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Los colores y el ritual

Algunos apuntes sobre El Imaginero de Guillermo Rodriguez en el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo. Aproximaciones al color para desautomatizar la percepción.

Por Leticia Martínez |

Y cuando la imagen pintada no es una copia,

sino el resultado de un diálogo, la cosa pintada habla,

si nos paramos a escuchar.

John Berger

Lo primero que vi al entrar al Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo (MACU) fue un ritual. Esculturas situadas en un semicírculo sacro. ¿Saco o pagano? No lo supe. Pero sentí que estaba ante una especie de rito en el que había figuras de curanderas, abuelos de la montaña, vírgenes, deidades, elementos del mundo natural. Guillermo Rodriguez, artista tucumano, exponía El Imaginero. Vi al Guardián de las Noches Largas y al Guardián del Fuego que Purifica. Azules, rojos y amarillos. Vi sus manos que sostenían bastones o cetros. ¿Con qué elementos se protegen las noches largas y el fuego? Esas mismas manos o brazos pequeños parecían suspendidos en el aire. Vi el espacio invisible entre esa parte del cuerpo y el cuerpo. Vi cuernos en esos guardianes y sus rostros casi escondidos por pasamontañas sagrados. Vi los ojos. Una nariz y una boca que apenas se asomaba. Vi fragmentos que parecían vencer a la gravedad. Vi los cuerpos inasibles del ritual.

Esto no es nuevo. Se ha dicho de la obra de Rodríguez que hace esculturas como rituales. Pero, ¿en qué sentido? Dice Javier Soria Vazquez, en un texto que se encuentra en el catálogo de la obra:

Es capaz de escoger, arrimar y ensamblar retazos

para darle cuerpo a aquellas lumbreras que le han atravesado el sueño.

Las esculturas están realizadas con maderas del norte argentino, cedro, álamo, cardón, entre otras. El cardón, al secarse, mantiene una estructura fibrosa y una estructura especial que se utiliza para construcciones. También, se hacen visibles las hendiduras del cardón, tan específicas. Rodriguez trabaja con todo eso. En El Imaginero, cada una de las partes fue tallada y ensamblada, y el acabado se presenta policromado. Además, tiene detalles de incrustaciones en vidrio, metal y piedra, así como la incorporación de fibras vegetales y cuero como elementos textiles»[1]. Hay algo también de las texturas, o lo táctil, en estas esculturas, que podríamos anotar para otro texto.

Ante la sensación ritualística que generan estas obras, ¿qué es lo que se ritualiza? Creo que lo que vuelve a estas piezas obras artísticas es el color. Es decir, lo que les dan materialidad aurática como obra de arte (en el sentido más benjaminiano de este concepto), lo que hace que sean hechos artísticos, es el uso del color. Se podría pensar que el tallado sobre el material ya vuelve a estas piezas hechos artísticos pero me interesa profundizar en la idea del color como la verdadera materialidad en algunas obras. En el Imaginero, de Rodríguez, el uso del color es aquello que las vuelve obra, las hace existir como tales. Es el color el verdadero artífice del ritual.

Dice Berger, en Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible:

Cuando digo cuerpo quiero decir cualquier cosa que tenga sustancia.

Cuando un color adquiere sustancia y se convierte en una cosa, deja de ser un color. (…) El azul deja de ser un color que has elegido y se convierte en una fatalidad. Una fatalidad de la que no hay manera de zafarse. (…) Y esa es la alegria. (…) llamaremos tono a aquello en lo que se convierten los colores.

Un tono que nunca se prestará a convertirse en un adjetivo como rojo, amarillo o azul.

Entonces, los colores (o tonos, para Berger) no son una mera cualidad, son la cosa en sí. La obra de Rodríguez me lo confirma. Y esta es la mejor parte de la filosofía o de la golpiza que nos provoca el arte, cuando se nos aparecen preguntas nuevas desde aquello que creemos sabido.

Por su parte, Wittgenstein, se planteó desde la escritura, en su último año de vida, la importancia de pensar a partir/desde los colores. En Observación sobre los colores, se pregunta acerca de aquello que Goethe describió (y confrontó con Newton) en la Teoría de los colores. A Wittgenstein le interesa poner en duda el concepto de color puro que caracterizó Goethe. Entonces, desde el lenguaje, se pregunta cómo es que instituimos, es decir, le damos nombre a algo y le decimos verde. De qué forma esto sucede.

Señala Wittgenntein:

Puedo decir que este hombre no diferencia el rojo y el verde. Sin embargo, también puedo preguntar, ¿diferenciamos nosotros, quienes vemos de forma «normal», el rojo y el verde? Aún así podríamos decir que «aquí» vemos dos colores, mientras que el otro ve solo «uno».

El color de una superficie es la cualidad de esta. Uno podría entonces estar tentado a no llamarlo un concepto de color puro. Sin embargo, ¿cuál sería entonces uno «puro»?

(…) poco a poco irán apareciendo en nuestra mente «características internas» de un color que nunca antes habíamos imaginado y esto puede mostrarnos el pasillo hacia una investigación filosófica. Siempre debemos estar preparados para que se nos ocurra una pregunta en la que no habíamos pensado.

Hasta ahora, ¿que pensamos sobre los colores? Quisiera indagar en las características internas de un color. Cómo funciona el color en la obra de un artista como Rodríguez. Hay un ejercicio que me resulta interesante hacer cuando estoy ante una obra que me conmueve (por el motivo que sea): me imagino esos colores como otros. Pienso: si ese azul fuera blanco, ¿qué pasaría? Pienso: si ese azul fuera la inmensidad, qué pasaría. Pienso: si ese azul fuese una caja de zapatos, qué pasaría. Pienso: qué es este azul. Pienso en Mercedes Sosa cantando ay este azul. Pienso en Ramón Ayala diciendo rojo toro en medio del recitado de su conocida canción El Mensú. Como observadora, intento, cada vez, desenmascarar la supuesta pureza de las cosas. También y, sobre todo, de los colores.

