Un relato gestado en el Taller Mandarinas bajo el sol *
Por Lía Chambeaud |
Miramos el mundo, sentimos el mundo, pensamos el mundo, soñamos un mundo y se nos cierra el pecho cuando estalla el mundo. Cuando por las calles el mundo nos dice “una moneda por favor”, “no tengo para comer” o “me ayuda”, son los ojos sin tiempo ni lágrimas los que nos destrozan el alma, la carne y la piel.
Y entonces la memoria me asalta y me aparece ese otro mundo de recuerdos que ya no se nombran. La pregunta se ufana y me señala: ¿Qué será del “Tire die…”?, ¿de aquel cine club de los años 60 que se nos cuajó casi al alba, cuando compartíamos ALFA?
Decidimos el nombre del Cine Club Social que empezamos, como si nada, casi a los tropezones entre las muchachas del ALFA 4: Sole, Marta, la Negra, mi amiga del alma, desaparecida, Margot, yo y alguna que se me olvida.
Nos interesaba, ya desde entonces, construir conciencia y que se nos cuele entre los ojos el dolor de los descalzos y de los que vivían en los barrios que caminábamos. Allí estaban y nos enseñaban lo que Perón y Evita les habían enseñado, despertado y ofrecido. Para sentirse no despreciados, respetados, reconocidos y sujetos de derechos, aunque no lo dijeran.
Empezaron entonces a sentirse personas, trabajadores respetados y respetadas, nos decían. Nunca más dejarían de ser ni tener esa identidad que el peronismo les ofreció para que se la apropiaran, porque era de ellos y ellas y se las habían expropiado otros. Esos que -soñábamos- que no pudieran apropiarse de nada más, porque creíamos que todo debía ser de todos, de todas y de todes, en un mundo más humanos, más igualitario y justo.
Y Tire Die, de ALFA, nos fue construyendo como esas y esos militantes soñadores del Barrio Calpini, Bella Vista, los ingenios cerrados, Santa Lucía y muchos más del interior profundo, donde instalábamos “los Campamentos de Trabajo Comunitario”, durante los veranos.
Y ahí fueron llegando de distintos lugares los curas que empezaban a ser “los tercermundistas”. La teología de la liberación se nos ponía al frente y las “Venas Abiertas de América Latina” y el cura Dip y más tarde el Ferrante –ese amigo del alma que ya no está– y varios más, muchos más que acompañaban el camino, que “sin querer queriendo”, se inscribían en los muros de las nuevas teorías sociales de la iglesia, que por entonces decían “se trata -documentos de Puebla- de una iglesia enraizada en el mundo de los pobres, construida a partir de los no invitados de la historia, solidaria con los oprimidos y en sus luchas de liberación”.
Y ahí estaba Lucho, el fundante del trabajo social desde la mirada de Paulo Freire, desaparecido, que se nos cuela desde la memoria siempre presente. Con él, apoyando y construyendo el espacio, los proyectos deseados y los constructores de acciones inolvidables. Como la Secretaría del Interior en Difusión Cultural con Gaspar y la Ivonne recién llegada. Y ahí… llegando la Piki y Hugo (compañeros perdurables, desaparecidos).
Y se nos fue agobiando el alma y gritando lento. Queríamos, como ahora, que no haya hambre, ni dolor, ni las diferencias que ponen a los rubios arriba de los negros, al blanco en alto y al morocho en la tierra, a los dueños y señores y a las trabajadoras sirvientas.
Y la revolución se nos metió en el alma, en el cuerpo y en la risa. Y con la conciencia y la alegría de ser jóvenes, unas y unos, nos pusimos en marcha hacia la trinchera imborrable de dar la vida por lo que soñábamos.
Y aquí estamos, con los y las que desaparecieron, los y las que torturaron, los y las presas que salieron, los y las exiliadas, allá y acá, los y las sobrevivientes. Y seguimos soñando con que el alba nos llegue a todos con una luz que, sin tapujos, nos ilumine el alma para construir de nuevo y cada mañana, el mundo revolucionario que se nos fue entre las manos.
Pero que en el cuerpo quedan, como huellas sangrantes, esos sueños, mis sueños, los tuyos, los nuestros… hasta que llegue el alba.
Cantando al sol. Como la cigarra.
Sobre el taller:
* Mandarinas bajo el sol es un taller de construcción de relatos autobiográficos fundado en 2020 por Victoria Daona y por Pedro Noli, quienes acompañan a lxs participantes a encontrarse con los momentos más importantes de su vida; relatos que nacen del recuerdo emotivo y se vuelven palabra escrita.
Una vez por mes te compartiremos en La Papa una historia hermosa escrita en el taller.
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Me conocen más por Chuchi. Vivo en Tucumán. Desde chica estudié Declamación, lo que me acercó a la poesía y a expresarla desde mí. En mi juventud escribía versos que quedaban guardados en papeles que hoy son amarillos. Escribí también muchos años sobre mi tarea académica. Cuando inicié el Taller Mandarinas bajo el sol, retomé la escritura más relacionada con mis sentires, y volví a escribir algunos versos, que me ayudan a seguir caminando la vida y soñar despierta.
Mi contacto es liachambeaud@gmail.com



