Por Ricardo Kaliman |
Supongo que ya todes saben, y si no, se lo cuento yo, que este libro recoge textos publicados por su autor a lo largo de los últimos veinte años, casi todos en La Gaceta. Cada uno va con su fecha de publicación, lo cual, como sabemos, a menudo es una importante clave de lectura. De hecho, en algunos casos, hay referencia a sucesos concretos en Tucumán, como el levantamiento policial de diciembre de 2013; o son obituarios de personalidades que acababan de fallecer, o hay referencias a figuras de la política en ese momento. Asoma así, en uno que otro momento, lo periodístico y lo situacional. Y, sin embargo, a lo largo de la lectura notarán que esa contextualización no tiene tanto peso y que el interés que despiertan no es de testimonio histórico, sino de algo más profundo y duradero, como lo que tendemos a creer que es la literatura.
Y ya que hemos entrado en el terreno de lo literario, confesaré que por un momento, durante mi lectura, se me ocurrió pensar que podía conducir a equívocos poner la palabra “cuento” en el título con el que se ha sellado esta colección. Para empezar, la escritura insiste en alzar un vuelo poético que se impone decisivamente sobre las incursiones narrativas que no faltan, por cierto, pero tampoco dominan. Claro que hay una tradición ya larga de relatos cuyo hilo se difumina en imágenes, reflexiones, sugerencias. Pero para “cuentos”, se diría, esperamos un grado de pacto ficcional, que no parece estar aquí presente. El autor nos habla de gente que existe, de cosas que han ocurrido, de lugares que todes conocemos e identificamos, con datos sobre los que su habitus periodístico no le deja mentir.
Caí después en la cuenta de que es sobre esa ilusión, precisamente, que, en el título, el autor se ríe de sí mismo. Al tiempo que se asegura de que todo resulte convincentemente cierto, pone en tela de juicio esa misma verdad. De hecho, a lo largo del libro, campean las humoradas, pero el título es la humorada general más comprehensiva, a la vez que, de hecho, no sin cierta paradoja, por su propia humildad, termina devolviéndonos la confianza en la sinceridad del autor.
Les cuento de algunas de las satisfacciones que encontrarán en esta lectura. Están por ejemplo las semblanzas, en algunos casos como homenaje póstumo a alguna personalidad que acababa de dejarnos, pero en muchos otros casos, a figuras históricas (a veces también en forma de obituario tardío: Miguel de Cervantes, por ejemplo), sobre todo del mundo artístico, de una constelación en el que puedo reconocer nuestros gustos generacionales e ilustrados: el jazz (Bill Evans, Duke Ellington, por ejemplo), el folklore de proyección (Cuchi Leguizamón, Pepe Núñez, Mercedes Sosa), algo de bossa (Vinicius), y la música clásica occidental (Chopin, Beethoven, Debussy), complementada sobre todo esta última veta con los textos dedicados a recitales y conciertos de grandes intérpretes que visitaron Tucumán durante estos años. Por cierto, el universo es mucho más amplio: abarca también artistas plásticos, filósofes, incluso Einstein (aunque no deja de subrayar aquí el costado musical) y hasta algún que otro deportista.
Esta afinidad que siento con las figuras homenajeadas no se repite en las simpatías y sobre todo en las antipatías políticas que se traslucen a lo largo del libro. Pero yo diría que estas no aparecen en lo que estoy aquí llamando semblanzas, sino sobre todo en los aforismos y en esos textos, que en su momento alcanzaron resonancia entre seguidores tucumanes, de las noches de Sherezade y el sultán. Borges decía que las mil y una noches eran una representación del infinito. Nos cuesta imaginarnos mil noches en un solo bloque, parece toda una eternidad, decía, y si a eso le sumamos uno… Pues bien, en los textos recogidos aquí se recrean precisamente los relatos y los diálogos de las noches siguientes las mil y una, con Sherezade y el sultán visitando, de una u otra manera, el Tucumán contemporáneo, y, junto a críticas a la corrupción y la negligencia de la dirigencia política, desglosan sugestivas reflexiones sobre la conducta humana, la moral y una sabiduría posible que, una vez más, trascienden la estricta situacionalidad.
Un párrafo aparte para los aforismos, por llamarlos así, otro género que puebla esta colección y otro espacio en el que asoman la crítica a los políticos, pero también, con más desembozo, el humor:
No olvidar defectos personales a bordo. Firmado: la vida.
Teniendo en cuenta la gran cantidad de feriados largos, es una gran idea que Santiago del Estero sea la capital del país.
¿Le dicen medio ambiente porque ya destruimos la mitad?
Pero también, el otro gran valor que permea este libro: el de los afectos:
Tu sonrisa es un beso del alma
La música más linda es la del corazón.
Quizá hayan notado que no he mencionado hasta ahora el nombre del autor de este libro. Si no lo notaron, llamo la atención yo sobre esa voluntaria omisión. Eso es porque estaba reproduciendo una estrategia característica de muchos de los textos incluidos, que parecen proponernos como un juego a que descubramos, por las pistas que nos va dando, de quién está hablando en la semblanza, para finalmente soltar el nombre en el último párrafo. A menudo, en el mismo momento, en la puntada final, en la que se cierra el retrato con el momento de la muerte:
Ese miércoles 9 de julio de 1980, la poesía y el whisky se abrazaron a una lágrima para despedir a Vinicius de Moraes.
ó
La calva de 88 años de Carlos Guastavino trastabilla en el silencio y rueda súbitamente en la eternidad.
ó
Los sueños de Muhammad Alí ya andarán boxeando la injusticia en el otro mundo.
Pero yo, en cambio, escojo, para nombrar por primera vez a Roberto Espinosa, esto de los afectos y la amistad, porque creo que ese rasgo es lo que más lo con-mueve a la escritura.
Pienso, por ejemplo, en el “quenó”, que es, probablemente, un tucumanismo, Diríamos que se utiliza en el mismo contexto en el que los otros dialectos del español dicen simplemente ¿no? “Parece que llovió anoche, no?” “Trajiste todo lo que vamos a necesitar, no? Pero en esos casos, la implicatura es que la confirmación está todavía pendiente y estamos esperando que nuestres interlocutores se hagan cargo de ella. El “que no”, en cambio, tiene algo, al mismo tiempo, de invitación y de desafío. También está pidiendo la confirmación, pero, de alguna manera, al mismo tiempo, está transmitiendo nuestra convicción de que las cosas son así.
¿Cómo se escribe? Una opción sería como dos preguntas: ¿Qué? ¿No? Pero esa interpretación gráfica propone ya que nos están contradiciendo y subraya, así, el lado belicoso de la expresión. Yo no había pensado nunca en cómo se escribe, pero si me hubieran preguntado hubiera optado por ponerlo en dos palabras: ¿que no?, con ese “que”, que llaman “expletivo” en la gramática.
Roberto Espinosa opta por juntarlas en una sola; ¿quenó?, dándole toda la unidad de una expresión identitaria, que, de puro tucumana, se convierte en una declaración de complicidad, en un código de amistad. Es una muletilla, sí, pero no para caminar solo, sino para cifrar la comunidad a la que pertenecemos.

Es Doctor en Letras, miembro de la Academia Nacional de Folclore e investigador del CONICET.




Me parece un EXCELENTE libro…
Hun gusto la vida puro cuento.con tantos encuentros y placeres vividos.como vos changarro dices*la vida es el arte del encuentro».Queno?