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ISSN 2684-0626

 

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IV Feria del libro de Las Termas: Un recorrimiento

Por Mario Flores |

Con el lema “Leer es descubrir el norte”, la novena edición de la feria del libro de Las Termas de Río Hondo, del 16 al 18 de octubre, dejó la consigna aventurada de un acercamiento más crítico y consciente a las poéticas del norte argentino.

DÍA 0. Cuando comenzó la feria, aunque la feria aún no comenzó. “Itinerante” es el término, y no casualmente es una definición afincada en el terreno de teatro (teatro peregrinación, le decían algunos), para ilustrar la importancia de que una feria de libros no permanezca encerrada entre las cuatro paredes de un centro cultural, sino salir a la comunidad. Entonces el día cero, miércoles 15 de octubre, la novena feria del libro de Las Termas de Río Hondo decide iniciar su recorrido por instituciones educativas. A las cinco de la tarde, bajo el sol de una siesta que empieza a demostrar la potencia de la primavera que hasta ahora habría sido, aseguran, bastante fresca, Diego Ramos (Editorial Ya Era: Salta) da paso al teatro circense y necroliteratura de terror en el Colegio Sesquicentenario. No es que haya estado planeado pero ambos llegamos en el mismo bus, un Almirante Brown con destino a La Plata con pasajeros que ya demuestran la desesperación por el aire acondicionado al palo y el resto del extenso viaje: Diego es un nómada acostumbrado a desplazarse bajo sol y viento, un artista callejero y performer ambulante que, además de escritor y editor (cazador de mitos e historias, dice él), representa una de los movimientos alternativos más importantes de la literatura independiente de Salta de los últimos años. Los alumnos tienen alrededor de doce años. “Son más chiquitos de lo que esperaba, tuve que modificar en tiempo real todo el circo”, aclara. Pero las docentes apagan las luces, el aula se transforma en sala, y el cuento se entrecruza con las tonalidades de la oralidad más cárnica. No se trata de ser cuentacuentos infantil, una terminología frecuente en el mercantilismo de la LIJ tradicional, sino de que la historia lleve a aquello que conforma el establecimiento (la institución) a lugares insospechados. Y en la actualidad no hay nada más infrecuente e insospechado que la escucha: cuarenta pibes, todos concentrados, en respetuoso pero ansioso silencio para saber qué ocurre. Sólo falta el fuego.

A las ocho de la noche, el Instituto de Formación Docente N° 2 es el espacio en el que se lleva a cabo la presentación de un cuento nuevo (mío) que ha sido publicado en la sección cultural de la Revista Acción, titulado La noche del reino de los perros, que es en realidad el fragmento de una novela inédita. Lo curioso y lo inaudito son ley: lo inesperado es parte de la apuesta, y en este caso los alumnos que participan del taller (de primer y tercer año) son del profesorado de matemáticas. “Literatura, sociedad y ficción”, le puse de título, pero la noche incipiente no deja de recordar lo extraño de la ocasión: los jóvenes acostumbrados a ecuaciones y fórmulas puede que no estén acostumbrados a recibir material ni actividades de otras áreas, por lo cual la lectura colectiva (cada uno un párrafo) al principio es en bajo volumen y con cierta timidez, pero va adquiriendo confianza a pesar de tantas putas e hijas de puta, pijas y mierdas, culos y venganzas. No se cansan de aclarármelo: no son palabras comunes en una institución. Una curiosa -pero también indignada- docente pregunta: “¿Cuándo se puede dar algo como esto a los chicos y para qué? Eso, ¿para qué algo como esto en una escuela?”. Como quien come el pochoclo imaginario de la religión verdadera, ver todo arder, dejo que otra profesora le responda a la primera, y así: el debate es encendido y extenso. Discutimos sobre la conspiración del silencio y la conspiración del ruido, como decía Fogwill, sobre realismo literario y realismo sobreexplotado a través de los medios de comunicación. Es inevitable pensar en Florencio Varela pero sin la necesidad de irse tan lejos: a la vuelta de la propia casa, el cuento repercute con la familiaridad de lo monstruoso.

