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ISSN 2684-0626

 

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Lo hipervincular

Por Agu Nieder |

Quizá convenga preguntarnos si lo hipervincular es realmente una invención de esta era digital o si, como todo arte, no ha estado cultivándose con la tecnología y la sociedad hasta llegar a imponerse en nuestra dinámica de lo cotidiano. En la película Asteroid City, de Wes Anderson, se pueden encontrar múltiples capas argumentales y una complejidad estructural y estética típica de este tipo de narrativa divergente.

¿Por qué Augie se quema la mano con la plancha? —No entiendo la obra—.

Ese diálogo que inicia la última secuencia de la película Asteroid City, de Wes Anderson, es el motor para destruir la ficción de la película; al menos el código de la ficción que se había establecido en ella, junto a todos los planos de espacio y tiempo que se habían construido a lo largo de 90 minutos.

El protagonista camina directo a la pared de fondo para abrir una puerta oculta que lo saca de la escena, la coprotagonista lo ve irse, confundida, y después mira a cámara (lo que no es romper la cuarta pared, al menos para Wes Anderson). Un contraplano nos muestra las bambalinas de un teatro, la máquina teatral de la escena que se acaba de abandonar, el público y algunos actores que ven sorprendidos la disrupción del protagonista.

En un formato nuevo, un comentarista de la película deja de mirar a cámara para preguntar al protagonista adónde va. El protagonista contesta que vuelve pronto y sale de campo; cruza pasillos y a otros actores en camerinos (todo ubicado en un largo pasillo que permite un plano secuencia para seguir su recorrido al modo carrusel), entra a la habitación donde el director parecía dormir. El director, apenas ve al protagonista entrar, mira la hora. El protagonista le dice qué secuencia está ocurriendo en ese momento y cuánto tiempo le queda para volver a escena. El director se relaja. El protagonista, con un claro aire de angustia, pide al director que le contesta unas preguntas. El director lo invita a sentarse, bien dispuesto. El intercambio que se produce es fugaz, pero intenso. Aquí ocurren las preguntas y respuestas que provocan la reflexión de este ensayo.

—Me siento perdido —dice el actor—. No entiendo la obra.

El director le contesta, casi interrumpiéndolo, que eso es bueno. El protagonista le dice que, como actor, está sufriendo mucho: cada noche. Obtiene la misma respuesta del director: “está bien”. El protagonista le pregunta si debe seguir de esa manera: sin saber nada. Misma respuesta. Entonces el actor interpela con mayor insistencia, quiere saber si existe algún tipo de respuesta en esa “jungla cósmica” (una descripción simplista de la historia adentro de la obra teatral/película). Observa, además, que un personaje habla del sentido de la vida durante la obra. Entonces el director, algo acorralado, responde que “quizá lo hay”. Eso es lo que el actor necesitaba escuchar, al parecer. Aunque sigue sin entender la obra, el protagonista, aliviado por ese quizás, repite que no entiende la obra. El director le responde que eso no importa, que siga contando la historia: que lo está haciendo bien.

El director vuelve a acostarse con ropa y sobre la cama sin desarmar. El actor, azorado, sale a tomar aire en los pocos minutos que le quedan. Sigue cruzando el set, guarda la pipa del personaje y saca un cigarro común. Sale a un balcón desde donde se ve la calle, el cartel de la obra y el de otras obras y películas en actividad. En el balcón del edificio contiguo, fuma un cigarro la actriz que hubiera hecho el papel de su esposa, pero fue recortada en preproducción, caracterizada como dama antigua para la obra que ocurre en su edificio correspondiente. Se reconocen.

Ella que recuerda el diálogo que hubieran compartido, cita a ambos personajes en esa escena borrada. Entonces, el protagonista, guiado por ese elemento que le había estado faltando, finalmente termina de entender al personaje que interpreta. Quizá también la obra. Un actor sale a buscarlo y él se despide de ella apresurado por regresar a escena a tiempo, a la obra de teatro/película que seguirá fuera de campo. Ya no vemos más de la obra.

