Por Natacha Garbushian |
“Un escritor es alguien que siente
que está en situación de poder narrar una historia
en un suelo que reconoce como propio,
aunque ese suelo sea imaginario”
Grimanesa Lázaro publicó tres libros de narrativa, todos con la editorial Blatt & Ríos: Niña y Basurero (2021), El cuerpo de Viviana (2024) y su obra reciente Me dijeron que se llama Tadeo (2026). Participó en la antología 40º Narrativa tucumana contemporánea, publicada por la misma editorial. Nació en Tartagal, Salta, pero gran parte de su vida transcurrió en Tucumán. Hay confusiones para decir si es una autora tucumana o salteña. Es médica neuróloga, reside actualmente en Buenos Aires.
—Pasa mucha gente por mi casa, prima. Comen lo que deja mi mamá, usan el baño, tiran basura. Cansan.
Me dijeron que se llama Tadeo
Mi primer contacto con Grimanesa fue a través de su primer libro, Niña y Basurero. Me lo prestó una amiga, Clarisa Cruz —profesora de lengua, escritora y, sobre todo, gran lectora—; tenía brillitos en algunas de sus hojas, un señalador hechizo que parecía ser una mariposa de papel, y estaba anillado, aunque era el ejemplar original. Lo leí en Talapazo, un pueblo de pocas familias entre montañas tucumanas. El mismo día que lo abrí, lo terminé. Tomé una foto del libro en ese silencio sepulcral. A partir de esa lectura, insistí en tener en mi radar a la autora: una chica joven, norteña, contemporánea y que escribe prosa.
En Niña aparecen los vaivenes entre una madre que cría sola a Lucero (una hija con afecciones neurológicas) y un progenitor que revolotea en el discurso cotidiano, mientras ellas van a la cosecha para tener un mejor pasar. En Basurero se desatan habladurías y tomas de posición sobre un chico, Jonás: lo que puede y no puede el cuerpo de un joven. Estas dos nouvelles se condensan en un mismo volumen, su primer libro.
Su escritura aséptica, escabrosa y de un humor particular reaparece en sus obras posteriores, junto a personajes donde sus transformaciones hacen lo suyo. Sus voces narradoras son veloces, pero cuando reflexionan, los textos se detienen; la autora sabe perfectamente cuándo hacer uso de esos momentos.
El cuerpo de Viviana aviva todo tipo de guiños que en los territorios norteños conocemos muy bien; sin embargo, Lázaro asombra con giros inesperados que desatan obsesiones, escapadas, enamoramientos, enfermedades y trabajos en negro. El hermano de Valentino, un personaje entrañable, dice: «el viento caliente nos entraba por debajo del short». Esos calores que queremos y sufrimos se manifiestan en los lugares de sus narraciones —como El Manantial, Lules, S. M. de Tucumán, Salta, Tartagal, Mosconi, Salvador Mazza y Aguas Blancas—, para luego desbordar en la frontera con su relato Bermejo, en donde trabaja extraordinariamente la espacialidad, por momentos cinematográfica. En su reciente obra, Me dijeron que se llama Tadeo, la niñez retuerce, los diagnósticos clínicos exasperan y los muertos sobre los tractores chispean; quizás sea su trabajo más ajustado a la caladura emocional de los personajes, siempre situados acá, cerca:
Mi abuela, por su parte, quemó la torta, pero la decoró con merengue con lila, y mi papá consiguió pinches de acero para hacer anticuchos con corazón de vaca.
La autora hace pie en zonas y figuras reconocibles para quienes transitamos el norte del país; su habilidad radica en que, aun con paisajes naturales y sociales fáciles de asimilar, distorsiona los lugares comunes y nos hace dudar de lo conocido. Quizás sea ese uno de los motivos para considerarla una de las autoras destacadas de su generación —entre otros, por supuesto, que se atenderán en este ida y vuelta con ella—, comenzando por su reciente obra:
–Me dijeron que se llama Tadeo (2026) es tu último libro. Está compuesto por cuatro cuentos, donde lo que podemos pensar como lo fantasmal aparece en uno de ellos. Es tu primer cuento publicado donde los fantasmas dicen y hacen ver. ¿Cómo jugó eso en tu forma de escribir? Si bien el miedo y la tensión es algo que trabajás habitualmente, acá se inserta otra cosa.
