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ISSN 2684-0626

 

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Una Trinchera: El grito de Las Talitas

Por Daniel Posse |

Salir a las cinco de la tarde. Dar la última clase, escupir las últimas palabras en la cátedra del día, pero negarse a terminar con la dictadura del reloj. Pedir permiso, huir. Esperar el auto de la aplicación en la vereda de Gallardo 149, ahí en el corazón gris de Liniers. Subir y partir hacia Ezeiza, porque esta vez me toca trepar al avión desde el sur. Todo, a partir de ese instante, se convierte en un vértigo sin frenos. No hace mucho, quizás apenas unos quince días, estuve en Tucumán. Pero volver, para mí, es siempre una suerte de tránsito circular y cíclico; un caleidoscopio indomable lleno de colores nuevos que, paradójicamente, son los mismos de siempre. Mientras espero el maldito embarque en la terminal, me mastico una máxima que es casi un mantra: «Nada es lo que parece, todo lo que parece es».

El vuelo sale atrasado y llega tarde, por supuesto. Al salir del aeropuerto de Benjamín Matienzo, la noche ya se ha esparcido como una mancha de tinta negra y me golpea la certeza de saber que esta vez nadie me espera en el sector de arribos. Abrir la ventanilla del taxi y sentir ese olor tucumano inconfundible: una mezcla violenta entre jazmines, azahares y la cachaza que se esparce como un aliento espeso que te envuelve y te hace arder la nariz. Llegar en la víspera. Llegar en la bendita previa.

El auto me deja en Santiago al 900. Subo y me derrumbo en el departamento rentado por una sola noche. La entrada al hotel oficial para disfrutar y ser arte y parte del 3° Encuentro Nacional e Internacional de Escritores del Sol, en Las Talitas, recién se habilita al día siguiente. Pero la noche tucumana no te deja morir en soledad. Reacciono a las doce en punto porque mi amigo Rubén Díaz Camacho toca el portero eléctrico. Nos espera la calle. Recorremos dos cuadras por Santiago, justo frente a la Plaza Alberdi, nos sentamos y pedimos unas buenas milangas tucumanas para no desentonar con el paisaje, acompañadas por una limonada sin azúcar. La conversación se llena de risas feroces, anécdotas filosas y esos chismes de pasillo que nunca faltan. Es que aquí los egos —los benditos y sagrados egos de los creadores— no destruyen; alimentan el mito. Las carcajadas se esparcen por la vereda como una peste hermosa y necesaria.

Despierto a las siete de la mañana con apenas un puñado de horas de sueño en el cuerpo. Vuelvo al mismo bar de la Plaza Alberdi, lo espero a Rubén de nuevo y desayunamos juntos. Nos reímos otra vez, intentando imaginar que todo puede ser mejor en esta provincia que amamos con locura y en la que estamos sumergidos: yo desde la distancia y el dolor sordo del desarraigo; él desde la trinchera de la música y la gestión cultural. Todo el maldito panorama parece ser cuesta arriba. Nos reímos desde el hartazgo ante la imaginación fértil de quienes nos miran con recelo, por el simple y llano pecado de que nosotros hacemos. Sentimos a flor de piel que el mundillo nos ve como continuos conspiradores. Pero ese recelo, a pesar del desengaño cotidiano, es el combustible que nos impulsa a meter más presión, a seguir firmes en nuestro juego inequívoco de lealtades y de proyectos compartidos.

La mañana estalla en sol y perfumes. Nos subimos a otro auto de aplicación y esta vez el norte nos reclama: vamos hacia Las Talitas. El chofer desborda la catarsis típica del volante: me habla de la actualidad del país, de los baches que rompen los trenes delanteros, de que votó al presidente actual y de lo profundamente arrepentido que está. Yo prefiero no debatir; solo miro el zigzagueo casi inhóspito del asfalto hasta que salimos del cordón de San Miguel de Tucumán e ingresamos formalmente a la Ciudad del Sol. Es esa porción del conurbano norte que muestra sin filtros su cara de periferia casi indómita, pero que por su juventud como urbanidad busca con urgencia trascender sus propias fronteras. Quiere consolidarse como un territorio real, un espacio vivo donde la cultura ha iniciado, de una vez por todas, un proceso irreversible de consagración.

Llegamos. La entrada nos recibe en el Club de Abuelos de Villa Mariano Moreno, justo en la intersección de las calles 7 y 6. Aquí las calles no llevan nombres de próceres de bronce; están numeradas, como si la cuadrícula de la periferia no necesitara de la heráldica tradicional para fundar su propia historia. La mañana sigue su curso implacable. Al entrar al Club, el impacto es visual y físico: uno ve de inmediato cómo ese galpón popular se transformó por completo para la ocasión. Recién pintado, el juego limpio del blanco y el azul hace que todo el lugar luzca inusitadamente luminoso.