Ni la obra de teatro ni la película de la obra tienen fin dentro de su propia estructura. En cambio, volvemos a la línea narrativa paralela en flashback del taller literario donde fue escrita la obra. Los asistentes piden explicaciones, pero el profesor repite como un mantra: “No puedes despertar si antes no te duermes”. Los asistentes fingen dormir. Algunos son los actores que vimos en la película/obra de teatro y repiten el mantra cuando despiertan de súbito. Vuelve el narrador (un actor que nos habla directamente, al modo documental). Cuenta cómo murió el autor, antes de terminar de escribir la obra. Fin de la película, la que nosotros vemos.

En la secuencia de escenas descripta, no solo vemos converger varios planos de un mismo relato. También cruzamos los umbrales entre los formatos y sus respectivos tonos y convenciones. Aunque todos parecen inconexos, están vinculados por un momento aleatorio para el cual es necesario “dormir” o suspender el proceso del sentido, para permitir el hipervínculo: como sucede en la secuencia que acabo de describir (y con el director que se acuesta mientras su obra está sucediendo). El momento en el que el protagonista termina de cerrar o definir una emoción, entenderla, se pudo contar con una secuencia así de compleja. No es solo lo que se dice en el diálogo revelado por la actriz, ni la premisa del taller literario, ni los sentidos generados por la imagen en movimiento, ni el sonido, la escenografía y su despliegue, etc.: es la conjunción de los elementos yuxtapuestos. Las escenas que van rebotando rítmicamente contra una pared de razón terminan quebrándola, permitiendo una grieta en la ficción, una línea de luz que revela sentido, un sentido superior por todos los planos que encierra: como en una Cámera Obscura. De chico, con mi hermano solíamos pasar las siestas de penitencia viendo la proyección del árbol de naranjas del patio proyectado en el techo, invertida y reducida, por un fenómeno que no entendíamos pero que llamábamos Cine Antiguo. El efecto de cámera obscura sucede en un espacio en completa oscuridad con un pequeño orificio que permite a la luz generar una proyección invertida, reducida en tamaño y color respecto a la imagen que ingresa en la luz filtrada. Hago énfasis en que la imagen está en la luz. Es una imagen reducida del mundo, pero representativa en contorno y contenido. Esa imagen viene a tener la misma función que un hipervínculo narrativo. Si salgo de la habitación, o si miro hacia afuera, puedo encontrarme con lo que realmente es, con el objeto donde rebota la luz. Su representación ya ha podido darme una idea clara: porque entendemos abstracciones como hipervinculamos significados.

Será que lo hipervincular, si existe, funciona como la Máquina de Joyce, al producir sentido/s más allá de la narrativa tradicional, no se limita a contar una sola historia, sino que opera como un generador incesante de conexiones, referencias, juegos de palabras, asociaciones culturales y estructuras simbólicas, sin detenerse para desarrollar una sola.

Quien pudiera, como el Protagonista de Asteroid City, salir de la propia narrativa de la vida, de lo cotidiano, para intentar saber si existe algún sentido en el caos del momento que atravesamos, si hacemos bien en seguir aguantando el dolor, consultar si debemos cambiar todo antes de que sea tarde. A veces podemos hacerlo con un padre, un abuelo, a veces con un psicólogo o, ante la desesperación, ante un Dios que no responderá. En cualquier caso, como en Asteroid City, la respuesta no está en un solo plano, en una reducción de la razón, sino en una grieta de la cámera obscura de nuestra mente, que nos revela un sentido oculto y lejano que sabemos reconocer por abstracción y referencias. Seguimos, porque es nuestro turno de vivir. La obra que protagonizamos sigue y los minutos para dudar ya se nos pasaron, debemos volver a actuar y volver a lo cotidiano, a representar la ficción que nosotros mismos sostenemos, aunque no la entendemos del todo. A veces hay grietas, que nos permiten momentos de lucidez, todo resulta más simple después de eso, al menos por un rato. Nos consuela que quizá haya un sentido, que quizá haya un Aleph escondido en algún lugar de esa pared agrietada solo por un instante.

