Por Diego Puig |
Abro con unos versos impunes, yo que no me considero poeta:
Cuando chicos elegimos cuatro espejos
en los que mirarnos, siempre volvemos
mi madre me dio el don del sacrificio y la constancia
en el espejo de mi padre me vi ambicioso, resoluto,
pragmático amor imperial
por acción de una Polis Antica, mi abuela
me contaba cuentos de Arabia antes de dormir
y así me dio princesas y ladrones
a la tía Sonita
la elegí para terminar de ser
el niño que fui,
me ha dado a Mercedes con su Maza
me ha dado a Freud y a Andújar
y con ellos, la palabra para que pueda elegir
me ha dado la nieve y la noche
la posibilidad de que el tiempo sea otra cosa
(…)
me ha dado la épica y la fiesta
más la gracia de la conversación
Puedo ver tres instancias para establecer mi relación con la lengua de la literatura.
Primero, la oralidad en mi familia, luego el lenguaje de la lectura y finalmente el de la escritura.
De mis lecturas obtuve ríos tributarios como Marcel Proust, Cormac McCarthy y Anne Sexton.
Un poema de Jack Gilbert enuncia mejor que todo ese aprendizaje:
Mi amor son cien
ánforas de miel. Cargamentos de thuja son
lo que mi cuerpo quiere decirle al tuyo. Son jirafas
este deseo en la penumbra. Lo que más sentimos no
tiene nombre, sino ámbar, arqueros, canela, caballos y pájaros.
Mucho antes de esas lecturas hubo un sistema de oralidad que incorporé en la infancia y que me permitió terminar de formar, desde la lectura, mi propia relación con el lenguaje escrito. Vengo de una escuela clásica de lengua familiar. Se hablaba bien. Se hablaba mucho. Se hablaba con humor y con alegría. Había escucha y, cuando no, se hablaba con ferocidad. Así recibí –heredé– de mis abuelas, de mis padres, de mis hermanos, de mis tías, de las señoras que ayudaban en casa una lengua familiar que hice propia. Puedo decir que tengo mi propio lenguaje.
En los asados familiares, en las fiestas, se recitaba.
“Eduviges, Eduviges, maldición esa chinita, al libro le hace gambeta más pa´ pintase la geta”.

Y después íbamos a la iglesia. Y también cantábamos las marchas patrias y militares. Y en la radio, además de pop, boleros y los 40 principales, cumbia y guaracha.
Así como no hay vida ni muerte sin dulzura, dice Anne Dufourmantelle, tampoco puede haber lenguaje ni infancia sin dulzura. El lenguaje literario, lírico, poético, narrativo es gentil por definición. Tiene humor, alegría, violencia y potencia, es juguetón como me lo hizo notar a propósito de una pregunta la gran Roberta Ianamico. Incluso cuando incómoda o hiere. Es luminoso y tiene plasticidad, que es otra manera de decir que el lenguaje tiene libertad.
Hay dos tipos de libertad en relación al lenguaje. La libertad que da el saber, el vocabulario amplio, el sentido preciso y la consciencia de las palabras y que viene de la formación, la socialización, la cultura y la curiosidad. Pero la libertad del lenguaje de la infancia viene de otro lugar: del no saber. Sin la libertad del no saber, no hay imaginación, riqueza, embriaguez, ensoñación, sensualidad, danza y música, exceso, desenfreno e individualidad.
En esta primera libertad, en la libertad de la infancia anida y hace siempre mella la dulzura, la gentileza, la amabilidad. Es un grave y severo error conceptual entender a la libertad sin dulzura.
La muerte del lenguaje, por el contrario, es la solemnidad, la rigidez, sea de la lógica racional, formal o de la cultura, la repetición mecánica sin imaginación, la soledad, la amargura y la mezquindad.
Abrete sésamo y atajen ese bagual podrían ser las dos expresiones más importantes de mi primera infancia y las recibí de mis abuelas. Eran jóvenes cuando nací. Tenían la edad que tengo yo ahora, más o menos.
La abuela dulce me contaba Piel de Asno o Alí Babá y los cuarenta ladrones antes de dormir y la otra, la abuela adulta, me recibía en la escalera y me gritaba “atajen ese bagual” y yo corría a sus brazos o de sus brazos.
Las dos expresiones remiten, ahora me doy cuenta, al movimiento.
Mover algo, moverme yo, la narrativa es movimiento. El lenguaje narrativo es acción. Si no me dedicaría a ser filósofo o periodista. Incluso pintor. Algunas de esas cosas las fuí, o las soy. Pero sobre todo, en el corazón de mi relación con el lenguaje y con la narrativa están los verbos y los sustantivos.
