El poder del estilo en tiempos de IA
Por Lucas Cosci |
Nuestras escrituras se han erosionado con los vientos de un desierto digital. Estamos escribiendo en una arena uniforme, entre flujos que borran los trazos de incipiente originalidad. La presión de las normas internacionales de redacción, la asepsia académica, el uso de las herramientas informáticas, a lo que se suma hoy la inteligencia artificial como la gran factoría del orden simbólico, han producido un efecto de uniformidad y de torpe llaneza, por el que desaparecen los rastros humanos de las publicaciones físicas y digitales que nos salen al cruce. En tiempos de inteligencia artificial, la escritura se pauperiza por falsa corrección y por estandarización gramatical.
Si comparamos dos artículos de autores diferentes sobre un mismo tema, publicados en estos últimos tiempos, es probable que no encontremos diferencias sustanciales en la sintaxis, en el vocabulario, en las referencias, tampoco en el tono. Escribimos en serie. Repetimos fórmulas y clichés corrientes; nos inhibimos de expresar enunciados que se aparten de los usos establecidos. Se considera una debilidad profesional el hecho de que un texto lleve inscriptas marcas propias.
Lo terrible es que, de seguir esta tendencia, la techné digital ganará una ventaja insalvable. Hasta se cumpliría aquella profecía de Foucault cuando se preguntaba “¿qué importa quién habla?” para anunciar la muerte del autor y los emplazamientos en los que se aloja su ausencia. ¿Importa quién habla?
El estilo neutro, llano, uniforme, salido de esta factoría sin galpones, resulta más ordenado y compacto, más limpio inclusive que lo que pueda lograr la mano del hombre. Más raquítico también.
La pregunta es, ¿puede el robot escribiente sustituir a la poiesis humana? ¿Puede una obra literaria ser concebida en el cerebro de la inteligencia artificial, sin intervención humana? Algo nos alerta. Empezamos a preocuparnos por reconocer el origen, humano o no humano (¡qué feo que suena!), de cada producción. Es escalofriante. La poética había sido hasta ahora una dimensión exclusiva del hombre. Poiesis en griego es producción artística, hechura de una obra. ¿Existe una poética no humana? La techné lo resuelve todo con mayor eficacia que la mano. ¿Puede la techné alojar en su interior una poética impersonal y anónima? A estas alturas está de más preguntárselo. Tesis académicas, artículos científicos, monografías de cátedra, libros, textos poéticos y narrativos, creaciones literarias de todo tipo son entregados en fracciones de segundos por la gran maquinaria de constelaciones simbólicas. Que lo haga bien o mal, es algo fortuito. Lo hace. Y va a llegar un punto en que lo va a hacer mejor que un humano promedio. Algunos afirman que ya.
¿Cómo entonces preservar la poiesis humana de aquella contaminación? ¿Cómo mantener vigentes las vibraciones que un cuerpo viviente imprime en las palabras? ¿Bajo qué condiciones podemos producir un texto en el que el lector se hospede en la tibieza del hogar, al calor de un cuerpo viviente?
Quizás se trate de volver a las fuentes.
Hablamos del “estilo”. La palabra tiene filiaciones en el latín stilus, que significa el punzón o la gubia con que se marcaban las tablillas en las que se escribía, antes de la era del papel, cuando no existían ni Google ni ChatGPT. Un punzón, una herramienta, un útil disponible. Con su punta se marcaban “huellas” que articulaban un orden de signos. Huellas humanas, demasiado humanas. Huellas que llevan el pulso de una mano concreta, que transpira y tiembla. Subjetivizan la tablilla, le ponen el cuerpo, le dan un perfil irrepetible, un “cuño” propio. ¿Cuáles son esas marcas de la gubia?
Un estilo se rubrica a través de un léxico, de una cadencia, de una sintaxis, por recursos retóricos y oropeles diversos, o por su ausencia, entre otras marcas. Es la talla de la gubia, el cuerpo hecho lenguaje, las señas materiales de identidad. El estilo es transversal. Acompaña a la escritura como una marca indeleble. Una vida humana se vuelve reconocible por sus huellas en el barro.
