Por Lucas Cosci |
Transcurrida la Tercera Edición de la Feria del Libro de Amaicha, quedó pendiente una discusión. Estábamos reunidos escritores, libreros, editores y lectores en un lugar perdido entre valles, nubes y cardones, a más de dos mil metros de altura por encima de la capital tucumana; separados del llano por cuestas encrespadas y vertiginosas cornisas; a más de mil kilómetros del puerto de Buenos Aires, en el interior más profundo, en lo que podríamos nombrar como interior del interior; ahí, en ese rincón aislado y distante, es inevitable que nos preguntemos, ¿qué significa editar libros en “este” interior? ¿Cómo se distribuye la palabra impresa en el espacio geocultural de la Argentina? ¿Qué pasa con la actividad editorial en ese espacio difuso que llamamos “interior” del país”?
Hay un interior
Hablamos del interior de un auto, del interior de una casa o del interior de un sobre. Hablar de interior es hablar de un cuerpo u objeto que tiene dos lados: uno interno y otro externo. Por analogía, existe un uso geográfico de la palabra que a su vez deriva en un uso político: Un país hacia afuera y un país hacia adentro: El interior. ¿Existe un interior del país?
Lo que llamamos interior no es un accidente geográfico, ni una demarcación administrativa, sino una construcción discursiva, que organiza y jerarquiza el espacio, resultado de un sistema de fuerzas que tensionan el campo político, económico y cultural. A partir de esa tensión, el interior (del interior) se ha constituido como el discurso de la periferia de ese sistema.
El centro, de más está decir, es Buenos Aires y Pampa Húmeda. El resto es un lapsus del discurso hegemónico; es periferia, interioridad insondable. Y dentro mismo de ese interior hay una región del norte profundo que mantiene conexiones histórico-culturales con el mundo andino, pero bajo el régimen de una economía que es subsidiaria de los grandes centros. Eso es lo que llamamos el interior del interior, la periferia de la periferia. Un margen discursivo al que no llega irrigación sanguínea.
Originalmente constituido en relación con el polo andino altoperuano, los procesos históricos han extrapolado a nuestro noroeste hacia el eje colonizador marítimo rioplatense.
Entonces, hay un interior. Está ahí, en los márgenes, en una denodada lucha por encontrar un espacio en la palabra.
Una vez plantada esta perspectiva geocultural, volvemos a la pregunta del inicio. ¿Qué significa editar en el interior (del interior)?
El desafío de editar desde una interioridad
Editar desde la interioridad insondable nos enfrenta a un dilema. Subsumirnos bajo el paradigma de los grandes sellos editores que marcan tendencia desde el centro del país y desde los centros de poder del mundo, es decir, editar hacia el afuera. O bien, reasumirnos desde esa profundidad insondable y proyectarnos en un proceso de circulación horizontal que atraviese las fronteras internas y llegue a los lectores que son parte de esa Argentina interior, y también del resto de la Argentina y del mundo. Lo primero es lo que hemos hecho siempre. Publicar lo que pide Buenos Aires. Ahí está Shunko, como un cabal ejemplo de apropiación de las tradiciones nativas por parte de la industria cultural. Millones de ejemplares distribuidos en el país y en el mundo son una muestra de la mercantilización de la cultura.
Editar hacia adentro, en cambio, es recuperar la producción literaria y cultural del interior, esa a la que Buenos Aires le da la espalda. Es alojar una palabra que no encuentra su lugar en la galaxia de la letra impresa.
Pero existen límites y desafíos.
Los límites son implacables. En primer lugar, están los límites económicos. Las editoriales del interior en general no tienen recursos ni infraestructura. Dependen de voluntades individuales que, si se quiebran, el proyecto se vuelve insostenible.
Vinculados a los económicos están los límites comerciales. En general, en el interior no hay infraestructura de distribución y comercialización editorial, lo cual hace que, en una gran mayoría de casos, la distribución sea personal, mostrador por mostrador, feria por feria, lo que en buena medida genera pérdidas y dilaciones para el editor.
Además, están las limitaciones tecnológicas. Por distintas razones, que no vienen al caso aquí y que tienen que ver con el análisis anterior, los medios tecnológicos de impresión son más precarios en el interior que en el centro del país. Imprimir cuesta tres o cuatro veces más que en las grandes imprentas de Buenos Aires y de toda la región central. Lo cual genera una dependencia respecto de los grandes centros de impresión, además de que parte de los beneficios se pierden en los costos de envío.
También hay límites profesionales. El acceso a la profesionalización de la actividad editorial también está condicionado. En esta interioridad insondable no existen suficientes posibilidades de profesionalización. Solo por dar un ejemplo, la carrera de edición existe únicamente en universidades de Buenos Aires (UBA, El Salvador) o en el conurbano (UNDAV), con la única excepción de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Y así en general sucede con el acceso al conocimiento editorial.
En cuanto a los desafíos, que no son pocos, voy a referirme fundamentalmente a dos: la construcción de catálogo y la distribución de voces en la palabra impresa.
Se trata de la construcción de un catálogo de contenidos originales y representativos. Originales, en tanto que lleven un sello propio, no contaminado por la industria cultural del centro, alejados de la mirada editorial porteña. Representativos en cuanto a que visibilizan la cultura más genuina y propia de nuestro lugar, no en sentido regionalista o costumbrista, sino como expresión auténtica que busca abrirse al mundo.
