Suscribirme

ISSN 2684-0626

 

Aquí podés hacer tu donación a La Papa:

Libros Tucumán es una librería especializada en literatura de Tucumán ubicada en Lola Mora 73, Yerba Buena – Tucumán. Visitá su web: https://librostucuman.com.ar/

 

 

 

 

 

Lino es una distribuidora de libros con perspectiva crítica y un espacio web para la recepción del catálogo. Se hace en Santiago del Estero, Argentina. Visitá su página: https://linolibros.com/

Ficciones legales.Trilogía tucumana de Eduardo Buby Perrone (Prólogo)

Publicamos el prólogo de Martín Aguirriez a la Trilogia festejando que vuelven a estar disponibles juntas Preso común, Visita, francesa y completo y Días de reír, días de llorar, las tres primeras novelas de Eduardo Perrone.


Por Martín Aguierrez |

Ven mi primera experiencia en la cárcel como la sombra

negra que traigo conmigo día y noche. Curioso: siempre se

fijan primero en la sombra y, luego, acompañan la proyección

sobre mi cuerpo de carne y hueso […] Cometen una inversión:

soy yo el que anda atrás de mi sombra. Esta pasa primero […]

 porque sueldan la sombra a mi cuerpo de tal forma que paso a ser

comprendido sólo por mi lado oscuro. Quieren que yo aquí -en libertad-

vuelva atrás, vuelva detrás de las rejas; no quieren dejarme construir

mi vida en libertad […] Ahí radica la trampa.

En libertad. Silviano Santiago

Se trata de leer la trampa. Hacer de la ficción un espacio que libere la sombra y ponga en primer plano la máquina incesante de la escritura. Se trata de echar luz sobre el mito de escritor para descubrir en sus bordes discontinuos, indefinidos, las fibras de lenguaje que articulan los textos. En definitiva, se trata de pensar una escritura y en ese desafío desandar las sombras, desoldar el cuerpo de la reja[1]. El nombre Eduardo Perrone está marcado. Las cadenas de la cárcel y el aura maldita del escritor lumpen funcionan como hechizos que activan los estereotipos más fascinantes. Al mismo tiempo, encorsetan el trayecto de una vida —siempre fugaz, en movimiento— a los estertores de la picota: vuelven a meterla a la cárcel, devuelven el cuerpo a una noche cruda de invierno tucumano para que el escritor muera una y otra vez[2].

Releer la trilogía es más un gesto de vida que de muerte. Releer Preso común (1973), Visita, francesa y completo (1974), Días de reír, días de llorar (1976) es encontrar el vértigo de un cuerpo que es todo ojos, todo oídos, todo disperso en el espacio de la página. Un testigo de vista y oído que pone a rodar la escritura y exhibe las ficciones de la ley. Da fe de las distorsiones de la letra, las releva en el tiempo y en el espacio; las pone a disposición de los lectores y arma la historia tragicómica del estado dentro del Estado. Por detrás de los grandes discursos institucionales, las palabras coimean a las palabras y arman arreglos que tergiversan lo real. Nada es lo que parece en el Gran San Miguel de Tucumán que construye Perrone. Sumergidos en una esquizofrenia, los cuerpos transitan livianamente por las palabras porque ellas no tienen peso. Desgastado el sistema de autoridad, todo se degrada y lo único palpable son sujetos angustiados, supervivientes.

¿Por qué insistir —entonces— en lo que tiene de vivo esta trilogía? ¿Por qué hacer esa apuesta si lo que leemos son muertos vivos que se acumulan en las hojas? Porque en la escritura de Perrone se aloja un resabio de libertad: sobre la hojarasca de las coimas asoma la fruta de la risa y la fascinación de una lengua que conversa, denuncia y archiva. Escribir adquiere una doble potencia: se escribe para dar testimonio de las trampas de la ley y para demostrar que a pesar de ellas seguimos riendo. Con un descaro mayúsculo, la risa despega la sombra de la carne y le devuelve la libertad al cuerpo; le restituye algo de vida al mito.  

Testigo en proceso

En el documental Perrone, escritor (2010) de Peri Azar, Perrone toma la palabra y reflexiona:

“Ciruja” es el que vive del cirujeo. “Cirujeo” es recoger cosas para vender: cobre, bronce. [Desde lejos, se escucha que alguien grita: “¡Linyera!”]. Linyera me dicen los tipos. “Linyera” es por la linya, el palo con la bolsita. El linyera es el trabajador. “Croto” era el que viajaba en los trenes buscando cosecha también; por la ley del gobernador Crotto que permitió que los vagones del tren… se abran los vagones de carga para que ellos puedan viajar gratis ahí a buscar una cosecha para ganarse su plata. Llevaban la toallita, el jabón, una muda de ropa para el sábado. Ese era el “croto”. El idioma está mal manejado acá[3].

La escena es clave porque pone de manifiesto una mirada particular sobre el mundo. El escritor recorre los alrededores de su vagón-casa (depósitos del ferrocarril Belgrano Cargas) y, mientras camina, diserta sobre los matices del lenguaje. Repone el espesor histórico de una lengua de trabajo devenida lengua de desprecio y estigma social. En ese gesto, el escritor se distingue. Mira no como aquellos que le gritan “linyera” desde la distancia, sino como un ojo pendiente del manoseo del idioma, atento al proceso de deterioro de las palabras. “El idioma está mal manejado acá”. La sentencia lo coloca en otra posición: lejos de ser ciruja, linyera o croto, observa ese borde del mundo como un tercero que es ajeno y parte al mismo tiempo. Ubicado en el cruce de las vías del tren, Perrone es testigo en proceso: elabora la experiencia y la conjuga con los residuos del oído. Es un tren transiberiano indigente que conecta las penurias de la vida personal con las historias que le soplan los hundidos.

