Por Gabriel Gomez Saavedra |
La lengua del poema es la lengua del asombro, la ejercida para no dejar de ser el niño que fuimos. Porque el poeta necesita un engarce de palabras que deriven en un objeto que, a la vista del lector, se presente como nuevo; como si se hubiese desenterrado el fósil de un ser al que se consideraba sólo existente dentro del mito y que, con el poema, adquiere la dimensión de lo concreto; aun cuando el mismo objeto haya brotado, miles de veces antes, por la lengua de otros poetas a través del tiempo.
Los poemas de Roberto Espinosa son una muestra cabal de esa mirada al mundo desde lo virgen: la del recién venido que va iluminando, sin guía que lo acompañe, las cavernas del alma, y que desnuda, maravillado o impactado, lo que en ellas habita; ya sea el óleo de cabotaje de Quinquela Martín (“Imágenes inundan / el corazón de los pinceles”), el ángel de madera de Roberto Aussel (“El corazón de la guitarra / deshoja una lágrima”), la tierna ferocidad de Ella Fitzgerald (“La voz comienza a inundar su pecho, pero sale como un susurro”) o los infiernos que se reeditan, una y otra vez, y amenazan desde las barbaries de Auschwitz, del Pozo de Vargas (“Aberración en nombre de Dios y la patria”) o del cuerpo sin justicia de Paulina Lebbos (“Tiempo de subterfugios. Laberintos. Políticos. Tribunalicios.”). Todo esto lleva a una poesía cuya exposición no requiere de artificios ni de lastre retórico, sino de una inmaculada simpleza forjando el lente con que el lector se adentrará a las instancias de la claridad.
En el caballete
Suburbio.
Peligros acechan
en la nocturnidad.
A veces
dos puñaladas de ventaja
son una bendición.
Pero también
gente de trabajo.
Astilleros. Frigoríficos.
Carbonerías. Barcos. Grúas.
Muelles poblados
de fornidos hombres
que cargan y descargan.
Talleres metalúrgicos.
Viviendas de chapa y zinc.
Inmigrantes italianos
respiran el puerto de La Boca
que boquea un Riachuelo.
Imágenes inundan
el corazón de los pinceles
y pueblan el caballete
de Chinchella.
Ella es Ella
La escobilla despeina la nostalgia en el platillo de la batería. Negras y corcheas inician un diálogo de contrabajo. El piano va abriendo la luz en la oscuridad. Los párpados se cierran en sonrisa y lanzan el ancla de los sentimientos hasta boyar en el corazón. Ella es Ella. La voz comienza a inundar su pecho, pero sale como un susurro. Tiernamente. Como si acariciara los cabellos de su changuito. Los ojos de la voz caminan ahora entusiastas por un tiempo de verano. Los gestos vibran de placer. El público también. Ella Fitzgerald enciende ahora un spiritual en la penumbra y las estrellas se ponen a rezar.
Una lágrima en Re menor
Un duelo de pájaros
anticipa el alba.
Un eco de silencios
se desparrama
en la memoria
de seis cuerdas.
Una suite de Zamboni
respira en sus dedos.
El elogio de la danza sueña
con un vals venezolano.
Ternura que se derrama
sobre una Julia florida.
Un tristón ejercita ahora
su melancolía,
mientras un compadre
desata la amistad
en una charla.
Por un amor extraviado
lloran quizás las ramas
del viento.
El corazón de la guitarra
deshoja una lágrima.
El Re menor se ha llevado
los 71 latidos
de Roberto Aussel.
Aire póstumo
Dolor. Ausencia. Hambruna. Sufrimiento. Miedo. Nieve. Soledad. Terror. Frío. Aniquilamiento. Angustia. Muerte. También esperanza… se asfixian en una letra y cuatro números. La bestialidad espanta la vida. Tal vez el fin de los tiempos sopla en cuarteto en un campo de concentración. En cámaras de gas. Todas las noches, en las barracas del oprobio, el B7328 dibuja un rezo en el insomnio. En la reverberación del alba, siente que va a poder vivir un día más. Desapariciones. Cautiverio. Ráfagas de electricidad. Ingles. Pezones. Genitales que gritan. Cabezas sumergidas. Submarino que ahoga. Llagas desnudas. Complicidad sacerdotal con verdugos. Las ideas se torturan. Se picanean. Se fusilan. Se exterminan. Alumbramientos cautivos. Bebés que ruedan en el espanto. Se regalan. Se venden. Cuerpos se desmembran. Destino de foso. Huesos que duelen en 40 metros de hondo. Escombros. Tierra. Cal. Arena. Atrocidades que se ocultan. Alaridos de silencio. Desesperanza. Aberración en nombre de Dios y la patria. En Auschwitz o en el Pozo de Vargas, la verdad le tuerce ahora el brazo a la crueldad bajo el sol. Una paz beligerante sondea el aire póstumo. La identidad arropa los huesos de la miseria humana.