Abrete sésamo y su noción de apertura. Se abre la cueva, se mueven la roca y los ladrones, Alí Babá y noches Arábigas. Atajen ese bagual movía también la imaginación, la confusión, el correr y el escaparse.
Para que haya amor, dicen los que saben, tiene que haber malentendidos. El amor es un gran malentendido. Yo pensaba que bagual era un vaquero. Como el dibujito de los chicles Cowboy que me escondía para tragar cuando nadie me veía.
Yo pensaba que bagual era un pistolero, un forajido, el vaquero más auténtico que existió. Con lazos y pistolas. Pensaba que un cowboy era un renegado. No que enlazaba vacas. O a los hijos de una vaca.
María Santana por qué llora el niño y La farolera. ¿Qué mierda era una farolera? Años me llevó descifrarlo. Yo veía en la pantalla de mi mente una caminera, con policías, la ley y una media tapia, como una pirca. A los 30 años conocí la palabra pirca.
Bagual es un potro o caballo no domado. Hasta el día de hoy bagual me suena más a una vaca que a un caballo. Pero lo importante es que había que atajarlo.
El primer poema que me tuvo de protagonista decía:
Cuando digo, digo no digo digo. Digo Diego.
Y luego: Dieguillo calzoncillo.
O Diego Riego Samaniego (Samaniego me sonaba a pedigueño, a remiendo y a alguien ladino). La confusión era total. Igual que con Jujuy y Bariloche que se me antojaban el mismo lugar o cerquita tal vez porque compartían un San en sus nombres).

La abuela maternal me decía Dieguillo y Tesoro. Mi nombre me molestaba. Yo me identificaba más con números como el de casa, 463 o el teléfono 21096. Me molestaba no tener un diminutivo. Nadie en aquellos años decía Die. Me decían Dieguito y Dieguillo, lo cual para mí no tenía sentido porque eran más largos que mi nombre, el que por lo general usaban: Diego. Así, tal cual y sin amorosidad, eficiente como era. Cinco letras no reductibles. No era Fede, Flor, Alvi. Yo era Diego y lo odiaba. O tal vez lo resentía. Tal vez las dos cosas. Pero amaba los sobrenombres de la gente grande de mi infancia: Purreta, Catucha, La chupete, Zoilette, Picle, el borracho del pueblo. Nadie tenía nombres comunes: Terita, mi abuela adulta, Mamina o Perla, mi abuela dulce. Tatita Ramón y Papio, mis abuelos.
En los nombres está la magia de la esencia. En el verbo, el destino de esos nombres. Como en las telenovelas: Abigail, Topacio, Butriago, María de nadie.
En casa a nadie se llamaba por su rol. Todos éramos nombres propios. Eso es constitutivo de mi literatura, hasta diría de la buena literatura. El rol es arquetípico cuando no estereotipado. En cambio el nombre es personaje. El rol, título o función es incidental, coyuntura, algo provisorio y contingente. Además de reforzar la trampa de la identidad. Esa es la diferencia y hace toda la diferencia.
El verbo en las historias de sueños y en los pensamientos son débiles y oscuros, opacos. Hace falta mucho mundo, mucha realidad, vida para que el verbo sea acción.
Así, creo, empieza toda la diferencia entre la buena y la mala literatura:
Porque la literatura es verbo: Narrar, viajar, emocionar, conmover, imaginar, fascinar. Encantar. Recibir, cobijar, alojar. Cohabitar. Coexistir. Suspender. Amar.
En Adele y yo en Londres, escribí:
Los Ángeles y Londres –las eles y la música– vienen juntos, después de todo. Industria del entretenimiento y artesanía, orfebres del arte y de las letras, teatros cuidadosamente construidos de recuerdos que no tuvimos, de impresiones religiosas que vienen por los canales del streaming y de la televisión, ciudades de canales: Venecia y Youtube son ahora la misma idea. Ayer intenté corregir un cuento y no pude recordar la palabra “traición”, pero aún sin lenguaje, logré pensarla. Ayer descubrí que puedo pensar sin palabras. Solo me quedaba la intuición, la certeza de algo que es –yo sabía qué era– pero sin una denominación.
En Covent Garden no vi ni escuché a Adele pero el escenario es más apropiado, congruente que el de Los Ángeles. Es que intento escribir una historia de reinas y cortesanos, pero por aquí solo hay polistas argentinos que al jugar The Queen’s Cup son recibidos en el aeropuerto por autos oficiales de la corona inglesa. Adele y yo nunca estuvimos juntos en Londres. (Esto es y no es Muchacha Punk. Esto es y no es La Duquesa de Cheever y Un día cualquiera de la Uhart. Esto es y no es un tributo a palabras sueltas en cuentos de Federico Falco y de Grace Paley). Pero Adele y yo sí estuvimos juntos en Londres durante la entrega de los Grammys del 2012.