Ingreso por el patio y contemplo desplegadas en la galería las mesas repletas de libros, ese arsenal de papel que desafía a la crisis. En la entrada, la enorme Claudia Lobo me clava una sonrisa enorme y me dice una frase que me desarma las defensas: «¡Volviste!». El abrazo que me da es el verdadero pasaporte; me hace sentir, de golpe, que realmente estoy de regreso en casa. Si bien los encuentros anteriores se me quedaron grabados a flor de piel, este tercer capítulo posee una energía completamente diferente. Es una vibración que eclosiona a cada instante, una multitud de presagios y de colores que se anidan y convocan en saludos gritados de punta a punta, en palabras apuradas, en gestos altisonantes de quienes se saben vivos. En la mesa de recepción me entregan la carpeta, la identificación y el material de asistente. Ya soy parte del engranaje.

Entro al salón mayor. Las pantallas LED gigantes escupen ráfagas de luz contemporánea y la música se esparce por todo el tinglado. Allí, comandando la nave, aparece Romi Carrizo, poeta y una de las mentes organizadoras; e inmediatamente detrás de ella emerge la figura de Manuel Ernesto Rivas, ese extraordinario escritor y periodista tucumano. Ellos dos se cargaron al hombro la titánica tarea de la organización. La bienvenida que nos dan no es un protocolo frío de gacetilla municipal: está forjada de afecto puro y de una complicidad intensa que se huele en el aire.

Entonces llegan. Aparecen. Es una verdadera manada de escritores que vienen desde Santiago del Estero, Catamarca, Jujuy, Corrientes, La Rioja, la inmensidad de la Provincia de Buenos Aires, el asfalto de C.A.B.A. y, coronando el banquete, el acento caribeño y magnético de Belkis Marte, llegada desde la mismísima República Dominicana. Toda esa comunión heterogénea de voces se fusiona en una suerte de carnaval literario que fluye sin pedir permiso. El block de notas se me desborda de nombres que es obligatorio rescatar del olvido: Hilda García, Melcy Ocampo, Magui Monteros Riccardo, Martín Cáceres, Ana Carol Enríquez, Marcel Elías, Mercedes Simón, Rodolfo Quiroga, Mabel de los Ángeles Oropel, Lilia Carabajal, Sergio Lizárraga, Norma Cañizares, Susana Noe, Cristina Guerrero, Mari Julia Lisi.  Pablo Feliz Jiménez. El número final es absolutamente abrumador: somos 98 escritores en total. No importaron un carajo las distancias ni los bolsillos flacos; allí estábamos todos, metidos en una eclosión de palabras donde la poesía, la narrativa y el gesto fluyeron a viva voz, rompiendo el techo del Club de Abuelos.

Las palabras de bienvenida de Pascual Huerta y el discurso inaugural de la intendenta y contadora Marta Najar terminan por ordenar el sentido del evento. Al escucharla, uno entiende finalmente que la cultura y la educación no son accidentes de la naturaleza: son el resultado directo de decisiones políticas tomadas con el barro en los zapatos. En estos tiempos oscuros de sálvese quien pueda, te das cuenta de que no todo está perdido. Comprendés que la resistencia no es una abstracción académica, sino parte de un cuerpo colectivo que comienza a emerger con orgullo desde los lugares, a veces, más inesperados de la geografía patria.

El día sigue su curso rabioso. Es jueves y la primera jornada estira sus lecturas y debates hasta las 22 horas. Sabemos que al día siguiente la maratón continúa, pero antes nos atraviesa la fraternidad hecha carne en las rondas de poesía y de lectura informal. Lo más vivo se da cuando las voces de los estudiantes secundarios de Las Talitas convergen y chocan en los talleres, metiéndose en las escuelas, donde la diversidad se hace cuerpo y sangre, carne y hueso, para desembocar siempre en una risa compartida y en esa mirada limpia que verdaderamente construye comunidad.

Luego llega la cena, el escape obligatorio. Las risas se trasladan al hotel y seguimos copando su comedor y sus pasillos como si fuéramos una bandada de adolescentes insoportables, desbordantes de una fuerza incontenible que el encierro cultural de la capital jamás podría entender. El clímax de mi propia jornada se sella al presentar Zorro junto a Pablo Donzelli. Es el libro de Alfredo Aráoz, que esta vez no pudo estar presente físicamente porque anda recorriendo alguna otra parte del mundo. Pero qué importa la distancia. Sentir en ese acto el halago absoluto de desmenuzar en una charla la pura tucumanidad de ese texto es algo que te estalla en el pecho. Es un texto que palpita en la piel cada vez que se abre, cada vez que osamos posar los ojos sobre sus párrafos insumisos. Este Festival del Sol y la palabra ya encendieron su mecha en las calles 6 y 7, y esto es apenas la primera parte del fuego.

