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Ocho días de escape: crónica sobre la Feria del Libro de Jujuy

Por Santiago Lucas Guevara |

“Sapo de otro pozo”

Es lo que me repito como mantra vespertino al llegar a la Terminal de Ómnibus de San Salvador de Jujuy, un jueves a las 7 de la tarde pasadas. Habíamos salido con Victor Aybar de Catamarca más de 12 horas antes, por lo que el amanecer nos agarró detrás de la ventanilla del colectivo.

En mi cabeza seguían retumbando las palabras autoinflingidas: Sapo de otro pozo. Mi llegada a la Feria del Libro de Jujuy fue una cuestión de pura casualidad de la mano de mi amigo Andy Acuña, editor de Funga, con quien ya he trabajado en dos ediciones de la Feria de Santiago del Estero. Ni él ni ningúnx otrx editorx de la provincia se encontraba en disponibilidad para asistir, por lo que me propuso cubrir su lugar. Es así que el síndrome del impostor me picaba doblemente: No soy editor ni soy santiagueño. En mi carácter de artista visual tengo cierta familiaridad con el ambiente, ilustrando tapas de ejemplares diversos, sin embargo sigo sintiéndome ajeno.

Mi cuerpo llegó antes que mi mente a San Salvador. Mis manos cargaron los bolsos, abrieron la puerta del uber que Victor había pedido, luego las del hotel Gregorio I, llenaron los datos y mis pies me llevaron a la habitación mientras mi cabeza seguía en camino. Nos separamos con Victor en el ascensor de la recepción y ya nos veríamos al día siguiente. El resto de aquella tardenoche apurada transcurrió entre acomodar ropa, bajar a comprar un botellón de agua y recorrer las calles  del centro jujeño, con gran parte de la gente que se hallaba en el acto cúlmine de las Fiestas Patronales en la Plaza Belgrano. De camino hasta ahí hice una pausa en una pequeña exposición de pinturas ya en pleno desmontaje, aunque el artista me invitó a pasar sin problemas. Como es natural en esta pre-primavera el clima es más traicionero que nunca, por lo que mi camisa manga larga poco hizo para protegerme del frío hasta que pude volver al hotel con un pancho que haría las veces de cena. No me desvelaré, me dije a mí mismo. El viernes daríamos inicio a la Feria.

La mañana llegó pronto para ser una noche tan larga. Mis siguientes horas estuvieron pintadas de ansiedad ya que a diferencia de lxs demás expositorxs no traía libros conmigo, estos en teoría debían llegar por correo antes del mediodia. Me comuniqué con Pablo Espinoza, escritor y editor de Almadegoma, a quien debía llegar la caja con los libros. En tanto no tuviéramos noticias del correo no había más por hacer, así que me tomé el resto de la mañana para seguir en mi suerte de “turismo light”, visitando entre otros lugares el Museo Histórico Provincial. Al rato nos escribimos con Victor para encontrarnos en el almuerzo. 

No fue sino hasta las 3 de la tarde que llegué a montar el stand de Santiago del Estero con las pocas cosas que traía: Unos fanzines de Funga y algunas producciones mías. También fue recién en ese momento en que me crucé con algunas caras conocidas de ferias anteriores, y al fin pude conocer personalmente a Meliza Ortiz: poeta, responsable de la organización y de que yo estuviera ahí. La caja de la discordia llegó un rato después, pudiendo así armar la mesa dignamente. Aquel primer día llegó y pasó entre saludos breves, ventas y miradas furtivas a mi alrededor. Sapo de otro pozo.