A las diez de la noche, como última actividad del día cero, nos dirigimos al CENS, donde un animado grupo de adultos se interesa en saber los pormenores de cómo hizo Álvaro Rizzo (que aclara que nunca en su vida le interesó leer ni escribir) para crear su primer libro, “Descubrirme”. Lo paradigmático es la premisa: la carga emocional de un episodio traumático y heartbraker marca el antecedente de una necesidad de expresar por escrito aquello que el cuerpo y la mente atraviesan. Pero no estamos hablando de literatura sino de autoayuda o escritura del yo, incluso con el propósito de la mera catársis lírica a modo de autocuestionamiento. Allí recitamos unos poemas, Diego Ramos de memoria y yo leyendo del celular. Pero Rizzo deja en claro su posición: no ha vuelto a leer su libro, y no va a volver a leerlo. De hecho, ni siquiera hay un ejemplar del título en la mesa aunque sea para verlo. “Es una etapa que se cerró”, dictamina. En el aula, son varios los que se identifican: han pasado por malas situaciones, los han estrujado afectivamente y siempre la palabra se revela como una forma de terapia, una suerte de recomposición espiritual, aunque jamás se planteen publicar sus escritos ni se perciban a sí mismos como escritores. Rizzo, sin embargo, responde a mi pregunta (¿seguirías escribiendo o hace falta otra situación traumática para que te pongas a escribir de nuevo?), suelto de aquel episodio, comenta que, ahora sí, sigue escribiendo: “Encontré en la escritura el medio para decir lo que tengo para decir, más allá del dolor”. Entonces nos reímos cuando una de las alumnas, cerca del aplauso final, dispara la frase que cierra y da por cumplida la misión de la primera jornada: “Ahora me dieron ganas de leer”. Ya dije que la feria oficialmente aún no comenzó, pero deciden que ese va a ser el eslogan de la décima, el año entrante, en el otoño europeo.

Porque descubrir es revelar, también es recordar. En “Lo ominoso” de Freud, lo familiar y lo conocido no se vuelven siniestro, sino que se revelan como lo que siempre fueron. La novedad se percibe como incómoda, y es apropiado pensar que la literatura del norte argentino, siempre afincada en la tierra confortable del pasado costumbrista, se arriesga a descubrirse a sí misma como aventurada y contemporánea, urgente y tensionada por su propia soga al cuello. Por ello mismo, cuando me dicen que La noche del reino de los perros es “demasiado fuerte” o “muy asqueroso de leer” pienso en que nada ha sido revelado ni descubierto, sino más bien a propósito escudado bajo años de poderes discursivos de una única supuesta identidad que sigue reproduciéndose en el turismo panfletario y la oferta oficial. Nadie que sintonice las noticias diez minutos en cualquier momento de la rutina diaria, puede asegurar que no ha descubierto lo ominoso y lo terrible, lo encubierto y lo invisibilizado. “Tengo que digerirlo, no estoy habituado”, me responde un escritor. Y es que hay demasiados escritores que no leen: tan sólo escupen y redactan pero jamás leen, hablan gustosos de sí mismos pero jamás buscan nuevas voces, dicen pero jamás escuchan. La imperiosa necesidad de atención, el histérico disfraz del autor y su rol en su propia comunidad, ya en decadencia (o, ¿cuándo no estuvo -o fue- la literatura regional en decadencia?), no descubren ni reivindican. No hay nada novedoso ni revelador en el cuento que escribí, en ese fragmento de novela no publicada, no hay descubrimiento alguno sino el recordatorio de lo que ya se sabe: la carne machucada es el territorio de la política de la crueldad, tan tradicional como actual. Para descubrir es necesario, primero, preguntar. Quizás los escritores, o los que se dicen a sí mismos escritores, están urgidos de dar respuestas a preguntas que nadie les ha formulado; ¿para qué, entonces, leer y cuestionar?

Perdí la cuenta de cuántas veces pronuncié la palabra regurgitación: ¿para qué dar algo masticado y vomitado como si fuera oro en polvo a menores de edad ayudando a reproducir el mito del escritor autoridad?

