Por Hernán Carbonel |
Podría hacerse una antología de cuentos sobre la inundación. Es cuestión de conseguir editorial, nomás. Ahí entrarían La inundación —tal el título de cuentos de Marcelo Guerrieri, Adriana Romano, Martínez Estrada y Rudyard Kipling— y los inolvidables Para que no entre la muerte de Daniel Moyano, Es que somos muy pobres de Rulfo, Encuentro en Rauch de Bioy Casares y Hombre en la orilla de Miguel Briante. Se le podría sumar, por qué no, La creciente de Clementina Quenel.
Trágico es un cuento que representa muy bien la obra de esta santiagueña nacida en 1901 y fallecida en 1980: ahí están la oralidad, los personajes al borde del precipicio de la existencia, con esos nombres tan particulares, y las figuras poéticas: imágenes y comparaciones, sobre todo imágenes y comparaciones. Citemos algunas porque es menester, a la hora de leerlo, subrayarlo, y a la hora de releerlo, transcribirlo: “Ni un varillazo de viento estremecía los árboles” / “el silencio ancho”/ “un fósforo que le fotografió en rojo la cara” / “Su ánimo, como una alimaña acorralada” / “la puerta ancha y abierta como boca en bostezo”.
Como en La luna negra, que da título al libro reeditado por EDUVIM, calan esos tópicos. “El frío no había repechado aun el lomo del sol”, grafica —y se subraya— al principio. Se llamen Eumelio Chaparro, Liboria o La Lucila (el artículo delante del nombre, gentilicio informal por excelencia), ahí están ellos, los personajes, en esa geografía campera, de tierra adentro, marginales, el gauchaje, presas de un destino inevitable, a los que no les queda —como en el policial negro, como Emil Cioran, como en la vida misma— más que el sinsabor de la derrota y su consecuente aceptación. Personajes a los que se les impone una realidad implacable: la pobreza, el desamparo, el abandono, el sojuzgamiento, la soledad, el tener y no tener o, directamente, tener y perderlo.
Citar EDUVIM al pasar sería un error: en la colección Narradoras argentinas, dirigida por María Teresa Andruetto, Carolina Rossi y Juana Luján, se ha rescatado parte de su obra, como un programa conjunto por difundir obras de autoras a las que el despiadado paso del tiempo mantuvo olvidadas o inéditas. La misma Andruetto cita a Quenel en Una lectora de provincia.
Volviendo a lo que estábamos: pedigüeñar, abombado, aquicito, pitador, embichao, corcoviale, dice Quenel, y con eso quiere decir también río, monte, ranchos, jinetes, algarrobales, porque se sabe que se habla como habla la tierra donde se vive. Ese es uno de sus puntos más alto: la relación de estos elementos y su trabajo con el detalle. Como los Gutre de El evangelio según Marcos (“los Guthrie —tal era su nombre genuino—”, y ese cuento también debería ir a la antología), Quenel utiliza los apellidos castellanizados, arrastrados por la lengua hablada más que por la condición civil que representa lo escrito. Es que en su apellido mismo está ese traspaso, ya que nació como Clementina Rosa Quainelle, pues era descendiente de franceses.
Se ve en Los Ñaupas, un tomo que reúne consejos, refranes, expresiones de paisanos, frases del habla popular, lo que hoy alguna generación no exenta de ciertos conocimientos históricos podría denominar “dichos de viejos”, y sobre lo que acá en La Papa ya escribió el gran Lucas Cosci. No son denominaciones cercanas a la parodia, como en Julio César Castro: aquí no los parodia la autora, sino la realidad misma del relato. Tienen, sus cuentos, sí, algo de ese costumbrismo uruguayo (Juan José Morosoli, Mario Arregui, Mario Delgado) o del correntino Ayala Gauna.
Como para algunos integrantes de la elite social metropolitana de aquellas décadas París era el faro hacia y desde el cual orientarse, para Quenel lo fue Buenos Aires. Publicó en revistas porteñas como El Hogar, Maribel, Chabela. No es un dato menor de cómo se configuraba la relación entre literatura y género en las primeras décadas del siglo pasado: dos de esas revistas llevan nombre de mujeres; la otra, de aquello de lo que debía, por imposición social, ocuparse la mujer. Además de cuento, poesía y dramaturgia, dejaría una novela inédita que se publicó de manera póstuma, un año después de su fallecimiento, El bosque tumbado, y que treinta años antes había merecido el Premio Nacional de Literatura. Ya de regreso a su provincia es cuando se reencuentra con los personajes de su tierra. Ella volvería. Elvira Orphee no, pero ambas no dejarían de convivir con esas huellas inolvidables que imponen la infancia y la geografía.

Hernán Carbonel escribe para el suplemento literario de La Gaceta de Tucumán y la revista Acción. Es responsable de contenidos en Fundación La Balandra. Da talleres de lectura, produce y conduce programas de radio, y lleva adelante Coda, un club de lectura. Publicó los libros Antiguos dueños de la tierra (en conjunto con Mario Méndez y Jorge Grubissich, 2013), El chico que no crecía y otros cuentos (Galerna Infantil, 2014), la investigación periodística El caso Arroyo Dulce (con prólogos de Antonio Dal Masetto y Sergio Pujol) y Sedimentos (La papa, 2022).




MUY BUENO. ¿sE LO PUEDE CONSEGUIR EN SALTA?