Suscribirme

ISSN 2684-0626

 

Aquí podés hacer tu donación a La Papa:

Libros Tucumán es una librería especializada en literatura de Tucumán ubicada en Lola Mora 73, Yerba Buena – Tucumán. Visitá su web: https://librostucuman.com.ar/

 

 

 

 

 

Lino es una distribuidora de libros con perspectiva crítica y un espacio web para la recepción del catálogo. Se hace en Santiago del Estero, Argentina. Visitá su página: https://linolibros.com/

Felices 10 años FILT

Por Meliza Ortiz |

CUANDO YO CUMPLÍ 10 

Cuando yo cumplí 10
me hicieron una torta que estaba buenísima.
Tenía forma de una galera de mago
toda blanca y rosada
y de ahí le salían estrellitas doradas
en forma de varita mágica.
A mí nunca me gustaron mucho los magos
porque siento que todo el tiempo mienten y ocultan cosas. No hacen magia de verdad.
Sin embargo, una vez uno, el mago Good Ben, me hizo creer que me estaba haciendo desaperecer el vestido en el cumpleaños de Juan Manuel Arias, el hermanito más chico de Bruno Arias. Y todos se reían.
Era un vestido blanco a lunares negros que me había cosido mi abuela Antonia.
Me dio mucha vergüenza pero pensé que como el cumpleaños quedaba al frente de mi casa, hubiera podido salir corriendo a ocultarme o a ponerme otro vestido y volver.
Qué cruel ese mago de moda en los cumpleaños de los niños jujeños de principios de los noventa.
Él y Rupi y su teclado.
Cuando yo cumplí 10 ya no era vecina de Juan Manuel.
Nos habíamos mudado a una casa grande, hermosa y solitaria en la otra punta del pueblo
y ahí yo me volví una niña lejana, casi inalcanzable.
Ya no había vecinos cerca.
Y sí pensaba en que uno o dos años atrás, Bruno, que todavía no cantaba ni tocaba la guitarra y nadie aún le decía «el Dormidito» ni «Changuito volador», sí tenía muchas figuritas del álbum de Italia 90 y tocaba la ventana de mi  casa para intercambiármelas. La más difícil era la de la copa.
Cuando yo cumplí 10
estaban casi todos mis compañeritos del grado,
que habían venido a El Carmen desde San Salvador.
Dos me regalaron el mismo perro de peluche.
Uno me lo regaló Nico Sierra y el otro no me acuerdo quién.
Los habrían comprado sus padres en la juguetería San Pablo.
Si tenían los párpados levantados y los labios de arriba del hocico para abajo, eran buenos.
Si les bajabas los párpados hasta la mitad de los ojos y les levantabas los labios para que mostraran los dientes, se hacían malos.
Yo de noche los dejaba en modo malos
y los ponía de custodios en la puerta de mi dormitorio, del lado de afuera.
De la torta con forma de galera, creo que también salía un conejo.
Tenía de esas velas tipo bengala que eran como toda una novedad.
Me gustaba la torta pero al mismo tiempo no la había elegido yo y yo me preguntaba, al mirarla: ¿qué es la magia? Aún hoy me lo pregunto, y un poco medio que salgo con esa cara en la foto.
En ese cumpleaños fue la primera y la única vez que pusimos la mesa larga en la galería de adelante de la casa.
Me acuerdo que en la foto salía Agustín, el hermanito de Ana, que después se hizo anarquista y se fue a vivir a Cosquín.
¿Se habrán encontrado ahí alguna vez con Bruno Arias?
¿Qué relación puede haber entre el anarquismo y la magia?
¿Qué es la poesía? ¿Qué es la magia?
¿Por qué los humanos festejamos nuestros cumpleaños si cuando llegan estamos un paso más cerca de morir? ¿Será justamente para no acordarnos de eso? ¿Festejar un cumpleaños es entonces una especie de conjuro antimuerte donde el ritual verdadero debe hacerse con Fanta, palitos salados y puflitos?
Igual creo que ya se murió el mago Good Ben. No sé qué más puedo decir al respecto.
¿Qué tienen en común la magia, la poesía, una foto y un cumpleaños?: todos pueden (y no) revivir a los muertos.

