Suscribirme

ISSN 2684-0626

 

Aquí podés hacer tu donación a La Papa:

Libros Tucumán es una librería especializada en literatura de Tucumán ubicada en Lola Mora 73, Yerba Buena – Tucumán. Visitá su web: https://librostucuman.com.ar/

 

 

 

 

 

Lino es una distribuidora de libros con perspectiva crítica y un espacio web para la recepción del catálogo. Se hace en Santiago del Estero, Argentina. Visitá su página: https://linolibros.com/

Bajo el agua

Por Matías Apestey |

Estoy al borde del acantilado, me agarro de la mano de mi mamá y veo cómo mi padre se hunde en el mar e intenta, casi desesperado, mantenerse a flote. Tengo cinco años. Él, que se ha tirado al agua, logra quitarse con dificultad el cinturón de buceo con lastres de plomo.  Alguien lo recibe en una lancha. No sé por qué no usa tanque de oxígeno y sí cinturón. Será porque quiere estrenar el traje de buceo que recién compró. Se va a nadar con antiparras y snorkel.

El agua del mar en la Península Valdés es fría, pero fría en serio. Unas gaviotas vuelan contra el viento. Dan la sensación de mantenerse en el mismo lugar. Con mi mamá esperamos a que papá vuelva. Se inaugura ese día el miedo a la muerte de mi padre, que perdura aún hoy, que él ya ha fallecido.

De joven quise bucear en el mismo lugar. Como vivo en la otra punta del país, para hacerlo tuve que viajar.  

El traje de neoprene hace que el frío no sea intolerable. Pero el frío está. Contraté un buzo para que me guiara allá abajo, Me pidió que no me perdiera de su vista. Me dijo que veríamos centollas, estrellas de mar, peces. Y que a la primera vez debajo del agua se le llama bautismo. Practiqué respirar con oxígeno.  Me explicó del vértigo, pero las palabras no alcanzaron.  

Allá abajo reina el silencio. Avanzábamos uno junto al otro y él me señalaba qué ver. El movimiento lento y torpe de los cuerpos, y el campo de visión reducido a lo poco que permitían las antiparras, como si se tratara de mirar por una cámara de fotos, me hicieron pensar que si un tiburón venía por atrás yo no podría hacer nada por salvarme. Solo sentiría el desmembramiento voraz. Giré como pude. Miré hacia arriba y hacia abajo. No vi más que agua. Me angustié, temí un ataque de pánico. Junto a mis palpitaciones sentí asfixiarme. El buzo lo notó, se acercó y me tomó de los hombros. Me sacudió. En sus ojos advertí una sonrisa y su mano con el pulgar para arriba, logró, no sé cómo, sacarme de esa desesperación. Vi pasar un cardumen de meros, gigantes peces que se deslizaban con suavidad por ese universo mudo. “Bucear debe ser parecido a ser un astronauta”, le dije después cuando estábamos comiendo mariscos y tomando una cerveza en el bar de los pescadores. El frío en la piel perduró y a los pocos días caí engripado.

En sueños volví a ese mar repetidas veces, como pesadilla. Siento el inminente ataque del tiburón. Me doy vuelta y veo a mi padre ahogándose, moviendo desesperado los cuatro miembros, intentando salir. Lo agarro. Él está frío. Su rostro se ve lívido y su mirada perdida. La temperatura de su cuerpo me hace entender que está muerto, aunque se mueva. ¿Cómo salvarlo si ya está muerto?

De niño también tuve pesadillas. Me tapaba entero, hasta la cabeza. Dormía boca abajo y sentía la respiración gutural de lo que imaginaba un diablo, con garras y dientes afilados. Hubiera querido gritar llamando a mi mamá, pero las palabras no me salían. A pesar del espanto, en algún momento, conseguía hilvanar un rezo, un conjuro de palabras que salían rotas de mi boca, hasta que aquello se disipaba.

Cada vez que mi papá se iba de viaje, yo tenía miedo de que muriera. Más que miedo, espanto. El conjuro que solito aprendí o deduje, para poder soportar esa idea, fue: “Como ya lo pensé, no se va a morir”. Así era la fórmula inventada para atravesar ese pensamiento aterrador, y para crear una distancia entre las cosas que uno piensa y los hechos.

No sé cuánto tiempo pasó entre los sueños del diablo y los de mi papá muerto en el mar. Tampoco sé si tienen alguna relación. Supongo que él más que diablo fue un hombre normal, con algún costado diabólico. ¿Quién no lo tiene?

Pero sí llegó a darme miedo. Esa vez gritaba y golpeaba la pared. Mi mamá le contestaba con gritos y lágrimas. Mi perro le ladraba. Se fue de la casa y volvió a los días. Recuerdo su llanto y su ruego de perdón a ella, a mí, su abrazo. Con la calma llegó el olvido. De eso nunca más se habló. Nos fuimos del sur.

El día que mi padre murió, lo supe antes. Era invierno. Como cada jueves, yo había ido a jugar a la pelota con mis amigos. Al día siguiente trabajaría temprano. De vuelta en mi departamento me fui a dar una ducha, pero el agua salía fría. Fui tiritando a revisar el calefón. Estaba apagado y no hubo forma de prenderlo. Tuve que bañarme así. La piel helada y temblando. Pensé en él. Lo llamé por teléfono y no me atendió. Le dejé un mensaje: “¡Cómo andás, viejito! Mañana a la tarde te voy a visitar y nos tomamos un café, ¿dale?”. No me contestó.

Supe después que esa noche había muerto.

Lo veo en el cajón, pálido, quieto. Lo abrazo, le doy un beso y siento su piel fría, helada. Su cuerpo inundado de ese mar.

Los años pasan y aún temo que no vuelva.

Una respuesta a “Bajo el agua”

  1. Gabriela dice:

    Sólo la mente de un niño puede entender transfosformar un temor imaginario en un acecho que te puede perseguir toda la vida, y despertar en la historia de otro, que aunque diferente, la misma historia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *