Por Alexander Rivadeneira |
cada gusto es una aberración
Andrés Caicedo
¿Qué relación existe entre los versos me chamuyaron/ diciendo que iba a estar flashero/ que iba a haber cachengue,/ canilla libre y faso; con los versos Es, cargada, la poesía,/ un arma de coqueteo, es,/ el poema, por tanto/ cuerpo; tanto/ cuerpo tan vasto!?
Pertenecientes a estéticas distintas, incluso antagónicas, dependiendo de a quién se le pregunte, todos son parte de los poemas de Nacho Jurao, poeta y reconocido editor.
Esto es algo que vengo pensando hace un tiempo, principalmente cuando alguien, en alguna juntada o evento, saca un poema de su primer libro, El debut (2016), y Nacho responde a ese gesto de la misma manera que muchos reaccionan al primer libro o los primeros poemas que publicaron, es decir, con rechazo y un firme no culiao.
El quid del asunto, en realidad, es molestarlo. Sacando eso, me adentro en la repetida reacción de los primeros libros, que lleva incluso a muchos a borrarlos del historial de su autoría, o a dejarlos en una tenue mención de su existencia en una biografía escueta, ignorando intencionalmente su repercusión, positiva o negativa.
Yo tengo, y sé que otros también, la sensación de que el primer libro es un tráiler, un adelanto de todo lo que le seguirá. A veces es muy evidente el paso de un primer a un segundo o tercer o cuarto libro. Otras, como el caso de Nacho, es menos evidente, en apariencia. Se produce una especie de desvío. Sin embargo, esto lo considero tan normal como la continuidad. ¿Por qué querría seguir escribiendo de la misma manera, si esa forma se vuelve insuficiente y hasta predecible? Tomo de la Luchi, que a su vez lo toma de Ingeborg Bachmann: ella dejó de escribir poemas cuando sintió que ya sabía cómo escribirlos. Más o menos, la idea es esa.
Ahora bien, al inicio, alguien cree en tu escritura, lo comparte, terminas publicando un libro con la fuerza de ese apoyo, sos feliz en la presentación, la noche es joven y toman mucho vino. Pasan los años, seguiste escribiendo, leyendo como un animal, escuchando a los otros; entonces un día volves a ese primer libro y lo abrís, y te encontras con esa persona que fuiste, con lo que en su momento no significaba nada más que un impulso necesario, ese barroco vital. Es natural querer extirpar eso de uno, pasados los años, como la resaca al día siguiente de la presentación. Te asalta la incógnita de por qué publicaste eso y por qué alguien creía que era buena idea. Notas los mecanismos simples que rigen los remates, las metáforas demasiado obvias, la tradición a la que te alineas sin que te hayas percatado, incluso las imperfecciones de la maqueta.
Algo así fue, más o menos, mi experiencia. Pero lo fundamental, en mi caso y en el de Nacho (o eso intuyo), es la culminación. Cerrar la escritura para darle paso a otra cosa. Ambos escribimos en su momento sobre tomar vino y quebrar en lugares indebidos, y luego cambiamos, como todo lo vivo. Del porro y la cumbia a los relámpagos de sangre o los ángeles que hablan desde el poder estatal.
Quizá, llevándolo a un proceso menor, sucede lo mismo que sucede cuando uno escribe, lo deja ahí en el aire, y pasados los días regresa, con la mirada oxigenada, y tiene la suficiente distancia para discernir qué se puede trabajar y qué dejar de lado. Pero con un libro publicado, no se puede trabajar nada, sólo lamentarse la edad.
Frente a esa mirada de uno sobre sí mismo (de puro rechazo, de burla), están las personas que agarran esos primeros libros y los leen y nos los restriegan en la cara. Ahí está Marco, que defiende El debut como el mejor de todos los libros de Nacho, o sigue leyendo un poema específico de xfa dejá de escribirme cosas tristes (2019).
Repitiéndome, nuestros primeros trabajos funcionan como un paso necesario, obligatorio para continuar. Son la prueba de lo que no pudimos decir o hacer, y la razón por la que continuamos esforzándonos en esto que parece imposible. Un análogo de lo que hacemos al escribir. Tomar la materia finita de la lengua para alcanzar el silencio. En definitiva, ahora sé que en esos libros hay cosas importantes más allá de nosotros, y que no fue sólo un capricho que salieran a la luz.
Por supuesto, hasta los mejores primeros libros son desdeñados por sus autores, y claro que habrá gente que no encuentre mayor problema con su pasado, o que fue inteligente y tomó decisiones sobre su autoría; pero para eso habrá otros que escriban, yo aquí hablo sobre lo que conozco.
Al final, y ya que tocamos el tema, ¿es o no es El debut el mejor libro de Nacho? No sé, no importa. Cierro con la transcripción de unos versos del poema Los mejores que, curiosamente, aparece como un poema agregado en la reedición de Prolegómenos (2021), y es mi favorito.
medimos el tiempo
entre fiestas furiosas y fechas
de parciales, con la hora
a la que salimos de clases
y la hora en la que entramos
al trabajo, y así
nos vamos corriendo
desde la facultad al call center
desde el departamento
al bar, desde este banquito
de la plaza hasta el maxikiosco
pero siempre con algo de tiempo
para saludar a los amigos
que nos encontramos por ahí
y preguntarles si qué pasa
el fin de semana

Nació en 1999, en San Miguel de Tucumán. Estudiante de letras de la UNT. Participó en el FILT. Fue parte de la residencia de poetas jóvenes del FIPR en 2019. También participó de la revista Elba Laso. Publicó xfa deja de escribirme cosas tristes (Elba Laso, 2019), Painhub (edición de autor, 2020), La ley de la selva (Imprenta Popular del Norte, 2022) y La luz que me posee (edición de autor, 2022). También publicó en las antologías Pesadillas Políticas (Gato Gordo Ediciones, 2018), En Conserva (Fortuna Ediciones, 2020), Celofán 3 (La Carretilla Roja Ediciones, 2021) y Búscame otra vez (2021).


