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ISSN 2684-0626

 

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El cubo mágico. Comentario sobre Qué difícil es decir te quiero de Marcos Rosenzvaig

Por Ignacio Daniel Ratier |

Me suena el apellido Rosenzvaig de alguna referencia arrancada por ahí, que luego, se volvió un atado de palabras: Tucumán, hermanos, intelectuales, Historia, Teatro, Literatura, Buenos Aires. Rumores. Este mundo, el literario, está lleno de zumbidos, chismes, mitos, cuchicheos, supercherías, y mi encuentro con esta novela sucedió en esa penumbra del no saber. O saber muy poco, casi nada. Porque, además, llegó como libro prestado.

Antes —cuando acepté ser uno de los presentadores en el evento que se hizo en la librería santiagueña Utopía— me había preguntado por el objeto. No por el autor ni por la obra. Por el soporte. El cuerpo en el que están grabadas las palabras que juntas hacen Qué difícil es decir te quiero. Ahí emergió un chiste (el mundo literario también está lleno de picardías): decía Pablo Donzelli, editor de La Papa, “que Lucas presente una mitad e Ignacio, la otra”. Pasa que había en la ciudad un solo ejemplar y lo tenía Lucas Cosci, el otro presentador de la ocasión.

Entonces nos pasamos el libro para que cada uno leyera y preparara nada más y nada menos que el rito de presentación en sociedad de un libro. Devolví el libro después de tenerlo conmigo una semana. No pude hacerle mis marcas, no era mi cuerpo. En cambio, pude atestiguar —con la mirada filosa que distingue al chismoso de buena cepa— los resaltados en color naranja del otro lector/presentador. Así, con el lujo de esas distracciones, accedí a la obra y al soporte que la contiene. Diría que en condiciones poco convencionales, casi clandestinas. Acostumbrado más bien a otro tipo de libreto (a mis apuntes, subrayados, notas marginales y, lo que no es poca cosa, a objetos cargados del sentido de propiedad), acepté mi papel en la obra con otras reglas de juego. Algunas, impuestas por las circunstancias; otras, escogidas por mí.

Entre las impuestas, lo ya dicho: el libro prestado y los pruritos causados por las barreras morales que se presentan ante el lector tentado de intervenir lo que no es suyo (¿qué clase de lector no hace propio lo ajeno?, ¿qué clase de lector no deja sus huellas?). Pero también la suspensión de esa cualidad que distingue a la palabra escrita, que es su perennidad. Con la devolución del libro (Lucas debía terminar la segunda mitad), Qué difícil es decir te quiero me transportó a la selva de la memoria, me dio en mano una brújula mal calibrada y me deseó suerte con los predadores del olvido.

Después, en otro término, las reglas escogidas por mí. Quise leer esta novela desde esa penumbra que adelanté al inicio del texto. Ir adelante con esa resonancia del apellido Rosenzvaig. No leer la solapa ni la contratapa ni escribir en google M-A-R-C-O-S – R-O-S-E-N-Z-V-A-I-G. Jugar a adivinar lo vital del autor sin echar mano de lo públicamente disponible. Solo y con lo puesto.

Así llegué hasta aquí, con la tarea de escribir sobre Qué difícil es decir te quiero (la novela de Marcos Rosenzvaig editada por el sello independiente y tucumano La Papa) y comentar por qué sugiero que sea leída. Las razones para hacerlo existen, son reales. Si no recuerdo mal, las he encontrado en la selva de la memoria.

La primera es elemental. Hay una trama bien construida y personajes complejos, redondos, que logran autonomía intelectual o que al menos logran travestir el intelecto que los compone, el del autor: amenaza siempre latente en la ficción. Los personajes cobran vida. Samy, el protagonista, es un escritor obsesionado con el temita del prestigio, atrapado en el deseo de trascender en una época que le cierra el paso a lo genial. Flavio Lo Presti, escritor cordobés, decía en un ensayo escrito quince años atrás que quizás era momento de aceptar que ningún escritor de su generación lograría publicar una obra maestra. En la metalectura, esa cuestión aparece. Como una risa que hace de la impotencia de nuestro tiempo el combustible de la escritura.

Decía entonces que Samy, el personaje principal, que podría ser un alter ego del autor, es un escritor embarcado en una aventura narcisista: escribir la novela de Lorena, la jovencita que lo ha cautivado y con la cual ha vivido una historia de amor y locura, cuyo escenario es Buenos Aires en la subtrama de su coolture (palabra que mezcla “cool” y “cultura”, acuñada por el investigador colombiano Omar Rincon para referir a la pérdida de densidad cultural en manos de lo cool y lo pop). Samy escribe esa novela y Lorena se la tatúa en el cuerpo; se la tatúa el chino Wang, un personaje extraordinario que se desdobla y aparece de dos modos: en la narración y en la caligrafía de lo narrado en el cuerpo de Lorena. Samy lleva la historia al teatro a través de una obra escrita y dirigida por él. La gran virtud de esta ocurrencia es que, una vez hecho texto, se vuelve erótico y subversivo. Provoca, lleva al goce. Lejos de ser un texto que se sueña a sí mismo en el plano abstracto de las ideas, devuelve una verdad materialista: no hay literatura ni hay obra sin cuerpo, es decir, sin la sensualidad de un soporte.