Por Guadalupe Valdez |

Trámites en el Bajo, a las corridas, entre ramalazos azules del cielo, olor a frito y cumbia flotando en los adoquines. Cuánto más pasará hasta que consiga un cargo titular y se terminen las suplencias, y el infinito de trámites, papeles por firmar, ir y venir, aunque le he ido encontrando el gusto a estos trayectos. Por la escalera de mármol y baranda dorada, soy una faraona voluptuosa con el palacio hipotecado. Al salir, del edificio del subsidio, me meto por un pasillo fino lleno de puestos con ropa colgada en perchas, flores de papel y luces artificiales. Voy directo al puesto de la Yasira:
​—Lo lindo que está el sol. Pregunta lo que quierá.
​—Una hermosura el día. Tengo un cumple a la noche, busco algo.
Un tapado de zorro de piel sintética; amor a primera vista, maravillas chinas prontas a expirar. A la salida, por la peatonal, un centenario señor toca el arpa, su nietita y una pequeña arpita, después un cantor de Leo Mattioli. En un puesto me compro un chanchichurro y me siento en los bancos de la peatonal a degustar mi sofisticado manjar, en puro éxtasis gastronómico, me siento amiga de los pájaros y los árboles.

​La noche llega y mis ganas de salir inexistentes, pero esta vez algo es distinto: el perfume de los azahares y el viento cálido de agosto me dan el empujón que me faltaba. Montadísima, con mis pieles sintéticas me tomo el colectivo. Al llegar al boliche de luces azules, abrazo a la Tulu, y admiro su outfit. Hemos sido, hasta ahora, testigos de la vida de la otra; nos hemos visto cambiar de novios, de trabajos y de looks. Suena Mario Luis. Así es la Tulu: el bajo mundo y la alta costura; ese espíritu la llevó a estudiar en Milán años atrás, para devenir en la diseñadora de vestidos de novia más top de todo Tucumán. Yo siempre he admirado la liviandad de sus desplazamientos, impracticable para mí, que tengo tierra hasta en la sangre, y la única certeza de que no seré feliz lejos del terruño, además de un miedo incontrolable a los aviones. Y ahora la Tulu se casa… El novio: Pedro, un flamante dirigente peronista que heredará una inmensa estructura de su padre. Un nepobaby noble que se desenvuelve con una simpatía y una diplomacia impecables. Yo comprometida con Fabricio Torres, un empresario que viaja seguido a Buenos Aires, no habla de política. Nos entendemos bien, a pesar de nuestras diferencias que pueden resumirse en el tatuaje de Cristina que cubre todo mi brazo y en su devoción por Jorge Asís. Nos acompañamos con lealtad y cierta lejanía que los dos necesitábamos para vivir.
​Me siento en un silloncito aterciopelado a tomar mi limonada cual diva cansada. No por mucho: la Tulu me arranca a la pista de baile y las dos perreamos al ritmo de La Nena de Argentina.
​Y entonces, Gonza, un morocho hermoso, amigo de Pedro, se acerca a la ronda de las dos y la Tulu se va. Me toma de la mano, bailamos sin mediar palabra en el fluir de un cuartetazo telúrico, luces de colores y el humo del boliche. Al ratito, salimos a tomar aire a la vereda.