Es el tercer año consecutivo que visito la Feria del Libro de las Termas de Río Hondo, que ahora ya no tiene nada de “mini” como se denominaba en sus primeros años, y juro que cada vez (aunque los organizadores de la feria no comprenden mi obsesión ni lo hayan notado nunca) el evento coincide con el Encuentro Nacional de Testigos de Jehová. Cien, doscientas, trescientas personas con corbata y vestidos largos, tuppers con comida y guantes descartables copan el Centro Cultural San Martín, reposan en su césped y llenan las mil quinientas localidades de la sala de teatro. No es como en la calle, que te regalan revistas y charlas abordando al público: esto es privado, y sus conferencias son tan restrictivas como el mensaje cifrado en los estampados floreados de sus vestimentas. “Donde quiera que voy, me persiguen los testigos de Jehová”, puse en un estado de Whatsapp el último día del FILBA 2025, cuando las calles de Palermo se llenaron de numerarios que me miraban con hambre de evangelización. Persecución con delirio místico, tal vez: es jueves, el primer día de la feria amanece nublado mientras despierto innecesariamente temprano y ya pienso en el sábado, cuando me encuentre de nuevo con los testigos.

DÍA 1. Sin drones ni fuegos artificiales, pero muchos niños asustados. Luego de los saludos y agradecimientos institucionales de rigor, la primera jornada inicia con danza y la premiación de un concurso de cuentos para alumnos de escuelas primarias (importante aclaración: el género del certamen estaba dirigido al cuento fantástico, aunque se mezclan -por costumbre, error o ingenuidad- con el mito, la leyenda, la parábola o el landrisinismo de asado dominical). Como en todo concurso infantil, las niñeces logran convocar familia y amigos, público que ocupa sillas y se quedan sólo hasta que su parte termine: no es gente que lea. ¿A qué se va a una feria del libro cuando se es alguien que no lee sino para sacarle una foto a las bendiciones? Es por ello que, a modo de gran acierto pactado un poquito antes, Diego Ramos obliga a toda la asistencia a darse vuelta: nadie gira las sillas, voltean el cogote con la curiosidad de no entender por qué el artista está en el fondo del salón y no sobre el escenario. Ramos tiene malabares e instrumentos de percusión artesanal, además de un San La Muerte, un equeco al que ha nombrado Guadalupe, hecho con ropa, cartón y flores del cementerio. A veces cuesta comprender si la voz del relato de terror para niños es del artista o del títere: ¿qué hilos secretos son los que dirigen esta ventriloquía de la muerte y lo fantasmal? Aclaró al inicio: “Es un cuento de terror para niños”, aparte de algunas advertencias como las tonalidades de voces y gritos, como también la alarma general que provoca alguien que enciende antorchas dentro de un centro cultural (no porque se vayan a disparar los detectores de humo sino por el recuerdo fresco de que este lugar alguna vez fue incendiado). Caras confundidas con la historia de una niña que, como pesadilla recurrente, se aparece todas las noches a pedir un vaso de agua, entre el laberíntico juego de edificios A, B y C, tan reales como mágicos. Avanza con ciertos ripios de risas, suspiros y hasta rostros enojados que se preguntan por qué le dan espacio a un esperpento como éste. Con malabares y una galera de mago, cubre su rostro con el largo cabello que ayuda a desplazar identidades a través del cuento: el dolor y el duelo son apenas ejes de carreta entre los giros que realiza alrededor de Guadalupe, que es al final quien toma la voz, posee al títere o al titiritero, y eso es lo que marca un silencio tan incómodo como un silencio tan expectante. Casi no faltaba nada para el final de la historia, cuando una madre indignada saca de la sala, a pasito apurado de algodón rosa, a su hijita que se largó a llorar del susto de semejante performance. “¿Cómo la vas a asustar así a la chiquita?”, reclaman. Pero, al parecer, nadie se preocupó por la chiquita muerta y sedienta de la narración.

