Por Jaime Matorras |
La mesa estaba servida en bandejas de plata. Diferentes cortes de carnes, chorizos, morcillas, variedad de panes, quesos y ensaladas preparadas con esmero por las mujeres en la cocina. El infaltable vino tinto, añejado en las bodegas de la familia, era el objeto de culto del almuerzo en el antiguo caserón, al borde de las montañas. Los cubiertos brillaban junto a los platos blancos, ordenados prolijamente sobre el mantel bordó que protegía la mesa de roble. Era el punto de encuentro familiar donde los niños manoteaban los manjares a su alcance, y eran fruto de sabrosas anécdotas para padres y abuelos.
El padre, Humberto, sentado a la cabecera, disfrutaba de relatar sus viajes al exterior y a diferentes estancias de la pampa. Estallaban las risas cuando describía a los porteños que hacían gala de sus nuevas adquisiciones, del crecimiento de sus patrimonios en las estancias: caballos, autos, muebles, libros antiguos y perros de raza eran parte de esta colección; nunca comparables a los bienes históricos adquiridos por herencia familiar.
—Hay cosas para las que el dinero no alcanza, hace falta tradición —dijo Humberto entre risas y copas de vino que se vaciaban de un sorbo.
Una joven de rasgos indígenas y delantal rosado acudió de inmediato a servir más vino.
Al volver la empleada a la cocina, el menor de los hijos le susurró a su hermano:
—¡Cómo se ha puesto la Raquel! ¡Desde el verano pasado que no la veía! ¿Qué edad tiene ahora?
—Diecisiete —le contestó el otro en voz baja.
La madre, al escuchar los comentarios de sus hijos, les pegó a cada uno en la cabeza con la mano abierta, y les dijo:
—¡No sean babosos! ¡Ya les he dicho que con las mucamas no quiero ni que se miren!
Los dos hermanos se miraron en complicidad. En ese momento entró a la galería un hombre que caminaba casi arrastrando los pies. Vestía una camisa vieja, pantalones marrones ajustados por una faja de tela y sandalias de caucho. Nadie se dio vuelta ni le prestó atención. Con la cabeza gacha, el hombre se sacó el sombrero negro y apretándolo contra el pecho se anunció:
—Buenas tardes, señora.
—¡Dígame don Braulio! —dijo Doña Susana, casi gritando desde la otra punta de la mesa mientras cortaba con esfuerzo un jugoso pedazo de carne— ¿Pudo arreglar el televisor?
—No, señora, no pude. No hay repuestos en todo el pueblo para la pieza que se rompió.
—Bueno, entonces quédeselo —exclamó Doña Susana con firmeza—, que ese aparato ya no sirve.
—No, Susana, ¡cómo le vas a regalar el televisor! —dijo su esposo dándole la espalda al peón.
—Bueno, vaya don Braulio, que yo después le digo qué hacer con el aparato —ordenó la esposa con tono de enojo y fastidio.
—Sí, señora —obedeció don Braulio sin levantar la cabeza. Dio media vuelta y se marchó a paso lento.
—¡Pero vos estás loca, Susana! ¿Cómo le vas a regalar un televisor a ese hombre? —dijo Humberto.
—Pero si ese aparato está destruido y viejo. Podríamos comprar uno nuevo, ¿no?
—Pero mamá, si don Braulio no debe tener ni luz eléctrica, lo va a terminar usando de maceta —dijo Ernesto y provocó las carcajadas de todos.
Iban llegando nuevas fuentes con diferentes trozos de carne, mollejas, morcillas y chorizos.
—María, traéme más vino, por favor —pidió la señora. Estas chicas, si no las estás apurando, no trabajan.
La empleada se acercó a la mesa sin decir nada y sirvió vino tinto en todas las copas.
—María, yo quiero vino blanco —dijo la señora. Tenés que traer las dos botellas. Ya te lo dije mil veces.
—Sí, señora, disculpe —contestó María en un murmullo.
A las tres de la tarde llegaron los platos con los postres. Tortas, ensaladas de fruta, cremas y dulces. A esta hora los niños volvieron a la mesa luego de andar jugando por la casa. Susana abrazó al más pequeño, que no llegaba a los dos años, lo alzó y lo acomodó sobre su falda. Los niños se reían y hacían ruidos con la boca, imitando el trote de un caballo, mientras marcaban el ritmo con las piernas.
—Qué changuito más bonito, todo un gaucho rubio—dijo la señora,
sonriendo y despertando la sonrisa del niño, que disfrutaba de su andar en las faldas de su abuela.