Me considero una narradora realista con inclinación hacia lo siniestro. Casaquinta es el primer relato en el que aparecen fantasmas: tres, concretamente. Sin embargo, lo que me inspiró a escribirlo fue haber atendido a un piloto de Aerolíneas Argentinas que me contó que su primer trabajo había sido rastrear autos robados desde una avioneta. Cuando ingresó como piloto estable en la aerolínea de bandera, estaba contento no tanto por el sueldo como por la seguridad. La changa que hacía en la avioneta le parecía muy riesgosa.
A partir de esa historia se me ocurrió escribir sobre un accidente aéreo. Sus víctimas son los fantasmas del relato, pero yo quería que tuvieran contacto con personas vivas para explorar el conflicto entre los vivos y los muertos. Por eso situé el accidente en una propiedad privada, en una zona rural de Tucumán. Así pudieron entrar otros temas que me interesan: la casa embrujada; el hombre mayor que decide quedarse solo; los animales como seres sintientes, a los que no se puede calificar de buenos, malos o egoístas como a los humanos; la simbiosis entre lo oscuro y lo legal en los pueblos; las relaciones humanas y los textos bíblicos.
-En el último cuento, Eliana y Tadeo son madre e hijo y tienen un vínculo particular, por lo que regresé felizmente a Niña desde otro lugar. Hay un trabajo sobre qué implica curar, el goce y el daño, el prejuicio y la desintegración del mismo, lo intimista familiar. Eliana, su prima y Tadeo son personajes que me va a costar olvidar. No es una pregunta, es más bien abrir el hilo para que me cuentes cómo trabajás los pliegues de los personajes, que es algo clave en tus narraciones. Y hay un tema que retorna: las infancias.
Los personajes que son niños los he tratado con mucho cariño. Lucero y Tadeo tienen capacidades cognitivas muy diferentes, pero los dos se encuentran en un medio hostil. Creo que nunca sentí que Lucero, a quien le cuesta ir a la escuela, fuera infeliz con la maravillosa mamá que tiene. En cambio, siento que podemos ver a Tadeo sufriendo durante el relato, aunque no se diga de forma explícita. Él es el niño que lo entiende todo, incluso lo peor de nosotros, los adultos. Lo más probable es que haya habido una especie de evolución en mi escritura en cuanto a la construcción de los personajes.
Me atraen las infancias porque imagino sus mentes como una sábana blanca que se va manchando con lo que ven y escuchan de los adultos. Como el agua del río, que se va contaminando a medida que se aleja de la montaña. Tadeo es brillante, tiene gente que lo quiere y sueña con ayudar al mundo, pero no alcanza. Ese destino fue una decisión dolorosa para mí.
A su vez para lograr contar la historia creo que voy haciéndome preguntas simples sobre situaciones cotidianas entre el niño extraño y el tutor imperfecto, y de ahí surge el dolor recíproco.
–En tu narrativa —que vira entre cuentos largos, nouvelles o ese intersticio— las voces narradoras, en su mayoría (si no me equivoco, todas), están en primera persona. Afinás un tono impecable, de una profundidad muy interesante. ¿Qué encontrás en esa primera persona y no en otras voces?
Siento que un narrador en primera persona puede contarnos lo que piensa y a la vez hacerse responsable de su discurso. En un mundo donde es cada vez más difícil decir lo que pensamos en voz alta, mis personajes nos cuentan su cosmovisión en primera persona.

– “Bajé del carro. Miré de reojo entre las bolsas detrás de un montículo de podredumbre y vi piel”. Me remito a Basurero, pero podría hacerlo con varios de tus textos: los cuerpos ausentes, encontrados por otros ausentes. Como lectora, hago un recorrido social y político sin el panfleto en la mano; mucha de tu destreza narrativa está puesta ahí. ¿Qué tenés para decir sobre eso? ¿Influyeron en esa mirada los lugares donde te formaste y viviste, primero Tucumán y después Buenos Aires?
Siento que en todos los relatos a los personajes les falta algo. Más allá de cuestiones materiales, lo que les falta muchas veces no depende de ellos. Una madre sana, una rehabilitación adecuada, una última explicación, una prueba de paternidad, un viaje con los padres para conocer el mar, un oficio. Eso hace que estén presentes en algún momento para otros, pero también ausentes. Luego eso mismo lo sienten los demás personajes que los rodean y se vuelve un submundo de almas en pena que tienen que ser fuertes. La definición de la vida misma para muchos de nosotros. No importa nuestra posición social, edad, salud ni el lugar donde vivimos.
