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Viaje al núcleo de la jungla interior

Sobre Pasar el Infiernillo, de Pablo Donzelli

(La Papa Editorial / Libros Tucumán Ediciones, 2022)

Por Mario Flores |

Esta novela comienza con un pequeño caos, y termina con una fuerte caída de bruces en el pavimento. Ambas escenas mínimas (algo que, en la narrativa de Pablo Donzelli, se mantendrá en un delicado y dedicado equilibrio: una secuencia de rostros y paisajes aleatorios -pero no azarosos- cuyo poder reside en el color de sus formas, no en la descripción aburrida y extensa del por qué) se sostienen por un trasfondo que no necesita explicaciones. ¿Quién necesita explicaciones para emprender un viaje?

El protagonista, Camilo, inicia un viaje de índole espiritual que también puede entenderse, a simple vista, como una escapatoria de todo lo mundano. El desengaño amoroso y el bullicio rutinario de lo humano lo impulsa a salirse del rompecabezas sistemático del mundo: esas ganas de salirnos del “hueco importante” que se menciona en la primera página. Un hueco que no se puede rellenar con más vivencias ni vacaciones: nos quedamos con un agujero negro biográfico que la memoria no logra reconstruir (después de varios días de borrachera luego de enfrentar la verdad con los ojos abiertos). Camilo elige irse, después de ver (¿sin querer? Como un accidente de lo cotidiano, o como una anticipación de las señales que no estaba queriendo ver) a su pareja con el “nuevo amigo raro”: “La vio sonriente, feliz, de la mano, mientras le hablaban con música de piano”.

Pero no es esta la novela de una separación, sino la novela de un viaje. El protagonista puede ser el viajero dolido y recién separado que emprende un viaje de una sola dirección: hacia adelante. O el protagonista del libro puede ser el mismo viaje en sí: una secuencia de personajes alternos que, como oráculos más silenciosos que parlantes, aparecen y desaparecen dejando datos, reflexiones existenciales, diálogos en apariencia truncos pero que esconden un significado oculto. El camino como símbolo y como travesía de lo íntimo, utilizando el contexto bucólico de la geografía naturalista apenas como una excusa: “Supo lo que podía hacer: apretar los dientes y alejarse”, se explica en el primer capítulo. Entonces, esa rumiación constante del diálogo interior, donde se van construyendo realidades paralelas, se desarma de inmediato al toparse con lo salvaje.

La novela está compuesta por diez días (o diez capítulos, para entender en términos novelísticos el montaje con el que Donzelli elige dar forma a ese viaje narrativo; incluso aparece por ahí la palabra “peregrinaje”, como un indicio más de que este viaje no es tan solo la rabieta dolida del que acaban de dejar por otro, sino una suerte de autodescubrimiento a través del espacio circundante, un viaje directo al núcleo de la selva interior). Cada uno de estos diez días / capítulos se inicia en el territorio de lo onírico, Camilo soñando, mientras duerme en los lugares inhóspitos de la ruta o en camas que no encontró, sino que el viaje le ha ido encontrando.

Día 2: Camilo sueña que está en un bar que luego se transforma en una habitación vacía.

Día 3: Camilo sueña que está en un iglú en medio del oscuro Ártico.

Día 4: Camilo sueña con un sismo mientras está sentado en el inodoro, y descubre que “el terremoto provenía de él y había miles de víctimas”.

Día 5: Camilo sueña que está en el extranjero, todos hablan en una lengua que desconoce.

Día 6: Camilo sueña con un apocalipsis zombie.

Día 7: Camilo sueña que vuela por sobre las nubes, contemplando la jungla.

Día 8: Camilo sueña que está en la cima de una pirámide, pierde el equilibrio y cae rodando.

Día 9: Camilo sueña que está en la playa, sus pies hundidos en la arena.

Día 10: Camilo sueña que juega con plastilina.

Esta estrategia de unificar escenografías a través del sueño, de los componentes visuales del sueño que no están desconectados de la realidad, ofrece una concordancia de voces: en cada capítulo, se aparecen distintos personajes, transeúntes, misteriosos, que comparten con el viajero unas pocas conversaciones donde buscan diseccionar su ¿corazón?. Por momentos pueden parecer charlas de autoayuda (¿vieron cuando una persona memoriza frases de psicólogos famosos, tipo Rolón, y las recita a unx amigx recién separado poniéndole la mano en el hombro?) y en otros se vuelven más metafísicos, casi monólogos que vienen de otra dimensión. Un artista callejero que desea levitar sobre la cuerda del trapecio. Una señora cuya casa resguarda en su fondo una granja. Un vendedor ambulante de hierbas naturales para la impotencia sexual. Un grupo de losers que se hacen llamar La Logia de los Corazones Rotos (quizá el pasaje más aventurado e interesante del libro), que viven en medio de la nada, cultivando, hachando y rememorando amores pasados para eternizar su condición de víctimas. Luz, una mujer con la que comparte un picnic. Todos ellos no tienen más que un par de páginas en cada encuentro: porque el relato debe seguir hacia adelante, sin detenerse en cavilaciones sobre Eros, Philos y Ágape, para llegar a conjurar algún final posible que también, como lectores, desconocemos.

