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El viento que nos junta: crónica sobre la 18.ª Feria del Libro de Catamarca

Por Flor Agüero |

Contenidos por el valle, mirados por la Virgen y empujados por el viento, así transcurrieron los días de la 18.ª Feria del Libro de Catamarca.

Para mí, la feria había empezado varios días antes de la inauguración, cuando salí a buscar cajas de cartón para guardar libros por los kioscos de algún barrio periférico de la capital riojana. En La Rioja no hay viento, salvo el Zonda, que azota durante las siestas de agosto y puede quedarse hasta bien entrado septiembre. Después, el aire se vuelve denso y manso.

Durante todo este año fui y vine entre San Fernando del Valle de Catamarca y La Rioja. En esos viajes descubrí el Huayra y esa sensación de movimiento constante. Se convive con el pelo revuelto, con la tierra que se posa sobre las cosas, con la servilleta que sale volando de la mesa del café, con la ropa que flamea. Ese movimiento también mueve a las personas, las acerca, hace que te encuentres con gente que quizás no conocerías en la quietud.

En junio fui invitada al FIDEO, un festival de literatura. En septiembre volví como poeta al Festival de Poesía Norte Natural. Para entonces, la Feria del Libro ya se colaba en mis conversaciones con otros poetas «Nos vemos en octubre, en la feria», repetí más de una vez. Los escritores, editores y libreros encienden la chispa. Pero sin aire, el fuego no prende. Y en Catamarca aire es lo que sobra.

En el viaje de La Rioja a Catamarca me acompañaban mi madre y su perrito, Cuqui, con quien me llevo fatal. Su vejiga nos obligó a parar en Chumbicha, el reino de las mandarinas. Apenas bajé de la camioneta, sentí el viento en la frente. Ya estaba, definitivamente, en las tierras de Felipe Varela.

Llegamos al Predio Ferial, al pie de la Sierra del Fariñango. Cuando digo que estamos contenidos en un valle rodeado de cerros y sierras, lo digo literalmente. El predio es enorme: la Fiesta Internacional del Poncho, la cual conocí este año, me demostró que puede albergar un pueblo entero. Comienza el primer día de los seis que pasaríamos dentro del Predio, el viento es leve. El pabellón donde funciona la feria parece una gran nave que aterrizó en el valle. Adentro hay luces blancas, cajas, libreros y libreras, bibliotecarias y bibliotecarios, cintas de embalar. Alguien prueba el sonido mientras los compañeros llevan y traen mesas, tablones y cables. Todo lo necesario para montar la escena en la que nos moveríamos durante los cinco días de feria.

Las ferias son momentos en los que una disfruta de compartir la misma afición por los libros y la lectura con otres. Me acompañó la poeta catamarqueña Lourdes Avendaño, que hizo de librera más de una vez. Juntas comenzamos a bajar las cajas de la camioneta; era como trasladar una montaña minúscula en un carrito. Buscamos el stand de Rizoma y comenzó la acción. Ah, no: antes salimos a fumar y a tomar una coquita, estábamos reconociendo el terreno.

Comenzamos con el armado del stand, tengo que admitir que el ojo de Lourdes hizo que quedara hermoso. Yo suelo ser un poco más «chambona»: por mí, los libros van todos acostados y las mesas, de frente. Ella propuso una disposición más abierta, que invitaba a las personas a entrar. Entendí que no es lo mismo poner el tablón delante del stand como una barrera que nos separa que disponer las mesas de manera que la gente pueda meterse y mezclarse con nosotras entre libros y preguntas.

Armar un stand, como tantas otras cosas en la vida, es una postura política. Decidimos qué libros van a la mesa, cuáles quedan en las repisas, cuáles se ven más y cuáles menos. Como todas las ferias a las que asisto bajo el gobierno de Javier Milei y La Libertad Avanza, intento dejar claro qué encontrarán en Rizoma. Un poco a modo de repelente. Por eso, en la repisa de arriba, esa que se impone a la vista puse: “No fue magia, Cristina Fernández 2011-2015” de Pagina 12, “Evita, nacida para molestar” de REP, “Mi amigo el Che” de Ricardo Rojo, “El lado norita de la vida” de Editorial Marea, “Los nietos te cuentan cómo fue”.