La distribución voces en la palabra impresa es una cuestión de poder editorial. Hablamos de poder en relación a las decisiones de distribución de voces en la palabra impresa. Lo que aquí llamamos el centro, o sea, Buenos Aires y Pampa Húmeda, no distribuye de manera equitativa. Selecciona y excluye voces conforme a criterios de la industria cultural. El poder editorial de centro individualiza, encasilla, clasifica. Y desde esas operaciones se producen procesos de exclusión e inclusión.
Una cuestión de poder
¿Qué es entonces el poder editorial? Es la capacidad de alojar en la palabra impresa a determinados discursos y de dejar afuera otros. ¿Qué discursos quedan afuera del poder editorial de centro? Discursos disidentes, discursos contestatarios, discursos marginales y subalternos, entre otros. ¿Cuántas editoriales importantes publican en lenguas originarias, por ejemplo?
Las editoriales de centro, que suelen ser grupos, tienen un poder concentrado. Son pocas y editan títulos que cumplen los requerimientos de la industria. Si eligen lo disidente y marginal, no es por una decisión de perfil editorial, sino por demanda del mercado. El poder editorial es un poder concentrado.
Las editoriales independientes o dependientes de universidades o de entidades sin fines de lucro, asumen el riesgo de alojar en su catálogo aquellas voces que constituyen discursos valiosos, originales y representativos, que no necesariamente tienen garantizada una demanda, pero que de cualquier modo son voces necesarias e interpelantes. Son iniciativas que promueven la multiplicación de los bienes simbólicos y distribuyen el conocimiento. Se trata de otro concepto de construcción de catálogo. Es un catálogo diverso, plural, original y siempre abierto a lo impredecible. El poder se reparte.
Por último, para cerrar estas reflexiones, el desafío más importante para los editores de interior es la subsistencia. Estamos siempre expuestos a la desfinanciación y al colapso, se hace el trabajo en el borde de una fina cornisa. La circulación en ferias y redes sociales no alcanza, los libros no tienen suficientes oportunidades de llegar a lectores. El esfuerzo es titánico. El circuito de producción, circulación y venta es lento y de volumen reducido. La calidad del producto es en general de una excelencia que puede ser superior a la de la industria, pero el mundo del libro tiene implacables bases económicas. Producir un libro insume un conjunto de costos siderales, muchos de ellos absorbidos por el trabajo del editor que interviene en casi todas las fases del proceso, desde la selección, edición propiamente dicha, corrección, diseño, impresión, distribución y venta.
El editor de este interior está siempre en esa cornisa, expuesto a ser devorado por la lógica capitalista de la industria cultural. Entonces ahí, colgado, se balancea en ese borde mortal, entre dos abismos: la extinción y la seducción del mercado. Editar es un arte de equilibristas.

Vive en la provincia de Santiago del Estero. Es doctor en Filosofía por La Universidad Nacional de Córdoba. Docente e investigador en la UNSE y en la UNT. Autor de libros de ficción, entre los que se encuentran Faustino (novela, 2011), La memoria del viento (cuentos, 2012), 1958, estación Gombrowicz (novela, 2015), Ciudad sin Sombras (Novela, 2018); y del ensayo El telar de la Trama. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad (2015). Es autor del blog El cuaderno de Asterión, en línea desde el año 2009, donde publica artículos literarios y de actualidad política




Interesante el debate, pero a esta altura hay cuestiones que los editores «del interior» ya deberían ir superando. Hay que dejar de lamentarse y de quejarse, y ponerse a hacer. Editar es una actividad cultural, pero también es un negocio. Desde que deciden ponerle un precio de venta al libro, lo quieran o no, son un negocio, y el libro se convierte en un producto. Y si hay editores que se niegan ver lo que hacen como un negocio entonces que regalen los libros.
Como todo negocio, el rubro editorial requiere inversión, estrategia y profesionalización. Hoy, con Internet, el argumento de «la distancia» no puede ser más un límite estructural ni «implacable»: existen ebooks, impresión bajo demanda, distribución digital, campañas de publicidad segmentadas, prensa online y alianzas con creadores de contenido. Incluso las carreras de edición se pueden estudiar online con una muy amplia oferta de cursos online y diplomaturas a distancia (busquen en google, no lleva más de 2 minutos). Sería bueno que los editores «del interior» se interioricen sobre estos temas (y muchos más) si de verdad quieren crecer o prefieren seguir vendiendo 4 libros en ferias a las que sólo asisten otros editores.
En algún punto hay que asumir que es necesario otro tipo de gestión. Si las editoriales «del interior» quieren salir del nicho microscópico en el que actualmente se mueven, deben asumirse como empresa: invertir en marketing, profesionalizar redes, construir comunidad, analizar mercado, replicar casos de éxito, instalar autores en circuitos de eventos y en medios, etc.
En fin. El problema no es el “interior”. Es la falta de una estrategia comercial seria. No hay mucha más vuelta que darle.
Estimado, te agradezco tu comentario.
Quizás no estemos de acuerdo en algunos puntos y no sea este el lugar de discutirlo, pero me moviliza que te haya entusiasmado el tema. Esa era la intención: producir una discusión sobre un asunto fundamental.
Solo me interesa aclarar que editar puede o no ser un negocio. Hay un movimiento muy grande de editoriales del interior que asumen su labor como una gestión cultural, aunque sea a pérdida.
Gracias de nuevo por tus palabras.