De intruso en el Cabildo

Entre las primeras impresiones que puedo rescatar me sorprendió la escala tanto de la propia feria como del espacio donde ésta se desenvuelve. El Cabildo Histórico de San Salvador se alza en su solemnidad colonial, blanco y austero, o al menos las fachadas y algunas salas que quedan del edificio original. Ahora resguardan en su interior imponentes y modernísimos cuerpos de hormigón, vidrio y metal que se alojan entre los diversos patios. El contraste entre identidades arquitectónicas genera una escena de irrupción que roza lo surreal, coronada por una majestuosa instalación escultórica de personas, animales y carros de concreto que desfilan congelados en el tiempo a lo largo del patio principal, un homenaje sublime al Éxodo Jujeño.

El sector en donde nos encontrábamos era un rudimentario pasillo entre paneles ubicado debajo de la biblioteca, un prisma gris monumental que se suspende besando apenas con algunos pilares la superficie del estanque lateral, de donde surgen las figuras de la instalación. Allí conformábamos los stands de editoriales de Salta, Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero, Catamarca, Córdoba, La Coop (Buenos Aires) y dos stands de Bolivia: uno de ejemplares varios de la librería La Audacia y otro de historietas e ilustraciones. 

Durante la jornada inaugural apenas pude hacerme tiempo para recorrer más allá de nuestro espacio. El caudal inicial de gente fue, a falta de mejor expresión, intimidante, aunque al llegar el lunes se redujo considerablemente. A esta altura ya se hacía imposible esconderme detrás de mi timidez, por lo que poco a poco fui entablando conversaciones con mis nuevxs colegas. De ellxs tengo más familiaridad con Victor, quizás por conveniencias geográficas, aunque quien finalmente logra atravesar mi barrera silenciosa es Eli Soto, editora de Cronopio y vecina de stand. Gracias a ella pude poner un mantel en mi mesa, como para disimular tanta austeridad en comparación a lxs demás. En cuanto a ellxs, la confianza fue fluyendo gradualmente entre mates cómplices y vigilias compartidas.

Es curioso cómo el tiempo corre distinto fuera de casa y de mi Valle. En las mañanas después de una ducha rápida bajaba a desayunar en el comedor del hotel, donde ya se encontraba Constanza (Conti) con una taza de café negro a la mitad.

Nos disponíamos a charlar de nuestras vidas, pasiones y anhelos, apreciando las réplicas de los Ángeles Arcabuceros que nos vigilaban desde las paredes mientras nuestros termos esperaban ser llenados con agua caliente, elíxir que nos mantendría con vida el resto de la jornada. Cuando me quería dar cuenta ya faltaban 20 minutos para las 9, subía a buscar mi mochila y partíamos cruzando cuadras del aire helado regalo del amanecer. El Cabildo nos recibía y el mundo se hacía más chico por unas cuantas horas, al menos hasta el mediodía. 

A partir de nuestro tercer almuerzo furtivo en El Club de Grace, ex Club Boca Juniors, en aquellas pausas entre mañanas apuradas y tardes perezosas, nos dábamos el lugar para conocer un poco de las historias personales de cada unx. Eli es de Jujuy, además de la editorial tiene su emprendimiento de cuadernos artesanales, por lo que manteníamos una rivalidad amistosa. Paloma es de Chile aunque hace unos años reside y estudia en Buenos Aires, y se encontraba representando a La Coop. Conti venía desde Tucumán con ejemplares varios de su librería, además de publicaciones de editoriales de la provincia y títulos editados por ella misma. Dardo se encontraba de parte de la editorial Nudista de Córdoba, mientras que Rolando iba y venía de Salta, a poco más de una hora de distancia. Wara, Meli y Marco venían desde La Paz en Bolivia y nos contaban de la larga travesía cruzando la frontera por Villazón a La Quiaca. Wara con los grandes tesoros de su librería, Meli y Marco con historietas, stickers y posters de colores explosivos, que para mi fascinación eran ilustrados por él. 

