Por Verónica Barbero |
Qué hermosa familia de saltimbanquis, pensé cuando llegaron, sus pantalones arremangados hasta las rodillas, el padre y los mellizos bien morruditos. ¡Chelembukis! los llamó, qué dialecto tan gracioso, por respeto no hice ningún comentario. Tanto lío me hicieron los políticos, tierra hay de sobra les dije, se enojó todo el mundo, vinieron tantos colonos que tenían que correr para ganar primero una parcela. Parece que los chelembukis y su padre eran lentos, la notificación llegó el martes, había que reubicarlos y no me quedó otra opción que traerlos. Serán los últimos, colonización fallida la llamaré, plantar bandera donde no hay tierra solo camalotes y bichos. Bajo la lluvia llegaron, la laguna ya había crecido, no alcancé a mostrarles los campos arados. Vinieron por la promesa de vivir a la vera del río, les costó creerme que antes había un río, en sus orillas un camino que las lluvias borraron. El barco que los trajo quedó encallado al llegar, un monumento tosco en el centro del paisaje con nostalgia de los palmerales.
Mire que yo no soy hombre de agua, insistió el padre de los chicos, sé manejar un arado, eso sí, y esquilar ovejas, resolver problemas, aunque sea poniendo alambre donde debe ir un tornillo. Un día el agua vuelve al cauce, le contesté, imaginen el movimiento, su oleaje, su latido, yo elegí quedarme por dos motivos: el primero, donde hay agua habrá tierra y el segundo, el pueblo que fundaremos tendrá un dibujo urbanístico de diagonales igual a sus ciudades de origen, las diagonales rodearán la plaza y las manzanas principales, calles amplias y desde el campanario de la iglesia se verá la laguna. Un ejemplo de civilización frente a la gente inhábil que antes habitaba estos lugares como los gauchos, capaces hasta de comerse sus caballos, mis propios ojos los han visto. Además, aquí tienen para aprender un nuevo oficio.
El padre tenía prendidos los ojos al agua, como si algo lo llamara, se lo notaba desencantado, olfateaba el aire nuevo para él, de barro tibio. Nosotros venimos de la montaña, campos y ovejas, somos gente de frío, insistió. Me cansó la falta de invención y de empuje del hombre, desde ese día yo solo tuve ojos para los chelembukis, los haría hijos míos. Míos y de la Condesa Pontificia, formaríamos la familia que siempre he querido.
La Condesa Pontificia tiene su casa en el alto, cerquita de la barraca donde yo vivo, un naranjo nos separa. No he llegado más allá de la entrada, siempre me recibe en la galería vigía, con vista al barco encallado, sobre la baranda tiene un catalejo con el que sigue los movimientos del aguatierra. El lugar tiene las paredes con moho, se ve que es humedad antigua; ella siempre se queja de que las aberturas no cierran bien porque con los años se hinchó la madera. La Condesa Pontificia es la dueña de lo que ahora es laguna, en otro tiempo había chacra, árboles frutales y animales.
Ella no es de esas personas que come rodeada de gente los domingos. En mis sueños por las noches, con mi guitarra en calma, le dedicaría un himno, pero nuestro vínculo no es de este mundo. En parte creo que me quedé por ella, sé que en la capital tiene sus pretendientes pero aquí está sola conmigo. Nunca se queda quieta, prospera en todo lo que hace, me acuerdo cuando la laguna se desbordó sobre el paisaje azul de flores de lino, mandó a talar los árboles antes que se pudran para hacer balsas, hora de dedicarse a la pesca, dijo, la naturaleza reinterpreta el paisaje como el maestro en sus pinturas, llamaremos Picasa a la laguna en su honor como un gesto de melancolía. Así lo hicimos.
