Rubén Cruz: Antología (EDUNT, 2025, 1ª ed.)
Por Dardo Solórzano |
Quizás abrir la memoria de un pueblo tenga el ademán en espejo del acto de explorar (en el presente) un libro viejo, pero que está escrito con mensajes del futuro. Abrir la memoria de un pueblo, quizás sea igual a partir una fruta que crece en la yunga o tal vez sea como “hojear” sus árboles que son depositarios de testimonio e historia. Al leer esta antología que reúne casi toda la obra de Rubén Cruz, no deja de rondar en mi mente un concepto: el de “memoria del pueblo”, y, dentro de él, la palabra “identidad”, y también una acción que el mismo Rubén deslizó en su prólogo: la de “preservación”.
Hay muchas razones por las que este libro es memoria del pueblo (y de ahí su cardinal importancia). Cruz hizo (y hace) lo que muy pocos de los llamados (o autopercibidos) “artistas” realmente pueden hacer: captar y discernir la esencia de su pueblo y luego procesarla en el interior de su mente y de su alma, para entregar obras poético-musicales que retratan, como un magnífico óleo, los rasgos identitarios de nuestra tierra y su gente. Esto hace de su obra un testimonio indeleble, porque al ser dispensado en canciones bellas, es el mismo pueblo quien lo toma y lo expone en carne viva contra ese gran verdugo del tiempo al que llamamos “olvido”. El pueblo toma esta obra y la canta en festivales, peñas, guitarreadas e, incluso, en la soledad más profunda de cada individuo que tararea o murmura para sí mismo una de sus melodías.
Aquí quiero centrarme en los dos elementos fundamentales de una canción: hablo de la música y de la poesía. Refiriéndome a las letras (por ejemplo), vale decir que en esta época posmoderna donde la voz poética de muchos poetas pareciera estar clavada en un perpetuo “yo” como una monotemática oda al egocentrismo y al hedonismo que solo les permite hablar de su propia existencia; vemos, en contraposición, que, en la poética de Rubén, vamos a encontrar un amplio abanico de temáticas, lo que en definitiva refleja una conciencia del gran espectro de las vivencias y cuestiones humanas. Cruz aborda grandes temas de la humanidad como la amistad (esto se ve reflejado por ejemplo en las letras de Carta a un trovador o en el gato A mis amigos); también vemos que escribe, con acertadas pinceladas de poesía, para retratar personajes de nuestra cultura popular, como es el caso de la zamba Trovador del viento, o Zamba de Lencina, o la hermosa Zamba del amanecido. Aclaro que evoco aquí solo algunas canciones seleccionadas arbitrariamente, pero las elijo y nombro por su bien lograda poesía. Rubén también desarrolla el tratado de asuntos como lo social, hecho que se ve expuesto en canciones como Por salir de pobre o el Candombe herido (dedicado a Marita Verón), o el candombe titulado Te conozco Mascarita. Por supuesto, un tema central en la obra poética de Cruz es la exaltación lírica del universo paisajístico, que es predominante en su estética, sobre todo lo referido a nuestro Tucumán, como se aprecia en la zamba Torcaza de humo, compuesta junto al gran Rolando ‘Chivo’ Valladares. Cabe mencionar también obras que versan sobre lo humorístico o picaresco, como es el caso del huayno Mi suegra es el diablo. Pero Rubén no soslaya uno de los grandes temas de la humanidad, como es el amor: esto queda expuesto en piezas hermosas, sea el caso de la zamba Como los sauces al viento, o la zamba La Magui, o los tangos De fuelle y percal y Los yeites del querer, o la vidala Terroncitos de vidala, que es un canto de amor a un hijo/niño que está enfermo.
Sobre la música de la obra de Rubén (que debe ser, sin dudas, el elemento más cautivador y que concentra mayores hallazgos), no voy a extenderme en el análisis de la gran riqueza de su creatividad a la hora de construir melodías bellas y seductoras que, a su vez, son generadoras de gratas sorpresas musicales; ni tampoco me centraré en cómo resuelve con maestría el armado de las estructuras armónicas que las van a sostener. Quiero centrarme en una característica más bien “metafísica”. Como decía antes, yo creo que Cruz tiene la capacidad de captar y discernir sobre la esencia de su pueblo; por ello, creo que él lee el sonido de las vibraciones del paisaje identitario de nuestra tierra, cosa que es imperceptible para la gran mayoría de los mortales. Por dar un ejemplo de esta teoría que osadamente esbozo, hago un paralelismo con la forma en que Astor Piazzolla supo percibir el sonido de época de una nueva Ciudad de Buenos Aires que crecía vertiginosamente, y conectó su esencia musical histórica (asociada al tango de la vieja escuela) con elementos nuevos para su tiempo, logrando así retratar con música a su ciudad. Digo que me aventuro a pensar que Rubén encontró en el paisaje externo e interior del ser tucumano, vibraciones sonoras que lo llevaron a crear una música con una clara e indudable identidad tucumana: esto se nota sobre todo en la estética de sus zambas y chacareras. Aquí no estoy hablando de la aplicación de recursos técnicos como cambios tonales o modales, por ejemplo. Hablo de una capacidad de hallar el ademán y la forma. Esto me parece que es fundamental porque no se trata de cargar a una canción con excesos de recursos musicales, sino de conectar con el alma de los pueblos y de la tierra, y traducir esa esencia en una música genuina.
Es de destacar la concreción de esta importantísima publicación por parte de EDUNT, porque es fundamental que la Universidad Nacional de Tucumán, nuestra gran casa de altos estudios, ponga la mirada y enfoque en estos trabajos. Aquí me gustaría desarrollar algunos elementos relacionados al comentario que hace el propio Rubén Cruz en el prólogo de su libro; cito textualmente:
En nuestros días, a causa de la globalización y los adelantos tecnológicos que tanto nos ayudan, pero que paralelamente cumplen el objetivo (para los dueños del mundo) de ejercer la más descarada penetración cultural de la que tanto se hablaba allá por los años setenta (en mis tiempos de inicio como estudiante universitario), los jóvenes desarrollan sus talentos musicales y poéticos mayoritariamente en forma ecléctica, y cimentando su creatividad en orígenes culturales foráneos, sin saber que todo es guiado e inducido desde los medios de comunicación con intereses mezquinos.
Yo hago foco en esto, y lo incluyo en el comentario que hago sobre la importancia de que la Universidad de Tucumán publique este libro, porque considero que no hay que perder de vista que, hasta hace no mucho tiempo, expresiones culturales como la poesía de canciones de la música popular folclórica fueron consideradas un “arte menor”, incluso por catedráticos que ni creen que sea relevante estudiar, investigar y analizar este universo artístico. Es decir que, al párrafo citado del prólogo de Rubén, yo le agregaría que no es solo un mecanismo del sistema que moldea desde los medios de comunicación, sino que también hay determinadas cabezas o ideologías que, desde las mismas estructuras de formación estatal, se encargaron (o se encargan) de ningunear e invisibilizar las expresiones populares de nuestro canto folclórico más puro. Por supuesto que también hay trincheras internas -dentro de esos organismos estatales- que dan batalla a estas corrientes de pensamiento que, entre otras cosas, nos generan profesionales ignorantes de obras como la de Rubén Cruz y otros baluartes; vale mencionar, en contraposición, la publicación de la obra del Pato Gentillini (de Ricardo Káliman), el libro sobre la obra del Chivo Valladares (de Leopoldo Deza), o las colecciones de Humanitas que reúnen obras como las de los hermanos Núñez, Lucho Díaz, José Augusto Moreno, el taficeño Chichí Costello o el gran poeta de Famaillá Néstor Soria; o la reciente publicación de los escritos literarios de una de las máximas cultoras de nuestra música popular como lo fue Leda Valladares (por Fabiola Orquera). En fin, este comentario viene al caso porque comprendo que Rubén Cruz es parte ineludible de este “panteón” de referentes de nuestra cultura popular e identitaria. Hablo aquí de un referente genuino avalado por una verdad que es su obra de gran calidad de la que el pueblo se apropia; mas no hablo de aquellos que (infestados por las bajadas de línea de los centros de poder globalistas) se desesperan por sentirse parte del concierto de voces de ese sistema hegemónico foráneo, y buscan imitar esos mandatos estéticos globales y homogenizadores para ver si pueden ser “aceptados” por los círculos de influyentes que los habiliten a existir frente a la mirada de un puerto o un claustro extranjero. Me parece que de esas cabezas proviene cierta corriente de “vergüenza de provincianía” que, entre otras cosas, llevó (y lleva) a subvalorar lo que nuestros artistas y nuestro pueblo hacen, y por lo tanto volverlo algo despojado de la importancia de ser transmitido en la formación de las nuevas generaciones. Digo todo esto porque veo en Rubén Cruz un artista que siempre llevó con orgullo genuino su identidad de tucumano y su amor inclaudicable por su gente y su tierra, a diferencia de aquellos que ven con desdén las características de nuestro pueblo (como, por ejemplo, su música folclórica), y que, ante los ojos externos, procuran lavar sus rasgos de provincianos, pero que luego se “disfrazan y sobreactúan la identidad tucumana” cuando buscan morder alguna porción de la torta del dinero estatal local, al ver que mendigando en el puerto y los centros de poder, nadie les tira ni migajas de los banquetes que se dan.
Y repito: abrir la memoria del pueblo quizás sea un acto gemelo al ademán que hace la mano para cerrar la herida en el alma de aquellos que son huérfanos de una patria espiritual, aquí, en la nación de los lapachos, donde cada flor es espejo de una canción, de una zamba tal vez, como las de Rubén Cruz, que también da a florecer para su tierra un canto arbolecedor, igual que si fuera una selva fecunda. Hablo de que la obra de Rubén es yunga nueva para que vengan a poblarla las especies de jóvenes promesas, o los seres con la animalidad bagualera del grito visceral del alcohol y la fiesta; pero también es territorio para el mito, para que el pueblo arme dentro de ella sus leyendas y cuente el misterio de su esencia en estas zambas y chacareras. A ese Rubén Cruz hay que celebrar: al hombre gemelo a un tarco en cuyas hojas hay que “hojear” la memoria de nuestro pueblo, como un libro abierto igual que la herida de Tafí Viejo, de trenes que parten sin haberse ido del recuerdo de su gente que ve pañuelos blancos diciendo adiós en las flores de los limoneros. Este libro, sin dudas, nos llega como una forma de preservar la memoria de nuestro pueblo.

Nació en la ciudad de Monteros, provincia de Tucumán. Ha escrito obras de teatro, cuentos y novelas, además de artículos periodísticos para diversos medios gráficos del país. En su faceta musical ha publicado los discos “Obras Libres I” (del 2023), “Obras Libres II” (del 2024) y “Proyecto Profundo Norte” (del 2025). Publicó los poemarios “Pueblada” (Llanto de Mudo 2013), “Ella Sucede” (El Mono Armado 2017), “Amauta” (La Monteriza Editorial 2023).



