Sobre Facundo. Diario de un duelo, de Fabiana Ale
Por Verónica Estévez |
Facundo. Diario de un duelo, de Fabiana Ale, es un libro profundamente conmovedor, y luminoso. En sus páginas, una madre nos invita a acompañarla en el tránsito más doloroso que puede atravesar: la muerte de un hijo. Sin embargo, lo que podría ser únicamente un relato de dolor se convierte, poco a poco, en una experiencia de amor, de transformación y de encuentro con nuevas formas de vida y de tiempo.
La obra está construida como un diario epistolar: cada entrada es una carta dirigida a Facundo, el hijo fallecido. Este recurso hace que el tono sea íntimo, directo, como si cada página fuera una conversación privada que, por un momento, nos dejan escuchar. No hay intermediarios ni distancias: la voz de la autora está cargada de emociones puras y, al mismo tiempo, de una belleza poética que convierte el dolor en arte.
Por su forma y contenido, el libro puede inscribirse dentro de los llamados géneros del yo, es decir, aquellos que parten de la experiencia personal para construir un texto literario. Aquí la experiencia es real —la muerte del hijo—, pero la escritura no es solo testimonio: es elaboración, creación, búsqueda de sentido. Esto lo acerca a la autoficción, en tanto la autora utiliza su propia vida como materia prima, pero la transforma a través de recursos literarios, imágenes y símbolos. En este caso, la autoficción cumple también una función terapéutica: escribir para sanar.
Escribir como medicina del alma
Desde las primeras páginas se percibe que la escritura es, para Fabiana Ale, una forma de sostenerse en pie. Escribirle a Facundo es mantener abierto el canal de comunicación con él. Escribir es recordarlo, pero también hacerlo presente. Es un modo de sobrevivir al dolor.
En las palabras preliminares confiesa:
Este libro lo inicié después del fallecimiento de mi hijo mayor. Día a día fui hilvanando las palabras para conjurar el horror en un camino de sombras y luces.
Pero las palabras no son solo un registro del dolor, son un lugar de encuentro. El lenguaje funciona como puente y, al mismo tiempo, como medicina.
En la tradición de la escritura íntima, el diario es un espacio de diálogo con uno mismo; en este caso, es diálogo con un otro que ya no está físicamente, pero que sigue siendo parte activa de la vida de la narradora.
La escritura se convierte así en una estrategia para sostener la presencia. Cada palabra escrita parece anclar al hijo en el mundo de los vivos, aunque sea desde otra dimensión. De este modo, el diario no es solo un soporte del recuerdo: es un espacio de creación de una realidad compartida entre madre e hijo, donde el tiempo y la muerte obedecen a otras leyes. Cada carta es un acto de amor que desafía la muerte. En ese sentido, la escritura es una forma de eternidad: las palabras fijan lo que, de otro modo, se perdería. No se trata de negar la muerte, sino de construir un espacio donde el amor siga vivo.
En una de las entradas, Fabiana Ale resume esta experiencia a partir de la idea de la existencia de múltiples dimensiones de la vida humana:
En esta nueva dimensión de tu existencia no te alcanzo, pero te siento con mi amor de madre. … Tendré que aprender a verte con los ojos del alma.
Estos ojos del alma son, justamente, los que permiten ver el tiempo de otra manera. No como algo que se lleva lo amado, sino como un tejido donde el amor lo mantiene presente.
El tiempo como materia viva
Aunque el libro tiene forma de diario, pronto se advierte que el tiempo no sigue un orden lineal. Los recuerdos irrumpen sin pedir permiso, las imágenes del pasado se mezclan con las del presente y con proyecciones de un futuro que ya no será. Así, encontramos pasajes como:
Y entonces, además de ser añoranza por lo que fue, es dolor por lo que no será. Y todas las imágenes sobre vos, a futuro, me sacuden hasta las entrañas.
En este juego de tiempos, el pasado está cargado de ternura, melancolía y también de dolores; el futuro, de ausencias y heridas anticipadas. Pero lo más interesante es cómo la autora encuentra un refugio en un presente distinto: un presente espiritual, no marcado por el reloj, sino por la intensidad del amor. Ese presente es el único lugar donde la muerte no tiene dominio. Ella misma lo escribe:
Vos y yo sabemos que al amor no lo alcanza la muerte. Porque si la muerte es el fin de la vida, “esa muerte” a vos no te tocó. La vida, tu vida, está presente, transfigurada, y donde estás no necesitás tu cuerpo mortal.
Tu existencia, mi Facu amado, es Amor puro, luminoso y eterno. Ahí estás, que es aquí también.
Este “aquí también” es clave. No se trata de un lugar físico, sino de una dimensión del alma. Allí, el tiempo se expande y se hace pleno.