Las tardes eran otro tema. Después de sobrellevar la quietud de la siesta con algún que otro turista merodeando entre la curiosidad y la indiferencia, al rozar el sol el contorno de las montañas del oeste, la gente salía más animada de sus hogares y trabajos. San Salvador nos recibió con una calidez casi primaveral, aunque el invierno se acordó de nosotrxs por el resto de la duración de la feria. Entre las diversas figuras santas que recorrieron nuestro pasillo destaca una señora que andaba vendiendo tejidos y a quien le debo la integridad de mis manos gracias a sus guantes de lana de llama. Hacia mitad de semana nos frecuentó una mujer con sus tortillas rellenas a la parrilla y un chico con medialunas y demás cosas dulces, ambos responsables de nutrir nuestros cuerpos y almas, mates de por medio. En este sentido debo agradecer la compañía mutua con Eli, Ana Jara y Pablo Espinoza. El panel que separaba nuestros stands se volvió testigo de una ruta de contrabando entre mates, chismes, humor negro y diversos panificados.

Por las noches, si teníamos un día medianamente productivo, nos dábamos el lujo de ir a algún bar. Las mesas largas ensambladas se volvieron rutina considerando que éramos al menos 10 personas por vez, y la promesa de una birra y un plato de comida caliente para culminar cada jornada era algo que mi cuerpo y mente agradecían. Finalmente llegaba al hotel, cerraba los ojos y el ciclo se repetía al día siguiente, a veces con más frío que antes.

Cada tanto me daba una vuelta por los alrededores de mi stand, chusmeando títulos y garabateando en un anotador que me regaló Wara junto con un botín de libros de arte, historia y literatura que compré para compartir con Luisina, mi mejor amiga, como parte de nuestra tradición como ñoños artistas. En cuanto a impulsos más egoístas me he guardado un ensayo escrito por la artista plástica y tejedora Elvira Espejo, así como una antología de cuentos y unos stickers ilustrados por Marco. 

Siguiendo en esta vena artística, en uno de los breaks después del almuerzo hicimos un recorrido rápido por una muestra pictórica que se había inaugurado el día anterior en Culturarte, un gran edificio en diagonal a la Plaza Belgrano. También pasamos por el Salón de la Bandera en el Palacio de Gobierno, aunque no nos quedó tiempo para visitar el Centro Cultural Lola Mora, donde se alojan sus majestuosas esculturas de mármol que antes custodiaban el Palacio y otros espacios públicos de la ciudad, y que ahora se revelan solamente a los ojos de quienes puedan pagar un módico precio por entrada.

Durante la mañana del jueves se hizo notar la ausencia de Wara. Marco y Meli nos habían comentado que ella volvería a la tarde, ya que había cruzado hasta Villazón para buscar más libros que le enviaron por correo desde La Paz.

Los últimos dos días de feria acompañaron la locura venidera a San Salvador: La Renga daría un recital en la Ciudad Cultural el sábado a la noche, así que desde el viernes ya se podía apreciar el amontonamiento inusual en las calles. Cantos, banderas, flequillos, crestas y remeras estampadas decoraban las veredas mientras los autos avanzaban a paso de hormiga, las bocinas sacudían la helada de la tarde y los acentos de todas partes se peleaban por el protagonismo.

Aquel viernes también daba inicio con el stand de Catamarca completamente vacío, ya que Victor tuvo que volver antes de lo planeado. La noche anterior le hicimos una despedida rudimentaria en Django, una casa-bar cerca del hotel, con algunxs de lxs expositorxs. Fue una velada de risas y anécdotas peculiares, aunque en el fondo no pude evitar sentir una cierta tristeza sabiendo que ya se acercaba el final de la aventura. Con días tan cargados mi percepción seguía llevada por la confusión, un paso del tiempo perezoso y rápido a la vez.

