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ISSN 2684-0626

 

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De libros y vidas uberizadas

Por Ignacio Daniel Ratier |

Nos dirigimos hasta la zona reservada para conductores de Uber en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Hacemos pasos cortos y ligeros mientras las carry on ruedan por el empedrado. Vamos apurados porque el chofer se pasó dos cuadras. Sol, que chequeaba el mapa desde la app, lo vio pasar delante nuestro.

—Ahí va, ese es —dice Sol.

—Decile que espere —dice Beatriz.

Llegamos a un recodo de la nueva estructura del aeropuerto. Las obras se dicen nuevas, aunque llevan muchos años en curso. —Todavía falta para que la terminen —me dirá después Ariel, que nos espera sonriente, parado a un costado del baúl de su Fiat Cronos. Corpulento, entrecano y de piel rosácea, acomoda nuestras valijas y nos invita a ubicarnos en el auto. Le hacemos caso.

Hace casi diez años que, por un motivo u otro, voy a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La primera vez, en 2017, fui como público general. Por casualidad, salí del hotel como a las 9 de la mañana junto a una bibliotecaria pampeana de unos más de sesenta años. En el camino me explicó que yo no podía pasar a esa hora, que por la mañana solo pueden ingresar bibliotecarios, libreros y demás profesionales del libro, que recorren el enorme predio de La Rural en busca de ampliar sus catálogos y ofertas. Al llegar me dijo —ponete detrás que vas a pasar —y pasé.

Desde 2023, gracias a mi trabajo, cada abril cuelgo mi credencial de visitante profesional para cruzar los molinetes de Santa Fe, Sarmiento y Cerviño.

Encontré a Beatriz y a Sol en el Aeropuerto de Santiago del Estero. Hacían fila escoltadas por los padres de Beatriz, matrimonio de sesenta y cortos al que saludé de lejos y por cortesía después de darles a ellas un beso en la mejilla. Un rato antes, mientras ellas se abrazaban y secreteaban, las miraba con ternura.

Beatriz es una bibliómana de las redes sociales y desde hace un tiempo vende libros. Por eso le cuento que voy a las Jornadas Profesionales de la feria y que, con la editorial, vamos a presentar el jueves por la noche el libro Musa. El nombre del medio, de Ernesto Picco. Beatriz lo conoce, fue su profesor cuando cursó Comunicación Social en la UCSE. Las invito a la actividad y luego intercambiamos algunas palabras sobre cómo es la vida allá en Buenos Aires.

La Feria celebra cincuenta años de vida.

Argentina conmemora cincuenta años del golpe de estado.

Casi que no hace falta enunciar que la coincidencia es cuanto menos incómoda.

En la sala de embarque hacemos la nuestra. Saco mi computadora y corrijo un texto que debo entregar en pocas horas y todavía está verde. Ellas no sé qué hacen, les doy la espalda. Pero están ahí. Escaneo el panorama antes de acomodarme y por eso las intuyo sentadas y hablando por lo bajo en el perímetro de intimidad infranqueable que las une.

Antes de subir al avión, les pregunto a dónde van al llegar. Me dicen que a Caballito y les digo que capaz estaría bueno compartir Uber.  Ellas atinan a buscar en sus celulares la distancia entre un lugar y otro, hacen cálculos y luego de analizarlo me dicen que podrían bajar en Parque Chacabuco y que de ahí podría ir derecho por no sé dónde hasta mi alojamiento.

—Joya.

El año pasado se registraron más de 11 mil publicaciones y se imprimieron más de 14 millones de ejemplares. La Feria de Buenos Aires es el evento librero más grande del Cono Sur. Algunos le llaman EL SUPERMERCADOS DE LIBROS MÁS GRANDE DE AMÉRICA LATINA. Es una estructura abierta a la curiosidad, al encuentro sorpresivo. Pero está llena de trampas, remolinos y embudos que te arrastran a lo mainstream de la industria. Saber navegar sus aguas es un arte que uno tarda en dominar.

Bajamos del avión y dos colectivos nos esperan. Ellas vienen desde los asientos del fondo, así que dejo pasar el primero para coincidir en el siguiente y, por las dudas, uno nunca sabe, evitar el desencuentro. Sol me ve al bajar del colectivo y le toca el hombro a Beatriz para decirle que me esperen y ahí es cuando pasa todo lo que comentaba al principio.