Ojos tuertos
2006. Tapia. Ruta 341. Tres dedos atenazan el cuello del alma. Astillas de un grito callado. Estertor agazapado. Golpe que estruja el gesto desesperado. Pupilas desvalidas. Manos de violencia. Miedo de la inocencia. Asfixia del alba. Soledad de dolor. Gira la ausencia de la nada. Insomnio asesinado. Verdugo de estrellas. Amputación de latidos. Exánime mirada. Perversidad fajada mece la sombra de 22 años. Horas. Días. Escondites. Inmediaciones de ruta. Cielo del espanto. Temblor de cuerpo yerto. De costado. Brazos hacia atrás. Piernas extendidas sobre la tierra. Remera. Pollera. Cancán. Descalza. Sin cuero cabelludo. Falanges de dedos. Pie izquierdo. Masticados. Intemperie de mujer. Viento de mutismo homicida. Pruebas esfumadas. Poder acurrucado en las tinieblas. Amparo de victimarios. Una hija asesinada anega el corazón de padre. Lucha. Tenacidad paterna busca a culpables. Molinos de la iniquidad. De la mentira. Puñal que lacera la esperanza. Tiempo de subterfugios. Laberintos. Políticos. Tribunalicios. Zancadillas a la evidencia. 2026. Morral de la injusticia. La señora de ojos tuertos tapia una vez más la verdad. En Tucumán, Paulina es una lágrima de la impunidad.
Roberto Espinosa nació en San Miguel de Tucumán en 1958. Es periodista y escritor. Durante 42 años ejerció el periodismo en el diario La Gaceta de Tucumán. Es autor de los libros El Borges del jazz, Klecsopoemas (con el pintor Fued Amin), Silbando cielos (libro digital con el pintor Donato Grima), El caracol de los sueños, La Cultura en el Tucumán del siglo XX, Historia de la Facultad de Medicina de la UNT, Cosecha de luz (poemas), La Cultura en el Tucumán del Bicentenario. Diccionario monográfico, El Cuchi Leguizamón: La memoria del olvido, Rolando Valladares: Un Chivo con alma de vidala, Mercedes Sosa: Una canción en el viento, Ecos de tiempo (poemas), Los duendes de la olla mágica (novela), Yo soy Rosita (sobre la actriz Rosa Ávila) y La vida es puro cuento, ¿quenó? (selección de crónicas periodísticas). Con los músicos Rolando Valladares, Luis Víctor Gentilini, Gerardo Núñez, Antonio Rodríguez Villar, Carlos Podazza, Rodolfo “El Colorao” Herrera, Anselmo Lago, Coqui Sosa, Chuni Cardozo y Yusef Saife, ha compuesto zambas, chacareras, taquiraris, vidalas, milongas y tangos. Con Gabriel Senanes ha compuesto música coral. Incursionó como actor en 2007 en Por las hendijas del viento, film de Luisa Quintavalle y Carlos Alsina, premiado en el Festival de Cine de Saladillo (Buenos Aires) en 2008. En 1980 fue finalista en el Concurso Latinoamericano de Poesía, realizado por la Fundación San Francisco de Asís en California (EE.UU.). En 1981, obtuvo una distinción en el Concurso Latinoamericano de Cuentos (Buenos Aires), organizado por la Editorial Atlántida, que tuvo por jurado a Martha Lynch, Adolfo Bioy Casares y Marco Denevi. En 2009, con la pintora Mamina Núñez de la Rosa obtuvo el segundo premio en el IV Salón Regional del Poema Ilustrado, organizado por el Ente Cultural de Tucumán. Es colaborador de las publicaciones Las Tertulias de Juana Manuela y Prensa Activa Digital.

Concepción, prov. de Tucumán, 1980. Publicó la plaqueta Huecos (Ediciones Del Té, 2010), y los libros Escorial (Editorial Huesos de Jibia, 2013), Siesta (Ediciones Último Reino, 2018) y Era (Falta Envido Ediciones, 2021). Entre otras distinciones, ganó el Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán – Género Poesía (Región N.O.A.) y fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes como becario del programa Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina.