Me endulza su voz de fumador de porro, los brazos con tatuajes; flechazo al cora. Me cuenta las proezas de haber ido en colectivo hasta San José a verla a Cristina. Suelto el humo dulce obnubilada por el brillo, lo miro a los ojos y él adjetiva más y más la historia con grandilocuencia y diablura en los ojos. ¡Y para qué!… Ya me veo en lo que podría ser un amor de unidad básica, hijos y un casamiento de tres días seguidos en el campo.
​—Let’s go a otro lugar —me dice.
—Vamos.
​Escapamos del bullicio de la fiesta justo antes de la torta. Caminamos entre los naranjos explotados de azahares, un fisurita pasa caminando y tomando vino en caja; tiene un saco cuadrillé gastadísimo, los ojos verdes brillantes:
​—¿Cómo anda, don Antonio?
—Muy bien, mi hermano. Lo felicito por la mujer que lo acompaña.

Por una de las callecitas, atravesando las persianas metálicas llegamos a Orfebre: un sucucho de luces moradas. Nos recibe una fuente rosa con angelitos culones. Si Gonza está nervioso no puedo notarlo: movimientos lentos, mi tigre sigiloso. La complicidad y la tensión crepitando nuestra ardid por el pasillo. La habitación es luces rosadas, flores salvajes, fotografías de mujeres con encajes. Me parte la boca de un beso, me toma de la cintura con dedos ásperos.
​—Cuando te lleve a vivir conmigo quiero un cuadro tuyo así en el living ​—susurrando mientras me saca la ropa pesada de invierno.
—Amo, siempre quise ser actriz.
​Con ojos chinos nos reímos, nos abrazamos. Me besa con suavidad. Cierro los ojos, me dejo llevar, me da la mano. Hermoso de ojos rojos, me aprieta contra su cuerpo y puedo sentir la pija dura detrás del bóxer, la camisa de palmeras en colores estridentes, una cadena dorada en el pecho marcado. Diosa diaguita se la chupo, cómo me calienta hacerlo gozar. Después él a mí. Lo cabalgo conociéndolo de una encarnación pasada, lo degusto, lo siento, me dejo pertenecerle, rasgando las sábanas.
A la mañana siguiente, aún con recuerdos dulces, me tomo un café espumoso sentada bajo el árbol de palta, mientras paso las notas de mis vándalos, me baño de luz dorada y aceite de coco en las piernas.

Un mensaje de Fabricio diluye mi telenovela:
​—¿Cómo estás, amor? Salí temprano y no quise molestarte, estabas muy dormida, te amo.
​De cara a los cerros juro la fuerza, la excomunión de toda pizca de culpa, la exaltación absoluta del sentir y el corazón con lentejuelas.
Me embarga una felicidad merecida, honda, eterna por haber vivido la hermosura más pura. El porro se apaga en mi mano.

Por Alexander Rivadeneira |

Ph: Agustín Indri

27 apuntes sobre mi cumpleaños

I. nací y al día siguiente nevó. magia blanca. hubiera sido mucho mejor si nevaba el mismo día. siempre, a un paso de la belleza.

II. sin noticias de nada, más cerca del útero que nunca. un vientito cobre me despeina las pestañas. estuve tan cerca de ser otro que a veces me confundo.

III. nací en otro milenio. esa es una de las pocas enseñanzas que me quedaron de mi viejo. mi viejo sigue vivo.

IV. intuyo que hicieron una torta y pusieron una vela delante mío cuando no tenía conciencia. el más hermoso festejo, mis ojos vacíos frente al fuego. mi vieja, todavía joven, no sabía qué iba a ser de mí. no se equivocó. no sabe.

V. chizitos, palitos, torta con durazno, torta con pelotitas plateadas encima, mesa floreada sobre tierra en el fondo de una casa, un perro que se roba un panchito, tomo gaseosa y sostengo el vaso con ambas manos y me acuerdo de respirar en el medio, así que se produce un efecto de cueva en el vaso; dolor de panza, jueguitos, colonia paco, todo todo todo hasta desencadenar en un vaso de fernet 50 50. qué feliz he sido.

VI. yo, la torta y su vela como una columna, o un obelisco. delante mío un pequeño grupo familiar canta y repite mi nombre. la torta funciona como una frontera. ellos, alguna de las dos alemanias.