Perrone, Gervasio Moreno y Antonio (protagonistas de esta trilogía) narran desde la intersección de las vías/ de las vidas. Uno es “procesado no penado”, el otro es un “hombre de trabajo” que convierte la cocaína y el proxenetismo en fuentes laborales ante el peso social de la cárcel; Antonio no es más que “el representante de la clase más cagada y más llorona, la clase media”; un adolescente que transita hacia la juventud en la escuela para chicos “más o menos”, esa en la que los padres quieren figurar y conservar las apariencias. En el medio, y siempre atravesados por el conflicto, los tres protagonistas se benefician de ese lugar liminal para hacer de la escritura una zona de vaivén que alterna entre el diálogo con cirujas, crotos, linyeras, locos, delincuentes, prostitutas, etc. y un relator solitario que cuenta el cuento para un otro. La trilogía entonces marcha a dos ritmos: se abre a las voces del margen, a sus códigos y formas, a sus modos de tramitar el trabajo, el dinero, el hambre, el sexo, la violencia del superviviente, las instituciones y sus discursos; y, a su vez, se cierra para recoger/procesar ese sonido maltrecho y reconvertirlo en algo denso, con espesor histórico y beligerante.

Por eso los textos se saturan con rayas de diálogo: una oralidad heterogénea que recoge los acentos tucumanos, turcos, lunfardos, registros de un habla compleja y múltiple que camina sobre las palabras y se las apropia para decir los fracasos de la política y el progreso. Por eso también la página deviene bitácora de etnógrafo, repertorio antropológico y social de conventillos, quilombos y comisarías; se suma el comentario incisivo, la pregunta desgarrada, la sentencia aguda de un ojo que ha procesado lo visto, lo oído en su cuaderno de notas y declara “El idioma/la policía/el Estado/la justicia/la ley/el sistema penitenciario/ está mal manejado acá”.

Con esa cadencia se arma la trama de la trilogía. La cadencia de una escritura que repone lo abigarrado de una historia de autoritarismos que es la del “yo” pero también la de todos. Nada más significativo que Preso Común, Visita… y Días de reír se inicien narrando la vida de otro: Daniel Ardissone herido por la policía; Ramón Loyola (expresidiario) forzado al suicidio a causa de la cárcel y su estigma; Roberto (violinista universitario) baleado por agentes policiales. Todos amigos de quien cuenta. Todas víctimas de la violencia institucional. Como si para narrar la propia vida fuera necesario anclarla a una cadena histórica de suplicios; establecer un diálogo con el pasado para ir hacia atrás y armar el lazo de los malos manejos, de los estragos de “acá”. Eduardo Perrone articula los cruces de las vías del tren y, ubicado en una orilla, construye una conversación incómoda en la que la comunidad se siente interpelada. Ese “todos” es cierre y apertura. Las últimas líneas de Preso común abrazan, reconfortan, pero también oprimen y ahogan: “A todos los que estuvieron en un trance parecido al mío les digo entonces que no fueron ni serán los únicos… ni los últimos”. Nos une una historia común y ese pasado no está concluido. Deviene en profecía, en mal augurio; como si cayera una condena sobre Tucumán.

La ley del género

La trilogía desborda el límite del género. ¿Es novela, es testimonio, es relato etnográfico, es crónica policial, es autobiografía?. Se enfrenta a la norma tipológica y enloquece el orden/la orden porque hay algo de lo increíble que no se puede digerir. El narrador de Visita… repite en la primera parte del texto: “¿me estás tomando el pelo?” “es joda esto?” “¿me lo decís en serio?”. Sus ojos no pueden creer lo que ven. En Preso común, el “yo” se pregunta al terminar de escuchar el fallo del juez: “¿Qué estaba haciendo yo, pero precisamente yo, parado en ese despacho y oyendo cómo me absolvían del delito de violación?”; como si no pudiera comprender lo vivido, absolutamente extrañado de verse en esa situación. Por su parte, Antonio en Días de reír… afirma al visitar a Roberto en la terapia intensiva del Hospital Padilla: “Nadie habla. Se fuma mucho. A nadie le parece real lo que está viviendo en esos momentos. ¡Que pasen estas cosas!”.  La verdad está fisurada y el pacto de veracidad endeble; sólo resta desfondar los géneros disponibles y hurtarle los protocolos de escritura para saldar aquello que no se cree. Y al mismo tiempo “eso”, “esto”, “esas cosas”, son tan monstruosas que el orden de los géneros no da abasto para representarlas.

La trilogía corrompe los géneros. Los límites se corren para representar lo increíble. En ese desplazamiento de los bordes, la escritura pone en el centro de la escena a la prensa, la policía y el derecho; adopta sus regímenes de representación y contamina el texto con sus formas de construir lo real. Por momentos, Preso común se torna registro notarial, manual de procedimiento jurídico, reglamento de internos de una comisaría y, al mismo tiempo, una crónica periodística aguda que desguaza punto por punto los equívocos e intereses políticos de la prensa y del sistema penitenciario. Días de reír… apela a la memoria autobiográfica de Antonio para narrar el pasado e introduce, también, guiños al relato policial cuando vuelve al presente de la enunciación: el año 1974. Los agentes de la policía masacran a Roberto la noche en que prefiere comprar el diario a una novelita policial de la colección Séptimo círculo (de la que es apasionado lector). Como una paradoja espeluznante: el lector de policiales termina acorralado por la tiranía policiaca de un infierno dantesco tucumano (“U-ni-ver-si-ta-rio. ¡A todos habría que matarlos como a perros!”, susurra el texto). Y, sin embargo, la plasticidad de lo escrito permite asimismo leer allí una simple crónica policial; una noticia puntillosa que viene a desplazar la seguidilla de noticias que falsean la prensa con regularidad.

Ubicada en el medio de los desbordes del género, Visita… deviene una novela hecha y derecha. Aquí no hay contaminación ni degeneración alguna. La potencia del texto radica en que se apoya en las pautas de la ficción para traccionar lo increíble. No obstante, irradia hacia adelante y hacia atrás para construir el mundo ficcional. Abreva en el texto anterior para configurar el hilo narrativo (Gervasio Moreno es Daniel Ardissone y los demás presos encerrados por vagancia una y otra vez en Preso común a pesar de haber saldado su pena con la justicia: “porque no hay trabajo y porque nadie se lo dará cuando recuerde los diarios”); y va ovillando/acentuando el tono tragicómico y disonante que permeará Días de reír…[4] 

La estrategia de Visita… es que cruza el río de los desbordes y se aferra al pacto de ficción para novelar los códigos de una “ciudad aparte”[5]. Pero esos códigos invierten los de las instituciones del Estado para armar una zona paralela, clandestina, en la que se hace la trampa más que la ley. Lo que se deforma entonces no es el género sino la lengua de la prensa, la policía y el derecho. La lengua institucional se arquea para dar cuenta de las tretas con las que sobreviven los marcados por la cárcel y de la que se benefician los embragues de ese mismo Estado. Como si al elegir la ficción, Perrone nos dijera que lo increíble solo puede tragarse con el condimento de la fábula, solo se soporta si se lee con los toques de la parodia. Porque allí impera una ley “otra”, una espada de doble filo que brinda protección a “changarines, vagos, turistas, vividores, cafiolos y una Corte de los Milagros inenarrable” pero que corta el hilo por lo más delgado: los afectos y los recuerdos. La ficción ampara a los lectores, los recubre con su manto de ilusión; al mismo tiempo les corta por dentro: el tajo se abre y sangra. Sabemos que la ficción es posible. 

Ofender la ley: papeles, gacetas y residuos

El 26 de mayo de 2011, la Editorial El Cruce Cartonero presentó una reedición de Visita, francesa y completo en Plaza Alberdi (San Miguel de Tucumán)[6]. En el centro de esa plaza, la escultura de Lola Mora homenajea al padre de la Constitución Argentina, miembro de la generación de 1837. En uno de los laterales del lugar se levanta la vieja estación de trenes que extiende sus brazos traspasando la ciudad. El libro cartonero de Buby Perrone se presenta al público en esa intersección: entre el monumento a la ley y el viejo signo del progreso. Inquieta esa elección cuando se revisa esta trilogía. Una paradoja asoma con fuerza de tifón: la plaza que resguarda al creador de Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852) celebra al autor de un compendio de ficciones legales que exhiben la crisis del discurso jurídico moderno.

Juan Bautista Alberdi escribe:

Mi libro de las BASES es una obra de acción que, aunque pensada con reposo, fue escrita velozmente […] que, en la obra de las leyes humanas, es lo que en la formación de las plantas y en la labor de los metales dúctiles. Sembrad fuera de la estación oportuna: no veréis nacer el trigo. Dejad que el metal ablandado por el fuego recupere, con la frialdad, su dureza ordinaria: el martillo dará golpes impotentes. Hay siempre una hora dada en que la palabra humana se hace carne. Cuando ha sonado esa hora, el que propone la palabra, orador o escritor, hace la ley. La ley no es suya en ese caso; es la obra de las cosas. Pero esa es la ley duradera, porque es la verdadera ley[7].

Como contracara de las palabras alberdianas, la trilogía de Perrone se escribe en la “hora dada”, pero para denunciar las atrocidades de la “ley duradera” sobre la carne; los golpes del martillo. En efecto, su escritura recoge la violencia política de la década de los 1970 y empuja esa fuerza demoledora de la maquinaria jurídica hacia atrás: un motín de presos del penal de Villa Urquiza en 1962, la fuga más famosa de ese mismo penal en 1961, los ecos de la Revolución Libertadora de 1955 y la proscripción del peronismo, las contradicciones peronistas de Luis Cruz[8] y su impacto en el discurso escolar, la puja constante con los radicales. En ese arco temporal que recorre los últimos años de la década de 1940 hasta mediados de 1974, la trilogía se mueve para armar un continuum en el que la “verdadera ley” no ofrece garantías. “Yo estudio Derecho pero no creo en la justicia” exclama una estudiante de abogacía en Preso Común mientras Perrone, a lo largo de todo el texto, se somete a la tarea de poner en jaque las anomalías de un sistema jurídico deficitario. La pregunta insidiosa ilumina las piedras que traban la maquinaria:

¿Qué garantías hay de protección de la ley cuando hay muchos [jerarcas, subalternos y agentes policiales] que tienen procesos por abuso de autoridad, abusos de armas, torturas y hasta por robo? ¿Es razonable que un individuo con esas causas sea funcionario policial, que un reincidente de esa naturaleza esté encargado de velar por la ley?

