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ISSN 2684-0626

 

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El truco nacional, un juego de Mario Flores

Por Sol Aliverti |

Quiero empezar por el título, porque ya ahí empieza el juego. Hay algo del truco, como causa o efecto de la magia, de la simulación como acto de aparición, como realidad velada. Después está nuestro truco, el juego de cartas que se juega tanto con lo que uno tiene en la mano como con lo que logra hacerle creer al otro que tiene. Es un juego de engaño, de finta, de cara de piedra. Profundamente oral, profundamente social, donde lo que se dice nunca es exactamente lo que se quiere decir.

Mario Flores elige esa metáfora para titular un libro que habla de las grandes mentiras colectivas que este país se cuenta a sí mismo. La promesa de los cohetes espaciales del menemismo lanzada desde una escuela sin agua. El periodismo que no investiga nada, pero vende auspicios. El coaching que se disfraza de servicio comunitario. La espiritualidad que cobra en efectivo.

Pero el truco también es la trampa íntima del escritor: esa tensión entre desaparecer del texto y no poder evitar estar en él. Entre escribir para los demás y escribir para salvarse.

El truco nacional es el del país sobre sus ciudadanos. Y también el del escritor sobre sí mismo.

Y hay una tercera dimensión del truco que el libro desarrolla con una frase que funciona casi como su columna vertebral: Máscaras. El universo está conformado por máscaras. No hay un fondo auténtico detrás de las apariencias. No hay un detrás al que acceder. Solo una serie de superficies que se sostienen en su propia repetición.

Eso vale para el coaching, para el periodismo, para la política, y también para la literatura.

Primera parte: la infancia como archivo político

El libro arranca en Tartagal, norte de Salta, 1996. Un presidente visita la escuela y les cuenta a los chicos que pronto habrá naves espaciales que en una hora y media los llevarán a Japón o a cualquier parte del mundo. Las maestras lloran. Los chicos abren la boca. Y cuando el acto termina, el presidente se sube a un cohete plateado que despega del patio dejando todo hecho trizas.

Flores llama a esto «ciencia ficción neoliberal»: una época que prometía el futuro con la grandilocuencia de las series animadas mientras las paredes de las escuelas se caían a pedazos. No fue un acto escolar. Fue la inauguración de una estética política basada en el espectáculo y la mentira.

Pero la infancia en este libro no es solo política exterior. Es también la violencia más cotidiana: la del aula. El maestro que humilla. La maestra de religión que obliga a las compañeras judías a rezar oraciones católicas. La película de Harry Potter cortada a la mitad porque «ya era suficiente». Flores no romantiza la escuela como segunda casa. La muestra como el primer lugar donde te enseñan que tu voz no vale nada.

Y en el centro de esta primera parte está el ensayo El silencio de narrar, que es donde Flores formula su ética del oficio: «la verdadera escritura es la corrección, es decir la poda: talar lo que sea necesario hasta que solamente sobreviva lo único estrictamente importante. Lo único estrictamente importante puede ser cualquier cosa, menos vos».

Esa frase es un manifiesto. Y una crítica directa a la escritura como terapia, como expresión del yo, como hobby sin búsqueda estética. El ego autoral como enemigo de la escritura. Todo lo demás del libro se construye sobre esa base. Porque es desde esta ética fundada como escritor que el transita su escritura y su manera de estar en el mundo.

Segunda parte: el campo literario desde afuera

Esta sección es una crónica de viaje que es también un ensayo sobre el sistema literario argentino. Flores va a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires como representante de Salta. Y lo que hace ahí es mirar con la atención particular de los que vienen de lejos y no tienen nada que perder siendo honestos.

Dice que la Feria es «un supermercado». Más youtubers que autores. Más policías que lectores. Las editoriales independientes aplastadas por stands de autoayuda y novelas rosas cuyas portadas siempre tienen las mismas palabras: café, felicidad, gatos, yo, viaje, soy, corazón, mañana.

Pero Flores no habla desde la superioridad del que desprecia. Habla desde la incomodidad del que también participa, que también vende libros ahí, que también acepta la invitación de la Secretaría de Cultura. No hay tribuna desde donde hablar limpio. Solo la posibilidad de nombrar las contradicciones sin resolverlas. Eso en sí mismo ya es una posición ética.

Y en medio de eso aparecen los encuentros que sí valen: Leopoldo Castilla negándose a recibir un libro de regalo porque «¿de qué vamos a vivir los poetas?». El poema de Sara San Martín sobre el águila que sostiene un corazón y le dice Cómetelo, es tuyo. Evidencia de que hay otra cosa posible además del supermercado editorial.

Tercera parte: el mercado del sentido

Acá el libro se vuelve más furioso y más lúcido al mismo tiempo. Flores despliega una crítica al coaching ontológico, las constelaciones familiares, las sanaciones pránicas, los pastores evangélicos femicidas reconvertidos en figuras públicas, el periodismo vaciado que copia y pega titulares.

Pero lo hace desde adentro del territorio, no desde afuera. Él conoce a Remigio, el curandero que fuma tabaco negro y te echa el humo en la cara. Conoce a Sarita, la anciana que reza en voz baja a la Virgen mientras te pone la mano en la cabeza y dice que con un paquete de yerba alcanza. Y sabe que al lado de Sarita está la comisaría con sus calabozos. No hay pureza. No hay afuera desde donde juzgar limpiamente.

En el medio de esa sección aparece algo que podría haber sido una confesión pero que Flores transforma en análisis: diecinueve años de tratamiento psiquiátrico. El lorazepam, la risperidona, la quetiapina. Tres pastillas por día. Y la honestidad brutal de admitir que durante décadas no respetó las dosis. Que daba vueltas alrededor de la mesa del comedor de noche «mascullando ideas suicidas pero también literarias, de las dos cosas».

No hay victimismo. Hay algo más difícil: nombrar el padecimiento sin usarlo como capital simbólico. Con el mismo tono, la misma precisión clínica y oralidad descarnada, con que escribe todo lo demás. Como si también ahí valiera la poda.

El lenguaje y el humor

Hay algo que este libro hace desde la primera página y que no es frecuente: ser genuinamente gracioso sin dejar de ser riguroso. El humor es el recurso de alguien que no tiene reparo en señalar la máscara que usamos, en jugar con ellas.

Produce una risa que incomoda, que descoloca, que te deja sin saber si lo que acabás de leer es una denuncia, un chiste o las dos cosas. Y esa indecisión es exactamente el punto.

La operación central es la inadecuación deliberada entre registro y objeto. Cuando Flores habla de algo solemne lo hace con palabras que uno podría decir «vulgares». Cuando habla de algo vulgar lo hace con precisión casi académica. Ese cruce produce una gracia que no es decorativa sino filosófica: ningún registro es neutral, toda elección de lenguaje es una posición política.

Un ejemplo: describe el mundo del coaching mezclando análisis cultural riguroso con insulto descarnado. «La dictadura de la programación neurolingüística» en el mismo párrafo que «vendedores de autos devenidos oradores del counseling de parrilla».

Y está «los latifundios del streaming»: dos palabras que hacen lo que un párrafo de crítica cultural no lograría. La terminología agraria aplicada a Netflix trae consigo toda una historia de concentración de poder. Eso no es un juego de palabras. Es una forma de ver.

El habla oral del norte argentino entra en el libro sin traducción, sin comillas de distancia. No como color local sino como afirmación: este pensamiento viene de acá, de este territorio, de esta boca, y no necesita traducirse al castellano neutro de la cultura letrada para ser válido.

La ficción que crea realidad

En el ensayo sobre literatura y cine Flores retoma una pregunta de Piglia y la radicaliza. No pregunta qué hace la realidad en la ficción sino qué hace la ficción en la realidad. Y la respuesta es que lo real no precede a la narración: es producido por ella.

Dice que Argentina misma es una narración de Kafka: «insectoide, mutante, secreta, combustible, somnolienta, corrompida. Somos personajes dentro de ella, lectores de lo real en clave de ficción».

Si la realidad está hecha de relatos, el relato que elegimos contar tiene consecuencias materiales. La ciencia ficción neoliberal del presidente en la escuela no era un discurso ridículo: era una tecnología de producción de realidad. El coaching no es solo una estafa: es un relato que produce subjetividades, que hace de la felicidad individual una responsabilidad personal y despolitiza la miseria colectiva. El periodismo muerto no es solo una industria en crisis: es un vacío narrativo que otros relatos más peligrosos vienen a ocupar.

Entonces la literatura no es ornamento. Es disputa. Escribir bien, corregir hasta que duela, podar el ego del texto: todo eso es intervenir en la producción de realidad.

Flores no puede salir de la ficción. Ninguno puede. Pero puede elegir qué ficción habitar y con qué lenguaje construirla.

Este libro viene de un territorio que el campo cultural porteño mira con condescendencia cuando lo mira. Habla con las palabras equivocadas, en el tono equivocado, sobre los temas equivocados. Cita a Piglia y después habla de latifundios de streaming. Toma en serio al curandero y destruye al coach. Es simultáneamente un ensayo literario, una crónica de viaje, un manifiesto sobre el oficio y una libreta de anotaciones de alguien que da vueltas alrededor de la mesa del comedor a las tres de la mañana. Esa inadecuación permanente entre el lenguaje y la realidad que nombra no es un defecto. Es exactamente el método.

Y acá quiero recordar esa escena con la que podría haber abierto esta presentación pero elegí guardar para el final. Un chico de nueve años escribe un poema. El maestro lo intercepta, lo lee en voz alta con histrionismo, le hace prometer que nunca más va a hacer «cosas de puto», y lo tira hecho un bollo al tacho de basura.

Flores dice que ese poema «cayó en el olvido porque merecía el olvido». Toma prestada la frase que Borges usa en Parábola del palacio: el poeta pronuncia su poema, el palacio desaparece, y el poeta es decapitado. El poema se pierde para siempre.

Es la imagen más exacta del libro: la escritura como un acto que siempre enfrenta la amenaza del silenciamiento. Y que, a pesar de eso, o precisamente por eso, sigue existiendo.


Mario Flores (Tartagal, Salta, 1990) es escritor y editor. Publicó las novelas Hikaru (Nudista, 2018), Cacería (Nudista, 2022) y Diosas mutantes (Nudista, 2024), y los libros de poemas Cuando llegue el fin de los tiempos (Almadegoma Ediciones, 2017) y Ceremonia del fuego (Funga Editorial, 2024). Recibió el Premio Literario Provincial de Salta (2018 y 2023), la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes (2019, 2021 y 2022) y el Fondo Ciudadano de Desarrollo Cultural (2021, 2023 y 2025).

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