Por Patricio García |
En un almuerzo en mi casa familiar —yo en aquel tiempo te iba a ver cualquier recital si la entrada estaba a ocho pesos— alguien contaba que una amiga suya había ganado en la radio una entrada para ver a Bandana en Atlético. No quería, o no podía ir, y vendía la entrada a solo ocho pesos.
Ví mi mano levantarse y me oí decir:
—Yo la quiero.
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La única verdad
¡Atención! porque, si han leído mis escritos anteriores, habrán notado que el tema central es que escribo recuerdos de los que dudo seriamente. He aprendido a dudar de ellos y me gusta ponerlos a prueba mediante la escritura. Pero, a continuación, quiero contarles el único recuerdo de cuya verdad no tengo ninguna duda. Dice así:
Llego ese día al Monumental (no al mismo Monumental del relato de Duran Duran, si no al estadio de Atlético, de nombre oficial José Fierro). Me pongo en la fila correspondiente a mi entrada y no puedo evitar notar la condición muy humilde de mis compañerxs de fila.
Pronto me doy cuenta también que estamos entrando en una de las esquinas del estadio, los asientos más baratos, desde los que no se ve absolutamente nada. Además estamos encerradxs, con candados en la reja. Somos tres mil.
Los ánimos del grupo entran en ebullición en muy poco tiempo y aparece un conjunto de insurgentes que decide tirar abajo la reja. Lo anuncian ante lxs tres mil y reciben el vivaz y más unánime apoyo.
Yo ,como buen intelectual de la clase media, solo observo maravillado y asustado, pero rujo junto al resto cuando las rejas caen y nos avalanzamos hacia el campo ante la mirada horrorizada de la oligarquía que había comprado las mejores entradas y lxs… ¿qué?… ¿cincuenta policías impotentes?
Es el poder de estxs tres mil que solucionaron un problema que tenían, que yo también tenía. En minutos, tan solo actuando en perfecta y efectiva sincronía. El recuerdo del que no dudo.
Porque esa clase de poder, nunca la había visto antes de este concierto de Bandana. Es el único de mis recuerdos que no se parece a un sueño, se parece al pellizco que te despierta del sueño.
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El Nene Fulgado
Tras una cordial carrera entre lxs tres mil por una buena ubicación conseguí ubicarme abrazando una valla, al pie del escenario. No mucho después, y mientras me felicitaba todavía por la excelente ubicación, pasará por ahí el Nene Fulgado. Me verá y ha de decirme:
— ¡Patricio! ¿Qué hacés aquí?
— Ya me ves, vengo a ver Bandana.
Gabriel Fulgado era el productor local que había organizado la velada. Ya he escrito sobre él en el texto de Duran Duran. Él los había traído. Y también a Fito Páez en la misma semana.
Trajo a Luis Miguel varias veces, como gurrumín, como chico y como señor. A Serrat, a Roxette, a Rafaela Carrá y a Mercedez Sosa —también en Atlético— tras años de no cantar en Tucumán por la dictadura.
Pero antes, en los setenta, había sido el primero en traer a lxs pionerxs del rock a los escenarios de Tucumán. Gabriel Fulgado era todo un ícono cultural pero, como viejo amigo de mi familia, para nosotros era el Nene Fulgado. Entonces el Nene me dirá:
—¡No te quedes ahí! Vení, pasá a ver el show desde el escenario.
Y moverá amablemente la valla, desbloqueando mi paso.
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Cinco minas sindicalistas
Mientras subía al escenario por el lado oeste, pude ver algo del backstage que se ubicaba detrás.
Las Bandana permanecían en su trailer —me contaba Fulgado— mientras se preparaban para salir.
Una mesa mostraba restos de un banquete frugal con el que habían merendado. Frutas y huevos pasados por agua. Al rato aparecieron, justo por el costado donde yo estaba. Virginia y Valeria me saludaron al verme; más atrás venían Lissa, Ivonne y Lourdes, todas de punta en blanco, que a su vez me saludaron también.
Saludaron a todo el personal de escenario que se ocultaba como yo detrás de columnas, de luces y parlantes. La primera impresión que me quedó fue la de cinco minas sindicalistas que se movían en su gremio con gran respeto y consideración. Si no me equivoco empezaron con Llega la noche y fue el concierto más multitudinario de su carrera. Lo cierto es que se podía leer fácilmente la emoción en sus caras. La segunda impresión, después de que encendieron los fresneles y empezó la música, fue la de cinco personas de gran oficio que se cantaron y se armonizaron todo, sin autotune ni nada que se le parezca, mientras bailaban en perfecta sincronía, con una banda que valía cada uno de los ocho pesos de la entrada.
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Santucho
Pero el mayor espectáculo que ví ese día había sido el del sector 7, en la esquinita de Laprida y Chile, donde pude ver cómo funcionan cuando se organizan, cómo no hay absolutamente nada que se les oponga.
Más adelante aprendí sobre Mario Santucho, el comandante del ERP que había peleado hasta el final y aún siendo testigo del sacrificio de sus seres queridos. Aparentemente lo movía su absoluta fe en que una revolución popular era inminente.
Siempre me pregunté si había visto lo mismo que yo.

Nacido como Patricio Agustín García Martínez (28 de octubre de 1977), es un compositor, músico, director de cine argentino y ex vocalista del grupo Los Chicles. Integró el grupo de improvisación avant-garde Las Águilas Panamericanas de Oro y editó tres discos como solista. Escribió, dirigió y compuso música para cine y TV.
Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Patricio_Garc%C3%ADa_(m%C3%BAsico)



