Versión original, 2026.
Por Julia Jorge |
Quince años después, Faustino vuelve. Como si regresara del Paraguay, para que esta vez, menos ingenua, yo pueda escribir sobre él. Prestarle mis palabras, como alguna vez él me prestó las suyas, como Lucas nos las encomendó a mí, a otros y ahora a sus futuros segundos lectores. Lo que cambió es poco, y ese poco dice mucho: la insistencia en inscribir en un género la heteroglosia de esta novela. La primera edición se anunciaba en página editorial apenas como “narrativa argentina”; la segunda, ahora, agrega “novela epistolar” y “novela romántica”. Como si circunscribirla a dos géneros más cambiaran esta novela donde el tiempo pasa de a poco con un escritor solo enfermado por una novela imposible, sentado frente a un televisor que no da testimonio de la desidia del que no escribe.
Por eso vuelve, con su segunda oportunidad de circular, de volver a vernos. Y con él vuelven sus desamores, sus ausencias y el mismo asunto de siempre: el nombre de un personaje que da nombre a una novela, y el nombre de un autor que la novela se ocupará de des-nombrar a través de las páginas.
Permítanme el cliché: si nadie se baña en el mismo río dos veces, pues no se lee el mismo libro dos veces. Si cada palabra se nos apareciera de manera idéntica (por una segunda vez y en el mismo lugar sin desvío ni pérdida) pues nos hundiríamos en el reino de lo igual sin alteridad, repitiendo las aventuras semiológicas que nos propone texto y los falsos heroísmos interpretativos que derivan desciframientos. En todo caso, leer dos veces lo idéntico sería archivar. ¿Y por qué, entonces, reeditar el mismo libro, hoy, cursando la crisis de los mercados editoriales? ¿Por qué volver a poner a circular el mismo libro quince años después?
Faustino de Lucas Cosci, nos reencuentra con la historia de un escribidor de cartas por encargo: maestro, abandonado por el gran amor que supo conquistar, atosigado por clientes que disfrutan del voyerismo epistolar. La reedición de esta novela pareciera un pequeño gesto insurrecto cuando las políticas de precio de tapa están en riesgo o, bien, para algunos otros, un poco imprescindible. Incluso, la reedición se presentó a sus antiguos y nuevos lectores en la Feria del Libro de Santiago del Estero de 2026. Faustino entró por la puerta grande: en la presentación asistimos a lo que nos parece un estado de excepción el campo literario de los últimos tres años. Esos días de Feria nos la pasamos entre fascinaciones y aficiones, bebiendo y encontrándonos con amigos que vienen de lejos. Fuimos llamados a la fiesta de lo innecesario, de lo inútil cursando este tiempo inoperoso que no cumple función alguna y que, por no cumplirla, libera a todo lo que toca de su uso habitual. Quince años después, extirpado de productividad este libro también eso: un pequeño acto sin razón, una fiesta menor. Quizás reeditar sea, justamente, reabrir: volver sobre esos deseos delegados, duelos inconclusos y simulacros afectivos que Carlos Aletto reconoce en la contratapa, no para que los deseos sean devueltos, ni para que los duelos concluidos, sino para que reinsértalos tanto en sus segundos y como primeros lectores.
La reedición del libro y la tarea de Faustino coinciden: ambas van en búsqueda de extirparle a la escritura, a la literatura, toda función de intercambio. Por un lado, de telón de fondo, la relación de Faustino con su propia escritura se asemeja a la de una caricia equivocada, una que se hace con el dorso de la mano. Su verdadero duelo no es el de la separación de Candelaria, que enmarca esta historia, sino la del duelo por una escritura que se demora a la que ha titulado Facundo. En la obstinación por escribir, Faustino se encuentra con las pequeñas escenas del escritor de oficio: el pucho en el balcón, para liar una idea; la frase que, imprevista, aparece durante la vigilia; el amigo que interrumpe justo cuando la escritura parece haber tomado su pulso. Escribir: esperar que algo ocurra, disponer el cuerpo para que ocurra, ser interrumpido cuando finalmente ocurre. Y, sin embargo, Faustino insiste. Escritor y escritura establecen una relación aporética, donde la posibilidad de intercambio se clausura: ciertamente, Facundo nunca se encontrará con su Faustino.