Nadie que diga que le “sacó la ficha” a la vida merece ser tomado en serio. Es usual, a esta altura de la era de la literalidad del capitalismo de plataformas, recurrir al absolutismo color pastel del discurso motivacional: no es arte ni literatura, ni proceso creativo. Todo se reduce a una charla estilo plagio TED (lo que los católicos y estafadores piramidales denominan ‘encuentros de impacto’) para escarbar en la telenovela anónima y colectiva. Cada vez que la autora pide que el público levante la mano para dar testimonio de “quién no pasó por una situación en su vida donde no sabía qué hacer”, o sea la corroboración participativa del lugar común como sinécdoque del sentido de identificación, los que se notan que son sus familiares o conocidos que vinieron a filmarla son los únicos que le siguen el hilo. Es escaso el público porque luego de que las familias de los alumnos premiados se sacan la foto de rigor, se toman el palo y qué me importan los libros. Pero si se trata de una persona que le sacó la ficha a la vida, sabrá de antemano que el mero hecho de publicar un libro no garantiza tu posición ni autoridad, mucho menos la superioridad moral de quien asegura haberla pasado mal (como todo terrícola, nada nuevo) y logrado superarlo con cartas astrales online, citas new age, tachos con hielo y charlas motivacionales que operan en el mismo registro de su alocución: tratar por todos los medios posibles de evidenciar la emoción y la conmoción, la desesperación por conseguir una identificación por parte del ¿público? (no estaríamos hablando de lectores sino de evangelizados). El título del libro bendice (¿se reconcilia?) el caos que ha despertado la conciencia, es decir el cuento de la buena pipa: la metáfora embalada con filtros de Instagram, pero la autora no habla del libro ni de literatura sino de ella misma. “Estoy segura de que cuando escuchen mi historia se van a sentir identificados”. Es difícil permanecer en la sala. Asegura que de niña sintió pasión por la lectura y la poesía, escribiendo versos infantiles y adorando el mundo de los libros de apellidos de siempre: Neruda, Darío, Storni. Se describe a sí misma como nerd, como rara, como distinta al promedio: algo completamente de fariseo en UNA FERIA DE LIBROS INDEPENDIENTE donde básicamente todos son nerds, inadaptados sociales y poetas psiquiátricos -¿por qué se dedicarían a eso?-. Registrar que el aleccionamiento de autoayuda no contempla al otro como una vida pensante y sintiente, sino más bien como pobres entes infelices ignorantes que no han “despertado” y necesitan la enseñanza y la sabiduría de quien está al frente del salón: no hay nada más despreciable que estos coaches pagados por sí mismos que persiguen la tómbola de la pequeña fama. “Bueno, pero es que hay gente a la que le sirve”, dicen y estoy seguro de que sí: hay muchas personas que deben andar necesitando un empujoncito emocional para no subirse a la torre del campanario con una escopeta y empezar a disparar al azar, pero querría atreverme a decir que una cosa es hacer literatura y otra, muy distinta, ponerle la escupidera testimonial a los nuevos iluminados apañados por sellos de servicio e imprentas que se dedican a cumplir esos ‘sueños’ de la ludopatía digital. Resumiendo, ni nos preocupemos: no tienen la culpa de haber caído en el círculo vicioso del marketing emocional de todos esos hijos de remil puta, porque a eso se dedican, a fichar a los hijos de puta más vulnerables o con ansias de mostrarse, porque mostrarse es lo que les encanta a los hijos de puta de la tragicomedia residual de los pobres de espíritu.

En la trasnoche de la primera jornada, con los editores de Gato Gordo y La Cascotiada, hallamos un drugstore que nos podía dejar tomar en la vereda una cerveza (suena mentalmennte la voz de Jorge Porcel Jr. cantando la fresca la fresca, es Stella Artois…). Hasta las tres de la mañana hablamos de cine, de libros, de ferias y feriantes, pero también repasamos las célebres máximas de Moria y sobre las condiciones adictivas del cheddar. También les conté sobre esta cuestión con los Testigos, pero lo reciben como si fuera una ocurrencia ficticia propia de la cantidad de botellas vacías, pero no. Doscientos, trescientos, quinientos testigos de Jehová, les repito y a la vez también empiezo a dudar de mi propia historia. Pero no, sé que por algún lado están: entre hoy y mañana aparecerán como una avalancha homogénea y olorosa a Brylcreem. Hablamos de eso con Diego Ramos: la realidad supera constantemente a la ficción, pero no es nuestro trabajo darle más crédito que el que le damos a la otra dimensión donde, escribiendo, nos dan permiso provisorio para estar un rato, encender un fueguito, compartir una historia, tararear una canción.