Si en las Bases… Alberdi revisa todas las constituciones americanas previas a 1852 para dar cuenta de los defectos que las hacen peligrosa, Perrone pasa el cepillo a contrapelo y pone el dedo en la llaga: visibiliza la golpiza a los presos comunes y las estrategias para borrar la tortura del cuerpo; el hacinamiento, el hambre y las condiciones infrahumanas que supone habitar un penal; los presos que ingresan al calabozo sin ser asentados en el libro de guardia; los funcionarios que le roban al mismo Estado para beneficio propio; en fin, los peligros de la ley cuando deviene papel falso y se aleja de la racionalidad europea alberdiana.

Porque esta trilogía ofende a la ley y la pone en aprietos. Se inicia encajonándola en un apéndice, suplemento de escritura, absolutamente prescindible. Prosigue convirtiéndola en “papelito” falso (“Leé este papel” le reclama Ramón Loyola a su hermana Alicia mientras le muestra el acta de absolución de la justicia luego de salir de la cárcel; “…para lo único que podía servirme era para limpiarme el culo” concluye Loyola) o “papelito” faso (la cocaína, la merca que revende Gervasio y con la que ingresa al mundo de la ilegalidad). Este proceso de degradación de lo legal culmina en Días de reír… infectando todos los discursos institucionales y sociales del pasaje a la adultez. La escritura entonces arma ficciones legales en un doble sentido: 1) la ley no es más que una ficción en San Miguel de Tucumán 2) los textos montan dispositivos ficcionales en los que la ley se degrada. Esta doble modulación organiza una secuencia de lo apócrifo que acompaña el derrotero del “yo” Perrone, Gervasio y Antonio.

Lo apócrifo se vuelve capilar y atraviesa la fibra del lenguaje, los modos de contar. En los tres textos las cosas no son como parecen: un grupo de amigos es acusado falsamente de violar en manada a dos mujeres (una de ellas menor de edad); Gervasio convive en un hotel con Liliana como si fuera un matrimonio legal mientras subyace la explotación sexual y la violencia más atroz; el Rengo y Antonio juegan a la justicia en la siesta tucumana y llevan a las ladillas al banco de acusados: deciden no torturarlas ni fusilarlas siguiendo los derechos humanos; a la par un hombre asesina a su mujer y al amante de dos tiros en la cabeza y la boca. Las contradicciones afloran y vertebran una cadena de simulacros enfermiza.

Las ficciones legales vehiculizan el clima de violencia política previo a 1976; muestran la maquinaria enloquecedora del terrorismo de Estado alimentada tanto por las armas como por la ilusión de control sobre la vida y la muerte. Como un oráculo del por-venir, el hilo narrativo de Preso común comienza a enhebrar la trama el 24 de marzo de 1969. El 24 de marzo Perrone inicia el camino de los suplicios; en esa misma fecha, pero siete años después la Junta Militar propiciará el golpe más sangriento de la historia del país. Y, sin embargo, las condiciones para que ese acontecimiento se concrete ya han tomado forma en la escritura del Buby. Las cosas no son como parecen: los apodos reemplazan a los nombres de pila, las actas se labran sin sentido, la prensa tergiversa lo real, el progreso del tren esconde el hambre y la pobreza del interior, la clase media (la de los “trepanautas”) se sacrifica para formar parte de los “cajetillas”, los presos se hacinan como si fueran animales, lo que se llama trabajo es explotación, una seguidilla de sustituciones que anticipan la lógica del mostrar/esconder propia del poder desaparecedor[9]. Si la lengua no dice lo que tiene que decir y se aferra al eufemismo, entonces la ley es una gaceta que se usa para limpiar los vidrios de la ventana. La palabra está en crisis, se siembran fuera de estación y se enuncia como ironía. Cuenta Antonio en Días de reír…

La vida se desliza mansamente como el agua pura y cristalina de un arroyo. ¿Qué tal? La provincia de Tucumán marcha en busca de su destino de grandeza dentro del marco institucional señalado por quienes se tomaron el enorme sacrificio de gobernarnos. Todo es paz y alegría en los… bah, dejémonos de pavadas. Hay un hambre de la puta madre que lo parió, desocupación, miseria y proliferan los mendigos, sobre todo niños. Para solucionar esto, el gobierno los mete en cana. “Para que no demuestren una falsa imagen”.

Lo que archiva Perrone en la trilogía son los residuos adulterados de una ilusión: escenas como las de García (uno de los tantos locos de Preso común) canturreando, sonriendo en el Mercado de Abastos y con los bolsillos absurdamente llenos de papelitos.

La otra ley del género

La trilogía va de puntos: puntos que se usan, se gozan y se descartan a un costo muy alto; puntos que se explotan, se ofrecen, se poseen y luego se venden; puntos con los que se juega y se debuta; puntos que sirven para demostrar potencia y ganar respeto. En esta trilogía de puntos gana el que queda solo en medio del camino. Para el lunfardo, “puntos” refiere a:  Prostituta// persona cándida, crédula, ingenua, simple, individuo candoroso// persona innominada// hombre que mantiene una amante o querida o que paga los favores de una mujer// pederasta pasivo masculino// persona tomada como centro de una broma o burla// individuo de avería// (delinc.) víctima de una estafa o hurto[10]. Aunque aquí queremos que también sugiera un sistema de puntuación, una cruel competencia que pone al falo como ley del género.