Destinos cruzados, lectores que no encuentran su verdadero autor, remitentes falsos, destinatarios que interrumpen el camino de las misivas. Así son las cartas que Faustino escribe por encargo bajo firmas falsas. El artificio de la escritura epistolar cuestiona el oficio de escribir, cuando las palabras son prestadas. La letra se va desprendiendo de su dueño: ya no es de Domenico, ni de Faustino, y es el muerto quien parece poder escribir. Esa es la gran dislocación de la novela. Las cartas, en sus envíos y reenvíos, no solo no llegan, sino que desplazan a quien las emite y a quien las espera. Así si existe en la novela una carta robada, pues también existe la firma falsa. Con la firma la escritura se apropia: garantiza a quien firma el goce de su producto; con la firma nace con la economía, como marca de lo propio y lo auténtico. Sin firma, se inaugura un velo sobre el escribiente como condición de lo a-firmado. La carta sin la firma de su autor desorganiza la economía del intercambio al punto de que no importa remitente ni destinatario sino las voces de los espectros que las palabras conjuran.
¿Qué es entonces lo propio de un escritor sin firma? Quizás sea el único lugar donde la literatura se parece a sí misma: una escritura que no le pertenece a nadie y por eso puede ser de cualquiera. Ojalá la literatura tuviera un lector privado, un solo paisaje lector donde la voz dejara ver nuestra imagen. Pero la novela, en su fractalidad, rompe con esa ilusión. Cada carta se abre en otra y ninguna cierra. Lo que Faustino nos entrega es un libro que no llega a destino, y que por re-circula.
Otra pregunta que esta novela nos vuelve a hacer, qué tan posible es “dar la voz”, “prestar la escritura”, “encomendar el amor”. Pese a su destinación postal, no llegan directamente a destino: no logran conquistar a aquella mujer a la distancia sino hacerla venir, para resucitar a los muertos con palabras prestadas. Y podríamos decir, si es que me permiten nuevamente el cliché, que esa es la justicia poética para este Faustino que espera sus nuevos lectores, sus nuevas lecturas que este libro de cierto modo resucitara. Su destino aún no está trazado, al igual que el de cada uno de los libros que todavía descansan sobre las mesas de esta feria. Recibir la misma carta dos veces, el mismo mensaje dos veces, pues interpretamos una equivocación, un error, una distracción. Por suerte para mí, y quizás también para Lucas, no pasa así. En el ejercicio de la diferencia y la repetición somos disparados por los desvíos de la escritura y la lectura. Faustino y el libro que no escribe; yo que vuelvo a leer por segunda vez, quince años después; y Lucas, que en cierto modo regresa: intercambiamos tiempos, cada uno en su ocupación. Lucas viene de vuelta en el tiempo, a contramano, corrigiendo puntos y comas, palabritas de aquí y de allá que saca, que borra, con la delicadeza de contar cada presión de la tecla de retroceso. En esas pequeñas pulsaciones hace latir el corazón de la novela, mientras que Faustino vuelve a asfixiar a su Facundo sin escribirlo. Si el autor invitaba, alguna vez, a Faustino a contar su historia, ahora es Faustino quien lo invita, quien reclama su exhumación. Faustino le cede la palabra para volver a entregar este libro, por segunda vez, a su reedición. Y nosotros, viejos y nuevos lectores, somos bienvenidos de nuevo a un mundo donde nadie realmente firma, donde nadie realmente firma y donde una novela puede tratarse justamente de eso: de fantasmas y velos que escriben sin escribir, que leen sin leer, que aman sin amar.

Vive en la provincia de Santiago del Estero. Es doctor en Filosofía por La Universidad Nacional de Córdoba. Docente e investigador en la UNSE y en la UNT. Autor de libros de ficción, entre los que se encuentran Faustino (novela, 2011), La memoria del viento (cuentos, 2012), 1958, estación Gombrowicz (novela, 2015), Ciudad sin Sombras (Novela, 2018); y del ensayo El telar de la Trama. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad (2015). Es autor del blog El cuaderno de Asterión, en línea desde el año 2009, donde publica artículos literarios y de actualidad política.

Santiago del Estero, 1993. Doctora en Letras gracias a La Universidad Nacional de Córdoba. Se dedica a la investigación del haiku y la poesía contemporánea japonesa. Es autora del libro de ensayos «Santōka errante» (Sabi-shiori, 2025) y el libro de poemas La vida acéfala (Borde Perdido, 2023, bajo el seudónimo Julia Monk).