Unos pájaros en el cielo se arremolinan de manera aleatoria, impredecible. Desearía entender, los sigo con todos mis sentidos. Veo eso que podría ser infinito, esperando dormir para poder “despertar”.

Los pájaros en la plaza me sugieren patrones neuronales, como una Mente Colmena. Puede asociarse con el concepto desarrollado en El enjambre de Han, y eso nos indicaría que cada uno de esos pájaros, cada una de esas ideas, terminarán siendo una parte aislada y anónima, que hace ruido, pero no es escuchado. Procrastinar es una consecuencia de esa forma hipervincular de estar recibiendo estímulos de manera continua. Han también dice que los homo digitalis decidimos proyectar nuestra imagen para poder participar (pertenecer) de la danza social, para terminar dependiendo de la imagen seleccionada, filtrada y fragmentada que hemos generado en redes, hasta terminar creyéndola parte de nuestra identidad o, incluso, de nuestra existencia.

“Soy imagen, entonces existo”, dijo Feldmann al pensar lo hipervincular*.[1] El cogito cartesiano hipervinculado. “Reaccionan a mi imagen, entonces pertenezco», diría Han. El internet, como toda tecnología, puede pensarse como la prolongación de alguna facultad humana. La rueda es una prolongación del desplazamiento a pie, o el libro fue la prolongación de la memoria, según Borges. Hoy, esa memoria prolongada hasta el infinito está en la nube, fragmentada, encriptada, comprimida, entrelazada, hipervinculada. ¿Qué prolongación representa hoy el libro, entonces?

Por otro lado, lo hipervincular en el arte, pensado de esta manera, no es algo nuevo. Podríamos ver algunas de sus características desarrollarse en la escritura rapsodia, la libre asociación freudiana, el dadaísmo o el surrealismo. Todas pueden ser versiones pre-vias que desencadenan en esta dinámica narrativa que hoy aún no entendemos claramente. A su vez, como el arte se ve transformado por los cambios tecnológicos, podemos pensar que la Erfahrung está perdiendo frente al Erlebnis (del concepto de aura en la obra de Walter Benjamin), porque la experiencia inmediata, fragmentaria y superficial es la que puede pertenecer a las redes sociales y, por ende, existir. Pero si el hipervínculo en esa experiencia de lo inmediato nos invitara a salir del cuarto oscuro y ver la imagen real, y esa otra imagen nos llevara de caverna en caverna, como el protagonista de Astorid City, buscando una respuesta sin límite de formato o género, entonces estaríamos logrando una vivencia de múltiples fragmentos que, si se hilvanan con atención, podrían formar una experiencia con un sentido de otra naturaleza (Erfahrung).

Algo que se planteó como una modernidad líquida por Baumann, pasa a dialogar con el desarrollo divergente de Proust, en donde el aroma de la magdalena sería el primer hipervínculo de un sistema maquínico como el de Joyce. Walter Benjamin hizo su intento de escribir un libro de citas, quizá era otro adelantado, como Calvino con su libro de imágenes o Adorno y sus Constelaciones que, para respetar la complejidad y la contradicción del mundo real, proponían una forma dialéctica, abierta y fragmentaria de pensar.

Quizá la novela pensada como un haiku extendido puede ser también de carácter premonitorio en el análisis de esta dinámica. Aristóteles ya planteó que las emociones tenían su duración y que era esto lo que condicionaba el formato del arte. Wes Anderson cuenta distintas fases de una historia, cambiando los formatos. Aunque si dijéramos que hoy los formatos y las plataformas tecnológicas y digitales también permiten transmitir elementos artísticos según extensión o tipo de emoción, entonces el Twitter cumpliría el rol de la poesía, por ejemplo.

