Por Leticia Martínez |
La casa tenía una reja/ pintada con quejas /
y cantos de amor/ la noche llenaba de ojeras /
la reja, la hiedra/ y el viejo balcón
Homero Expósito
Empieza con un tango y termina con poesía. Mientras llegamos a La Escuelita, canto una canción de otras tierras, lejanas a Famaillá, lejanas también a mí misma. El clima es húmedo por momentos, frío, me dicen, pero no me parece frío. Está nublado pero luego saldrá el sol. Luego, también, lloraré como un impulso por no poder gritar, caminaré desesperada por agua caliente para tomar mate por no poder gritar, sacaré muchas fotos a las paredes por no poder gritar, hablaré con todas las personas que me cruce por no poder gritar, leeré poesía por no poder gritar. Leeré poesía junto a otros por no poder gritar. Haré lo que aprendí cuando tengo que disimular mi enojo, mi ira asquerosa que destroza lo destrozado, apartarme. Caminar en silencio. Mirar con ceguera de ojos pero con vista de espíritu. Dejar que la melodía de esa canción lo tome todo. Silbar, casi muda.
La entrada tiene placas que señalan el sitio de memoria. Conozco estos espacios, los recorrí desde adolescente. Lugares enormes y algunos asfixiantes. Espacios en los que la violencia hizo su trabajo. Entro sola, los demás con quienes viajaba en la combi se adelantaron. Miro el piso y miro el cielo. Pedacito de cielo, Escuelita. Diminutivos que se me cruzan en el cielo verdaderamente inmenso del camino de montaña. Un camino que recorrí tantas veces, desde niña, para llegar a los Valles Calchaquíes sin saber que aquí funcionó el primer centro clandestino de detención, tortura y exterminio del país. La Escuelita es, desde fines de 2015, espacio para la memoria y promoción de derechos humanos.

Al entrar me entretengo con las paredes. Quiero tocar todo. Mis manos son mi verdadera sensibilidad, mi manera de mirar. El sitio tiene lugares de conservación sobre los que todavía se trabaja. No se puede tocar todo. Necesito decir esto cada vez que pueda: mientras la escuela se construía, entre febrero de 1975 y marzo de 1976, en el marco del Operativo Independencia, secuestraron y torturaron a muchísimas personas. Ya construida, desde 1977-1978 funcionó como escuela con estudiantes hasta el año 2013. No estoy enumerando hechos históricos. Estoy escribiendo para no gritar. Toco las paredes para no gritar. Freno donde dice que no se puede tocar. Hay ventanas rotas, hay carteles que señalan qué nivel del infierno estoy viendo. Y no hago metáforas. Un cartel que indica sala de tortura no puede ser otra cosa que el infierno. El de los vivos, como decía Calvino.
Paso el primer pasillo largo, el de las paredes, el que cruza aulas que fueron infiernos, y aparece, otra vez, el cielo. Como si la luz existiera para dar cuenta del peligro. El exceso de luz, cuando apenas se ve con los ojos, cuando una llora porque camina por un pasillo por el que caminaron torturadores se siente todo el peso de la realidad. Lo real, pesado y denso. El presente, oscuro de infiernos y de violencias. Pero escucho voces, alguien dice mi nombre y la sombra densa en la que parezco estar, desaparece. Alguien, a lo lejos, en este descampado que tiene un mástil para la bandera argentina y que hay que cruzar para llegar a las otras aulas, dijo mi nombre y al nombrarme me ayudó a cruzar del otro lado. Me hace señas. Me dice: ¿querés tomar algo? Y el mundo se ordena, el infierno cede.

