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ISSN 2684-0626

 

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Muero, pero mañana reencarnaré a las 6, no te asustes

Una reseña sobre la instalación de Bruno Juliano y Rodro Cañás

Por Maximiliano Castro |

Entré sin mapa, no por decisión propia, sino arrastrado por el anhelo de ver aquello que no se puede decir. Ya en la antesala, el vidrio de la puerta ofrecía un reflejo inusual. El aire parecía enrarecido por una sombra. A un lado, colgaban tres velos de papel translúcido: manchas negras y trazos enérgicos suspendidos en el espacio. Una pintura extendida, casi performática, casi una confesión: la neblina, escuché decir. Pero no era solo eso; era su reverso, su espalda.

A mi derecha, en la pared, un cuadrado negro: plano, mudo, casi tan callado como una piedra. No hablaba, porque la palabra estaba inscrita en su textura. La instalación es un hecho, pensé, y un hecho es la ocurrencia de una configuración de objetos en el espacio.

Atravesé la neblina, no por mi propia cuenta, sino porque alguien me esperaba. Adentro, caminaba entre formas, esperando modificar con cada paso el campo de lo visible, esperando signos claros: palabras escritas en la superficie de este mundo, de esta ciudad, de este museo. Pero no hubo palabra, solo silencio. Un silencio extendido en esos papeles gigantes, en esas maderas sin barniz, en esas manchas que parecían errar sin destino. Y, sin embargo, alguien me esperaba. Estaba en las paredes, en la mesa, en la sombra suspendida, en un texto impreso de María Lobo sobre huellas extraterrestres y amantes. Yo lo buscaba en formas ruidosas, sin saber que ya estaba en lo quieto.

Me gritó desde el silencio de tres cuadrados negros, y no lo escuché. Me susurró en las arrugas del papel pintado, y pasé de largo. Dame, pensé, el don de leer la materia como se lee la Escritura.

Miré esos pliegos colgantes, salpicados de pintura, ecos de una acción: me volví poroso ante la opacidad del gesto. La tinta negra —que a veces parece sucia— escribe mejor que el oro cuando su trazo viene de lo alto, leí en algún lugar, alguna vez.

Vi una mesa con arena. Sobre ella, listones apilados, ordenados sin intención decorativa. Ningún símbolo, ningún mensaje explícito que me hiciera pensar en una universidad —tal vez por mi propia ignorancia—, solo disposición. Pero esa disposición —esa maqueta—  hablaba. Hablaba sin voz, como un pasado mejor o un futuro que no pudo ser. Entonces recordé a Benjamin: toda alegoría remite a una ruina. La materia como testimonio, como tiempo depositado. Y la obra, tal como se presenta, no es una respuesta, sino una pregunta que se queda latiendo. Hay un deseo de suspensión, de no fijar el sentido. Pintura y estructura, gesto y soporte, dialogan como sobrevivientes de un mismo naufragio. Y en esta sala, la ruina no era destrucción, sino promesa. Porque también en el despojo puede arder lo divino —¿lo extraterrestre?—: no lo que brilla, sino lo que se gasta, la huella, la fisura, el resto. No lo que se afirma, sino lo que tiembla y se resquebraja.


Muero, pero mañana reencarnaré a las 6, no te asustes, de Rodro Cañás y Bruno Juliano. Museo de la Universidad Nacional de Tucumán, junio-julio de 2025.

Rodro Cañás nació en 1976. Es artista visual. Egresado de la Escuela de Bellas Artes de la UNT, estudió en la Central Saint Martins y en el Camberwell College of Arts en Londres. Realiza muestras individuales y colectivas en la Argentina y el exterior, participando en salones, residencias y charlas, recibiendo premios y menciones por su trabajo como artista y diseñador.

Bruno Juliano nació en 1985. Es artista e investigador. Es licenciado en Artes Plásticas y doctor en Humanidades, en el área Historia del Arte, por la Universidad Nacional de Tucumán. Trabaja con la memoria de las imágenes y el arte contemporáneo en Tucumán, desde donde desarrolla proyectos artísticos, curatoriales, editoriales y de gestión.

Fotografía: Agustín Indri.

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