Terminamos y lo miro, me siento contenta con la selección que traje: desde Leonora Carrintong a Walter Benjamín, de Idea Vilariño a Mark Fisher. Quedó todo listo. Cerramos el stand con una friselina y lo dejamos así hasta el día siguiente. Cuando nos estábamos yendo, pasé por el stand de la Biblioteca Provincial Julio Herrera. Si visitan Catamarca, tienen que ir: es súper acogedora. Ya nos había recibido durante el Festival Norte Natural. En la biblioteca estaban reunidas todas las editoriales catamarqueñas. Yo fiché un libro: «Luis Franco, el historiador», de Editorial El Guadal. Me prometí volver por él.

Parecía que el viento y la feria iban al compás. La jornada inaugural transcurrió tranquila y aproveché para visitar a los amigos libreros. Estaba Michel, de Librería Sudestada, amigo de la vida que también viajó desde La Rioja; Gonzalo, de Ágora Librería, librero de la única librería de Chilecito y, me atrevo a decir, del interior riojano; Flavio, de Editorial Prometeo, un chango que conocí en la Feria del Libro de La Rioja y con quien quedó una especie de amistad; y los amigos locales de La Singularidad del Libro, una librería catamarqueña con un catálogo exquisito.

La gente empezó a pasar por los stands con curiosidad. Algunas personas anotaban títulos; otras prometían volver. El primer día, el ilustrador REP presentó una biografía ilustrada de Charly García, una mezcla de melancolía e ironía que dialoga con la vida del ídolo políticamente incorrecto. Dijo algo con lo que coincido totalmente: «Como Charly no hay nadie. Sobrevivió a sí mismo». Antes de la presentación, REP recorrió la feria y se acercó al stand. Muy copado, firmó el ejemplar que tenía de «Evita, nacida para molestar» y le hizo una ilustración en el momento. El encuentro tuvo esa espontaneidad que hace fascinantes a las ferias.

El primer día descubrí que en el pabellón paralelo a la feria estaba sucediendo El Ponchito, voy a dedicar este párrafo a este evento: Infancias tomando el poder. Parecen hormigas en el escenario, les queda enorme, pero a la vez llenan el espacio de pasión y frescura. Cantan, bailan y disfrutan sin prestar atención al ojo adulto que los mira como público. Todavía tengo la imagen de un niño minúsculo cantando una guaracha y cuando canta aprieta el puño y dobla el brazo, como si la voz necesitara un lugar donde afirmarse. El codo se le despega del cuerpo, la mano se cierra y algo en esa postura parece volverlo más grande de lo que es. Por un momento el escenario entero parece estar sostenido por ese puño.

Los primeros dos días tuvieron un ritmo parecido en cuanto a gente y ventas. Porque, como librera independiente, vender es una necesidad de subsistencia. Rizoma suele ser el stand de ranchada: la gente deja sus cosas, se mete a tomar mates y a charlar. Esta feria no fue la excepción.

Empezaron a llegar poetas con quienes me había cruzado en mis viajes a Catamarca: Julia Tiraboschi y Paula Bustamante fueron las primeras en acercarse y contarme sobre sus actividades dentro de la nave. Ambas participaron de una charla sobre la necesidad de publicar y lo valioso que es hacerlo con editoriales independientes locales. Lo malo de estar de este lado del stand es que me pierdo las actividades del programa. Mi rol es invitar gente a acercarse, aunque desde acá también veo el backstage y el después.

