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Un flâneur por las desmembraciones

Por Gabriel Gómez Saavedra |

Uno creería que el acto neuronal de elaborar recuerdos implica un proceso de reunificación de pedazos dispersos en un limbo —que también parecería algo perdido—, que actúa por necesidad del recordante o atacando a traición por la espalda de las emociones. Pero, a partir de la lectura de “El sabor de la fruta” de Guillermo Siles, descubrimos una nueva forma de recordar: la de la reducción, donde cada recuerdo es una amputación más que una presencia recuperada. El que recuerda en estos poemas es un flâneur que deambula por la urbe de los vacíos, selecciona lo que traerá al presente según el nivel de intensidad de la pérdida y continúa su andar cada vez más incompleto. Sí, los recuerdos valen por lo que vale lo perdido, pero están escritos desde una distancia y sobriedad tal, que la autocompasión no tiene oportunidad:

Deja para el final 

el inventario escrito

de todos los objetos que alguna vez 

o aún ahora amamos.

Será este devenir 

la calma 

de ese roce que no tiene manos.

El libro suena como esas cajas chinas musicales, donde la madera le canta dulce al que la percute, pero con un dejo de opacidad, que es la memoria del árbol abordado antes por la sierra. El flâneur que escuchamos desde la lectura de “El sabor de la fruta” es voz de los poemas, y también madurez de su idea emocional central. Por eso la variedad de lugares por donde nos lleva no abruma, ni aquellos se superponen; construyen una arquitectura que se despliega armoniosamente porque nunca pierden el foco, sea el paisaje de la infancia o un parque londinense, a donde se llegó traído por los “Vestigios de un amor sin amor” y por donde se camina, a modo de irónica anestesia, por los “caminos del tourist”:

Gestos tenues, lejanos, sombreros de otros tiempos, codiciados abrigos. London-Bath-Nottingham-Edimburg. No has errado el camino. See the coach. See the ticket. Can you take a picture –pregunta un japonés–. Haces Click. Sonríe y dice thanks! Se aleja por el parque. Las ráfagas de viento golpean tus mejillas para comprobar que ninguna forma de belleza cura las heridas.

Otra muestra de pericia de este libro es que lo evocativo no se deja conquistar por lo anecdótico. Ni siquiera cuando lo entrañable manda, el pulso del poeta deja de ser frío y de dominar lo que cuenta. Como sucede en el poema “Memoria II”, donde la niñez y la última dictadura cívico militar dialogan en una oscura e inquietante inocencia —porque, como escribió Pablo Dumit en igual sintonía: “en este país /es cosa seria haber sido niño en tanto territorio enmascarado /con muertos que miraban desde el sueño” —:

Recuerdas  tardes

de helicópteros

terrazas de control

tu voz mi voz 

interminables juegos

fuegos y fragor de hélices 

movían nuestras manos

saludos menuditos  

al verdugo al vigía

surcando el aire

las mañanas y las noches  

a su lunala

del color del cielo

Es esta última característica lo que vuelve creíble al poemario, porque el lirismo sabe medir la distancia y no se ahoga ni se agota en el yo. Guillermo Siles logra, en su ópera prima, sortear el peso de ser un académico de las letras (es docente de Literatura argentina contemporánea en la Universidad Nacional de Tucumán) tocando, en la justa medida, voces maestras (podemos percibir líneas de Salvatore Quasimodo o de Diana Bellessi) para dar paso al poeta encendido en la certeza de que los recuerdos no nos pertenecen, sino que nosotros les pertenecemos a ellos para ser sólo sus simples médiums.

*Imagen: El sabor de la fruta, de Guillermo Siles, El suri porfiado, 2008.

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