Libros, mates y despedidas

El cierre ya se palpitaba con fuerza desde la noche del viernes, en la antesala a lo que sería el octavo y último día de feria. La madre de Conti había llegado de sorpresa desde Tucumán, y en lo que volvíamos del Cabildo ellas, Paloma y yo, pasamos por una pizzería. No había planes concretos para aquella noche (de hecho luego nos llegó un mensaje de Meliza convocándonos a un bar), pero nos ganó el hambre y el cansancio. Pedimos dos promos de pizzas con limonada, invitadxs por la madre de Conti entre recuerdos e historias de juventud. Volvimos al hotel con la promesa de un descanso garantizado, aunque antes de siquiera apoyar la cabeza en la almohada me dispuse a acomodar mi ropa: El sábado debía dejar la habitación.

A la mañana me desperté un poco más temprano para darme una última ducha y terminar de armar el bolso. Naturalmente al estar la ciudad llena los hoteles se encontraban colapsados, por lo que debía desalojar antes de las 11. Lo bueno es que el otro hotel queda solo a unas cuadras, justo frente al Parque Lineal del río Xibi Xibi. Bajé a desayunar con Conti y su madre una última vez, busqué mis cosas, dejé la llave en la recepción y me fui caminando. En cierta forma esta movida me sirvió para aminorar (o por lo menos dosificar) el golpe de la inminente despedida, que ya venía anticipándose desde la partida de Victor. 

El otro hotel me quedaba más cerca del Cabildo, así que simplemente dejé mis cosas y volví a salir en unos minutos. San Salvador andaba caprichoso, recién cuando ya estábamos a punto de terminar el sol se dignó a salir y calentar un poco el pavimento. Al tocar horario corrido, cerca del mediodía empezamos con los preparativos y la logística para el almuerzo. En el que fue el stand de Catamarca ahora se había instalado Pablo Donzelli de La Papa (Tucumán), manteniendo así la armonía general de los stands llenos, tanto así que me sentí un poco avergonzado. Desde el principio no tuve muchos libros para exponer, y con el pasar de los días fueron volando, por lo que mi mesa se encontraba rozando el minimalismo. Me despedí del mantel que me había prestado Eli, ya que ella retiraría sus cosas temprano. 

El resto de la tarde después del almuerzo estuvo definitivamente más ocupado, entre la gente que aprovechaba su día libre para pasear, quizás sabiendo que sería el cierre, además de turistas y fanáticxs de La Renga que daban algunas vueltas para dejar correr el tiempo. Poco a poco me fueron quedando sólo algunos ejemplares, además de mis cuadernos y los pocos stickers que la gente no se llevó. Tomé una última chance de visitar el stand de Wara, que estaba siempre lleno, para comprar un libro al que le eché el ojo desde que llegó en el reabastecimiento del jueves: Es sobre la iconografía de Jesucristo en el imaginario popular. No me considero creyente, aunque mi devoción reposa en el poder social de la imagen. 

La noche llegó demasiado rápido, ante la sorpresa de nuestras miradas exhaustas. La Feria del Libro de Jujuy estaba llegando a su fin de un modo quizás anticlimático, quizás a la par de esta crónica. El espectáculo y el ruiderío de la gente se oían distantes en el escenario del patio trasero, y solo ojos pasajeros  y distraidos fueron testigo del momento en que comenzamos a guardar nuestras cosas. Los saludos finales se sintieron menos como tal y más como un hasta la próxima, a sabiendas de que al menos a varixs lxs volvería a ver en la Feria de Sgo. del Estero, en unas semanas. Ante el apuro y el cansancio general, algunas despedidas fueron un simple apretón de manos o un gesto a la distancia, mientras nos alejábamos abandonando aquel viejo Cabildo que nos cobijó durante ocho días de locura. 

Caminamos con Eli charlando sobre nuestras conclusiones, ventas y asuntos triviales. La Renga había empezado a tocar hace un rato, así que las calles estaban casi vacías en comparación a las horas anteriores. Aquella larga feria terminó oficialmente en el momento en que nos saludamos con un abrazo frente a mi hotel, su colectivo iba a pasar en cualquier momento cruzando el Parque Lineal. A ella tampoco le gustan las despedidas.

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