Dormirse para poder despertar, el despertar de Finnegan, la neurodivergencia y los hashtags. El cerebro adaptándose a los algoritmos, los algoritmos digiriendo la información del Data Lake, los patrones neuronales desencadenados por emociones virales, como el concepto de idea virus de Volpi, en donde las ideas viajan, se contagian y evolucionan entre generaciones. Los pájaros volando arriba mío, el celular amenazando con raptar mi atención de nuevo.

El cerebro, al dormir, intenta encontrar alternativas favorables o soluciones, usando toda la información que pudo retener durante la vigilia. En el proceso, hay memoria que se pierde por innecesaria y otra que es llevada a una capa más profunda para ser convertida en información duradera y disponible. Los datos versus los recuerdos. El internet y sus algoritmos, que son un cerebro colectivo, seleccionan, como nuestro cerebro, lo que será importante/interesante y esconden lo que no. La nube es el cerebro del mundo (la big data), los algoritmos son el subconsciente que organiza el sueño colectivo, convirtiéndolo en datos para trending, categorías, listas, recomendaciones, publicidades y condicionando nuestra próxima narrativa viral.

Vivimos en un eterno proceso de pliegue, curvas, envolvimientos y transformaciones infinitas que se desarrollan a una velocidad imposible siquiera de entender. Deleuze nos dice que el mundo no se explica por una estructura lineal, sino por una multiplicidad de perspectivas plegadas entre sí. Además, adelantó una forma de pensamiento rizomático, en donde esos pliegues siempre se conectan con el resto de las ramificaciones, por relaciones, diferencias y devenires. Todo se asocia si se desarrolla, todo puede conectarse de alguna manera.

Pero en este proceso, debido quizá a nuestra limitada capacidad mental, toda obra que se recorre durante la asociación rizomática debe quedar reducida a su leitmotiv, cuando no a su hashtag. Es reutilizada por el algoritmo para atraer la atención y seguir creciendo, un modelo de samples, como los de Bach en el barroco. Quizá el cerebro de la big data desarrolla realmente cada concepto en su totalidad. Vivimos un neobarroco que se desenrosca con cada pantalla que desbloqueamos. Nosotros fluimos, como un director que semidormido puede dominar el todo de su obra, sin entenderla.

Hipervínculo a Borges en el sótano de Daneri, mirando el decimonono peldaño. Allí acostado, quizá al borde de quedarse dormido, me parece que está viendo YouTube. Puede que Borges esté hipervinculando cosas de todos sus cuentos y ensayos previos, dominando el todo de su obra porque pudo plasmar el efecto de lo simultáneo y sucesivo, de un momento lúcido y fugaz que le permitió acercarse a su ansiada totalidad.

Hago scroll en el cielo para ver todos los espejos negros del planeta (Black Mirror), el populoso mar, el alba y la tarde, tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos. La circulación de mi oscura sangre, el engranaje del amor y la modificación de la muerte. Leer El Aleph, otra vez.

Si toda narrativa es un intento por hacer sentido, ¿estamos hoy más cerca de ese sentido gracias al hipervínculo o, por el contrario, nos perdemos en su exceso? Tal vez exista otro sentido superior al que nos estamos acercando. Escenas que se iluminan unas a otras, que conforman un sistema en equilibrio dinámico, ideas simultáneas, pero también sucesivas, como estrellas lejanas que, desde cierta perspectiva, a la siesta encuentran un sentido reconocible en el techo de nuestra cámera obscura justocuando nos estamos quedando dormidos. No puedes despertar si antes no te duermes.


[1] Matías Feldmann y Francisco Dasso escriben la obra de teatro El Hipervínculo en 2019 con su grupo de teatro Proyecto Pruebas. Buenos Aires.

Una respuesta a “Lo hipervincular”

  1. Marita dice:

    Tanta información y conocimiento, y,a la vez, la capacidad de analizar y cuestionar todo lo conocido. Felicitaciones y mí admiración al autor.

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