Antes de llegar al Fiat de Ariel, Sol me dice que es de Bahía Blanca, a lo que le respondo que la mujer de un amigo también es de ahí, aunque de inmediato supongo que, por distancia generacional, no hay chances de que se conozcan. Sol no parece bahiense, es divertida, relajada, algo silenciosa y a su modo sociable. En el ping pong que mantengo con su novia camino a Capital, interviene de a ratos y con mucho interés por los temas que abordamos (libros, libros y más libros).

No conozco a Ariel, pero hace tiempo que hablar de literatura o de filosofía o de ciencias sociales en presencia de extraños me produce picazón. Como una sensación de estar cocinando odio en el otro.

Después Sol cuenta que ha estudiado danzas y Beatriz, a quien conocí en la carrera de Comunicación Social hace más de una década, cuenta que hizo tres años de Filosofía en Puan, donde, dice, metió solo cuatro materias, lo cual le parece muy poco. Y a mí me parece que tenemos que dejar de dar crédito solo a lo institucionalmente acreditado. Pero esa fue una charla que tuvimos tres noches después.

2

Sigo viaje y ahí es donde Ariel, que había estado callado luego de dos desacompasados chistes que hizo en el aeropuerto, entra en escena. Comienza la charla diciéndome que no permite a sus pasajeros bajar los vidrios y que muchas mujeres, según él, incogibles, no lo entienden y lo puntúan mal en la app.

El demérito traducido en el rankeo de su trabajo parece frustrarlo hasta el borde de una reacción que no quisiera presenciar. Ariel es otra de esas personas que se dedican, cada vez más, exclusivamente, a manejar Uber. Lo que comenzó como un complemento, ante la falta de oportunidades laborales en los rubros deseados, se volvió la única fuente de ingresos de muchas personas expulsadas del mercado de trabajo formal.

Dice la Cámara Argentina del Libro que la edición estatal y las compras institucionales pasaron de representar el 29 % en 2024 (14,5 millones de ejemplares) al 5 % en 2025 (menos de 2 millones) de la tirada total.

A sus cincuenta y cinco años, Ariel maneja entre siete y ocho horas diarias en turnos nocturnos que le permiten esquivar el ruido y la furia del tráfico de las horas pico. Paga 400 mil pesos por semana para alquilar el auto. Vive en Hurlingham, en el conurbano bonaerense, solo, lejos de sus hijas y mucho más lejos de su ex mujer, a la que nombra con un desprecio que en vano intenta disfrazar de indiferencia. Su padre tuvo una ferretería durante sesenta años, él heredó el negocio y nunca pudo encontrarle la vuelta. Cuando se separó, quince años atrás, cargó los bulones, las tuercas, las herramientas, toda la maquinaria pesada y se mudó a Tres Arroyos, localidad del interior de la Provincia Buenos Aires. Allí, dice, se hizo de amigos y montó la ferretería de su padre (nunca pudo sentir propio el negocio). Dice que la gente del interior de la provincia ve a la gente del conurbano como porteños y, como no quieren mucho a los porteños, la flecha del rechazo también alcanza a los del conurbano. Y alcanzó a Ariel, que parece ser el tipo de persona que se arroja a la vida como un guardaespaldas en busca de una herida más.

Sus amigos de Tres Arroyos lo integraron a la vida social. Compartieron asados, mates, salidas, pero nunca le compraron nada. No lo apoyaron.

—Nunca me apoyaron —dice.

Después de seis años y quién sabe por qué motivos reales se marchó y volvió a su nido: Hurlingham. Habla en tono amenazante y no importa sobre qué, siempre parece estar sentando a su interlocutor en el banquillo de los acusados. Quiere que alguien pague por su fracaso.

El chofer detiene el auto en una esquina donde se pueden ver las persianas bajas de un sex shop. Son las doce de la noche pasadas. Le digo que seguro cerraron porque no vendían una verga. Ríe a las carcajadas y retruca con un chiste diez veces más machista. Yo, que no soy Gabriela Cabezón Cámara, no veo la hora de llegar.