VII. mi miedo siempre fue que nadie viniera a mi cumpleaños. por eso, he construido un muro que funciona como la pared de una casa, con ventana y balcón. a veces saco la cabeza y veo mi propia sombra, como una hormiga sin nada que hacer.

VIII. una vez fui a un cumpleaños y nadie más de los invitados fue. pasamos la tarde jugando en la computadora de la sala (cuando internet era un lugar físico). al día siguiente, yo era muy amigo de Fausto. antes de eso, nos hacíamos cagar en la primaria. para ambos fue una pérdida.

IX. hace diez años yo no existía, y aquí estoy celebrando. hace diez años me drogaba en la plaza y ojalá que nadie más se acuerde.

X. a los 18 uno aprende que es igual que a los 17.

XI. siempre hizo frío para mi cumpleaños. excepto este año, que hubo zonda y tierra. calor hasta en lo mínimo. un lecho de polvo a los pies. el sol que se refleja en el barro seco y liso, a lo lejos parece un lecho espejitos.

XII. nunca festejé con amigos porque cumplo en plenas vacaciones de invierno, y todos se iban o no hablábamos. estar solo se volvió un camuflaje que acompaño con una ironía adolescente.

XIII. mi abuela siempre viene de visita ese día, y siempre me entrega plata como si estuviera entregando una bolsita. estoy contento por eso. tomamos mate y ella conversa, pero no conmigo.

XIV. el cuerpo habla en su lengua. uno tiene que estar atento a las consecuencias de su transformación. perdón, rodillas, por acercarme a los 30 sin cuidado.

XV. pasamos la noche toda la noche en la calle. caminamos de una punta a otra, mientras se nos helaba la médula. nunca repetimos la hazaña, y estoy seguro que nunca lo volveríamos a hacer. son las consecuencias de haber tenido sueños muy grandes.

XVI. vino, vino, vino. vino barato y vino mendocino, vino sanjuanino. petaca de caña de ruda. hielo. dos botellas de fernet para tres personas. luces rojas toda la noche. el humo que sale de tu boca y parece una sombra blanca. ¿ya dije que he sido feliz?

XVII. si pudiera elegir mi próximo regalo, sería aguantar. aprieto los dientes y cierro los ojos. cada día.

XVIII. me pregunto qué sienten los demás cuando es su cumpleaños. preparan la fiesta, contactan con el dj y se encargan de los invitados, reciben todo el cariño sin remordimiento. la envidia es mi motor para alcanzar el aire.

XIX. mi último cumpleaños lo festejé en Amaicha. fuimos hasta la candelaria y vimos el partido contra inglaterra, después tomamos birra en la plaza. las camionetas ponían a prueba sus amortiguadores, alguien cabalgaba una moto con la bandera en alto. la noche anterior, compraron un budín y una vela sin que me entere. entonces estaba en una patria, y mi deseo fue ganar.

 XX. ese día llego enojado con el mundo. no pienso en la muerte, no pienso en la muerte. pienso en la vida, etc.

XXI. cuando cumplí 21 años pensé «ahora sí».

XXII. cuando cumplí dieciocho años, no quise que hubiera alcohol en la fiesta. fue durante el día y tenía la camisa por debajo del pantalón.

XXIII. cuando cumplí dieciocho años, me regalaron un reloj que usé un par de semanas hasta que dejó de funcionar y nunca hice el esfuerzo por ir a arreglarlo. sigue por ahí, escondido, dando la hora correcta dos veces al día.

XXIV. ¿cuántos tirones de orejas son? uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis siete ochonuevediezoncedocetrece. las manos duras de mi tío tironeando a favor del suelo. me arden las orejas, no hablen mal de mí.  

XXV. nada va a cambiar la sensación de un regalo que anhelas tanto pero tanto, que después te duele ver las medias y el perfume.