A la vez, necesito desentrañar el mundo exterior a los colores, lo que los rodea, a estos tonos que hacen cosa en sí, que son materialidad y no cualidad. Ese azul que es la obra. Ese azul que me conmovió cuando vi al Guardián de las Noches Largas de Rodríguez. Sigo con Berger:

Matisse señaló una vez que un centímetro cuadrado de azul no es lo mismo que un metro cuadrado del mismo azul. El tamaño de la superficie cambia el tono. (…) un círculo azul no es lo mismo que ese mismo azul cuadrado. El contorno también cambia el tono.

Cualquier tono está modificado por su textura. Por todos los tonos que le rodean, por el espacio que la imagen está creando (…)

Es decir, que el ritual en El Imaginero de Rodriguez es el color (el tono) en esas maderas y no en otras. Los materiales hacen el fenónemo artístico. No materiales cualquiera. Materia en tonos que se deja conmocionar conmociona. Materia colorífera que vuelve obra a ese cardón y la renueva, tanto en su tono como en su ser cardon.

En palabras de Wittgenstein:

Si nos preguntaran que significan las palabras «rojo» «azul» «negro» «blanco», podríamos señalar de inmediato cosas que estén coloreadas así, pero eso es todo: nuestra capacidad de explicar el significado de esas palabras no va más a allá de eso.

Cuando una obra de arte me atrapa como la de Rodríguez, necesito ir hacia mis preguntas. Por eso creo que su obra es ritualística, porque hace que los colores sean la cosa en sí y no la cualidad. Es uso del color es lo que le da carácter de escultura al cardón, cómo material. Y creo que las deidades e imágenes que se recrean a traves de las ensoñaciones del Imaginero tiene que ver con que ese azul deja de ser simplemente una cualidad y se vuelve la obra. Aquello que no tiene nombre porque si lo tuviera no sería arte. Y creo que algo similar sucede con el amarillo de Van Gogh o los rojos en los paisajes de Carlos Alonso.

Dice Wittgenstein que «los conceptos de color se tratan de forma similar a los conceptos de sensaciones». Ese aforismo me resulta enorme, grandilocuente, pero podría arriesgarme a entra en la exageración. Pienso en otro vínculo con los colores. La frase negros de mierda, ese negro ¿es sólo un color? O es el color que se vuelve cosa, sujeto, designación posible para adjetivar con de mierda? Los colores no son inocentes porque el lenguaje no lo es. La naturaleza no lo es. La luz y su visibilidad, la luz y lo que oscurece, lo que se vislumbra como color, que es un rebote (desde la física) en los objetos y los seres sintientes, no portan ninguna inocencia. No quiero pensar a los colores sólo desde la física. Sería injusto pero, sobre todo, sería imposible o, más bien, mentiroso. ¿Acaso cuando no vemos no inventamos tonos?

Cómo hacemos para desmantelar también la compleja cadena de signos y significantes desde los cuales el lenguaje habla en nosotros. La poesía, pienso, es una buena opción. Los cuadros, las esculturas, son otras buenas opciones. Una obra que estalla de color, nos pone en jaque. Nos mide. Dominar el color, en el sentido más colonial de este concepto, imponer el modo Panthone o, el modo actual de una vida en escala de grises y blancos (basta con ver muebles, departamentos a estrenar, indumentaria cute, clean look de colores lisos, es decir planos sin profundidad) es imponer una subjetividad que opera del mismo modo y en el mismo sentido: chata, sin rugosidades. También hay obras en grafito, sobre blanco, entre grises que son rugosas, que develan distintas capas de emociones. Siguiendo a Wittgenstein, el blanco y el negro no son puros, ningún color lo es. Pero acá nos ocupamos del color como ritual. ¿Podríamos ir más allá y pensar en los colores más allá de la capacidad visual? ¿El amarillo existe porque lo veo?

Esto no es una teoría del color. Es más bien una aproximación a lo que el color nos hace. Lo que devela y rompe, cómo pensar el mundo desde los colores, bajo el punto de vista de la luz y la oscuridad. En la obra de Rodríguez, ¿el color es una búsqueda del artista o son esas esculturas las que lo traen? Cada vez, me pregunto cómo pensar el mundo desde un lenguaje otro. Qué rupturas suceden cuando los materiales se combinan, como en las obras de El Imaginero. Aquello que sólo parecía parte de la naturaleza (como si fuera poco) se vuelve cosa ritualica. El cardón, el quebracho. Pero, ¿necesitan realizarse en ritual? No lo sé, pero me interesan las obras que tratan de encantar al mundo. Que nos hacen caer en preguntas que no teníamos. ¿Qué pasa entre el amarillo y el naranja?

Berger dice que «el momento de gracia, si llega, es cuando te asombra descubrir que aquello que tu pincel acaba de añadir no es un color, no es siquiera un tono, sino una cosa (…) una cosa inexplicable hecha de colores que las palabras no pueden describir». Quizás sea esa la búsqueda, o la invención ritual en El Imaginero: un momento de gracia.


[1] Descripción extraída del catálogo de la muestra El Imaginero, Fundación MACU (Museo Arte Contemporáneo Unquillo). Noviembre-diciembre, 2025. Unquillo, Córdoba.

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