Dijimos más arriba que la ley se configura en los textos como sistema de desprotección. Los papeles del Estado se degradan y no brindan garantía ni a procesados, condenados o libres (“¿Qué garantías hay de protección de la ley?” pregunta el Perrone de Preso común). Funciona según los intereses de padrinos o patrones que mueven los hilos de la madeja desde los centros neurálgicos del poder y allí arman arreglos, extienden redes de contacto, cobran o deben favores. Ahora bien, estas ficciones legales blindan el deseo masculino. Ofenden la ley jurídica, pero confieren garantías para consumar el orden patriarcal. La vida de estos hombres marcados por la cárcel y la exclusión se orquesta en torno a la acumulación de puntos[11].

Leemos la trilogía e inmediatamente las redes del patriarcado oxigenan las páginas[12]. Se posa sobre la educación sentimental de las infancias en Días de reír; se anuda en las tentativas por salvar el honor de dos mujeres violadas en manada (Preso común); impregna las demostraciones de poder de Gervasio, Alejandro y el Zurdo en Visita… (cafishos/dealers prontos a convertirse en patrones). Y en todas estas instancias lo femenino deviene sumisión, pasividad, obediencia. Insisto y remarco: es lo femenino y el cuerpo feminizado lo que modula la ley del género. Impera la regla de oro del cabaret: “en todo, primero los hombres”.

La “visita” mediada por la ley articula las relaciones de género en los tres textos. Ella se vuelve dispositivo estatal de control: codifica roles de género, establece lógicas del dar/recibir y pauta el estatuto de los cuerpos. En este control exhaustivo, lo masculino queda en posición de privilegio. Madre y tía abnegadas acompañan el peregrinar de Perrone por las comisarías de Tucumán. Lo visitan a sol y sombra, lo alimentan a pesar de las desavenencias económicas y acompañan por dos años y ocho meses en los suplicios del encierro. La contracara la juegan los puntos: María Isabel Acostas y María Mercedes Pena. Ellas no visitan, son visitadas. Un puñado de funcionarios policiales y judiciales recurre a sus servicios (“mujeres de conducta equivocada”, las llama el texto) y juntos mueven la máquina judicial para montar una causa por violación. Ya sean visitantes, visitadas o “visitadoras”[13], la ley interviene siempre para delimitar cuerpos disponibles (mercancía descartable) de cuerpos honrosos (configurados para cuidar y ser cuidados)[14]. Unos están codificados para uso y mercadeo, otros para damas acrisoladas y decentes.

El dispositivo “visita” sigue la misma lógica en los textos siguientes. Gervasio se entera por Juan que el mayor cafishio que hay en la provincia es el jefe de Policía. La ley media/habilita la compra-venta de los cuerpos descartables, transforma la visita en trabajo, (“Cuánto trabajo hay para una mujer que abre las piernas” exclama el dueño de una de las whiskerías próximas al casino), le pone tarifas (la visita de quince minutos y de frente, tres mil pesos; la francesa, cuatro mil y completo, seis mil) y convierte a los maridos en señores de la vida, la muerte, la producción y la reproducción de esos cuerpos (“estar preparado siempre: a defenderla a ella, que son tus intereses y tus derechos. Esto aún a riesgo de tu vida. Tendrás que darle una paliza cuando sea necesario, inclusive ella la buscará para saber qué clase de hombre tiene al lado suyo […] Están acostumbradas así”, le aconsejan a Gervasio).

La adolescencia y la juventud de Antonio ponen en primer plano el “debut sexual” como experiencia obligatoria. La barra de amigos visita el rancho de doña María Chiflada detrás de los cuarteles del Regimiento 19 de Infantería. La Flaca que los atiende es igual de esquelética que el caballo atado a varas que los transporta hasta allí. “Está medio desmejorada esa chica” dice el Payo; “Y… al frente está el regimiento”, le contestan. El cuerpo con el que se debuta ya ha sido marcado y abusado por el Estado; abuso en términos sexuales, pero también políticos: la pobreza y el hambre se cuela en la cama elegida para la “visita”. Explotada como un animal de transporte, la Flaca es carne de cañón para primerizos y experimentados. Como las burras que abren Días de reír…: “En invierno, por las mañanas me sentaba a la puerta de casa esperando ver pasar al cafishio de las burras, como le llamaban a un hombre que pasaba con seis burras muy tristes y resignadas”. El poder estatal ya separó lo valioso de lo descartable y devenir “hombrecito” es reutilizar lo que la ley del género ya pactó con anterioridad[15]

Y es que hay que hacerse “hombre” sumando puntos en la tabla de resultados que perfiló el patriarcado[16]. La trilogía escenifica el trayecto del héroe que educa su virilidad suprimiendo la ternura y asumiendo la crueldad como monedad del éxito. Es Gervasio que quema los recuerdos de la infancia para posicionarse como un triunfador (“tenés que grabarte en la cabeza lo siguiente: los sentimientos no corren, la lástima no corre, el miedo no corre”). Es Antonio que se desprende de la inocencia (“tenés que avivarte”, le reclaman constantemente) para comprender la violencia política e institucional, la desocupación y el hambre de 1974. Es Perrone involucrado en una farsa de puntos e iniciándose en los códigos feroces de un sistema penitenciario donde morir en la ley es morir a lo “macho” y donde los homosexuales “se hacen” a la fuerza, se renombran como “ella” y cumplen deberes de una mujer de hogar. Por eso las cápsulas de Seconal, la cocaína, el alcohol y sus derivados, los cigarrillos o los preparados con querosene y líquido para frenos. Todas ingestas de evasión que ponen la cabeza fuera, anulan el raciocinio y funcionan como inhibidores de un mundo de Hombres que pesa tanto y les lleva la vida.