El universo se complota y se revela ante tanta palabra pronunciada desde las mismísimas entrañas. Hay momentos donde la riqueza de ese crisol nos hace vibrar el piso, nos sacude las certezas. En el galpón de las calles 7 y 6, el juego consiste precisamente en eso: podemos estar de acuerdo o no, podemos desgarrarnos mutuamente ante la mirada estética de otro que piensa radicalmente diferente, que es equidistante, ambiguo, pero lo entrañable se hace cuerpo. Pero lo que resulta imposible es dejar que el asombro no te atraviese el pecho ante semejantes actos de fe literaria. Los egos —esos pequeños monstruos que todos paseamos con correa corta— aquí fluyen, sí, pero se contienen con una madurez asombrosa. Se repliegan para dejar que el continente sagrado de la palabra abrace y se disperse sin pedir permiso. El día, además, acompaña con un calor denso, pesado, de ese que en Tucumán anticipa la primavera de manera casi violenta. El cierre de esa primera etapa se sella con una delicia inesperada: el sonido de una obra de Schubert brotando de un violín. Son los dedos y las manos mágicas de Tiago Díaz Camacho, quien clausura la jornada con una estridencia bellísima que termina por alimentar los sueños de toda la bandada. No quiero olvidar a Silvia Flores y a Mirta Cuarteron que me esperan desde la ternura, en una de las galerías en el patio.

El viernes arranca temprano, con la adrenalina palpitándome directamente en la sien, marcando el ritmo de un pulso acelerado. El desayuno nos encuentra con los ojos distantes por el sueño acumulado, pero con las complicidades abiertas de par en par. Volvemos al búnker. Y ahí ocurre el milagro de la periferia, ese que la burocracia institucional jamás va a poder planificar en un Excel. La llegada de Luis Toledo, un tipo que simplemente iba pasando, vio el movimiento desde la calle, husmeó el encuentro y decidió entrar. Se sentó, escuchó y se atrevió a sacar del bolsillo y leer sus propios textos ante una platea internacional. O la aparición de Yolanda Aparicio, que hizo exactamente el mismo viaje espontáneo; descubrió desde sus alas su primer libro —ese hijo que mantenía celosamente escondido del mundo— y se plantó a leer sus versos a viva voz. Esas son las pequeñas batallas ganadas al silencio.

El evento se sostiene también por los cuerpos que lo cuidan. Ahí está la vehemencia protectora de Anbelle Villagrán, que siempre nos está custodiando los flancos, contrastando con la voz suave, precisa y compañera de Inés Cortón, que al pasar me tira un anzuelo de cara al futuro: «Espero verte por Suárez». La sangre también se hereda en la trinchera: los Gatica, padre e hijo, resonando con fuerza desde el eco de sus propias palabras, demostrando que habitar la literatura en este rincón del mapa se vuelve una aventura absolutamente colectiva.

El clímax conceptual de la jornada llega con la presentación de Territorios, esa antología audaz e insolente que parimos a medias con Manuel Ernesto Rivas. El libro nace de una alianza estratégica y visceral entre Letras de Fuego y Nuestra América, reuniendo 22 cuentos salvajes donde la periferia toma la palabra para hablar de los cuerpos, de lo que los contiene, de lo que los desafora, los rompe y los rebela contra el sistema. Para coronar el impacto, las palabras de un Cristo roto, paridas desde la mano y el alma de Sebastián de León (de la Fundación SUMA), terminaron por estremecer hasta la última fibra de las almas presentes en el salón.

El sábado nos pasa la factura física, pero nos regala la épica del final. Llega la despedida, pero no tiene gusto a cierre, sino a una declaración de guerra contra el tiempo: nos convocamos para volver el año siguiente sin dudarlo. En el estrado, la intendenta Marta Najar toma el micrófono y redobla la apuesta política y presupuestaria: asegura que seguirá apoyando el espacio y que su gestión se encarga de hacer de Las Talitas la verdadera capital nacional de la literatura. Y uno le cree, porque entiende que, al final del día, es desde el margen donde el eco de las voces logra que el cuerpo del olvido impuesto por el centralismo se desintegre por completo. Este estallido nos empuja a pararnos de manos y gritar: «Aquí estamos, carajo».

En este juego hermoso y necesario que habita un territorio tan locuaz, resulta un acto de estricta justicia nombrar a los artífices invisibles de la logística: a Alberto Albertus desde la Dirección de Educación de Las Talitas, a las directoras de las escuelas públicas que abrieron las puertas a la poesía y a los cuentos, a Benjamín Ibáñez, a músicos talentosos como Flavio Cruz, y a absolutamente todo el personal municipal que nos hizo sentir mejor que en nuestra propia casa. En ese galpón de las calles 7 y 6, hasta el más mínimo gesto —como acercar un vaso de agua fresca o un café caliente— estuvo siempre al alcance de la mano de quien lo deseara, al igual que la palabra o la mirada oportuna.

Toca el repliegue. Volver a armar la mochila, subir al auto, emprender el viaje para volver a embarcar en el avión. En el trayecto al aeropuerto, llamo a las apuradas a esos amigos entrañables que la vorágine no me dejó ver, pero me voy con el corazón inflado. Me acompaña un cansancio hermoso, ese cansancio digno que implica saber que uno ayudó a marcar la diferencia en estos tiempos tan individualistas y crueles. Porque la patria, a pesar del desamparo y de los mercaderes de turno, todavía pide a gritos que la sustentemos desde la trinchera invencible de la palabra.

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