XXVI. lo último que aprendí es lo difícil que me resulta estar en el centro del cariño. también cómo hacer un fuego. me arden las orejas, ¿es porque me quieren tanto?

XXVII. he cumplido 27 años y no pude congeniar con las ideas de Escopeta Cobain.

 XXVIII. aquí hay lugar para todos, como dijo Warpola. en este espacio que abro en mí, también. en este lugar que nos reúne como paganos, y en el que abrimos los tesoros. aquí hay un espacio para el futuro.

Por Marco Rossi Peralta |

Ph: Facundo Vecino

Sobre 10 años de Festival

¿Ustedes saben cómo es que conocemos las primeras formas de escritura de la humanidad? Paradójicamente, porque trataron de destruirlas. Los ugaritas escribían en tablillas de arcilla cruda y estaban destinadas a desaparecer con el tiempo. Pero sus enemigos incendiaron sus pueblos para que no quede nada de ellos y caigan en el olvido. Lo hermoso es que el fuego cocinó las tablillas y en vez de destruir la escritura, hizo que permanezca durante miles de años.

Ustedes son muy jóvenes pero aquí vino un escritor mexicano que en vez de una mano tenía un garfio de metal. Y escribía unas cosas muy muy locas.

También vino Martin Kohan y dijo que si juntas a toda la gente a la que le interesa la literatura en el país, no llenas una cancha de fútbol del ascenso. Me parece que estaba equivocado, pero es una linda idea, ¿no?

Además dijo que se aprende más de fútbol viendo jugar a un equipo de quinta división que a uno de la premier, porque en los errores se ven los hilos del juego. Y que en la literatura pasa lo mismo.

Hubo una discusión muy picante entre Kohan y Daniel Link. Aunque no recuerdo nada de su contenido, comparto con algunos amigos la sensación de lo divertido que fue escucharlo, y diez años después, todavía alguno podría decir: ¿te acordás? Y nos acordamos, quizás, porque en esos momentos descubrimos lo interesante, lo emocionante que puede ser hablar de literatura.

Yo tenía 19 años, era el primer FILT y había llegado por Stella Peralta, o como le digo yo, mi vieja, que participó en la organización de su primera edición. Desde ese momento hasta el día en que me invitaron a hablar en una mesa y mi sobrino de 5 años agarró el micrófono para dar consejos sobre cómo escribir un cuento, el FILT fue, como para muchos, una manera de compartirnos la literatura entre generaciones.

Me acuerdo de una noche en la que Carlos Busqued nos contó sobre sus adicciones, el colchón en el que dormía en el piso y nos hizo reir mucho un poco antes de morir. Fue una de las veces en las que el FILT llegó justo a tiempo para cazar en el aire un destello de humanidad.

Para traer un atisbo de esa charla, transcribo uno de sus famosos tuits:

la persona que no necesita de una adicción para aceitar su relación con el mundo es peligrosísima porque significa que es igual de malvada que el mundo.

Recuerdo otra noche en la que Diana Bellesi leyó tantos poemas que parecieron uno sólo. Y la tarde en la que Osvaldo Bossi nos hipnotizó con su voz.

Me acuerdo también de escuchar alguna conversación de feria en los primeros años, en la que Claudio Rojo Cesca, Pablo Espinoza y creo que Nacho Jurao planeaban la revolución editorial del NOA. Creo que todavía, a veces de maneras más secretas que otras, están trabajando en eso.

También sospecho que Pablo Romero, Juan Lix Klett, Majo Bovi, Andy Acuña, Facundo Iñiguez y Pablo Donzelli (o, como lo conocemos nosotros, la cabra Donzelli) y varios otros compañeros y compañeras, algo andan haciendo.

Una de las experiencias estéticas más fuertes que tuve en mi vida fue escuchar a Andrés Navarro aquí mismo en el patio del MUNT leyendo un poema delirante y genial en el que una gallina santiagueña era protagonista de una persecución en el medio de un tumulto popular. Qué milagro ese momento en el que parece que nadie está escuchando y de repente todos levantan la mirada.