La Picasa va dejando marcas de mordiscos en las pantorrillas de los chelembukis, tal vez sea una forma de venganza. Nuestro trabajo aquí era el cultivo, pero en estas aguas no sabemos cómo arar, intentamos de varias maneras la laguna zumba cuando le gusta lo que hacemos. El ruido tal vez habita en mi cabeza o son abejas de ese mundo submarino, si es así iremos por la miel, habrá producción para eso vinimos.
Cuando llueve me gusta salir en canoa a lazar peces con los chelembukis, ellos creen que son sus perros cuando los dejan atados en la orilla, les pusieron nombres y les dan comida. Los peces mueven la cola ante un silbido, a los otros perros, a los verdaderos, los enterramos hace tiempo, tenían las patas mordidas por el agua, quedaron petisos y de tanto arrastrarse fueron desapareciendo. Cargamos las partes que quedaron de los perros en carros, buscamos un lugar con tierra en la orilla. Así nació el cementerio flotante, un conjunto de camalotes donde descansan nuestros perros bíblicos. Es el lugar preferido de la Condesa Pontificia, pasa horas mirando hacia la laguna y yo adivinando sus gustos, ¿será que lo flotante la enamora? Ella quedó sola con algunos enemigos que querían su tierra, una parte se la sacaron, se quedó sin huerto, con pocos caballos y lo peor, sin nadie que acompañe su conversación elegante, confinada en un lugar donde jamás puede lucir los hermosos vestidos que vi a través de una ventana, desde que la laguna se le vino encima cambió su atuendo a pantalones y
botas de goma, soy feliz cuando la miro. Su voz tiene una profundidad acuosa, me impactó el día que nos conocimos, me tomó de la mano y me preguntó mi nombre, por primera vez repitió Aarón, Aarón Castellanos, su voz parecía venir de otro lugar como si hablase la Picasa desde el fondo oscuro.
La laguna le devuelve cosas, por qué la elige a ella es algo que aun no entiendo. Cabello enredado, tejido como nido, fragmentos de metal antiguo con marcas de dientes; va armándose la orilla con basura tajeante que lastima los pies de los chelembukis y los míos. El agua solo se alimenta con lo vivo, lo demás lo devuelve en un zumbido que dice nada de eso sirve, y vuelve a lo suyo, eso imagino. La Condesa Pontificia observa los despojos en la orilla y responde con suspiros, como si su alimento fuese el aire o el sol, siento celos cuando toma bocanadas de viento y ofrece su cara limpia al cielo. No prueba otra cosa y la entiendo, me ha contado que antes había gente que trabajaba en la cocina y que intentaron envenenarla para quedarse con la tierra.
El padre de los chelembukis pasa todo el día metido en la laguna, ya lo bautizamos inspector de residuos, él dice que hay que enseñarle a los chelembukis a buscar otros alimentos; no comen peces porque los creen sus perros, a los pájaros no los queremos por mezquinos, antes venían a saludarnos con sus graznidos, ahora no se acercan por temor a rozar la superficie y que los engulla el aguatierra. Discutimos entre todos sobre la conveniencia de sembrar en la orilla, dudo que algo se fije, la tierra todavía no es tierra, es una idea húmeda de tierra, no creo que ahí salga nada bueno.
Un pez espada salta fuera del agua, lo cabalga un chelembuki, lo doma con un cinto que aprieta hasta que le saltan los ojos, el pez espada se clava de punta en el barro y corcovea al aire dándonos un espectáculo. ¡Eso es cazar en el agua!, grita el padre, ahí sí coincidimos con aplausos. Se despieza el pescado enorme, hay de sobra para llevar al mercado, carne de pez espada es rara en estos lugares, debe costar caro el kilo, digo y aparece el desprecio, la ponzoña en la cara del padre de los chicos.
Una olla de aluminio con el borde mordido llega a la orilla cerca de la Condesa Pontificia, como si algo la hubiese probado antes de decidir si es alimento, ella no deja que nadie la toque. Le hago notar que es una olla vieja, inservible. No, es material corregido me contesta, lo que me genera cierto desconcierto, el zumbido se vuelve agudo.