(…)
Y querido lector: no se pierda la oportunidad de dramatizar, de interpretar como un canto de sirenas los bellos nombres de grandes diseñadoras de vestuario del cine contemporáneo. Recite estos nombres con el cuerpo:
Gabriella Pescucci (señorial, pedagógico)
Colleen Atwood (dígalo como en un bosque encantado.)
Jacqueline Durran (ahora pruebe con severidad francesa.)
Milena Canonero (como miel para los oídos.)
Janet Patterson (burocrático y cuadrado.)
Sandy Powell (splash.)
Dígalos como si fueran música.
Música, cadencia. La lengua no es solo sentido, como la actualidad nos tiene acostumbrados. Es también sonoridad, tacto y la erótica del lenguaje.
Como las canciones de mi infancia:
Aquí comienza la diversión/porque Kalama al fin llegó.
Te espero en esa esquina, fumando un cigarrillo, con la ilusión divina.
Bajate gorda y empujá la camioneta.
Yo se, que a vos, te hablaron mal de mí, que soy tan solo un charlatán, que soy igual a los demás, que yo no sé amar, que solo sé besaaaaar
Música, cadencia, el lenguaje mucho más que sentido. Una erótica del lenguaje. Opacidad y plasticidad, ya presente desde esos comienzos.
Repito: Saber versus Libertad. Y no hay libertad sin dulzura. La libertad sin dulzura, amabilidad, suavidad o gentileza es otra cosa.
Como cuando cagué una navidad por decirle a mi papá: abrazame bien, la puta que te parió. Y mi papá se re calentó y me tuve que quedar callado todo el resto de la noche.
Pero la música estaba: abrazame bien/La puta que te parió. Dos versos de un poema.
Aunque escriba narrativa, la poesía estuvo en casa desde siempre. Títulos, nombres, frases comunes, proverbios, refranes, máximas, verbos.
Tentempié y vermouth
Suficiente.
Piel de asno
Rosa Salvaje
Cristal
La dama de rosa
La extraña dama
Una voz en el teléfono
Mujer bonita
Luis Miguel
La isla bonita
La edad de la inocencia
Kalama
Tru la lá
Chupete
Paraíso Tropical
A comer, (como llamado)
Levantemos el corazón” /“Lo tenemos levantado hacia el Señor”.
Zamba. Zapateo y zarandeo.
Febo asoma.
Que la paz esté contigo. Y con tu espíritu.
“punta de flecha el áureo rostro imita, y forma estela al purpurado cuello. El ala es paño, el águila es bandera”.
No entender, pero justamente ahí la magia. Soñar, viajar. Luego dar sentido. Paciencia.
Lo poco agrada, lo mucho enfada
No es lindo lo que es lindo, si no lo que a uno le gusta.
Ni el juez me ha apurado
Me podrán doblar pero no me van a quebrar
¿A mí me vas a contar la piedad?
Hacha y tiza.
Ya te voy atender
Ya te voy a enseñar cuantos pares son tres botines
El sucio este, oreja y paila
No te desubiqués
Ahora el árbol mea al perro. En el original, el árbol ishpa al perro.
Ruben Darío. Sonatina. Recitado a mi madre:
La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
No recuerdo cómo llegué a la higuera pero tener piedad, la idea de gracia, ahhh, señores, eso es el lenguaje de la literatura.
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
La abuela buena tenía la biblioteca privada más grande e importante de la ciudad en la que crecí. Es poeta y escribió estos versos:
Que triste y que sola me siento esta tarde
Lejanas poesías encienden mi pena
Poesía de vida, antorchas de besos
Fugaces destellos de viejos recuerdos
La tarde está cálida es fruto de enero
Pero ya no entibia mi alma y mi canto…
Y este poema también:
Cuando coseches tu siembra
Cuando recojas lo dado
(…)
No llores por lo pasado
No llores lo que no has dado
Y también:
Este es mi mundo y mi reino.
El resto es historia.


Nació en Tucumán en 1982, pero se siente más o menos tucumano porque vivió gran parte de su vida fuera de la provincia. Es autor de la novelas Nadar sin luz (Ed. Milena Caserola, 2013) e It girl (Gerania Editora, 2020) y de los libros de cuentos Vírgenes infinitas (Ed. Mulita, 2018) y El problema de la luz (Gerania Editora, 2022). Actualmente sus escritores favoritos incluyen a Jhumpa Lahiri, John Cheever, Federico Falco, María Gainza, Rafael Pinedo, Hebe Uhart, Fogwill, Mavis Gallant, Lucia Berlin y Magalí Etchebarne. Dicta talleres de escritura y de lectura (con ¿excesivo? entusiasmo) online.



