esperado.

En cuanto a la materia de los cuentos, es tan variada como variable. ¿Encontramos elementos fantásticos?: sin duda. ¿Y tramas realistas?: sin duda. ¿Y acaso también episodios de la historia de las artes o de la historia de la literatura?: sin duda. Que los lectores den nombre a las atmósferas creadas por una voz que no puede ser sino extraña. Qué tipo extraño, diríamos, o al menos pensaríamos, si esa voz de pronto tomara cuerpo y nos contara estas historias insólitas. Quiero referirme a algunos textos que me han impresionado o conmovido.

Abre el libro “No era tan mala la edad media”: ¿Pueden confluir en menos de una página la ruindad de un antepasado que vivió en la Edad Media y la vida mecánica y aburrida del narrador, un abrumado operario de una chaplinesca  fábrica de relojes? La confluencia ocurre, sin forzamiento alguno.     

“Mentes afiebradas” condensa el germen de una novela o una película(2). Su correlato simple podría ser esta sentencia o axioma: Todo amante está, en alguna medida, secuestrado. La palabra secuestro aparece al comienzo, una sola vez. Pero pocas líneas más abajo ese sustantivo retorna y, sin ser nombrado, lo enturbia todo. Nunca sabremos si el narrador es una víctima más de la fiebre.  

“Cómo vendí a Emma” es un hilarante chapuzón en las aguas de la novela de Flaubert (3), inmersión de la que salimos empapados y felices de que exista ese mar llamado tradición literaria, esas aguas interminables que están ahí para que nademos/juguemos en ellas. 

En “Tránsito interrumpido” el desparpajo es llevado al extremo: la solemnidad de la mitología griega es deshilachada de un plumazo. Desconcertados por el escenario donde todo sucede, recordamos viejas lecturas y tratamos de componer la secuencia en nuestra cabeza. Exotismo lúgubre y humor: nada puede salir mal. Nuestra carcajada interna resuena en el Aqueronte mismo, y nos regocija que un accidente desopilante se apropie de la oscuridad del inframundo.

“Monedas inútiles” es una pieza pequeña y entrañable. Los detalles que aporta el protagonista dejan en claro que no se trata de un Robinson Crusoe, o un náufrago cualquiera varado en una isla desierta. Con engañosa apariencia de fábula, este cuento será una fiesta para los psicoanalistas, o para uno que otro/a paciente.

“La reclusa” es un ejemplo más de la destreza del autor para zigzaguear entre el terror y lo fantástico (lo había demostrado ya en algunos textos del libro “Minotauros”). El miedo (mejor sería decir la inquietud profunda o el desasosiego ante lo sobrenatural) no es aquí un efecto inmediato del asalto de lo macabro sobre el mundo común, sino que es inoculado por el narrador, como un suero paulatino y frío que destraba las puertas de nuestros temores.  

En “La llave” asoman las tonalidades borgeanas. Escrito en tercera persona, bastó un párrafo para dar una siniestra e ingeniosa versión del famoso Aleph. Comprueben tales ecos, los lectores y las lectoras.  

Si “Sonidos cotidianos” fuese una pintura, un óleo, podría titularse Lo callado. El silencio de las mañanas puede ser agobiante, y cada cual encuentra su propio cable a tierra. Tan previsible como una rutina hogareña es la diaria calamidad del mundo.   

“Apuntes desprolijos de historia” me ha deslumbrado. De contundente hibridez, en su factura no se nota sutura alguna: y no se las nota porque no las hay (¡!). Tal es la efectividad de su resolución. Este pequeño artefacto contiene 1500 años de historia occidental en 5 prolijísimas líneas. Con un dejo de gracia que para algunos será pronunciado y para otros apenas leve (es mi caso), la hipótesis histórica (verdadera sin más) es revestida de literatura.

En este libro abunda el humor. Quiero subrayar esa característica, ya que la sonrisa cómplice del lector no es un efecto fácil de lograr. “Nunca más” (por citar un caso entre varios) es una micro-sátira que funciona como una estruendosa burla. Recuerdo su trama y me tiento como si lo leyera por primera vez.    

Posse Cuezzo es un escenógrafo consumado, un generador de cuadros dramáticos a veces abismales que revelan (y sobre todo velan) significados, como si una red semántica cayera -como ingrávida y onírica- sobre nuestra lectura. Celebro la inclusión de obras del artista plástico Donato Grima, y el excelente trabajo de la Editorial VLEER.


Notas:

  • Se consolida el estilo de sus publicaciones anteriores: “Relaciones imperfectas”, de 2019, y “Minotauros”, de 2021. Ambas publicadas por Editorial VLEER.
  • Cómo no evocar la película “El dependiente”, de Leonardo Favio. O por qué no, también, “Feos, sucios y malos”, de Ettore Scola.
  •  Ítalo Calvino escribió un libro hoy ya muy conocido: “Por qué leer los clásicos”. Este relato de Posse Cuezzo funcionaría como respuesta personal a la curiosa pregunta de Calvino.        

2 respuestas a “Soñar, soñar”

  1. Me encanta este comentario porque convoca a la lectura de la obra de Eduardo Posse Cuezzo. Soy un consumidor de Eduardo en razón de su bonita pluma y sus mezclas de tiempos que no dejo de loar porque si fuera escritor haría lo mismo. Ya nos encontraremos con el libro

    • Pablo Campos dice:

      Félix, me alegra que este comentario convoque a la lectura de un libro que no disimula su singularidad. Saludos!

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