Tengo nítida la imagen del mesón de la feria del que levanté un libro de Vicente Luy sin saber quién era y cambió mi manera de escribir.

Guardo para mí el entusiasmo de todas las veces que corrimos con la edición de un libro porque queríamos llegar para el FILT.

También tengo la foto que le pedí a Paula Trama, la cantante de Los Besos, una banda que me encantaba, después de leer con ella en el cierre de un FILT.

Fue el mismo año que acosamos a Lucrecia Martel para que lea un libro de Luciana García Barraza, o, como la conocemos nosotros, la única Luchi. Es tan cierto que la acosamos como que le hicimos un favor. Seguramente, nos enteraremos que lo ha leído viendo alguna de las películas.

No me olvido de la alegría de mis amigos editores porque en esta feria, a diferencia de muchas otras, sí habían vendido libros.

Tampoco me olvido del sánguche de un metro en Aurora que comíamos un domingos a la noche muy cansados y muy contentos porque cuando terminaba el FILT ninguno se quería ir a casa. Es cierto que este año ya no hubo domingo, también es cierto que Aurora cerró.

No hablé con Sofia, ni con Blas, ni con Ezequiel, pero sospecho que entre estos dos fenómenos, el cierre de una sanguchería histórica y el recorte de un Festival cultural, hay algo en común. Sospecho que algo tiene que ver también con las marchas de jubilados y con la imposibilidad de pagar sus deudas con bancos y billeteras de millones de argentinos y más de 300 mil tucumanos.

Para decirlo sencillamente, nos roban y desfinancian la vida con sentido. Avanzan para que tengamos vidas mínimas, empobrecidas.

Los enemigos de los ugaritas incendiaron una ciudad para borrar una cultura y con ella, su escritura. Sin saberlo, su propio fuego hizo que permanezca. No vaya a ser que con sus intentos de destrucción, hagan que nos demos cuenta de que todo esto es nuestro. No vaya a ser que además, nos demos cuenta de que lo merecemos.

Como el fuego contra los ugaritas, el cansancio que nos generan será el hartazgo que les ponga fin.

Aguante el FILT

aguante la literatura tucumana

aguante el norte

y el glorioso pueblo argentino.Felices 10 años de FILT para todos y todas.

Por Exequiel Svetliza |

La importancia de cumplir, desear y hacer

Hay algo que me resulta aterrador en eso de cumplir años. No es la vejez, ni la certeza del paso inexorable del tiempo, ni la evidente merma de mi otrora abundante cabellera, ni el fantasma de la disfunción eréctil, ni siquiera la chance de convertirme en un jubilado apaleado por la policía en alguna plaza o, lo que es aún peor, volverme vulnerable al consumo problemático de TN, de Feinmman, de Viale o cualquiera de esas drogas duras… No es nada de eso lo que me inquieta en mis horas de honda reflexión, sino la posibilidad latente de ser alguna vez yo también como alguno de esos señores y de esas señoras que, llegado un momento de sus vidas, deciden no cumplir más años. Simplemente, viven ese día como uno más en la sucesión de los días que amontona su existencia. No brindan, no soplan las velas, no estrenan una camisa nueva, no pegan un vino dos mil pesos más caro que el de siempre ni unos gramos de falopa de la buena. Tampoco la ponen ni eligen pose ni se compran alguna gilada por Temu o se regalan ese reloj Transformer que tanto deseaban y no pudieron tener de niños. No celebran y, si lo hacen, lo hacen con toda la ortivez del mundo. Como si vivir no fuera más que el acto mecánico e inconsciente de respirar, comer, pagar las cuentas y maldecir la presencia, absurda, casi al borde del surrealismo, de Nicolás Figal en la zaga xeneize…El cumpleaños es para estos seres una condena acaso peor que abrir los ojos cada mañana sólo para saber, apenas segundos después, que existen Figal, las canciones de La Berisso, la fruta abrillantada, Lilia Lemoine… Dios me libre y guarde de semejante calvario.