DÍA 2. ¿Gotita líquida o en gel? No sabía que había más de una: un cráneo partido no se pregunta esas cosas. Desde la XV Feria del Libro de Salta que no he vuelto a mi casa. De un hostel a la sala hogareña de un amigo, de ese living a un hotel, de ese hotel a otro hotel pero con dos piletas. Hace días que no duermo bien: los sueños intermitentes en viaje deparan desorden y contracturas, muchas horas seguidas arriba de un micro que parece ir veloz pero en realidad lo que mueven es el paisaje alrededor. Parafraseando a Laiseca, “entré a un barsucho a tomar una cerveza, comer un sangüichito, esas cosas…”, cuando vi un colectivo extraño, de trompa grande como los de antes, lleno de leds que parpadeaban al ritmo de Ricky Maravilla, y arriba una tracalada de jubiladas alegres y sin vergüenza alguna de existir, a los gritos de la risa. Todavía no veo a los testigos. En las otras mesas los clientes hablan de fiscales y elecciones, de boletas y otras politiquerías de café. No les puedo seguir el hilo luego de la tercera oración: no conversan sino que mascullan, mastican miga de pan mientras putean apellidos conocidos o a los hijos de esos apellidos. Lo que sufro no es un jet lag, sino el simple desacomodo del sueño y la vigilia: vivo cada uno con las reglas del otro.

Todas las jornadas de la feria inician con cuadros de danza. Tres canciones seguidas, folklore estilizado de academia para que el público mire adelante, se siente y se quede quieto para lo que vendrá. Luego de los aplausos se da la primera presentación: “Alumnos escritores: voces que emergen”, una recopilación de cuentos de autores del Instituto San Cayetano y la Escuela de Comercio Ramón Gómez Cornet. El libro es blanco y presume los escudos de ambas instituciones educativas en la portada. La iniciativa docente de que una tarea de redacción atraviese un proceso editorial para convertirlo en un libro real, es algo que excede la mera ternura para aventurarse al registro bibliográfico de toda una nueva generación, más allá de qué tipo de minucia estética puedan desarrollar estos humanitos, porque la consigna central es entender “la escuela como un taller de palabras”. Pero no hay tiempo de escuchar los cuentos: son muchos y leen solo fragmentos, sonoramente poéticos, prosas cuidadas y cargadas de adjetivos: “la chispa que la tinta acaba de encender”, dice el cuento policial de una de las tres niñas entre el resto de varones, sin filtro.

Durante la charla “Turismo en Las Termas: desafíos y oportunidades”, es claramente fácil hablar de las oportunidades: todos aman su ciudad, elogian el buen trato de sus comerciantes, la afabilidad de su gente, los buenos precios. Pero a la hora de discutir los desafíos se presentan ciertas problemáticas. “Los jóvenes ignoran cuestiones básicas de la historia de su comunidad”, dice una de las disertantes, y seguido a ello uno de los asistentes se pone de pie para remarcar que el primer turista debe ser el residente, que los mismos vecinos vayan y vean, recorran y disfruten, no solamente pensando en el de afuera. Parece un tono gauchesco, pero no: pienso en los testigos, que cuando realizan sus eventos multitudinarios comen de viandas sobre el césped del parque, mientras los mozos de los restaurantes los miran de reojo. Y también está el tema de la construcción identitaria: no se puede ofrecer ningún turismo si el mismo termeño no ama su tierra; “me van a tirar animales muertos a la casa”, dice un vecino. Si no fuera por frases como esa, estoy seguro de que cabeceé de sueño un par de veces. Lo que pasa es que, como en las presentaciones de libros, la gente no levanta la mano para preguntar sino para opinar. Nadie quiere inferir en un cuestionamiento, sólo decir lo que piensan. Si es con micrófono, mejor. Como no hay tiempo ni energía ni humor ni contextura psíquica suficiente para quedarse mucho más, lo último de la noche, mi presentación de Los mantras eléctricos es tensa y rápida. Once minutos grabados: tres poemas y un par de mentiras. ¿Para qué más?

DÍA 3. No son perros callejeros, son perros libres. El último día, sábado, con Ana Belén Jara nos juntamos a ver perder estrepitosamente a Boca frente a Belgrano. Considero que es la mejor poeta de su generación: el denuedo del lenguaje con la dosis indicada de crueldad exitista donde la metáfora no es belleza sino inevitabilidad. Cuando la leemos en el Taller de Poesía Argentina, dedicamos horas a repensar sus poemas, las bestias en sus versos, los correspondientes bajones de luz en las palabras con las que elige ser muerte y caos, elige ser el amor que se rompe. Igual todo esto solamente lo pienso yo, por dentro. A ella lo único que le digo es sobre el tema de los testigos, le cuento la historia de su congreso anual, de sus sistemas de control mental y antivacunas. Cuando termina el segundo tiempo, nos vamos. Quedamos en vernos directamente en el Centro Cultural para la presentación de un libro titulado Matria. Pero cuando llego nos quedamos un rato largo comprando stickers de Harry Potter y credenciales falsas. La lluvia dejó afortunadamente un fresco que inunda de tranquilidad la noche del sábado. Se siente como si fuera domingo.

“La ronda de poesía ya comenzó”, me avisa. Desde la segunda fila, escuchamos a poetas con hojas impresas y rimadores de pie (compositor de canciones que empezó a hacer poesía del amor por pedido de los amigos). Ana Belén Jara lee, como todos, dos poemas. El primero y el último de su libro Con dos pesos ya no alcanza, que ya es incunable e inconseguible. Cierro con dos poemas. La foto final no es multitudinaria pero sí llena de sonrisas cargadas por el trabajo de levantar cajas y desarmar stands, enrollar cables y comenzar a compartir información. Ni un papelito en el suelo ni señales de los testigos de Jehová. “Ah… es que ya lo hicieron”, me dicen, “del 18 al 22 de julio, vinieron en invierno”. No hay tiempo para abrazos extensos ni despedidas, sino para corroborar que la décima edición de esta feria ya se posiciona como una nube eléctrica sobre las cabezas de quienes están al frente. Entre tantos sellos editoriales que cesan actividades y ciclos de poesía que se cancelan, que una feria llegue a la décima edición es un motivo para celebrar la revolucionaria terquedad del ser humano por el amor a los libros.

La noche, dije, es fresca, pero aún así terminará dentro de muy poco. Por alguna razón, el día de la madre les pegó fuerte a estos incrédulos: no sólo como estrategia de ventas, también la gente en la calle tiene la palabra madre en la boca todo el tiempo, los trapitos con camisetas de fútbol y los mozos que espantan moscas con repasadores andan tarareando el tema de Los Nocheros. En Las Termas de Río Hondo hay muchos perros: hermosos y bien cuidados, duermen la siesta en veredas y edificios públicos, en el parque o la plaza frente al casino. A veces dan la bienvenida en los locales de artesanías o dulces. Nadie los manda a la cucha ni los corre de su negocio como si fueran un estorbo. No son callejeros, son libres.

Viajo a las dos de la mañana pensando en que Tartagal todavía debe estar asediado por los cuarenta y tres grados de calor sin lluvia de los que me escapé estas dos semanas. Cuando despierto, soy el único pasajero en la planta alta: los asientos reclinados y las cortinas corridas dejan entrever el sol del mediodía. No es que sea un lector errante ni un pasajero de citas, pero acá va una de Rafael Arce: “Los escritores, si es que pueden seguir siendo llamados así, han cesado de ser autores, porque la multiplicación de simulacros de identidad los ha vuelto inútiles”.

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