El jueves 8, después de las 19, el lugar se desbordó de gente. Fui a ver qué pasaba y encontré a Sofía Calvo en el escenario principal, presentando La vida después de la ansiedad. La convocatoria fue fenomenal. Me parece necesario hablar de salud mental y adolescencias de una manera sencilla, que llegue a todos. Las últimas dos horas de cada jornada se hacen cuesta arriba: llevamos diez horas dentro de la nave.

No quisiera que esta crónica se volviera una línea cronológica de la Feria del Libro. Ni siquiera yo sé bien qué pasó cada día: entre tanta gente y tantas cosas, una se pierde. Prefiero quedarme con algunas escenas que todavía me resuenan.

Vendí libros que no imaginaba vender: de Antonin Artaud y Witold Gombrowicz, por nombrar algunos. Eso habla de un público lector afiladísimo. Las charlas con los lectores, sus intereses variados y sus curiosidades hacen que la feria sea mucho más que la venta de libros.

Con los días, la feria fue adquiriendo una rutina. Las mañanas estaban hechas para leer, acomodar el stand y tomar mates. También llegaban escuelas primarias y secundarias que caían como una avalancha al predio. Esa cantidad de gente no siempre se traducía en ventas, pero sí en charlas graciosas y espontáneas con las infancias: «¿Tenés el libro de Messi? ¿Tenés los diarios de Gravity Falls?». En esas conversaciones me volvía una niña más.

El turno tarde tenía dos momentos: la siesta, cuando todo se movía lento y fiacoso, y la tarde-noche, cuando aumentaba el movimiento de gente y las piernas empezaban a pesar kilos. Con los días, el cansancio se hacía notar.

Estefanía Herrera y Víctor Aybar, poetas catamarqueños y editores de El Guadal, me presentaron a Leonardo Martínez, un poeta que desde entonces está entre mis favoritos del norte argentino. Su poesía reunida, Quieto corazón de Monte, fue el único libro que compré en la feria. Ahora lo tengo en la mesa de luz, como un amuleto: leo uno o dos poemas por noche. Los mastico, los disfruto. Otro de los editores de El Guadal, Gonzalo, se acercó y me regaló Luis Franco: el historiador, el libro que había fichado el primer día que llegué al predio. Esas coincidencias mágicas, movidas por ALGO que conecta todo.

A La Rioja me volví con dos libros de escritores catamarqueños. ¿Para qué está la feria si no es para descubrir la literatura del lugar? Gracias por esa joyita que me presentaron.

Los últimos dos días, el viento sopló fuerte y la nave se llenó de gente. El sábado a la noche, Teresa Parodi cerró la jornada con un cálido recital. Acompañé su canto —la voz de una generación imprescindible en nuestra historia— con un par de Heineken que ayudaban a sobrellevar el cansancio acumulado.

El domingo, último día, cantó Fabiana Cantilo. No pude ver el recital, pero la gente copó el lugar. El tinte de resistencia cultural y política de la feria también se hizo notar. Ultimo día de buenas ventas, de ver y conversar con mucha gente, después llego algo curioso:  pasar del aturdimiento al silencio casi absoluto, donde solo escuchas el sonido de la cinta de embalar que todos los feriantes comenzamos a sacar para armar y cerrar cajas de libros.

Es un fin de fiesta feliz. Es un fin de fiesta con la promesa de volver a vernos el próximo año. Un fin de fiestas con caras agotadas, pero orgullosas.

Regresamos a la casa de Lourdes con las montañas de cajas. Otra vez pasamos por el arroyo Fariñango, que crucé veintidós veces en el ir y venir del centro al predio. Pese a haber viajado tantas veces este año entre La Rioja y Catamarca, no lo conocía. El Fariñango, al parecer, es un ser solitario. Nunca vi a nadie sentado a su orilla.

Volví a La Rioja escuchando en los auriculares el último disco de Liliana Herrero. Me quedó resonando una frase de Horacio González que ella recita en el disco. La comparto para despedirme:

«Nos hace a todos mucho más libres saberse parte de una comunidad. Una comunidad es un síntoma de libertad, no una forma obligatoria de convivencia».

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