Sobre Un lugar para no morir solo, de Bruno Reichert
Por Ignacio Daniel Ratier |
Leí Un lugar para no morir solo (Diotima, 2025) de Bruno Reichert en dos patadas, con placer, pero también con atención escolar, lápiz en mano y ceño fruncido. Setenta y ocho páginas, ocho cuentos y una tapa roja y quijotesca —hay ella un molino en campo abierto— en la que se cuela, desde el margen superior izquierdo, la mitad delantera de un auto que parece a la deriva después de mucho rodar.
Ahora bien, ese rodar no solo tiene un sentido automovilístico. La aparición en cuadro —el movimiento es generado por dos cualidades: las luces están encendidas y la figura del auto, incompleta—también es cinematográfica. Desde el principio, el libro arroja indicios: los relatos se fundan en el amor por la literatura, pero también por el cine.
En el prólogo de La ceremonia del desdén (Mardulce, 2025), libro póstumo de Luis Chitarroni (1958-2023), Edgardo Scott ejecuta una hiriente observación: es extraño encontrar buenos lectores que sean a un mismo tiempo buenos escritores y viceversa. La referencia, por supuesto, favorece a Chitarroni. El texto de Scott parece trazar un límite, un hasta aquí llegamos. Suena a ceremonia de despedida no de un autor, sino de un modo de escribir-pensar, en apariencia imposible en la nueva normalidad sobre la que Benjamin Bratton viene alertando desde antes de que el término se popularice durante la pandemia.
Bruno Reichert, de cuero curtido en el desierto patagónico, reúne ambas aptitudes: lee y escribe bien. Pero no es el lector borgeano de culo y silla —tradición que Chitarroni honró con dedicación marcial—, hibridado con los ácaros y el polvillo de su biblioteca. Es más bien un geógrafo de las textualidades de su patria. De esos que desenvainan tesoros editoriales inhallables y son capaces de anudarlos y tensarlos con la mirada de los infinitos lugares que ha frecuentado con el overol de trabajador estatal puesto.
Así, los cuentos del libro ruedan con la educación sentimental del autor a cuestas; con el amor al cine y a esa televisión moribunda de antaño. Escondiendo el marco teórico hasta donde se pueda (“era posible que estuviera en un mundo que debía comenzar a entender desde cero”), leyendo la ciudad, la ruta y ese universo indescifrable e irreductible a la categoría de rural que es la Argentina interior. Fuerza silenciosa que empuja hacia adelante. De ahí viene Bruno y, como Bernardo Canal Feijóo, desde joven fue a hacer base al centro para mirar mejor la periferia.
Desde el primer texto, que lleva el título del libro, se sienta una posición. El narrador dice hurgar en su memoria para contar lo que vio y lo que le contaron. En otras palabras, oculta con pudor el trabajo imaginativo, lo disimula con oficio. Y los personajes siempre son gente común: “Vale la aclaración: a mí me criaron para decir que los protagonistas de este cuento no eran los tipos más avispados de este mundo”. Entre ñandúes, guanacos, lechuzas y rutas provinciales terribles en el sur patagónico, la muerte espera y se espera. En “Aquí América Latina. Una especulación” (2004), Josefina Ludmer advertía un giro en la producción literaria. Allí decía que la literatura se había entrampado en no poder hablar de otra cosa que no sea de sí misma. Personajes que son escritores envueltos en intrigas literarias y en una cerrazón autorreferencial. Los personajes de este libro, pero también el lugar desde el que se narra, están muy lejos de eso.
El segundo cuento, Jockeys, repone una tradición silenciosa de la patria, la de las cuadreras. La de las apuestas, las jeringas, las yeguas y el tabaco consumido por los nervios duros de los inversores. Aquí la muerte aparece embebida de tragedia, casi como la respuesta obvia que le espera al inflexible que no negocia con la autodestrucción. El tercero, Bien criados, es una charla entre dos viejas amigas —Dora e Irma— de la que destellan costumbres y creencias todavía vivas. El destete de los hijos que se van, el recuerdo tímido de la dictadura (los años setenta de la gente común) como algo que se comenta sin dramatismo. La conversación se tensa, pero las interlocutoras conservan las formas. Hay amistades acarreadas por el temor a la soledad. Aquí la muerte ya pasó, pero la vida también.
Las Heras¸ un guiño al género policial, es a mí entender el mejor texto del libro. Un periodista retorna a su pueblo para buscar información sobre el supuesto suicidio de Juan Martín Di Marco, un chico de 22 años. El narrador se entromete y construye una trama hecha de bares aislados del frío, mercados negros, desconfianza, y familias quebradas y suturadas con lo que la vida deja a mano. No puede faltar el que corta el bacalao ni el infierno grande de todo pueblo chico. Pero es sobre todo un texto sobre el distanciarse para mirar y el proceso de volvernos extranjeros en nuestra propia tierra. Una sinfonía sobre cómo las cosas cambian aun cuando parecen no cambiar.
Lo que sigue son dos reescrituras. Primero, La telesita, inspirada en la conocida leyenda santiagueña. Allí, como los personajes son del pago, se juega con la tonada, se busca hacerla aparecer en la escritura. Sin embargo, como en otros cuentos, lo que aparece con más fuerza, en un goteo incesante, es la cartografía de una Argentina perjudicada por el régimen de visibilidad: Loreto, La Banda, La Aurora y Las Sierras de Guasayán; Caleta Olivia, Comodoro Rivadavia, Las Heras, Laguna del Molle, Isla Sola. Dos largos brazos que se estiran de Norte a Sur y de Sur a Norte.
La segunda, Una dama antigua, recrea las clásicas historias de brujas ermitañas que habitan la soledad del bosque. Con sutileza, el texto danza en el realismo hasta acercarse a lo extraño sin saltar nunca de la cornisa. La bruja es hija de una viudez inacabada y guardiana de la memoria de un pasado que se remonta hasta el período independentista.
El valle, el penúltimo cuento, es una historia de correrías y ajustes de cuentas. Una perspectiva sangrienta de cómo se construye un orden de ganadores y perdedores en lo social y en lo familiar. Mientras que el último, Invierno del 82, aborda Malvinas desde el punta de vista de una madre en duelo. Una madre que está sola y espera. Porque los órdenes tienen fibras sensibles y traumas; bordes donde la lengua se enmohece y no queda más compañía que la radio o los almuerzos de Mirtha.
“Un lugar para no morir solo” habla de los problemas estructurales, de lo postergado y de los que hablan sin ser escuchados, pero también ensancha el mundo ensanchando a la Argentina. Se inscribe por ello en una tradición en la que la literatura es parte de una gesta patriótica. Duele enunciarlo cuando el término está tan gastado y desaprovechado, este es un gran libro.

Nació en Mar del Plata el 7 de febrero de 1993 y vivió casi toda su vida en Santiago del Estero. Es docente del nivel superior y becario doctoral del Conicet con lugar de trabajo en el Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (UNSE-CONICET). Investiga sobre el mundo editorial santiagueño desde la década del noventa en adelante.
En 2021, Chernobyl Ediciones publicó su poemario «Edificio en llamas».




Excelente sinopsis!! Escritura impecable. Espero que no sea el último libro ya que el camino es por ahí.