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Una risa vergonzante

Por Maira Rivainera |

Preguntado por su risa el niño Jacobo sostenía la mirada con los ojos llenos de pestañas, un halo vidrioso en la superficie, las mejillas como pompones de seda. Su niñera respondía por él siempre, es que no le gustan sus dientes. Con el correr del tiempo, es que no le gustan los espacios vacíos sin dientes. Podía pensarse que en algún momento en su vida hubiera perdido la risa por ahí, en algún pasaje de su historia en el que hubo estado solo, sin testigos nadie podía recordarlo. Además, Jacobo tampoco usaba la voz. Se prestaba para representar no un misterio sino la materia del olvido. Él era lo que queda de un objeto en el mundo cuando todo lo que puede tener imaginación y lenguaje, le repele el nombre en cualquier secuencia de palabras. 

No una protuberancia en el mundo, algo que sobresaliera, un simple ente. Ni siquiera un animal ni una presencia muda, un algo. Una existencia sin más. Sí, Jacobo jugaba, corría, le gustaban los caramelos, las gomitas, el yogurt, las donas, un guiso que cocinaban en su casa los días fríos. Pasaba que no reía. Por cómo transitaba la vida, relaciones con compañeros, cumpleaños de otros, pasatiempos como jugar en línea con el teléfono, ver videos entretenidos en youtube, hacía parecido a cualquier otro. No había nada extraño en él, ni enfermo, ni malo, ni trágico, ni sus amigos siquiera notaban en reuniones que no reía. No era un raro. Entre las demás risas, la ausencia de la propia se camuflaba. Esos instantes duraban un tiempo particular para Jacobo, miraba, los contemplaba. Las narices se deformaban para unos, arrugas en los ojos otros, los ojos se achicaban, la mandíbula crecía.

En privado, en su casa, apoyaba los dedos en los pómulos y los levantaba, las comisuras le dejaban un poco a la vista algo de colmillos y encía. Trataba de imaginar la imagen que veía en el espejo pero sin las manos. Retiraba las manos, respiraba hondo, se levantaba las cejas, entrecerraba los ojos, observaba. Estiraba las comisuras hacia atrás y levemente hacia arriba, observaba. Se cepillaba los dientes. A veces antes de dormir, en ese estado entre sueño y vigilia, los pensamientos se alejaban y escuchaba con nitidez ruidos aparecer en el temple helado y oscuro de su mente. Eran coros de risas que venían a la memoria. Nunca había hecho el esfuerzo de aprender los sonidos de las risas pero recordaba. Discernía el timbre exacto de cada una, luego recordaba a quién pertenecía, luego entendía algo del espíritu de esa persona por el sonido de la risa. 

Tampoco él se sentía en disparidad en relación con los otros porque no riera, de hecho notaba muy bien que a veces las risas no eran más que ofrecimientos de unos para hacer al otro figurar algo, una semántica. Una risa breve que exhalara aire por la nariz y la boca, a veces se proponía cual cortesía. Un rastro de sociabilidad, de civilización para inducir a solidaridad de especie. Los coros que recordaba a la noche eran los de las risas francas, las que el cuerpo no había podido evitar, risas liberadas, incontenibles, las que desnudan el pensamiento del que ríe para el que presencia el episodio. La de aquel transeúnte que al resbalar sobre un charco de barro y lograr no caer, miró alrededor y exclamó una risa entre disculpa, sorna y vergüenza. Ese día descubrió que los adultos no abandonan sus miedos sino que los ocultan, para los otros y para sí mismos, pero además que ser adulto era aprender a simular ser adulto. Acostumbrarse a un cuerpo abultado, que ocupa más lugar en el espacio, difícil de esconder, de llevar y el cual, no sin pesadez, se llega a sostener en pie. El señor había resbalado, reído y seguido caminando en medio de ademanes para acomodar algún desorden invisible en la corbata, los puños, las mangas, la caída del pantalón sobre los zapatos. 

Lo invitan a ver una película compañeros, uno de ellos detonaba el primer canto y los demás le secundaban. Previsibles a partir de la primera escena, un animal en medio de la selva camina por la rama de un árbol, otro en una rama de arriba apoya una pata con descuido, pierde el equilibro y le cae encima, ambos terminan sobre un colchón de hojas debajo de las ramas. La risa emergerá siempre en respuesta a este tipo de simplezas, un personaje torpe que daña a otro no inteligente pero que solamente dice frases elaboradas, reflexivas, mientras aquel pareciera andar según la mecánica de un cuerpo sin pensamiento. Risas simples, risas donde el que ríe puede hacerlo porque está mirando y no es parte, porque a él no le duele el golpe, porque no se es el que tropieza, espíritus llanos. Espectadores. Desimplicados. Frívolos. Ninguna de estas palabras son asequibles a Jacobo, quien se limita a registrar el ambiente y no sentirse fuera por distinto. Más bien siente una incomprensión en él para los otros, entiende de qué ríen, lo que no entiende es por qué ríen de eso. Qué de eso les causa placer. Mejor dicho, cómo les causa placer eso. Se escandaliza, ¡cómo pueden reír del otro! 