Quien acumula más puntos corta el árbol. El libro de las visitas (Visita, francesa y completo) se inicia con la premisa de estar siempre acompañado (porque la ley le soltó la mano a Gervasio, Ramón Loyola y tantos otros expresidiarios). Esa premisa se acentúa a lo largo del texto y aflora como angustia desgarrada, como miedo a la soledad. En los últimos capítulos de la novela domina un diálogo delirante entre protagonista y fantasma. Gervasio habla solo y en su cabeza habita la voz de Pío (un amigo entrañable que conjuga el éxito sexual con el éxito material; consigue la calificación más alta en la carrera de los honores viriles y se suicida). La voz lo custodia, le dicta las reglas del cortejo, de la perversión sexual; lo insta a vengarse de quienes lo dejaron solo al conocer su situación de presidiario; lo empuja a que esa venganza se cobre en el cuerpo de esposas, hijas menores de edad, madres. Se desentiende (lo deja solo) recién cuando logra la puntuación más alta: “—Sos un hombre, Gervasio, ahora puedo abandonarte”. Como un susurro que recuerda que del mandato patriarcal no hay escapatoria, la voz de Pío se clausura para dar lugar al juego de las mutilaciones. El árbol del patio, el que lo reconecta con la ternura, la casa familiar, la madre; la copa del árbol que lo cobijaba y le menguaba la angustia, se tala. Para perpetuar la ley del falo y su pedagogía de la crueldad hay que mutilar. Sólo se suma puntos olvidando a los amigos, quemando las naves. La red está extendida y ahora ahoga los afectos.

Lectores salvajes y risas de loco

La primera vez que tomé contacto con la escritura de Perrone fue a fines de 2011 en la Editorial El Cruce Cartonero. Me sumé a este hermoso proyecto de la Asociación Civil Crecer Juntos cautivado por el cartón de sus tapas, la propuesta de intervención política de su gestión editorial y por los hacedores de los libros: niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad social con infancias e historias muy similares a las que narra el Buby. Al momento de incorporarme como voluntario, la editorial ya había publicado la reedición cartonera de Visita, francesa y completo con la colaboración y corrección de Maximiliano Cárdenas. Fue una gran alegría dar continuidad a la recuperación de un autor muy renombrado y poco leído. En efecto, hasta ese momento los textos que conforman esta trilogía se difundían sólo por un circuito de libros prestados, el boca en boca de la recomendación que no hacía más que enfatizar la ausencia de reediciones y achicar el público lector de los textos. La tarea fue inmensa: supuso digitalizar la obra (sólo accesible en papel), releerla una y otra vez, revisarla a la sombra de la edición impresa y corregir las erratas que se acumulaban en las versiones de Ediciones de la Flor. Así, en mayo de 2013, El Cruce Cartonero relanzó Preso común y Días de reír, días de llorar.

En una de las ferias por el interior de Tucumán programadas por la editorial, un hombre de unos cincuenta años aproximadamente se acercó a la mesa de libros. Al ver la reedición de Preso común, no dudo en llevársela. Había salido a comprar pan con poca plata en la billetera; volvió a su casa sin pan y con el libro del Buby bajo el brazo. La sorpresa fue mayor cuando unas horas más tarde reapareció en búsqueda de los dos libros restantes. “Yo tenía los libros de Perrone, pero los presté y no los volví a recuperar”. La falla del circuito de libros prestados es que con textos como los de Perrone no hay préstamo sino pérdida. Traía en una de sus manos el Preso común cartonero que había comprado temprano. Lo exhibió todo abierto, con la tapa de cartón arrancada: “Perdón, la tuve que sacar; me incomodaba en la lectura”. Nudo en la garganta y sensaciones cruzadas: felices de que los lectores se reencuentren con un autor inolvidable; pasmados por la voracidad de la lectura que se llevó puesto el trabajo artesanal y social de la propuesta cartonera.

Este conjunto de ficciones legales desgarra el cartón y exhibe a los lectores la violencia del orden jurídico. ¿Cómo no enajenarse si lo que se lee es el revés del Derecho, la injusticia de la Justicia, la ilegalidad de lo Legal?. Al barroquismo de la escritura jurídica, a las volutas huecas apiladas en las fojas del expediente, la imaginación literaria de Perrone responde con la lengua del desparpajo. Si la letra es inútil y está perforada de eufemismos, la escritura asalta la ley y la sobrescribe. Los múltiples “yo” que modulan estas ficciones legales incrustan la violencia sistemática e histórica de la ley tucumana en los causes de la literatura. Una vez allí, devuelven la violencia recibida, tuercen los folios y llenan los huecos en blanco con cuerpos hambrientos, torturados, consumidos, estigmatizados. El salvajismo se paga exhibiendo el salvajismo y llega a los lectores, los golpea, los conmina a una lectura bestial.

