Por Estefanía Herrera |

Asumir un gesto editorial suele ser también una toma de posición política y cultural, aun más en tiempos como estos donde la cultura está atravesada por tensiones en el sector editorial, como los intentos de desregularización de la Ley de Protección de la Actividad Librera. En este sentido, la publicación de Quieto corazón de monte se erige como una muestra contundente de que el libro es mucho más que un objeto comercial. Esta notable edición de casi seiscientas páginas, que reúne por primera vez la poesía completa de Leonardo Martínez adquiere un gran valor simbólico. Este dato no es menor ni meramente biográfico. A pesar de que su obra tuvo una amplia repercusión en las letras nacionales, obteniendo incluso la Faja de Honor de la SADE por su primer libro Tacana o los linajes del tiempo (1989), cosechando elogios de escritores destacados como Juan José Hernández, Alicia Dubjovne Ortiz e Ivonne Bordelois, el poeta nunca había publicado un libro en Catamarca.
Su regreso, entonces, a través del catálogo de El Guadal Editora rompe con esa distancia histórica. Impulsado por una editorial independiente de Catamarca; compilado, editado y corregido con paciencia y rigor por Victor Aybar, José Luis Astrada junto a quien escribe esta reseña, e ilustrado con una obra de otro catamarqueño, Leonardo Seura Casas, el volumen recupera una voz imprescindible del campo literario catamarqueño. Este entramado de afectos y trabajo local recupera desde el mismo suelo una poesía que retorna a la tierra donde su sensibilidad hundió sus raíces. Como bien afirmara el propio Martínez en una entrevista, dejando al descubierto la matriz misma de su poética: “Mi provincia es mi memoria. Y no puedo desligarme de las cosas que me marcaron a fuego”.
Este esfuerzo colectivo despliega la trayectoria completa del poema a lo largo de once títulos publicados en vida y uno póstumo: Tacana o los linajes del tiempo (1989), Ojo de Brasa (1991), El Señor de Autigasta (1994), Asuntos de familia y otras imposturas (1997), Rápido Pasaje (1999), Jaula Viva (2004), Estricta ceniza (2005), Las Tierras naturales (2007), Los ojos de lo fugaz (2010), El Barro que sofoca (2013) e Historias Guardadas (2017). La arquitectura del libro se completa de manera entrañable con una semblanza de su gran amiga Ivonne Bordelois y una nota preliminar.
De este modo, los lectores nos encontramos con una vasta obra que puede ser leída desde múltiples aristas; entre ellas el linaje, la relación con el territorio o la musicalidad del verso.
En la poética de Martínez, el linaje desborda los límites de un árbol genealógico. Allí conviven los muertos de sangre, abuelos, padres, mujeres que hilaron la infancia con sus presencias cotidianas y sus nombres irrepetibles, pero también está el noroeste entero, con su luz, sus árboles, sus vientos, sus silencios, que pesan en su escritura tanto como cualquier antepasado. Martínez aprendió a leer el paisaje como familia y a leer la familia como paisaje. El abuelo es río, el padre es paisaje, el pacará “es la casa sin puertas”[1], la madre es esa ausencia hecha pregunta que “tornará calandria o rey del bosque/ o ave rapaz”. Al lado de estos también están otras presencias femeninas que articulan este linaje, como las abuelas, las tías o esas “viejas diosas” que hilaron los primeros años con sus gestos cotidianos. Su gran amiga, la poeta Rosario Andrada, sostiene que las mujeres constituyen en la poesía de Martínez la columna vertebral de la memoria; ellas encarnan la continuidad del mito y el amparo telúrico, entretejiendo la casa, el afecto y el monte con sus misterios.
Entre la existencia y el paisaje hay una imbricación que configura el corazón de su poética. En los poemarios Asuntos de familia y otras imposturas (1997) y Las tierras naturales (2007), la flora local como el lapacho, el chañar, el tarco, la brea y el algarrobo, deja de ser un simple adorno folclórico para encarnar una dimensión vital y sensible. El poeta no canta el paisaje como un mero espectador; escribe desde adentro, desde el barro que sofoca, desde las acequias, la enramada y el silencio del monte. En sus versos el cuerpo es un territorio que se confunde con la geografía y añora la textura de las vivencias. El paisaje vibra y el suelo se torna en una única materia indivisible: “ríos, montes, desiertos, / eran nuestros cuerpos”, dice la voz poética.
La dimensión sonora es la que nutre de emoción sus textos más conmovedores. En la semblanza que acompaña este volumen, Ivonne Bordelois celebra el “riesgo poético” que asumió Martínez, alcanzando en obras como Jaula Viva un tono de “derrumbe, elegía y a la vez exorcismo de una catástrofe amorosa”.
El gesto editorial del que hablé al principio por parte de El Guadal Editora no es simplemente un rescate patrimonial, es quizás, también, la restitución de un diálogo pendiente con una de las voces más lumínicas de la lírica catamarqueña. Como bien sintetiza Victor Aybar en la contratapa de esta edición, la poesía de Martínez posee “la fuerza y la espesura del calostro: esa leche primera y plena de vida”, legando a literatura “las figuras del poeta huérfano que mira y escucha a sus muertos en una batalla incansable con el tiempo; del poeta hecho potro en las sierras de Ancasti, y del poeta que de viejo inventó la infancia y no le teme al olvido bienhechor”. En Quieto corazón del monte, la espesura, el aire serrano, la memoria de los muertos, la presencia viva de las mujeres y el latido del territorio demuestran que el silencio no apaga a quien hizo de la tierra su propia palabra.
[1] Asuntos de familia y otras imposturas (1997), “Poemas de los árboles”, VIII.
*Ph: Ministerio de Cultura, Turismo y Deporte de Catamarca / Gustavo Roldán