Mi juventud la pasé en Tucumán. Muchos profesores del secundario tenían estudios universitarios y un pensamiento independiente. Los profesores de idiomas habían logrado viajar al extranjero y te transmitían esa experiencia. El edificio ocupa casi una manzana y tiene pasillos, entrepisos ocultos, ascensores extraños, un gabinete de biología con frascos y microscopios. También tiene un teatro. Conocí gente de otras religiones y de todas las clases sociales. Era muy distinto de la población homogénea que ingresaba a Medicina por aquellos años, donde nadie te preguntaba demasiado qué pensabas sobre nada. Pero tuve la buena suerte de cursar materias de la Licenciatura en Letras en la UNT que literalmente me ayudaron a conocerme más a mí misma y poder mirar la literatura desde el hermoso punto de la academia.
En Buenos Aires, en cambio, me dediqué a trabajar día y noche en un sanatorio privado. Literal pasé como seis meses sin ver el sol (en la residencia entras de noche- a la madrugada, salís de noche) y me pasaron todas las cosas malas de la vida adulta. Estafas, explotación laboral, desarraigo, soledad, una guerra biológica (la pandemia), la muerte de mi abuela en General Mosconi en 2020. No son cosas de la ciudad, son cosas que nos pasan a todos en este momento de la vida. Pero obviamente mi relación con el espacio es distinta.
Que los textos no transcurran en la capital se debe a que quizás, en el fondo, todavía me siento una extranjera en la urbs. Un escritor es alguien que siente que está en situación de poder narrar una historia en un suelo que reconoce como propio, aunque ese suelo sea imaginario. Mis historias, por lo general, se sitúan en el norte, donde pasé la época más política de mi vida.
–El cuerpo de Viviana está compuesto por tres relatos extensos que comparten una misma cuestión: el infortunio de un accidente, que abre sucesos y varias capas de sentido. ¿Lo pensaste de esa manera? Es decir, ¿que giren los tres relatos en torno a ese eje común? Además, sobre todo los dos últimos cuentos comparten la construcción de personajes e historias solidarias a la principal con muchísima fuerza. Me dieron ganas de leer una novela larga tuya…
Nunca busqué un eje común, pero es cierto que me interesa escribir una historia a partir de un problema. Si volvemos al ejemplo del piloto, la historia de un hombre que se gana la vida como puede, al igual que tantas personas de otras profesiones, ya es interesante en sí misma. Pero para convertirla en un cuento hice chocar dos problemas: el de un piloto enojado por haber muerto en un accidente y el de un propietario todavía más enojado porque el avión cayó en su patio. A partir de ahí, la historia empieza a escribirse casi sola y admite todas las ramificaciones que uno quiera. El infortunio es un tema muy recurrente en mi obra. Lo más probable es que sea por vivir en Argentina donde podés perder tu casa después de una tarde de lluvia, pero también por ser médica. Vos estás sano y en un minuto podés pasar a estar enfermo. Ahora me estoy inclinando a escribir algo distinto por primera vez donde el infortunio no sea el eje principal. Un texto un poco más psicológico que recién estoy empezando.
-Tus historias se sitúan en el norte argentino, y algunas bordean y cruzan la frontera. En relación con eso, residís en CABA desde hace un tiempo. ¿Cómo es escribir más allá de CABA, estando ahí? ¿La distancia termina siendo útil? El extrañamiento, en el sentido de tener un pie en lo cotidiano y otro afuera, tiene sus complejidades, pero imagino que, en su mayoría, resulta beneficioso para tu escritura.
Escribir desde CABA es complejo en cuanto al tiempo. Es una ciudad costosa, por lo general uno trabaja y viaja muchas horas al día. Extraño, por ejemplo, el corte de las actividades durante la siesta, porque acá uno hace cosas sin parar hasta las siete de la tarde, cuando ya cae la noche. A su vez, la oferta cultural es impresionante en todas las artes. Cualquier artista se beneficia de ver cosas así y de poder intercambiar opiniones con personas muy formadas. Más que el extrañamiento por la distancia creo que aprendés a valorar otras cosas de la tierra natal. Y justo el NOA es la cumbre de las cosas amorosas y las extrañas.
-Recuerdo una tarde hermosa en S. M. de Tucumán en la que tenías que hablar del “oficio del escritor”. Vos tenés un trajín a diario en los pasillos de hospital, tu conocimiento médico se enclava en cómo narrás ciertos temas en tus relatos; contame sobre ese diálogo entre una cosa y la otra.