Aparecen más paredes, ahora pintadas, muraleadas. Bardo, el bardo que me gusta. El bardo que me hace sentir tranquila, en casa. Colores, frases. Veo un escudo de Atlanta y me río. Estoy en casa. No veo otros escudos de otros clubes pintados. Siempre terminamos llegando a donde nos esperan. Vuelve el tango, mi barrio, la ridícula levedad de no entender cómo es que hay un escudo de Atlanta pintado en esa pared. Saco fotos al escudo, se las mando a mi amigo pintor de Villa Crespo y le digo no nos han vencido. Aunque el dolor que sentí cuando entré a la escuela haya sido la eficacia del terror. Entonces, entiendo, que estoy pisando un suelo declarado sitio histórico nacional. No estoy solamente en el suelo de la tortura porque la memoria no es eso que está detrás, en los años que pasaron. La memoria es el efecto de un imaginario presente. La memoria es la capacidad de inventar.
Recuerdo que estoy en este sitio invitada a dar un Taller, que en unas horas me juntaré con un grupo de adolescentes para leer poesía, hacer preguntas y provocar (ojalá) escrituras. Me invitaron en el marco de las actividades del Mayo de las Letras. A propósito del aniversario de los cincuenta años de la última dictadura, varias actividades fueron programadas en La Escuelita. El espacio lleva a cabo diferentes propuestas de talleres y capacitaciones para la comunidad y para escuelas. La memoria es la capacidad de inventar. Además, se realizan visitas abiertas al público.
La persona que dijo mi nombre, que me llamó en palabras y en gestos, que con su acto logró sacarme del lado del miedo y hacerme cruzar hacia lo otro, me dice que en breve comenzará la visita guiada y me pregunta si quiero participar. La memoria es el efecto de un imaginario presente. Yo siempre quiero todo, le digo y ella ríe. Me abraza, quizás notando que estuve recién del lado del susto. Me dice que me haga un té. Yo busco agua para mate, le digo, meta buscáte y apurá.
«¿Qué sabemos de la patria?» anoto mientras las trabajadoras de La escuelita hacen la guía por el espacio. ¿Qué pasado nos contamos, qué hacemos hoy con ese pasado? Ninguna historia está detrás, todo relato es un hoy que empuja los cimientos del recuerdo, que traza mapas imposibles de una patria imposible. No hay recuerdo si no hay presente. Retomo el camino por el que entré, ahora amparada y con mate. Hay más personas, hay voces, hay caras de incomprensión. El detalle de los interrogatorios ilegales, los secuestros y las torturas genera caras de horror. Ya he visto esas caras en otros recorridos por sitios y espacios por donde la dictadura se desplegó.
Ahora sí siento frío, el sol no se asienta del todo en el ambiente. Quisiera tener una precisión que roce el cinismo para escribir este párrafo, quisiera decir que aquello que nombro como la dictadura tiene nombre y apellido. Por ejemplo, en este caso, Luciano Benjamin Menéndez, desde Córdoba, estuvo al mando de las operaciones de este centro clandestino bajo el Cuerpo del Ejército III. Por aquí pasaron entre 1500 y 2500 personas. Menéndez fue el primer militar de alto rango juzgado y condenado en 2008 por crímenes de lesa humanidad. Murió en 2018, mientras cumplía arresto domiciliario. Esto también es un mapa. Tucumán, Córdoba, una escuela, talleres de literatura, el norte del país, el centro del país, miles de personas detenidas ilegalmente, gestos de horror, paredes intervenidas con frases, dibujos de un club de fútbol porteño, té caliente para afrontar un sol que se esconde, el miedo a que el miedo vuelva. Esto también es un mapa.
Empieza con un tango y termina con poesía. No sé si es lo mismo. Qué terrible ser el lomo y el patrón / lleva el palo con el que le dan / y golpea al caballo y golpea al compañero[1]. Ya en el taller por el que fui convocada, en un aula con galletitas y mate, resguardada por la merienda, ese placer que algunas apenas conocimos en la infancia, leo ante un grupo de adolescentes, poemas de Alexander Rivadeneira[2]. (…) ustedes no son ni bestias / son muertos / apenas con armas y garrotes. Silencio que ahueca el tiempo. Hago preguntas, quiero ser molesta pero quienes están escuchándome sólo me miran. (…) no poseo nada, sólo memoria. Qué escuchan, pregunto. Y alguien dice: memoria. Cebo un mate y lo comparto con quien está a mi lado. Esa palabra está vaciada, pienso. No lo digo. Me devuelven el mate. ¿Qué significa la memoria, qué sabemos de la patria? Entonces, alguien asocia la idea de memoria con recuerdo y hablamos sobre los tipos de recuerdos. Hablamos sobre los tipos de memoria.
El concepto no está vaciado sino que yo lo cargo de símbolos, de lenguaje inútil. Es algo más chico, pienso. Es mejor que hablen el poema, los versos, las canciones, las pinturas, las danzas. Son fragmentos, dice alguien más. Escuelita, pedacito, nombres pequeños para inmensidades. Dictadura, jefes, nombres grandes que ocultan nombres propios.
Los/as jóvenes del taller escriben sus textos, recuerdan hechos de sus vidas. Leen en voz alta. La patria, otro nombre gigante que denota mudez. Un mapa de la patria, la violentada y la vivible. La del centro y la del norte. ¿Una patria? ¿Una sola? Mi grito ahogado, mi susto de recién llegada, las voces del afuera que me calman, las voces del poema que hablan mejor que yo. Empieza con un tango y termina con poesía.
(…) yo camino todo / hasta olvidarme / no poseo nada, sólo memoria / por eso cuando me quisieron quitar lo que traía / yo ya estaba ahí / sobre la hierba suave.

[1] Fragmentos de poemas publicados en Hambre sobre hierba (Funga Editorial, 2024). Gracias a Mario Flores por recomendarme estás lecturas para el Taller.
[2] Alexander Rivadeneira (San Miguel de Tucumán, 1999). Estudiante de Letras (UNT) y editor en Tinta bit Ediciones. Publicó Xfa dejá de escribirme cosas tristes (2019), Painhub (2020), La ley de la selva (2021), En los ojos del sapo (2024) y Un montón de bichitos (2024).

1987, Buenos Aires. Escritora, poeta y tallerista radicada en Unquillo, Córdoba. Recibió el 2do Premio del Concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes en 2022 por su libro La mejor de la ciudad, editado y reeditado en 2025 por Funga Editorial. Publicó la novela De cara al sol (2021, Gerania Editora) y participó en la antología Los vicios de los muertos (2020, Hormigas Negras). También ha publicado poesía y recibió becas del Fondo Nacional de las Artes (2019, 2021) por su labor en talleres de lectura y escritura.