Leonardo Martínez (Catamarca, Argentina, 1937 – Buenos Aires, Argentina, 10 de octubre de 2016) poeta, escritor y músico. Egresado de la Escuela de Artes Musicales de la Universidad Nacional de Tucumán, ejerció la docencia en dicha institución y en el Colegio Sagrado Corazón. En 1980 regresa a Catamarca para dedicarse a tareas rurales en Tacana, localidad de las serranías de Ancasti, hasta 1989. Martínez ha publicado Tacana o Los linajes del tiempo en 1989 y reeditado en 2014 (Editorial Lisboa), Ojo de brasa, editado en la colección “Cuadernos de Sudestada”, dirigida por Ana Emilia Lahitte, El señor de Autigasta (Último Reino,1994), y Asuntos de familia y otras imposturas (Último Reino, 1997), Rápido pasaje (Último Reino, 1999), Jaula viva (Último Reino,1994), Estricta ceniza (Ediciones del Dock, 2005), Las tierras naturales (Ediciones del Dock, 2007), Los ojos de lo fugaz (Ediciones del Dock, 2010), El barro que sofoca (Suri Porfiado, 2013) e Historias Guardadas (Alción Editora, 2017). Publicó las antologías Jardín volátil (Sarquís, 2007), Resumen de espejos (Editorial Ciudad Gótica, 2008), Escribanía de vivos y muertos (Ediciones del Dock, 2013). Ha recibido, entre otras, las siguientes distinciones: Mención Especial en Poesía, Producción 1992/1995, dentro del Régimen de Premios Nacionales, Primer Premio de Poesía, año 1996, en el concurso de la Fundación Carmen Gándara, y Primer Premio a la Producción Intelectual y artística de Catamarca, en 1994. Su poesía ha sido traducida al francés, inglés y alemán.

Es Profesora en Letras y Analista en Relaciones Públicas e Institucionales. Trabaja como profesora e investigadora en la Universidad Nacional de Catamarca. Actualmente es maestranda en Estudios Literarios de Frontera por la Universidad Nacional de Jujuy (UNJu) y se encuentra desarrollando su tesis. En 2021 publicó Desnuda, su primer poemario con Puerta Roja Ediciones. Y en 2024 Diestra con El Guadal Editora. Varios de sus poemas y relatos han sido incluidos en antologías nacionales. Ganó dos veces la Beca creación del FNA por su proyecto “Escribir la muerte”. Además, ganó el premio «Mi Capital Cultura» en 2025. Fue jurado de distintos concursos literarios tanto provinciales como nacionales. Es colaboradora en revistas culturales y coordinó ciclos de poesía.