Comprender —entonces— que la lectura de Perrone implica un gesto incómodo en el que se anudan lo salvaje de lo narrado con la risa que descomprime. Entender que quien atraviesa las páginas de esta trilogía que hoy reedita el equipo de La Papa, no puede dejar de perderse el vértigo del nudo en la garganta. Advertir que el cuerpo se perturba en la lectura, los ojos no pueden creer lo que ven y, a pesar de ello, vuelven obstinadamente a la hoja. Quizás la conmoción de arrancar las tapas del libro tenga su continuidad en ese ritmo brutal que propone la escritura: un jadeo que entrecruza bronca con carcajada. Encrucijada que se parece a la risa contagiosa de los locos de Preso común: “[…] y al final de la reacción en cadena estaban todos riéndose a carcajadas, llorando de risa; una risa convulsa e hipada que les salía a los gritos […] Pero los locos se reían sin moverse, sin mirarse entre ellos y sin dejar de observar el techo”.

Si decide seguir adelante en la dinámica de los contagios pase la página y sumérjase en la lectura. Si decide no hacerlo, piérdase en las calles del Gran San Miguel de Tucumán y leerá allí el contrasentido de una ciudad que administra y pone en marcha ficciones de ley. 


[1] Las reflexiones que se anudan en este texto se disparan a partir de una premisa sugerente alojada en el “Prólogo a la edición cartonera” de Visita, francesa y completo (San Miguel de Tucumán: El Cruce Cartonero, 2011) escrito por Maximiliano Cárdenas: “Detrás de cada mito hay un recorte. El mito corre con doble ventaja: redondea cuentos biográficamente aceptables a la vez que nos ahorra la tarea de pensar”. Estas líneas encendieron el fuego de la escritura y motivaron la decisión crítica de sacudir el mito de escritor y echar a rodar la imaginación literaria de Eduardo Perrone.

[2] Eduardo Perrone falleció en un crudo invierno tucumano, el 18 de julio de 2009. Se lo encontró muerto al lado del vagón de tren en el que vivía ubicado en la intersección de las calles Crisóstomo Álvarez y Bernabé Aráoz. http://www.lagaceta.com.ar/nota/335791/Informaci%C3%B3n_General/Murio-Eduardo-Perrone-escritor-volvio-personaje-Tucuman-marginal.html. Consultado el 15 de febrero de 2021. 

[3] El documental de la fotógrafa y cineasta Peri Azar se encuentra disponible en la web: https://vimeo.com/81992151. Consultado por última vez el 10 de febrero de 2021.

[4] Si bien ese tono está presente desde que Perrone funda su vínculo con la escritura, Preso común se asienta en la dolosa peregrinación del “yo” en los engranajes de la justicia: “Lo que me ha quedado en limpio es que estuve dos años y casi ocho meses encarcelado, sufriendo y viendo sufrir horrores de toda especie”.

[5] Recomiendo fervientemente la propuesta de lectura que hace Isabel Aráoz al armar una serie de figuraciones de la ciudad tucumana en el campo literario de la provincia. A partir de un corpus de novelas escritas por Julio Ardiles Gray, Elvira Orphée, Tomás Eloy Martínez, Juan José Hernández y Eduardo Perrone lee las figuraciones del espacio urbano previas a las de Hugo Foguet en Pretérito Perfecto (1983). Observa el desconocimiento rotundo de la narrativa de Perrone por parte de Foguet (quien se jacta de fundar Tucumán en la literatura como lo hicieron otros) y cómo esa exclusión es significativa ya que evidencia una zona de la ciudad clandestina que Foguet decide no mirar. Ver Aráoz, Isabel. (2014). Pequeño Fuego. La escritura de Hugo Foguet. San Miguel de Tucumán: IIELA, Facultad de Filosofía y Letras, UNT.

[6] La editorial El Cruce Cartonero formó parte de las estrategias de inclusión en poblaciones de adolescentes y jóvenes de alta vulnerabilidad social de la provincia llevadas a cabo por la Asociación Civil Crecer Juntos. La presentación se realizó en el marco del VIIº Mayo de las Letras organizado por el Ente Cultural de Tucumán.

[7] En Alberdi, Juan Bautista. (2001 [1852]). Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, “Páginas explicativas de Juan Bautista Alberdi”, pág. 13. Consultado en http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcft8h9

[8] Gobernador de Tucumán entre 1952 y 1955.

[9] Tomo esta expresión de Pilar Calveiro quien en Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina (Buenos Aires: Colihue, 1998) analiza detenidamente la desaparición de personas como mecanismo y tecnología represivas. Allí sostiene que el poder muestra y esconde al mismo tiempo; exhibe una parte de sí en los desfiles y el sistema penal, a la vez que oculta otra en el control ilícito de correspondencias y vidas privadas, asesinatos políticos y prácticas de tortura. La desaparición continúa esta lógica y la explicita en el uso eufemístico del lenguaje en el que “desaparecer” sustituye a matar/torturar; se prefiere esta sustitución porque alivia la responsabilidad del personal militar, toma un matiz tranquilizador. 

