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Escribir terror en un país en estado de alerta

Por Elizabeth Rivadeneira |

Argentina atraviesa un contexto social marcado por la violencia, la inestabilidad económica y una sensación persistente de amenaza. La incomodidad y la insatisfacción ciudadana se respiran en las calles, se filtran en las conversaciones cotidianas, se alojan en los cuerpos. Vivimos en alerta: como ciudadanos, pero también como escritores. Esa tensión cotidiana no se apaga al sentarse a escribir; por el contrario, se infiltra de manera inevitable en la escritura, condiciona el lenguaje, el ritmo, las imágenes, incluso aquello que decidimos callar en cada texto.

Vivir en estado de alerta se convierte entonces en una experiencia corporal. El cuerpo aprende a tensarse, a anticipar el golpe, a opinar a la defensiva, a irse antes de recibir la respuesta del otro, a calcular la pérdida antes de que ocurra. Se camina con cuidado, se habla con cautela, se piensa dos veces antes de decir por miedo a la reacción. Esa pedagogía del miedo —silenciosa, persistente— también educa nuestra escritura. Las palabras se vuelven filosas o esquivas; se acortan, se quiebran; las oraciones se vuelven simplistas o se cargan de doble sentido. En un país donde la estabilidad es una promesa siempre postergada, el lenguaje también se vuelve inestable. Decir es arriesgarse. Callar también.

Desde un escenario que insiste en distorsionar la palabra, nombrando por el opuesto conceptos por los que históricamente se ha luchado, emergen presagios pesimistas cada vez más reiterados y peligrosos. Discursos cargados de violencia arrogante, verdades rápidas y absolutas, extremos que no se detienen a observar los matices de una realidad ya de por sí oscura. El pensamiento se empobrece, se acelera y se vuelve superficial. Mucha gente sabe poco sobre muchas cosas que jamás usará para comprender su propia experiencia. Mucha información y poca reflexión. La opinión termina generando ruido y no hay espacios de silencio para pensar.

La literatura no queda al margen de este proceso. Nuestro propio proceso creativo lo refleja, lo absorbe y lo padece. Esa falta de profundidad y la necesidad de ser primicia se trasladan al campo literario; este fenómeno devuelve cientos de historias parecidas entre sí. Literatura a granel, producida a pedido del consumidor, sin riesgo ni intención real. Textos que se esfuerzan por imitar voces ajenas, estilos reconocibles, estructuras que prometen una eficacia inmediata. Historias que cumplen con los requisitos del género, pero no lo tensionan. Literatura sin huella, sin cuerpo, sin memoria. Libros que se leen rápido y se olvidan al cerrarlos.

Sospecho que detrás de esa repetición hay un miedo profundo: el miedo a ser vistos. Porque exponerse a través del arte implica aceptar tanto el rechazo como la posibilidad de ser leídos de verdad. Implica quedar expuestos a la intemperie. En tiempos donde la validación parece medirse en números y contadores de reacciones en redes sociales, sostener una voz propia se vuelve un acto incómodo, casi subversivo. La repetición tranquiliza y la imitación protege. Pero también anestesia.

La literatura de terror, cuando se escribe desde un lugar honesto, se resiste a esa anestesia. Se alimenta de lo posible, es cierto, pero no busca tranquilizar, sino incomodar. Escapa de ese ejercicio de evasión hacia una respuesta sensible a un contexto que ya contiene, en sí mismo, los elementos del horror. No imaginamos mundos lejanos ni monstruos improbables: desplazamos apenas la realidad. Exageramos, tensamos, empujamos los límites de lo verosímil hasta que lo cotidiano revela su costado más oscuro.

El terror está lejos de inventar el miedo, simplemente lo reconoce. Funciona como un laboratorio narrativo donde se ensayan escenarios extremos, pero inquietantemente cercanos. Hipótesis que parecen ficcionales, aunque resuenan con una familiaridad perturbadora. El miedo que se construye en la ficción dialoga con los miedos reales: la pérdida, la precariedad, la violencia, el abandono, la intemperie social. Entender que lo monstruoso no irrumpe siempre desde afuera, sino que emerge de lo social, lo íntimo y lo histórico.

Escribir permite, al menos, observar una misma situación desde múltiples miradas. Tantas como personajes irrumpen desde la mente y se derraman en chorros de tinta sobre el papel en blanco. Elegir quirúrgicamente las voces, las caras, las historias personales que los atraviesan hasta volverlos carne y liberarlos en ese universo literario. Cada historia habilita un diálogo interno distinto. Los miedos se profundizan de manera singular y, por eso, aun cuando existan temas convergentes dentro del terror, nunca se desarrollan del mismo modo. Allí radica su potencia: en conectar con una voz particular, irrepetible, y atreverse a abrir esas puertas para compartirse con la historia y con el lector.

En los últimos años, el mercado editorial —como reflejo de una lógica social más amplia— ha tendido a homogeneizar las narrativas. Pero viene apareciendo un terror auténtico que rompe con las expectativas. Incomoda, deja restos, obliga a una lectura activa y a masticar antes de dar la vuelta a la página. Por eso, escribir terror desde una voz propia implica aceptar el riesgo de no encajar, de no gustar, de no ser fácilmente clasificable. Implica escribir contra la comodidad del lector, pero también contra la del propio autor.

Quizás no se trata de convertir el terror en una consigna política ni en un alegato explícito. Su potencia reside justamente en otro lugar: en mostrar sin explicar o sugerir sin subrayar. El terror opera como una fisura. Allí donde el discurso dominante intenta simplificar la realidad, el relato oscuro la complejiza, la desarma. Allí donde se busca borrar matices para obtener una imagen pareja de la realidad, el terror los exacerba. Devuelve ambigüedad a un mundo que exige certezas violentas.

En este sentido, escribir terror es un acto profundamente político, aunque no lo declare. Porque se niega a obedecer a la lógica del mensaje único. Porque permite que lo reprimido vuelva como imagen, atmósfera o cuerpo narrativo. Porque restituye preguntas donde otros discursos imponen respuestas.

El terror escrito desde Argentina está inevitablemente emparentado con una historia atravesada por la violencia institucional, la desaparición, el silencio impuesto y la negación. Incluso cuando se mencionan de forma directa, esos fantasmas operan como un sustrato. Aparecen en las ausencias, en los cuerpos dañados, en las casas que esconden algo, en los relatos donde el peligro no tiene rostro definido. Hay un horror que no necesita monstruos porque ya convivimos con formas de violencia naturalizadas, legitimadas y repetidas hasta el cansancio.

El género permite entonces recuperar una sensibilidad que el discurso cotidiano se empeña en anestesiar. Volver a sentir miedo donde ya no se lo nombra es volver a incomodarse donde la costumbre ha borrado el espanto. No existen respuestas morales ni redenciones fáciles. Se limita —y no es poco— a señalar y hacer visible la herida.

En cuanto a la voz de las mujeres dentro del género, cada vez más presente y potente, se percibe en ese tejido espeso de las palabras una raíz ancestral. Hay una transmisión de experiencias históricamente silenciadas. El cuerpo aparece como territorio de conflicto: un cuerpo expuesto, vigilado, castigado, pero también resistente. Un cuerpo que recuerda, que guarda memorias que no siempre son individuales.

La desobediencia no está solo en los temas, sino en la forma en la que se abordan. En los ritmos rotos, en las imágenes incómodas, en la negativa a cerrar sentidos. Atreverse a no ser correctas, a no encajar donde se espera, es una de las disrupciones más interesantes que ofrece hoy la literatura de terror escrita por mujeres. Tanto como lectora y como autora, sumergirme en esos territorios de lo incorrecto y lo incómodo es lo que me convoca. Leer y escribir como actos necesarios, no para agradar, sino simplemente para decir.

Si bien el terror literario habilita el juego y la invención, también funciona como un espacio de sublimación. En mi caso, el escenario del terror me permite nombrar. Poner en palabras miedos o sensaciones permite mirarlos de frente, desmenuzarlos, darles vueltas, desangrarlos y volver a construir miradas aberrantes —pero necesarias— sobre distintos actos humanos. La escritura se vuelve entonces un espacio de transformación.

Escribir terror en un país en estado de alerta es también escribir desde la conciencia de la fragilidad. De que todo puede quebrarse. De que lo peor no siempre es improbable. Pero también es escribir desde una pulsión vital: la necesidad de transformar el miedo en materia narrativa, de convertir la angustia en estructura y de hacer del horror un lenguaje. Nombrar para no desaparecer. Imaginar para no quedar atrapados en la literalidad del dolor.

El terror, entonces, es apenas una forma de mirar. Y a veces, mirar de frente es el primer gesto de resistencia.

*Fotos Elizabeth Rivadeneira

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