Mi profesión tiene mucho que ver con mi escritura porque al ser neuróloga yo dedico la mayor parte de mi tiempo a escuchar historias. Para ser un buen médico de consultorio hay que tener calle. Uno no tiene que saber sólo de medicina sino de profesiones nuevas (una paciente mía de veinte años maneja un casino online), los caminos que te traen al hospital, procesos de fabricación, animales, adicciones, terapias alternativas. Hay dos preguntas muy sencillas que abren el mundo de una persona en una consulta: con quién vivís y a qué te dedicas. Después tenés que poder sostener esa conversación. En poco tiempo tenés que sacar toda la información posible. ¿Será que tengo imaginación para escribir? A veces pienso que es lástima, alegría, enojo, impresión por algunos relatos de los pacientes y que esos sentimientos me impulsan a escribir cosas.
– Venís con un ritmo ágil de publicaciones: Niña y Basurero en 2021, El cuerpo de Viviana en 2024 y Me dijeron que se llama Tadeo en 2026. Los tres salieron con la misma editorial, Blatt & Ríos. Seguramente hay un vínculo construido con tus editores. ¿Qué cuestiones te llevan a continuar y apostar por la misma editorial? ¿Te sugieren por dónde seguir?
Yo admiro a la editorial. Quisiera estar al nivel de los editores que también son escritores. Son poetas muy reconocidos. Para mí la poesía es el género literario más difícil. Yo nunca la he escrito. Me parece que uno tiene que publicar en los lugares por los que siente admiración. Publicar nunca me ha sido fácil. Sí, me mudé a Buenos Aires, pero soy muy autocrítica y muy desconocida en el mundo de la cultura. Nunca gané un premio importante. A Damián lo conocí en el año 2011. Niña se publicó en 2021, me llevó diez años que un texto se publique con ellos. Para mí fue como pasar de cero a las grandes ligas. Desde entonces, siguen intentando que escriba mejor, y eso también es una apuesta de su parte. Invierten tiempo en corregirme y asesorarme incluso antes de que un texto esté terminado; además, durante todos estos años me orientaron en mis lecturas. Esa relación no me permite instalarme en la comodidad: cada vez quiero escribir algo mejor. No doy por sentado que vayan a publicar nuevamente un texto mío.
– Para cerrar, poniéndote en el lugar de lectora, ¿cómo ves la escena literaria del NOA?
Siento que están mejor que nunca. Que hay editoriales, hay lectores, hay crítica literaria, hay eventos, hay conciencia de edición. Así como admiro a mis editores siento orgullo no por personas del NOA, sino por obras literarias publicadas en los últimos años. Por proyectos literarios como el FILT, como esta revista cultural, las ferias de libro en las distintas provincias. ¡Los premios! Las temáticas de las antologías. Arde el carnaval de Gerania (2026) logró reivindicar un tema nuestro. Pero volviendo al tema del cholulaje quizás eso nos falte. Un buen concurso local con un premio importante. En dólares. Me parecería divertido que exista. Un buen concurso municipal.
Me dejó elegir con qué quedarme de la colecta. Le pedí el machete. Llegué a casa a la tarde, haciendo ruido con el machete sobre el pavimento. Cuando mi mamá me pidió explicaciones, solo le dije que era mi día libre y que había salido a tomar. Creo que no supo que decirme. Yo era una mujer grande.
Grimanesa Lázaro (Tartagal, 1991) estudió Medicina y Letras en la Universidad Nacional de Tucumán. En el 2015, participó de la antología 40º Narrativa tucumana contemporánea, publicada por la editorial Blatt & Ríos. En el 2017, se mudó a la Ciudad de Buenos Aires donde actualmente se desempeña como neuróloga. En el 2018, su libro de cuentos Camión resultó finalista del Premio Ficciones (Ministerio de Cultura). En 2021 participó en la antología Casas Remotas de Faltaenvido Ediciones y publicó su primer libro con la editorial Blatt & Ríos, Niña y basurero. En 2024, publicó su segundo libro con la misma editorial, El cuerpo de Viviana. En 2026, Me dijeron que se llama Tadeo, completó su trilogía. Actualmente tiene una columna mensual en La Agenda, revista cultural.

Natacha Garbushian. 1986, Concepción, Tucumán. Licenciada en Ciencias Políticas y Magíster en Antropología Social. Escritora, docente e ilustradora. Vive en Amaicha del Valle desde hace nueve años. Integró la Antología Pucará de las Letras y publicó Terciopelo Negro (2025) por Funga Editorial. Participó como ilustradora en Flor de Luna Ciclicidad Consciente, además de realizar la tapa del primer número de la revista Mapik. Forma parte del Taller Literario de Mujeres de la Biblioteca Popular Rafael Castillo (Santa María, Catamarca).



