SOBRE BROZA, DE LUCIANA GARCÍA BARRAZA
Por Gabriel Gómez Saavedra |
Qué extraño ritual el celebrar la noche colada entre las copas de árboles altos. Pero no la noche despejada, que acomoda la armonía de los sonidos y sus olores en un paisaje aséptico; sino una noche de lluvia torrencial, donde los celebrantes abren al máximo sus bocas frente al cielo, para beberla sin escándalo. Esa celebración es la colección de poemas que contiene broza; libro que espera estar rodeado por el agua, no para inundarse, sino para intensificar los sentidos sin interrumpirlos. A ver si me explico mejor: García Barraza ha tejido su libro con un efecto que es muy poco común de encontrar y, sobretodo, con un ejercicio extraño para una ópera prima: hacer poesía tocándola imperceptiblemente. El lirismo de este libro podría representarse con la imagen de una flecha lanzada hacia el blanco con la concentración de un ciego, pero que, en vez de buscar perderse en ese blanco, lo rodea largamente para comer de la fricción del aire y de la gravedad; para que así la punta intensifique su filo, no buscando la perforación, sino reflejar, cada vez mejor, el corazón del sol que la ilumina.
La poesía siempre es un mundo; una casa a la que, los que ensayamos versos, le buscamos desesperados la llave para entrar. Ahora, en este poemario, la casa está afuera. Y es una casa que pareciera ser un dios al que se podría renunciar, en cualquier momento:
hay días, yo sé
en que la palabra no me basta
tampoco comprobar
que en mí deviene el verbo
que inútilmente
me guarda
por las horas intermedias
reafirmo
mi orfandad de mundo
aún no nace
mi dios
Sin embargo, ese atrevimiento, ese carácter —que no es insolencia, respeto excesivo, ni desafío efectista— es la sangre de la poesía en broza . Ni manceba ni tirana: un huracán donde la poeta empolva y desempolva su lengua (según la disponibilidad o no de las palabras) como una artesana que pacientemente espera el paso del próximo cometa, para recién volver a escribir. Esa paciencia que arrodillaría a más de un poeta, aquí es virtud y amplitud del campo visual. Una corzuela herida que no reniega del dolor, porque sabe que la sangre abonará la tierra; mientras se para frente al salitral y lo contempla hasta que vuelve a ser mar.
Pero, ojo, no confundir esta virtud con pasividad o irresponsabilidad; como nos dice el poema rebalse, el miedo a no encontrar nada, más allá del silencio caótico previo a la construcción del poema, también es un acecho que ronda como una trampa de pozo sin fondo:
el miedo
es no enterarme
del ahogo.
como volverse títere
de una muerte
veleidosa.
Es que la poeta sabe que su elección de tocar la poesía de reojo, es un riesgo también. Aunque ella no se sepulte en la búsqueda violenta y grave, reconoce que su pluma podría ser arrastrada lejos de la brújula y demorar (y doler) hasta el regreso. Pero García Barraza ha elegido (y eso es sagrado) rodear, medir, y bajar a beber, leve y sutil, la poesía; como los murciélagos rasantes que apenas raspan los espejos de agua, sin interrumpir el vuelo, para aplacar la sed y continuar con sus cacerías.
Broza, de Luciana García Barraza, fue editado por La Cimarrona en 2018.

Concepción, prov. de Tucumán, 1980. Publicó la plaqueta Huecos (Ediciones Del Té, 2010), y los libros Escorial (Editorial Huesos de Jibia, 2013), Siesta (Ediciones Último Reino, 2018) y Era (Falta Envido Ediciones, 2021). Entre otras distinciones, ganó el Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán – Género Poesía (Región N.O.A.) y fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes como becario del programa Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina.