Es que Jacobo es siempre el plato de la balanza que se inclina no porque pese más sino porque está en el nivel inferior. Es afín a ese lugar, no hay explicación, porque está afuera justamente entiende la desgracia que resultaría estar dentro y ser ese, justo, el torpe. Usa a los otros para mirarse a sí mismo. Hay que tratar de explicar esto. Observa y sabe que así como mira él a los demás, otros pueden mirarle y toma no pocos recaudos para evitar hacer ciertas cosas. El día que salieron del aula al patio a jugar a la pelota porque tenían hora libre en la escuela y corrió a demorarse en el baño, tal que al momento de armar los equipos él no estuviera presente y al volver ya no pudieran contarlo. Había jugado ocasionalmente tiempo atrás, sin correr, sin aproximarse demasiado a los que querían llevar la pelota, y entendió entonces que empujones y patadas, pases largos a la cara, no eran poco frecuentes. 

No le gustaba ser presa del humor del otro. Temprano entendió de manera intuitiva, sin palabras, solo en el nivel del significado, que cualquier cosa que alguien haga puede resultar risible para cualquier otro sin posibilidad de previsión. Y Jacobo era muy admirador de sí, con lo cual le habría herido notablemente alguna risa que se le dirigiera. Además padecía una sensibilidad específica. Le daban asco las emociones. Le parecía un saber secreto el que tenía, de saber controlar el impulso a la risa. Nadie nunca le había escuchado reír, ni él mismo. Su humor sucedía conceptualmente, en silencio, como un cosquilleo que empujaba desde el ombligo hacia arriba pero sin arribar a la zona alta del tórax. A razón de lo cual se ganaba grandes elogios acerca de su ánimo inglés, decían.  

Había personas que reían siempre de la misma manera, recorriendo un arco sonoro producían las mismas mesetas de canto constante y final de la pieza. Sentía rechazo por esos cuerpos. No casualmente, esas mismas risas eran las más destacadas por la media de la población. Las risas de las personas que se ríen siempre igual, las risas reconocibles, le resultaban nefastas en la medida en que había elaborado una teoría de cómo llegan a formarse éstas. Son risas definidas, estilizadas, compuestas, no pensaba que decididas deliberadamente pero lo que le causaba odio era que esas personas vendieran sus risas como genuinas cuando estaban perfectamente diseñadas. Entendía Jacobo que lo más propio y característico de cada uno era su risa, lo inimitable. Ese tipo de personas había elegido cómo reírse, nunca dejaban al desnudo su interior, nunca bajaban la guardia ¿en resguardo de qué?, pensaba. Motivadas por el mismo resquemor que Jacobo pero en mi caso, decía para sí, al menos no incurro en el cinismo de engañar con algo sino que me limito a no hacer exposición. 

Contrario a lo que se podría deducir si se piensa en cómo para el niño la risa develaba alguna forma verdadera del espíritu, no entendía él las risas cínicas lograran ocultarle a la mirada algo sino que leía en ese empeño de timar al otro un tropiezo en la propia trampa que dejaba ver el núcleo desleal de las intenciones en tales gentes. La lamentable realidad de sus espíritus, la tristeza en que vive alguien que cree tiene que seducir al otro con artificios porque nada desconocido en su alma hay para sí en lo que confíe con lo que pueda aproximarse con serenidad a un desconocido y saber que puede resultar agradable. Ninguna fe en que el otro va a saber encontrar en uno algo que le resulte magnético. 

La risa que a Jacobo más trabajo le demandaba contener, era cuando reía de la risa de los otros. Lo que no le causaba problemas porque si su risa incontenible emergía al escuchar la de los demás, lo que sería al mirar los interiores ajenos, podía sin temor a ofender reír inmediatamente porque parecería que ríen juntos. Era el más contento de los contentos en cualquier reunión animada porque al reír uno y luego otro, él permanecía riendo en un efecto dominó. Le invitaban a cada salida pues lo tenían por divertido. En verdad lo que Jacobo era quedaba para vergüenza suya en la intimidad de no poder explicar por qué él debía ser tratado como soez antes que como deseable. 

Esto le causaba mucha culpa y remordimiento, lo que también quedaba contrarrestado con otra maquinita retórica suya. Lo de los rostros, lo del asombro por la fealdad de los rostros al deformarse en la risa. Nunca pudo ver el propio en la contorsión acalambrada a la que llegaba a veces, risa que solo podía detener recuperando la idea de lo poco admirable que estarían siendo vistas sus facciones en ese momento. 

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