La segunda razón es que estamos ante un logrado esfuerzo de inscripción en un género (la novela) que desde hace varias décadas persiste en la dinámica frenética de hacerse en la exploración de sus propios límites. Desde mi perspectiva, la operación de Qué difícil es decir te quiero es construir un cubo mágico, o un cubo rubik. Un objeto tridimensional en el que se cruzan el despliegue de la obra de teatro, el cuerpo-novela de Lorena y el juego de espejos entre la historia contada por Samy y la historia contada por Manuel, el actor que en la obra de teatro interpreta el papel de Samy.

De modo que en su discurrir, el lenguaje cursi se deforma en el devenir trágico de la historia y la idea de auto-infligirse daño en tanto gesto artístico se pervierte en el devenir cómico del protagonista, que escribe sobre la locura del amor, o sobre amor y locura, pero es incapaz de dar la vida por algo que no sea su propia trascendencia. Qué difícil es decir te quiero es una buena novela, entre otros motivos, porque transcurre en la agonía y la agonía, polimorfa, termina interrogando al lector.

Veamos un breve ejemplo. En la obra de teatro que se desarrolla en el texto, los amigos de Samy se reúnen para darle una devolución a la novela que este ha escrito. Las lecturas de estos amigos son banales, moralistas, políticamente correctas (“la marcaste como nos marcaban los nazis”, dirá una de ellas, si la memoria no me falla). Y, aunque estos personajes intentan ser honestos por algún idilio pretencioso, claudican en muestras de cariño y admiración que no sabemos si son genuinas. La obra nos señala con el dedo y nos pregunta cómo estamos leyendo. Nos pregunta si podemos ver más allá de los moldes de la época.

La tercera y última razón es más personal. Rosenzvaig es un apellido que se parece en algo a los apellidos Lamborghini, Ocampo, Joyce o Machado, por nombrar algunos. Porque, por un lado, toda la literatura está atravesada por la duplicidad: el desdoblamiento, la naturaleza contradictoria de lo humano, el misterio de la identidad. Pero también hay casos en los que esa duplicidad se manifiesta en lazos de hermandad que añaden otra capa a la cebolla. En las hermanas (Victoria y Silvina) Ocampo, por ejemplo, este cruce se dio en la extrañeza de no haber compartido infancia, es decir, se trata dos hermanas que escribieron desde patrias diferentes. Los hermanos (Leónidas y Osvaldo) Lamborghini curtieron sus estilos, se construyeron en sus propias singularidades, y algunos dirán que son el agua y el aceite, pero establecieron un diálogo secreto en los bordes de la literatura. Stanislaus Joyce, hermano de James Joyce, terminó haciendo su obra a partir de la abnegación y con la materia biográfica de su hermano mayor. Se autoproclamó su guardián. La cuestión me interesa porque el apellido Rosenzvaig evoca ese singular en la literatura, tema en verdad apasionante. La resonancia, guste o no, viene con ese condimento. Y yo, lector, he leído esto desde la penumbra del desconocimiento, porque no había leído a Marcos Rosenzvaig ni leí a Eduardo, su hermano. He leído desde esa ignorancia, pero provisto de una hipótesis: no se puede escribir sin ese otro dolorosamente ligado a nosotros que es un hermano. El cubo rubik de esta obra, estoy quizás tontamente convencido, lleva los colores de estos trazos que han constituido al autor.

Pero antes de concluir, quiero mencionar dos textos con los que esta novela puede dialogar. El primero es La interpretación de un libro, novela de Juan José Becerra que leí en un colectivo que parecía a punto de fundirse y que llevaba, hace ocho años, una comitiva de hinchas de Boca a ver un partido del torneo local contra Independiente. ¿La trama de ese texto? Un escritor publica una novela y recorre las librerías porteñas comprobando que nadie la compra, que a nadie le interesa. Herido y frustrado, camina por un parque cuando encuentra a una joven muy sexy que, sentada en un banco, está leyendo su libro. Se presenta como el autor e inician un romance que el lenguaje berreta de nuestro tiempo catalogaría como “tóxico”. La relación se sostiene por un tiempo en la admiración que ella le profesa y el combustible erótico de sentirse deseado que opera en él. La cosa empieza a echarse a perder y se termina de desmoronar cuando la descubre leyendo a otro.

El segundo texto es El traductor de Salvador Benesdra, una de las grandes novelas de la década de los noventa y, para mí, en general de la literatura argentina. El protagonista es Ricardo Zevi, un ex trotskista que trabaja en una editorial progre llamada Turba, que es dirigida por un grupo de exmilitantes setentistas que bajaron las armas para convertirse en hombres respetados y biempensantes. La duplicidad de Zevi se manifiesta en un proceso de degradación que recorre en paralelo la experiencia personal de traducir la obra de un filósofo alemán reaccionario en medio de un severo ajuste al interior de la plantilla de la editorial y una relación tormentosa que mantiene con Romina, una jujeña adventista (también muy joven) de la que se enamora y a la que seduce obsesivamente. El cuerpo-novela de Lorena en Qué difícil es decir te quiero tiene alguna reminiscencia con el cuerpo de Romina, que se ve obligada a prostituirse por su novio-cafishio, que la espía desde un armario cuando recibe a sus clientes. Romina desafía a Zevi mostrándole que, a diferencia de cuando ellos se acuestan, cuando está con otros es capaz de sentir placer.

Existe entonces una vía posible para poner a dialogar el libro de Marcos Rosenzvaig con otras literaturas que exploran la sensualidad del texto (su dimensión material) en busca de los límites de un género hoy más bien organizado en torno a la dicotomía entre el remanido realismo de la literatura del yo y el new weird empachado de teoría. Aquí hay algo diferente, que combina lenguajes, géneros y recursos sin caer en la tentación de querer demostrar grandeza o, lo que es peor, autocompasión.

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