Las totalidades sucesivas de Rougés
La manera en que Fabiana Ale vive y narra el tiempo en este libro dialoga de forma natural con una idea central del filósofo tucumano Alberto Rougés: las totalidades sucesivas. Para Rougés, el tiempo, cuando es vivido en profundidad, no se reduce a una línea que avanza del pasado al futuro, dejando todo atrás. Es, más bien, una experiencia integrada, en la que pasado, presente y futuro no están separados por muros, sino comunicados como estancias de una misma casa. El pasado se conserva en su verdad y no se borra; el futuro se anticipa como germen ya presente; y ambos se entrelazan en un “ahora” que no es el instante que se desvanece, sino un estado de plenitud del ser.
En el diario, esta experiencia aparece de forma espontánea. El pasado irrumpe con fuerza en los recuerdos de momentos compartidos con su hijo, pero no se trata de simples evocaciones: esos recuerdos se sienten presentes, como si estuvieran sucediendo ahora.
Todo lo absurdo de tu partida, el martirio que padeciste y mi impotencia por no poder evitarlo, todo eso quedó en el pasado. Y, sobre ese dolor espantoso, se edificó nuestro presente. Todo ese dolor permitirá construir algo que aún no dimensionamos, pero que, desde ahora, va tejiéndose minuto a minuto.
El pasado y el futuro se tocan en un mismo punto: lo que existió y lo que nunca existirá. Esa tensión, lejos de fragmentarla, la empuja a buscar un nuevo centro temporal, un lugar donde el amor pueda sostenerse. Ese centro es el presente, pero no el presente fugaz del reloj, sino uno más hondo, que trasciende la cronología. En sus palabras:
Pero ¿sabés Facu?, comprendo ahora que ese dolor tan intenso aflora cada vez con menos frecuencia; ocurre cuando mi corazón cede a la añoranza o mis pensamientos a su proyecto interrumpido. Y entonces, como ahora, me doy cuenta de mi error. Ese dolor extremo llega con su oleada lacerante al pensarte en el pasado o en el futuro. Pero ambos sabemos, que vos sos mi hermoso presente.
Ese “vos sos mi hermoso presente” condensa la idea de Rougés: un presente que contiene todo, donde la memoria se hace viva y el porvenir se percibe como promesa. No hay corte entre los tiempos, sino continuidad.
El símbolo del jacarandá lleva esta vivencia a un plano tangible. Plantado con las cenizas de Facundo, el árbol crece en el jardín como cuerpo nuevo y vínculo renovado. El jacarandá: cuerpo vegetal, alma presente.
Aquí, junto a tu estrenado cuerpo vegetal, te pienso, te siento cercano. Mi Facu Jacarandá.
A lo largo del diario, el árbol crece, y con él, crece también una nueva forma de vínculo. La autora proyecta en él una presencia futura que ya es real en el ahora:
Te imagino alto, frondoso, lleno de vida… y ese será nuestro lugarcito.
El jacarandá es cuerpo y es espíritu: tiene raíces en la tierra y, al mismo tiempo, conecta con lo sagrado. Este árbol no es un elemento decorativo: es un sustituto amoroso, un depositario del afecto y un recordatorio de que la vida se transforma. Desde la filosofía de Rougés, el jacarandá también puede verse como una totalidad sucesiva: guarda en su savia el pasado (las cenizas y la memoria), florece en el presente (el vínculo que se renueva) y proyecta un futuro (las flores que vendrán, la sombra que dará). En él, el tiempo deja de ser una línea recta para convertirse en un ciclo vivo,
La escritura de Fabiana Ale nos muestra, así, que las totalidades sucesivas no son solo un concepto abstracto: pueden vivirse y sentirse, incluso —y quizás sobre todo— en medio del duelo.
Una invitación para el lector
Leer Facundo. Diario de un duelo es mucho más que acompañar a una madre en su dolor. Es aceptar una invitación a repensar nuestra relación con el tiempo, con el amor y con la muerte. Es una propuesta para dejar de vivir apresados entre el pasado y el futuro, y encontrar un presente profundo, pleno, capaz de integrar todos los tiempos.
Quizás esa sea la mayor enseñanza del libro: que, como dice Rougés, las totalidades sucesivas no son solo una teoría filosófica, sino una posibilidad real para la vida. Y que, como muestra Fabiana Ale, esa posibilidad se abre cuando el amor es más fuerte que la ausencia. Porque al final, este diario no es solo un duelo. Es, sobre todo, una declaración de fe en el amor. Una forma de decir, cada día y para siempre: “Aquí estás”.
Este texto fue leído en la presentación del libro realizado el 13 de agosto del 2025 en el salón de actos del Instituto del Prof. Gral. San Martín.

Profesora en Letras egresada de la Fac. de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.
Actualmente está a cargo de las bibliotecas del Centro Cultural Alberto Rougés de la Fundación Miguel Lillo y forma parte del grupo de investigación histórica sobre el noroeste argentino de esa institución. Se desempeña como docente del nivel superior no universitario en el Profesorado en Lengua y literatura del Instituto del Prof. Gral. San Martín.