3

Malevo Muraña es el hostel en el que me hospedé en diciembre y en abril del año pasado. Lo recordaba como un lugar medianamente pulcro, con un buen servicio de desayuno y una cocina amplia a disposición de los huéspedes. Llego y me atiende el pibe del turno noche que ninguno de sus compañeros de trabajo soporta. Es luchador amateur de MMA y se comenta que perdió la gentileza en un desafortunado chat que le encontró a una ex novia a los diecisiete años. Digo buenas noches sin esperar respuesta (no hay respuesta) y pago con tarjeta de crédito.

Me toca la misma habitación de siempre, la catorce, primer piso, esta vez, en la parte baja de la cucheta que da a la ventana. Arriba, un europeo rubio y flaco como un suricato, que se tapa entero para sobrevivir al ruido de mi llegada. En la cucheta de al lado, la mañana siguiente, descubro a un francés de pelo largo, alto y esbelto, y una joven rubia, con cara como de dibujo animado, que podría ser santafesina, bonaerense o incluso entrerriana. No tendré ningún tipo de diálogo con ellos en lo que dure mi estadía.

El hostel luce más sucio. El baño tiene un olor que, apenas llego, se vuelve intolerable. Para colmo de males, la primera mañana descubro que han dejado de servir el desayuno. Me pregunto, ahora, cómo están atravesando nuestros cuerpos la degradación acelerada de todas las cosas.

4

Martes, primer día de trabajo. Después de nueve horas en La Rural, regreso y me preparo la merienda: café y tres huevos duros. Me echo en la cama para descansar, pero el impulso de scrollear me arrebata como dos de las tres horas que tengo para cerrar los ojos o mirar el techo.

Bajo y me preparo dos milanesas al horno con papas hervidas. Un chico me dice provecho, le digo gracias y le pregunto si es argentino. Después de una hora de excesiva conversación (fue excesiva después de los primeros quince minutos) sé que se llama Eric, que es francés, que estudió historia e hizo un posgrado también en historia, en el que presentó un trabajo sobre la diplomacia de los según él mal llamados bárbaros de la Edad Media. Todas sus elucubraciones intentan ser profundas, pero mueren ahogadas en «la gente es idiota, piensa que esto es así y por eso votan mal». Son razonamientos muy parecidos a los de muchas personas que conozco. Eric odia a la derecha y odia a Macron, que también es de derecha, pero no tanto como Le Pen o Bardella, el joven francés de moda.

Eric es bajo y delgado. Y es rubio, como gran parte de los huéspedes. En Francia trabaja como guía turístico y vino a la Argentina a perfeccionar su español. En su paso por el país, recorrió los destinos más conocidos: Bariloche y sus alrededores, Ushuaia, Mendoza, Salta, Jujuy, Córdoba, Rosario y dejó Buenos Aires para el final porque, dice, arrancar por aquí hubiera sido agotador. Para costear el viaje se ha ofrecido como voluntario en diferentes alojamientos. Limpió baños, contribuyó con el orden y con la atención al público. Así, hizo unos pesos para tirar un par de semanas más.

Lo cruzo de madrugada al día siguiente, camino al baño. Voy descalzo, él tiene su equipaje acopiado en la puerta de la habitación. Le deseo un buen viaje. Me dice que ha disfrutado mucho la charla conmigo. Le digo que yo también.

5

Los dos días siguientes repito el patrón. Desayuno huevos con tostadas y me dirijo a La Rural, a la Feria del Libro, donde paso largas horas en charlas más o menos interesantes, más o menos deprimentes, en las que algunos disertantes se abruman al escucharse y darse cuenta de que se están repitiendo, de que sus guiones están gastados y de que el ejercicio reflexivo hace tiempo se les ha vuelto escurridizo. Entre una cosa y otra, recorro stands y compro libros al cincuenta por ciento del precio de tapa. Encuentro a Alejandro Schmied, editor del sello Tren en Movimiento, nos saludamos y seguimos de largo. Encuentro a Mariano Blatt, no lo saludo porque no me conoce, pero atestiguo el momento en el que su CM lo filma y él vende. Encuentro a Soledad, editora tucumana, a quien cruzo todos los años. Charlamos un poco y seguimos de largo. Me encuentro con mis compañeras de trabajo y recorremos y recorremos el lugar como señoras y señores haciendo los mandados en el súper.

Los libros son carísimos hasta a mitad de precio, cada tarjeteada resuena en nosotros como un acto de irresponsabilidad.

Y ahí vamos, cuesta parar.