La escritura, entonces, en los orígenes está vinculada a un trabajo con la materia. Ha sido la respuesta del animal hablante a la necesidad de “improntar” una tabla, una marca material para fijar el carácter evanescente del habla. Si a las palabras se las lleva el viento, había que anclarlas en la densidad perdurable de la materia. Los sistemas de fijación escritural son el anclaje de la voz humana en la densidad de las cosas, una solidificación de los vapores del habla, su conversión a la dureza.
Aquellas marcas en tablillas son un ejercicio manual —y lo fueron hasta la era Gutenberg— que acusa el temple de la mano. Entonces el estilo es el rastro inconfundible del puño y de la letra. Del trabajo de ese rastro ha devenido el arte de la “caligrafía”, que ha sido la destreza para grabar (grafo) bellos (kalós) cuños, no solo reconocibles, sino además de una elegancia estetizante, como también idénticos y regulares en sus golpes salientes. Es probable que por metonimia la palabra stilus haya pasado a significar, no ya las marcas físicas de la tablilla, sino las marcas estéticas de la escritura, el paso del grafo al kalós, el estilo como propiedad subjetivante de la letra impresa o digital que presenta alguna forma de belleza. Entonces, stilus es, en primer orden, el modo peculiar e irrepetible con el que una mano humana acuña la tablilla. En segundo orden, es el nombre del “cuño” imborrable que alguien alcanza a imprimir en el “tejido” escriturario con cierta estética reconocible en la conjunción de las palabras y en las articulaciones del sentido. Es una cuestión de mano. De nuevo, es el cuerpo hecho lenguaje. La belleza es un efecto físico del texto, como las figuras de un tejido.
Ahora bien, el estilo ¿es algo dado o es el efecto de una construcción biográfico-narrativa? ¿Es natural como las huellas dactilares o es una lenta conquista que se adquiere con el tiempo? ¿Es un “don” o una invención?
Como las huellas dactilares, las marcas de escritura son involuntarias. Pero está también el oficio que lleva a pulir a conciencia esas marcas, a seleccionarlas, a afinarlas o modificarlas. El estilo no es obra de ninguna magia, es una trabajosa construcción, página tras página. Juega en una tensión entre la mano espontánea y la gubia del oficio, entre el hallazgo y la invención, entre huellas involuntarias y señales voluntarias, entre lo dado y lo conquistado.
No podemos esquivar la pregunta: la techné digital, ¿puede crear estilos humanos? Intuyo que sí, pero ¿cuánto se puede sostener en el tiempo y en el texto, sin caer en el estereotipo, en el tono monocorde del diseño artificial?
Un estilo está marcado por las aristas de la experiencia de una vida, es una voz humana que se ha transformado en impronta.
Entonces, ¿importa quién habla?
Frente a la embestida de las formas no humanas de escritura, el modo de supervivencia de una obra literaria es la fidelidad a un estilo, cualquiera sea el que se trate. Ser reconocido por una huella. Una huella que diga: “estoy aquí y no soy un algoritmo”. Ese es el “quién” que importa.
Finalmente quiero condensar la presunción elemental que alienta esta nota: en tiempos de techné digital, el camino para no ser fagocitado por la gran factoría es el ejercicio sistemático del punzón. La poiesis es una cuestión de stilus.

Vive en la provincia de Santiago del Estero. Es doctor en Filosofía por La Universidad Nacional de Córdoba. Docente e investigador en la UNSE y en la UNT. Autor de libros de ficción, entre los que se encuentran Faustino (novela, 2011), La memoria del viento (cuentos, 2012), 1958, estación Gombrowicz (novela, 2015), Ciudad sin Sombras (Novela, 2018); y del ensayo El telar de la Trama. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad (2015). Es autor del blog El cuaderno de Asterión, en línea desde el año 2009, donde publica artículos literarios y de actualidad política



