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ISSN 2684-0626

 

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La calma que rodea lo inevitable: reseña de Una fe simple de Sol Aliverti

Por Eugenia Campero |

Podríamos empezar por el final. Y no me refiero al final de la vida, que es de lo que trata Una fe simple, la novela de Sol Aliverti que se incorpora al Catálogo Narradoras de la Editorial La Papa. Hablo del final de la novela. A una página de cerrar el libro, antes de acariciar el lomo pensando en lo que acabo de leer, Sol le pide a la vida que no le muestre lo que fue ni lo que pudo haber sido. Que la mantenga en la ignorancia de los posibles destinos. Justamente, saber que la muerte está por venir es la clave en torno a lo que todo acontece.

Decir, sin embargo, que es un libro que habla de la muerte, sería una equivocación. El escenario se despliega sobre los momentos que la anticipan, en la “crónica de una muerte anunciada”, cuando la noche ha perdido su misterio y todavía hay una luz dorada que desnuda la belleza delicada de lo inevitable.

Una fe simple es por momentos una novela, y por otros, una serie de pactos: con la muerte, con el lenguaje, con la memoria y con el lector. Hay una amabilidad latente en el lenguaje, en la manera de relatar el tiempo en que la vida empieza a encogerse hasta desaparecer. Y esa gentileza del tono, de la voz que la mente elije para leer desde los primeros párrafos, se traslada al personaje principal —una joven voluntaria en un centro de cuidados paliativos para pacientes terminales— y al ánimo que elige para hacernos atravesar con ella la historia. “El lenguaje sirve para que el horror no revele su esencia”, dice la autora. Quizá porque la belleza es una forma de amabilidad. No hay golpes bajos, ni crueldad. No se regodea en el lamento ni se empantana en la tristeza. Permite que la contemplación tome las riendas para detenerse en reflexiones de profundidad filosófica sin dejar de apuntar a lo que va a contar: Resulta que Ana, su mejor amiga, también va a morir. Así de simple. Como la fe.

Ana aparece con el relato algo avanzado, como si para enfrentar el hecho hubiera sido necesario prepararnos, calentar el músculo para no lesionarlo. Hasta entonces nuestra protagonista nos ha mostrado el funcionamiento del hospice, nos ha situado sensorialmente, como invitados a recorrer la casa y conocer a sus habitantes y el lugar que ocupa cada cosa: el dolor, la biblioteca, la fatiga, el televisor, las reglas de Dios. La prudencia en el manejo de las luces, los olores, lo dicho y lo callado, se traslada al ritmo narrativo. Ya no hay urgencia. Domina una calma decidida a poner la atención en lo que el otro necesita. No me parece casual que en ningún momento conozcamos el nombre de la protagonista. Y en ese punto descubro una clave posible: ella somos o seremos todos, si en el mejor de los casos nos toca quedarnos a apagar la luz. Ser testigos de la partida de seres queridos es una parte del contrato de la vida que requiere nuestra presencia para poder cumplirse. Nos muestra lo inevitable desplazando el foco del hecho hacia la actitud, hacia el cómo: lo que importa es el modo en que miramos a la muerte llevarse a los nuestros.

Una paciente, Laura, dispara en ella un proceso que es la base misma del duelo: volver concreto lo abstracto, singular lo general: la casa es el lugar donde Laura, no simplemente alguien, sino Laura, va a morir. 

Entonces no sorprende que, más tarde, conocer a Ana sea también conocer su casa, su gato, su madre, las amigas de la infancia. La autora ha dejado claro desde el principio que las circunstancias no son un detalle y que los relatos en primera persona pueden, a veces, hablar exclusivamente de otros. “Eso de que escenas de la vida pasan delante de los ojos durante la muerte, es también para los vivos” dice, y la novela lo demuestra. Hay un testigo sensible y la conciencia plena de que las personas existen también a través de las cosas, lo que las vuelve importantes. Una planta no es lo mismo que esa planta que Ana toca con los dedos cada vez que entra a su casa. Y no será lo mismo luego de que Ana no esté.

En un disclaimer que refuerza la hipótesis de la autoficción, la narradora pone en duda la fidelidad de sus recuerdos. Dice: “No sé si las cosas fueron tal como las cuento. Estoy intentando recordar con la fantasía de que ella pueda conocer lo que pasó el día de su muerte y lo que pude entender a partir de eso.” Y luego confiesa que “este es el método que encontré para hablar con los muertos”.  La literatura se presenta como una forma de comunicación que rompe los límites de la vida, un sitio donde resguardar lo que ha quedado. Una respuesta que este libro daría a la pregunta “¿para qué sirve la literatura?” sería, probablemente, esta: para “prolongar la vida”.

Y más allá de cuánto hay de verídico o imaginario, aquí estamos, en cuanto lectores, no solo zambulléndonos en el pacto ficcional, aceptando como verdadera la realidad que el relato construye, sino reconociendo en cada hecho una verdad para la propia existencia: que eso que cuenta ya nos pasó, o nos va a pasar.

“Creo que al final, a ella la verdad ya no le importaba. Como a todos.” Bueno, a la literatura tampoco.

 Ahora vamos al principio. Cuando dije que Sol Aliverti le pide a la vida que no le muestre lo que fue ni lo que pudo ser, no confundí autora con narradora. Tampoco asumí una autoficción, aunque pudiera serlo. Cuando leemos una historia nos identificamos con los personajes, nos apropiamos de las emociones. Mientras corren las líneas todo es real. Por momentos ella era yo, y Ana era Josefina, mi amiga que también murió joven. El pecado, ya confesado, pasa a ser otro. Es entender esa plegaria como una máxima universal, aunque sea otro quien la pronuncie, moviendo los labios por nosotros. Solo ella sabe lo que fue, y yo solo imaginar lo que pudo haber sido. Mejor que el saber le deje algo de espacio a la fe, aunque más no sea una fe amable, simple.


Sol Aliverti Nació en La Falda, Córdoba, en 1982. Es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid. Fue becaria en dos oportunidades de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI, 2009–2012) y del Fondo Nacional de las Artes. Fue editora de la revista cultural La Central y ha publicado en diversos medios, entre ellos La Central, Anfibia, Asia Sur, Ciudad X, La Voz del Interior, La Mañana de Córdoba, Revista Lento (Uruguay) y Diario La Estrella (Santiago de Chile). En 2015 obtuvo el primer premio del concurso nacional Crónicas Interiores, organizado por la Universidad Nacional de La Plata, Revista Anfibia y la Universidad Nacional de Córdoba. Publicó El gran río (Borde Perdido), fue seleccionada en el concurso que dio lugar a la antología Desmadres (Fondo de Cultura Económica), sacó una novela reciente llamada Una fé simple (La Papa, 2026) y tradujo Pedagogía del silencio, del poeta africano Amosse Mucavele. Actualmente trabaja como comunicadora y editora en el Museo Evita Palacio Ferreyra.

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