Aquí las cosas se hacen más relajadas, le digo al padre de los chelembukis que no para de maldecir el momento que aceptó venir, nos acusa de delirantes a la Condesa Pontificia y a mí, de querer matarlos de hambre en mi afán de hacer productivo este
lugar. Intenta escapar con el único caballo que queda, haciendo equilibrio sobre el agua espesa, trata de llegar hasta el barco encallado que se ha ido desmoronando de a poco, fuerza el tranco del animal unos metros y vuelve. No entra en razón, no entiende que aquí colonizar es otra cosa, la laguna es lo que hace la tierra cuando está viva, solo hay que dejar de llamarla agua. Tanto renegar el hombre se va poniendo gris, mustio y, como el caballo, más petiso por los mordiscos, parece que el agua se ensaña con el que se resiste, pasa muchas horas en la barraca sin trabajar, me dan ganas de subirlo al barco y mandarlo de vuelta a su casa, si no fuera por la felicidad que me dan sus mellizos.
Temprano van los chelembukis a levantar la cosecha, pegan la cara a la superficie de la laguna, estiran la lengua, aprendieron eso de los sapos, y ¡zas! las huevas de los peces y algunos bichitos quedan pegados, los escupen dentro de una taza. Estoy feliz con la nueva empresa, haremos falso caviar, pasta de pescado y harina para fabricar alimentos. El barco encallado es ideal para la elaboración y acopio, me interno en la laguna, huele a agua dulce que estuvo guardada mucho tiempo. Los camalotes me abren paso cuando llego al primer peldaño podrido, parecen los pensamientos perdidos del barco, de la cubierta de madera queda una parte, hay que pisar con cuidado los tablones con boquetes o mordeduras por donde filtra el sol, aflora desde abajo el aguatierra.
Llevo a la casa del alto unas muestras de las primeras cosechas, la Condesa Pontificia a contraluz las observa como si buscara dentro una criatura, las huevas pierden brillo ante su presencia. Esto es promesa de alimento y no se toca, lo que crece debajo está menos corrompido, nuestra nueva forma de vida es esperar lo que ellas quieran hacer: nacer o desaparecer, dice. Yo trato de que entre en razón, lo que el agua está dando se puede clasificar, prensar, le daremos al aguatierra el esplendor de antes, cuando era tierra. Traiga más, dice con voz de autoridad, que nadie se alimente de esto, sería un sacrilegio, para eso está el árbol de naranjas. Ya no me gusta tanto mi Condesa, de buena manera le explico que los chicos están creciendo, que naranja sola no sería buen alimento y el pescado no lo come ni el agua.
En el barco-fábrica todo es húmedo, improvisado y vivo. Donde antes había pasajeros ahora hay bateas llenas de huevas, escamas secándose en alambres, y lo mejor es tener a los chelembukis cerca, cantando o gritando. Lo que la gente usa hace miles de años aquí no sirve, hay que perfeccionar otras formas, les digo, como nuestro barco que antes era para el tránsito por ríos y mares, hoy es planta de procesado. Los chelembukis aprenden rápido, sus lenguas han crecido y están más pegajosas, ahora vuelven con los cachetes inflados con más huevas y otros elementos musgosos que escupen en la batea,
sus espaldas tienen un brillo de lata húmeda y sus pelos se han vueltos impermeables al agua. Escarbo entre las huevas que trajeron, algunas se han endurecido como si no quisieran someterse al proceso, veré qué hacer aunque se oponga la Condesa. Vamos apilando frascos sin etiqueta, pensaremos una marca, un nombre en honor a ella.