[10] Tomo la referencia del Diccionario Lunfardo de www.todotango.com. Sitio declarado de Interés Nacional que creó y dirigió Ricardo García Blaya.

[11] ¿Cómo no releer a Perrone con las lupas interpretativas de estos tiempos? ¿Cómo no volver a pasarle el cepillo a los textos y echar luz sobre las liendres patriarcales?. Si los feminismos llegaron para quedarse, el gesto político que lo secunda es volver a los textos y rastrear el orden de género en los pliegues de la escritura. No se trata aquí de presentar/juzgar un Perrone con o sin perspectiva de género sino más bien de comprender que por debajo de la trama subyace una voz colectica, hegemónica, consensuada que entreteje un discurso de opresión sobre lo femenino. Ese orden discursivo se cuela en la trilogía y se articula con la ley y el Estado. Esas liendres (o ladillas, como le gustaría a Perrone) son las que interesan en este apartado.

[12] Escribo estas líneas mientras se confirma en La Falda (Córdoba) el femicidio de Ivana Módica (47 años) por su pareja Javier Carlos Galván (44 años), piloto de la Fuerza Aérea Argentina. Escribo y hace unas semanas el caso Úrsula Bahillo (18 años) -asesinada por su novio Matías Ezequiel Martínez (25 años), integrante de la policía bonaerense- conmocionó la opinión pública. Escribo y las Paolas Tacacho, las Ayelén Gómez, las Alejandra Benitez se siguen muriendo a causa de la negligencia de un Estado que aborrece lo femenino y se vuelve cómplice del femicida. 

[13] Adhiero al término “visitadora” más que al de “visitante” para constelar literariamente su significado con el “Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA)” que construye Mario Vargas Llosa en su novela Pantaleón y las visitadoras (1973), un sistema de visitas sexuales organizado y puesto en funcionamiento por el ejército para sus reclutas en la región amazónica.

[14] Esto queda muy claro en el fallo del Juez que Perrone incorpora como apéndice a Preso Común. Lejos de ser tedioso a la lectura resulta exquisito para desandar los estereotipos de género presentes en la Justicia tucumana de la década de 1970. Al inicio del fallo se explicitan las razones del proceso y se presenta a las denunciantes -María Isabel Acostas y María Mercedes Pena- como dos jovencitas universitarias “que, recién llegadas de otras provincias venían a consagrarse al estudio aprovechando el sacrificio de sus mayores para ofrendarles en compensación la satisfacción de un título que pudiera enorgullecerles y ser timbres de honor como damas acrisoladas, frutos de un decente hogar, y figurar en la sociedad como elementos de futuro porvenir, para actuar en ella al amparo de un apellido llevado con todo honor y altura”. Como contrapeso, más adelante y tras analizar el engaño de las mujeres se sostiene: “Hechos muy sugestivos para juzgar la conducta de las presuntas víctimas resultan también los informes médicos de fs. 645 de la Pena y de fs. 647 de la Acostas lo que según lo cual ambas al examen ginecológico presentan múltiples y antiguos desgarros de himen completamente cicatrizados, los que evidencian una actividad sexual anterior al hecho no acorde precisamente con el recato, pudor u honestidad que tratan de aparentar”.

[15] Son muy pocos los casos en que los cuerpos feminizados escapan al dispositivo “visita”. La “Catorce movimientos” es una de ellas: se sale de la red de prostíbulos y quilombos que orquesta la Gorda en Visita…porque “coge gratis”. “Estrella” es la otra: la niña que cautiva a Antonio en Días de reír… y juega a la casita con los chicos del barrio, elije a quién tocar y descarta a los que no satisfacen su deseo. No obstante, llama la atención el caso de Mara en Visita…, una chica trans que vive en el mismo hotel que Gervasio, Alejandro y el Zurdo, ejerce la prostitución y forma parte de la gran “familia” que construye la novela. Insisto, es interesante porque es la única integrante que puede concretar un proyecto de felicidad matrimonial dentro del texto. Gran paradoja: la que quiebra la norma heteropatriarcal con su disidencia de género encuentra marido, se casa con un gitano y se va de luna de miel. Como si lo heteropatriarcal estuviera desgastado, caduco y la disidencia fuera la norma para la felicidad, la novela abre un punto de fuga del lado de lo transgenérico y da cuenta del fracaso en los proyectos de familia fundados por el patriarcado.

[16] En lo que sigue dialogo con la propuesta de Verónica Juliano quien aborda la novela Visita, francesa y completo como resignificación de las características del género bildungsroman (novela de aprendizajes). Para Juliano, Gervasio Moreno debe des-aprender hábitos para iniciar el aprendizaje de los códigos de la delincuencia. Sostiene la autora que “lejos de toda interpretación pedagógico-moralizante de la realidad, [Perrone] busca la confrontación y el descentramiento de las fábulas de identidad urdidas desde el poder” (2015, pág. 7). Intento ampliar esa dimensión de las fábulas identitarias que urde el poder y pensarlas también en clave de género. Ver Juliano, Verónica. (2015). “Entre vagones y cartones: Visita, francesa y completo de Eduardo Perrone”. Actas Jornada de Jóvenes Investigadores. Instituto de Investigaciones Gino Germani. Facultad de Ciencias Sociales. UBA. Disponible en http://jornadasjovenesiigg.sociales.uba.ar/wp-content/uploads/sites/107/2015/04/eje-4_juliano.pdf

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *