Sobre Vivo pendiente de ser devorada, de Eugenia Landriel (Editorial Literatura Tropical, 2025)
Por Andrés Torres Acuña |
María Eugenia vive con dos perros enormes que suelen comerse alguno de sus libros, los mismos libros que ella comió desde niña. Quizás la escritura alguna vez se detiene o se siente satisfecha, pero la lectura no. La lectura es invencible. Así comienza la contratapa de este libro y en ella encontramos un planteo interesante desde entrada que nos da una advertencia, y que luego Lucas Brito Sánchez nos lo confirma: Estamos ante el primer libro de una lectora, una de verdad. Vivo pendiente de ser devorada es el primer parto literario de Eugenia Landriel, publicado a principios de este 2025 por Literatura Tropical, en Resistencia, Chaco.
Acá nos encontramos ante una poesía que se despoja de una motivación estética, tierna e íntima de la “poesía como un refugio”. Acá es todo lo contrario: es una poesía que se abre y que ataca. Todo adentro es afuera dice Zulma Ducca, y Eugenia descuaja lo interno para mostrarlo a la intemperie, como herida a carne viva que necesita del aire para que se cicatrice (pero con el cuidado de que no se posen moscas).
Para Eugenia, escribir es un acto de riesgo: “siento que escribo/ y vienen por mí”, dice en un poema, y reconozco en estos versos que hay una tensión constante, casi adrenalínica —diría—, de jugar con el peligro. Escribir implica exponerse, dejarse dentellar por las palabras, como pegarle en el hocico a una fiera encadenada sabiendo que en cualquier momento nos pueden pegar una mordida, como dice Florencia Méndez en su poema que forma parte de la antología Metapoesía: “la palabra/ la poesía/ es esa bicha brava y arisca/ que nos pega el tarascón/ en medio de una caricia”.
A lo largo de estos 39 poemas nos desplegamos en una secuencia dialéctica que se mueve pendularmente entre lo sensorial, lo carnal y lo visceral. No es una progresión lineal, sino más bien como una oleada, se dosifican en emboscadas donde el lenguaje ataca y expone más de lo que protege. En todos los poemas, la voz está “pendiente de ser devorada” y se sostiene en este juego de roles entre depredador/presa, entre animal/humano. Catalina Joao, en su —también— primer libro Esquemas del derrumbe, lleva esta idea al terreno de la cacería pero desde el lado contrario: escribo y tiendo la trampa./ admito la carnalidad de encontrarlo/ aunque estos versos/ de sangre y de alma/ me cuesten la vida. El riesgo de la escritura se hace presente, se enuncia al acecho. Eugenia retoma esta pulsión en versos como: Caminás en su deriva/ iniciás su cacería/ avivás la hoguera/ que al final del día/ le servirá de su propia sábana. En ambas, la escritura es un acto de caza donde no se define quién atrapa a quién: si el poema a la autora o la autora al poema —tampoco considero que sea necesario definirlo—.
Pero en Eugenia no sólo se trata de las palabras, sino que es el cuerpo entero el que entra en juego: “Una desnudez tan sencilla/ me aluna/ hambrienta por ser lastimada” confiesa en una tensión erótica que se vuelve peligrosa. Y en otro momento, esa voz se reivindica y se encuentra parte de una jauría: “Ya no tememos al temor/ nos volvimos perras de cacería”. Así el cuerpo se sitúa en la frontera entre presa y depredadora, entre víctima y cazadora, en la ambivalencia de lo femenino, ya no como un territorio pacífico, sino como un campo de fuerzas que oscila entre la vulnerabilidad y la potencia de ataque.
La poesía, entonces, aparece como un alimento que no llena, entonces hay hambre: hambre de escritura, hambre de lectura, hambre de sentido. Landriel lo dice con claridad: “Te toco texto/ busco la hoja en blanco/ … Siento que escribo/ y vienen por mí”. Escribir y leer se vuelven gestos de voracidad: se devora y se es devorado, depende de qué lado se encuentre. Pienso en que aquí está el temor de Eugenia: pasó de ser una lectora insaciable a ser escritora, y ese vértigo no es solo suyo: nos atraviesa a quienes leemos y escribimos, a quienes entendemos que cada texto es también un riesgo compartido.
En este libro, la poesía es una fuerza animal, feroz y vulnerable, que muerde en cada línea. Vivo pendiente de ser devorada se afirma como una escritura que no teme desgarrarse así misma, que conversa con lo corporal y lo sangrante, que juega con la cola de una bestia hambrienta. Pero es el ciclo natural en esta cadena literaria; así como sus perros se comían libros, ahora le toca a ella ser devorada.
Eugenia Landriel nació en Charata en 1990. Desde hace algunos años vive en Resistencia junto con sus dos perros negros. Es poeta y lectora voraz. Trabaja como psicopedagoga. Vivo pendiente de ser devorada es su primer libro de poesía (Ed. Literatura Tropical. 2025).
Vivo pendiente de ser devorada, de Eugenia Landriel puede ser adquirido mediante contacto directo con la editorial.
Sitio web: https://literaturatropical.com/
Instagram: https://www.instagram.com/literatura_tropical/

Quimilí, Santiago del Estero, 2000. Estudió el profesorado de Lengua y Literatura y actualmente cursa la Tecnicatura en Educación Intercultural Bilingüe. Diseñador y escritor de narrativa y poesía. Gestor y editor de Funga Editorial y Ramaraíz Editora. Publicó en diversas antologías: Mientras me habito (2022. España), De montes y hadas (2023, Santiago del Estero) y Con la intensidad de la siembra (Falta Envido, Tucumán, 2025). En 2022 recibió el 2do lugar en el certamen de poesía Unidos por la paz en el mundo, UCADE Chaco. Publicó los fanzines Salvaje y Los pájaros no mueren (Funga Editorial, 2023).