El padre empieza a comer la materia viva, lo corto en seco, una parte, le aclaro, lo otro va en conserva. Los dejo que saquen un poco más, me da terror que se entere la Condesa Pontificia, para ella son reliquias y puede aparecer en cualquier momento, está deslumbrada con las artesanías con escamas que hacen los chelembukis, incluso ha dejado sus joyas para usarlas. Cruje un peldaño y aparece su sonrisa de dientes blancos, tan hermosos, uno de los chelembukis le regala una flor hecha de nácar, ella la deja en un rincón donde armó una especie de santuario con objetos pequeños. La Picasa está hablando distinto, dice, ya no devuelve residuos, solo versiones aptas. Con la uña rasca el cachete del chelembuki, intentando sacar una costra de metal fino que no está adherida, le nació ahí en pocos días. Su sonrisa se agranda cuando se aleja hacia la galería vigía haciendo sonar una campanita que encontró en la orilla, demasiado limpia para haber estado dentro del agua.
En los últimos días ocurre seguido, algo se retuerce en el fondo del aguatierra, la superficie traduce el movimiento en remolinos de espuma, de sales, algas, materia orgánica, aletea la espuma que el viento desparrama, se inclina un poco más el barco, pone en peligro nuestras cosechas, se queja con crujidos y exhala un viejo olor a hierro, a otro mar que ya había olvidado. Espero el nacimiento de un volcán, pero después de un rato, solo quedan copos de espuma como si fuera restos glaciares. Imagino la pequeñez de los habitantes de ese mundo, en el lecho zumbante, trabajando en algo nuevo o descascarando algo óseo, entre víboras y gusanos que los dejan hacer.
El padre de los chelembukis se ha rendido, de él ya no queda nada, ni del caballo, ya podemos llamarles muertos. Los chelembukis preguntan si es hora de llevarlos al cementerio entre camalotes, preparo una canoa, estamos listos, digo. Nunca se está del todo listo, antes de partir uno va y vuelve varias veces con la sensación de que se olvida de algo. No hay manera de estar listos para morirse o para el riesgo, dice la Condesa Pontificia y sube junto a los chelembukis.
Hacemos frente a esta especie de segunda partida desde que los traje a esta tierra, nos deslizamos por la laguna, las lágrimas brotan en los ojos de los chicos aunque no hay nadie en la orilla, ¿pueden llorar igual los ojos desiertos de reflejos? Pasamos con el cortejo cerca del barco-fábrica adornado por tiras de flores de escamas, siempre supe
que la velocidad dentro mío era mayor que la vida que llevaba y que solo era cuestión de tiempo que se presentara una fuerza que me lance a una experiencia única y salvaje como esta. Los chelembukis me miran a los ojos, son una aleación de residuos con algo vivo, partes de su piel se han vuelto duras, yo también soy partícipe, no son solo creación de la Picasa.
Se tambalea nuestro cementerio flotante de troncos desplomados, lianas de barro seco y cuerpos ya sin forma por obra de la laguna y el tiempo. El zumbido viene otra vez desde adentro. Padre, caballo, perros, camalotes, nuestros propios cadáveres de musgo, una sola masa que oscurece de verde con hilachas el aguatierra. Entonces puedo ver tierra, o lo que aprenderemos a llamar tierra. Aquí no habrá piedra que nos registre, solo recuerdo de nuestro peso en la laguna; echarse en el pasto era antes, buscar sombra bajo el árbol era antes, el sol jugando sobre la hojarasca será espejismo de luces y sombras. La Condesa Pontificia dice que el color del aguatierra le trae un recuerdo de la infancia.

Nacida en diciembre de 1963. Publicó cuentos en la antología 40° Narrativa Tucumana Contemporánea, editada por Blatt & Ríos y en la revista Muta. Participó en un podcast de la Segunda temporada de Los Cartógrafos con el cuento Crayones. Asistió a clínicas con Carlos Ríos, Marisol Alonso, Francisco Bittar, Damían Ríos, Eduardo Muslip y Elena Bossi organizadas por el grupo Ampersand y El Juguete Rabioso. Publicó el libro de cuentos “Aquí se restauran niños y vírgenes” con la editorial Minibus.