Algunas oraciones impactantes que demuestran el peso de esta novela (el libro tiene menos de cien páginas, pero hablo de un peso literario): “Cuando no se tenía parámetros definidos, se caminaba en círculos”; “Te encuentran como un perrito abandonado y todo sarnoso, se apiadan y te cuidan, te sacan brillo, hasta que encuentran otro perrito abandonado”; “El hígado como el ego eran los únicos órganos del hombre con capacidad de regenerarse solos”.

Como el ejercicio de trapecio del artista callejero, Adriano, que comparte cervezas negras con Camilo, en una de las primeras paradas de la novela, la historia está conformada por dos elementos cruciales: vértigo y equilibrio. En una narración breve, que avanza a una velocidad pacífica pero decidida, es imprescindible el ritmo respiratorio con que los personajes aparecen y desaparecen, ofrecen palabras de consuelo o burlas de borrachera. Si nos detenemos solamente en el título del libro, “Pasar el Infiernillo”, alguien estará esperando descripciones extensas sobre el espacio natural, sobre montes y pueblitos conocidos, casi como si se tratara de un panfleto turístico con fotos editadas. Pero no, Pablo Donzelli no dedica caracteres a homenajear la selva: se interna el relato en su espesura y, con riesgo, convive con alimañas y prejuicios. No hay lugar para la esperanza de un final feliz (porque los finales felices no son, casualmente, finales, lo digo yo -M.F.- y también lo dice la Biblia, el segundo libro más vendido en la historia después de Harry Potter), ni tampoco para paisajismos regionales en pos de tributo. La selva es territorio de lo peligroso y lo desconocido; los pueblitos son comarcas silenciosas donde te miran con desconfianza; los viejitos disque sabios que le hablan a Camilo desde las alturas, queriendo enseñarle cosas de “la vida”, son fantasmas que se desvanecen llevándose el vino de la mesa. Todo lo que usualmente se presenta como natural, bucólico y localista, en “Pasar el Infiernillo” es casi absurdo, roza la desesperación y la incertidumbre.

Al final, pidiendo prestado un monociclo a un joven en una plaza de uno de esos pueblos, Camilo finalmente aprende ciertos ademanes de equilibrio. “No hay que tenerle miedo a salirse del circo”, le habían dicho en el capítulo dos. Y como si se tratara de una dimensión donde confluyen los relatos orales, los relatos mentales, los relatos ficticios y los históricos, Camilo da vuelta a la plaza en ese monociclo prestado, sintiéndose un poco más seguro de sí mismo. Todos los personajes lo observan, con una mezcla de admiración y asombro porque siga aún con vida después de semejante viaje, sin mochila ni linterna, sin bolsa de dormir ni amor propio. Una escena que nos retrotrae al final de “Deconstructing Harry” de Woody Allen (1995), donde el personaje principal es ovacionado por sus propias creaciones, mientras continúa afincado en el presente solitario. De una forma similar, el viaje interior de destrucción y reconstrucción de Camilo, en la novela de Donzelli, no arroja refranes de ocasión ni moraliza sobre las políticas del desencuentro de la actualidad. En el texto de contratapa, Lucas Cosci apunta que: “El Infiernillo y los Valles se revelan como una gran metáfora de la subjetividad humana, de sus repliegues y dobleces, de las peripecias del suelo que tramita su resolución. Es el viaje por el territorio de lo irreparable”.

“En ningún momento miró para atrás”, sucede en uno de los sueños y también es la premisa del relato. Siempre pa’ delante, nada de eufemismos. Los cuestionamientos existenciales (“Supe que lo importante que tenía que pasar en mi vida, ya había pasado”) y las luchas internas por sentirnos una máquina no tan perfecta (“Era como una película borrosa”) operan a la par del paisaje que no se detiene, que también implica una prosa visceral. Una prosa bella, con muchos momentos de contemplación y que, sin embargo, tiende al impacto, a darse de frente contra la verdad.

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