Los más grandes agarraron potes con helado y se fueron a ver televisión.
—¡Vamos, chiquitos, vayan a dormir o a jugar afuera, que ya están molestando mucho! —gritó doña Susana ante la mirada de sus nueras.
—A mí no me parece que Miguelito esté molestando, sólo estaba jugando a la mancha, Susana —dijo Leticia, una de las nueras, con una sonrisa, sacándose el flequillo rubio de su frente y provocando las miradas severas de su marido y su suegro.
—Pero a mí sí me parece que se está poniendo insoportable —contestó su suegra algo exaltada.
—Qué hermosa es la vista de las montañas y los viñedos desde acá, Susana —dijo Lourdes, la otra nuera.
—Vos porque llegaste recién ayer, pero después de estar tres semanas en esta casa, querida, ya no sabés qué hacer para entretenerte un poco —le contestó con prepotencia.
—No creo, no creo que sea para tanto —sonrió Lourdes mirando a su esposo.
Al rato se acercó María con una bandeja con pocillos de café y un azucarero de plata. Los sirvió y volvió a la cocina.
—¡María! ¿Podés traer el edulcorante por favor? —gritó la señora con cierto fastidio—
No te dije que le tengo que decir todo —dijo mirando a sus nueras.
Al acercarse María, se escuchó un estruendo seguido de gritos en el interior de la casa.
—¿Qué pasó? —gritó Susana y corrió a la habitación, seguida por sus nueras.
—Seguro que esos changuitos rompieron algo —dijo Humberto, mientras tomaba su
café.
—¡Miguelito! —gritó Susana desde adentro.
—Quería enchufar el televisor y saltó una chispa grandota —dijo su primo llorando.
—¡Ese Braulio de mierda electrocutó a mi hijo! —gritó Ernesto y se levantó apurado de la mesa.
Susana salió a la galería corriendo, con su nieto en brazos, y gritó:
—¡Hay que llevarlo a la clínica! ¡Está blanco y no reacciona!
Ernesto tomó a su hijo de los brazos de su madre y lo cargó a la camioneta acompañado por su padre. Arrancaron, arando, por el camino de tierra.
Iban a toda velocidad y Ernesto vio a don Braulio caminando por un sendero hacia las montañas. Enseguida Humberto abrió la guantera de la camioneta con la mano derecha, mantuvo el volante con la izquierda y sacó una pistola. Se la entregó a Ernesto y le dijo:
—Tirále a ese indio de mierda. Hacélo aca.
Cuando estaba a unos treinta metros, don Braulio se dio vuelta. Ernesto apuntó y disparó dos tiros. Cerró la ventanilla, apurado, y guardó el arma bajo el asiento. La camioneta continuó bajando la montaña dejando una nube de polvo a su paso.
En la clínica, cuando el niño despertó, tomó un jugo de naranja con hielo en un vaso largo de vidrio. Al preguntar qué había pasado, su abuelo le dijo que había sido un accidente.
Salieron todos juntos de la clínica. Decidieron ir a comer unas empanadas a un restaurante al frente de la plaza para celebrar la salud y suerte del nieto.
—¿Qué me pasó, tata?
—Nada, chango, nos diste un susto. Enchufaste el televisor que el pelotudo del Braulio intentó arreglar y te dio una patada eléctrica.
—Ah, con razón sentía olor a quemado cuando me desperté —todos rieron ante la ocurrencia y el padre dijo:
—Un fosforito parecía el enano con todos los pelos parados.
—Vamos a tener que ir a misa el domingo para agradecer a la Virgencita y al niño Jesús que no te pasó nada grave —dijo la madre con lágrimas en los ojos.
Una semana después, Leticia y Ernesto volvieron a la ciudad con sus dos hijos. En el camino de vuelta, pasaron los viñedos al costado del camino y vieron una cruz con arreglos de flores. Leticia se persignó y Ernesto prendió la radio. Los chicos reían y hacían chistes en la caja de la camioneta.

Nació en la ciudad de Salta en 1979. Desde la adolescencia escribe poemas, cuentos y diarios. Se recibió como psicólogo en la Universidad de Buenos Aires. Desde el año 2004 reside en Boston, Estados Unidos. Publicó los poemarios Arboledas migrantes (Halley Ediciones, 2022) y Gorriones (La Gran Nilson). Sus poemas fueron publicados en revistas y antologías de Estados Unidos y Latinoamérica. Es cofundador, co-conductor y productor del podcast “Mamushkos” que se transmite por Spotify y Youtube. @matorrasjf