En el camino, encuentro a Daniel, mi director de tesis, que coordina una mesa sobre Inteligencia Artificial, el tema sobre el que tarde o temprano dejaremos de hablar, cuando se vuelva parte de la naturaleza o el colapso se concrete. También me encuentro con Alfredo, editor santiagueño que va a pasar toda la feria vendiendo libros para la distribuidora La Coop. Ahí compro un libro de Partícula editorial, Relato secreto, de Pierre Drieu La Rochelle. Le digo que porque el nazi hijo de puta escribe muy bien. Se ríe con malicia.

La tarde del miércoles cruzamos a uno de los organizadores. Noelia, compañera de trabajo y amiga, lo conoce porque han trabajado juntos. Nos pregunta cómo estamos, biri biri y nos invita al brindis de inauguración.

Han preparado una carpa inmensa y blanca debajo de la leyenda CULTIVAR EL SUELO ES SERVIR A LA PATRIA. El ingreso está a pocos metros del pabellón José Alfredo Martínez de Hoz. Con mis compañeras nos sentamos en las gradas y dejamos que la gente, que ha formado una cola de mínimo tres cuadras, ingrese. Bajamos y nos acoplamos al final. Nos sirven vino, empanadas, pizzas y vemos las caras repetidas de los dos días que llevamos encarcelados ahí. Las caras de todos los años.

Tanto traje que parece una tragedia.

Imagino que ninguno de los ahí presentes ha puesto un peso, pero muchos hacen una extraña mímica como de ser imprescindibles. De ciudadanos que empujan un carro pesado. Que sudan, laboriosos, día a día, por la cultura. Como si la cultura fuera una cosa que está en algún lugar y no está en los otros. Hay ceremonia, premios, discursos redactados por Claude o GPT, vaya uno a saber.

Y pasa, todo pasa.

6

El jueves es el día de nuestras presentaciones.

Ernesto se demora, dice que el taxi va a paso de tortuga por Av. Santa Fe. Perdemos diez de los treinta minutos que el stand de Santiago del Estero nos ha asignado.

Lo presento. Miro al frente y me sorprendo porque hay muchas personas. Él habla a toda velocidad mientras trato de regularlo con la mirada y por supuesto fracaso. La gente, interesada, pregunta.

Los veinte minutos se esfuman.

Musa. El nombre del miedo ha despertado susurros, muchos susurros. Y algunos pocos repudios en comentarios de redes sociales. Lo anunciamos la semana previa al 24 de marzo y a algunas personas no les gustó el timing. La tapa tiene la cara de Musa Azar, represor con múltiples condenas por delitos de lesa humanidad, y a muchas personas les parece imprudente, desacertado, inoportuno, de mal gusto. Pero muy pocos, contados con los dedos de la mano, nos lo dijeron de frente.

Nuestra cultura política es más triste que el final de Bambi.

Y a los espantos hay que mirarlos a la cara.

La presentación siguiente es el Manuscrito de Huarochirí, un libro al que le ha ido muy bien. Las autoras llevan un público activo y genuinamente interesado. La cuestión del bilingüismo tiene el escaso poder de hacer comunidad.

¿Será que necesitamos otra lengua? ¿Será que con la nuestra no alcanza?

Después hacemos fotos, videos, contenido, todo lo que el mundo de hoy te exige. Mis piernas, cansadas, me llevan por inercia de un lugar a otro.

Acordamos encontrarnos en media hora para tomar un par de taxis. Somos seis. Tenemos la última presentación en Almagro, en un Centro Cultural que se llama Trinchera Cultural y es gestionado por una cooperativa que apoya la carrera presidencial de Kicillof.

Hago tiempo en el stand de Random House. Le pido a una de las empleadas que me alcance el último libro de Samanta S. Estoy cansado, pero intento hacer foco. No me gusta. No me gusta nada y no sé bien si es por mi cansancio, si porque me ha estresado ver que todos los jóvenes compren en los lugares de mayor poder e ignoren al resto, si porque he leído que la autora ha sido caracterizada como una productora de fobias sociales y compruebo eso en el primer cuento de su libro o si porque realmente no importa cuánto talento tenga alguien, la gran maquinaria todo lo devora.

No sé, no tengo idea.

En un abrir y cerrar de ojos estamos en la Trinchera Cultural. A cuentagotas caen santiagueños que viven en Buenos Aires. La mayoría son mujeres. Como chipá relleno de carne y tomo generosos tragos de fermelo de una bomba de litro helada.

Bebo, gozo y, cuando menos lo pienso, estoy hablando con fluidez, diciendo cosas, hasta donde entiendo y para mi sorpresa, coherentes e invitando a polemizar con la suficiente elegancia como para que todo se sostenga en los carriles de lo civilizado.

Después, las polémicas ocurren, aparecen preguntas inquisitivas e incisivas. Una forma de felicidad me invade. La discusión resulta muy interesante y está bien que quede a salvo entre los que pusimos el cuerpo en ella.

No todo debe tener un registro.

7

Aerolíneas Argentinas cambia la hora del vuelo de regreso. Estoy sentado en Josephine’s, cafetín porteño que es también la base de operaciones del PRO. Tengo en frente a Nacho, amigo salteño. Tiene gorra azul, camisa del mismo color y tonalidad (oscura) y lentes de sol. Nos estamos poniendo al día cuando recibo la noticia. Recién venimos de la avant premiere de El gato de Borges, la ópera prima de Moro Anghileri. Una película con algunos artificios y rebusques pero que tiene la noble cualidad de ser por momentos muy graciosa.

Dejé el viernes —último día de mi viaje— para ver a mis amigos. Temprano fui a desayunar a lo de Fede, que es psicoanalista y tiene dos hijos. Su mujer, Vicky, también psicoanalista, es la otra bahiense que esta crónica nombra al comienzo. Antes de llegar a su departamento le digo que voy en Uber con un multitatuado al que no le entiendo nada cuando habla. Se ríe.

El multitatuado se llama Gustavo. Maneja, al igual que Ariel, siete u ocho horas por día y vive en Libertad, pequeña localidad del conurbano cercana a Merlo. Tiene familiares en Nueva Esperanza, al noroeste de Santiago del Estero. Dice que los visita seguido. Maneja y usa la bocina y sus gritos aleccionadores todo lo que puede. Dice que a los porteños hay que ponerlos en vereda, que manejan como se les canta, que piensan solo en ellos, no te dejan pasar, te usan todo el ancho de la calle, son egoístas, gente muy egoísta.

Gustavo parte de Libertad bien temprano cada mañana llevando a su mujer, que trabaja en la estación de subte de Boedo. En lo que dura la jornada, maneja por CABA esquivando autos y puteando a mansalva. Cuando regresa por la tardecita, prepara el mate y se sienta a mirar el campo. Tiene gallinas que revolotean en la tranquilidad de su patio. Las horas de manejo le sacan hasta las ganas de prender la tele.

Desconecta.

Y al otro día arranca de nuevo.

8

Después del cine y el café, Nacho me recibe en su nuevo departamento en Belgrano, a tres cuadras del Barrio Chino. Tenemos una hora para sentarnos y seguir la charla. Me convida tres medidas de whisky nacional (rico). A las ocho menos cuarto me pido un Uber y él toma el colectivo a Vicente López. Trabaja en el diario La Nación de ocho de la noche a cuatro de la mañana. Hace un par de meses lo ascendieron. El costo a pagar: la nocturnidad. Le dijeron que no iba a ser para siempre y aceptó. De lunes a viernes sale de su casa cuando oscurece y contempla con angustia la coreografía de un mundo que baja lentamente sus persianas mientras él empieza. La empresa pone a su disposición dos viajes diarios sin costo en Uber, pero elige, dice que por ética, usar solo el de la vuelta.

Como no tengo datos, me acerco a una casa de empanadas, el café de especialidad de los sectores populares porteños. Me pasan la contraseña del wifi, un chofer me recoge y, camino al aeropuerto, veo a Nacho esperando el colectivo.

Jugado con el tiempo, logro pasar a embarque de milagro. Paula dice por mensaje que le gustaría leer una crónica de la feria. Andrés agrega que seguro voy a hablar de gente famosa. Les respondo que estaba pensando en todo lo contrario.

Una respuesta a “De libros y vidas uberizadas”

  1. El Conde De Montecristo dice:

    Cuando Ratier escribe, el mundo aprende. Subibaja de poesía y aguijonazo santiagueño. Ojalá los posnets de MercadoPago algún día lleven su efigie.

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