Soy de aquellos que disfrutan del ritual de cumplir años, celebrarme con otros en un magma colectivo; entregarme al hedonismo, a la danza, al exceso y a la lisergia como quien se deja arrastrar por una marea sin miedo alguno al naufragio. Hay algo lúdico y también bastante infantil en esa celebración y mi mamá me lo recuerda poniendo siempre la misma vela sobre la torta: una pelota maciza de cera con el escudo de Boca que debe llevar más de tres décadas en la familia. Ojalá la vela-pelota azul y amarilla me acompañe hasta el fin de mis días como la memoria de esto que soy: alguien bien bostero, bastante pelotudo, algo kitch, irremediablemente efímero, pero con una llamita persistente. Cumplir años y festejarlo es una forma de abrazar ese fuego vital y de dejarse abrasar por él.

Fue en un cumpleaños que me regalaron mi primera camiseta de Boca. Fue en un cumpleaños que conocí el maravilloso mundo de los hongos. Fue en un cumpleaños que me hicieron un pete contra la puerta de chapa de un baño clausurado mientras sonaba la sensual poesía de Lia Crucet. Por esos y muchos otros milagros similares, reivindico mi derecho a ser un fundamentalista de los cumpleaños. De hecho, debo confesar que me parece bastante mezquino cumplir sólo una vez al año. De alcanzar algún día la presidencia de esta malograda Nación, mi primer decreto será que todos los habitantes del territorio nacional cumplan años dos veces cada año: uno el día en que efectivamente nacieron, tal como indica la tradición actual. Y el otro un día cualquiera que será el mismo día para todos, al igual que los caballos de carrera que cumplen siempre el primero de julio. Una fecha para exaltar la singularidad del individuo y otra para afianzar los lazos comunitarios de la patria en una bacanal orgiástica que sirva para levantar los cimientos de una nueva democracia.

Procurar el bien común es una artesanía laboriosa, lo supe el día en que tuve que armar cuarenta porros para meterlos en la piñata de Bob Esponja que reventamos a palazos en mi cumpleaños de cuarenta. Para que la felicidad sea colectiva, conviene no escatimar ningún esfuerzo. Y tampoco ningún sacrificio. Por eso, hace un par de cumpleaños, a la hora de soplar las velas, vengo resignando cualquier deseo de prosperidad y goce personal: esa añorada noche de pasión con Xuxa, pegar una redoblona que me salve, la cabellera del Pájaro Caniggia en los noventa, la séptima libertadores o la cuarta estrella de la selección. Simplemente, me gasto los tres deseos en pedir que se vaya el presidente: que lo abduzca un ovni, que muera atragantado por el semen rancio de Donald Trump, que sea linchado por una horda de Gandalfs justicieros, que viaje al más allá sobre el lomo de un perro imaginario…Que desaparezca de la manera más falopa posible, como en la saga de Destino Final donde la muerte siempre se da maña para hacer su trabajo. Que se convierta en la resaca onírica de una pesadilla. Que se extinga como los dinosaurios. Que se pierda en ese lugar recóndito de nuestra memoria adonde fueron a parar El baile del pimpollo, los bonos de cancelación de deuda, los pantalones nevados y todas las figuritas Basurita que chupamos al pedo para eyectarnos de la realidad, aunque más no sea por un rato.

El deseo no se me viene dando. Pero, quizás, si cada uno de nosotros replica ese gesto, quién te dice y se nos cumple, como en una Gran Genkidama colectiva y poderosa. O quizás convenga encarar las velas volviendo al deseo común de aquella antigua trilogía clásica, desearla con todas las fuerzas, repetirla como un mantra y ponerse a laburar para que esta vez sea real: Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *